10 mayo, 2015

Reparar a los vivos



 Maylis de Kerangal (Toulon, 1967) fue la revelación del año pasado en Francia con su novela Reparar a los vivos (Anagrama). El fenómeno fue tal que cuando el libro obtuvo su séptimo premio literario y vendió casi 150 mil ejemplares, el diario Le Figaro bromeó que la editorial pronto no tendría más lugar en la faja para enumerar las muchas recompensas recibidas.

Reparar a los vivos es la segunda novela de Kerangal traducida al castellano, en este caso, por Javier Albiñana. La otra, Nacimiento de un puente, ganadora en 2010 del premio Médicis, fue publicada también por Anagrama y estuvo precedida en Francia por varios libros todavía sin traducir: novelas como Je marche sous un ciel de traîne (2000), La Vie voyageuse (2003) o Korniche Kennedy (2008), esta última retrato de un grupo de adolescentes, así como los dos relatos de Ni Fleurs ni couronnes o una ficción en homenaje a las cantantes Blondie y Kate Bush.

Nacimiento... cuenta la construcción de un puente colgante en una California más o menos imaginada y lo hace a través de los relatos y retratos cruzados de una docena de hombre y mujeres, todos ellos empleados en la colosal edificación. La novela ofrece una escritura ágil y cincelada. La visión abarcadora es, acaso, la mayor herencia visible de algunos hábitos del nouveau roman que la última ficción francesa deja cada vez más atrás, volviendo a la costumbre de narrar historias, pero no por ello desestima del todo.

Algo de esta estrategia panorámica reaparece ahora en Reparar..., una novela de múltiples focos que tiene como corazón un trasplante de órganos (de corazón, justamente) pero que trasciende este núcleo y adopta la forma de una especie de cadena humana: la sucesión de hechos que permite llevar a cabo el trasplante, desde el accidente hasta la operación, lo que arroja un sinnúmero de perspectivas y de personajes esperados o inesperados: la traductora de cincuenta años que aguarda ansiosa el trasplante; el anestesista insomne; los padres de Simon, que primero hablan de su hijo muerto en presente y después en pretérito imperfecto; Virgilio, el médico italiano pendiente del partido de fútbol que se juega al mismo tiempo. La omnisciencia autoral permite en cierta manera transgredir una regla de oro: las rigurosas medidas que se toman en algunos países para que las familias del donante y del receptor no tengan la menor información unas de otras.

La noción de grupo o de comunidad es una constante en Kerangal, y no sólo en sus ficciones. Lo mismo que Mathías Enard, Arno Bertina, Claro, Joy Sorman, Oliver Rohe y otros autores que figuran hoy entre los más granados de la nueva literatura francesa, Kerangal formó parte del grupo Inculte a partir de la fundación de su revista, en 2004, y de su editorial independiente, tres años más tarde. El grupo ha pregonado, desde sus primeros pasos, la mezcla de géneros, la coexistencia de ficción y ensayo, y una clara propensión a mostrar lo real bajo nuevas formas.

Kerangal ha contado que para su última novela fueron decisivos un episodio fatal en su familia más un encuentro con cierto enfermero, encargado de obtener, en pleno duelo, el permiso de las familias para emplear los órganos del recién fallecido. Pero Reparar a los vivos trasciende el dilema de qué harían los lectores si se vieran confrontados a una situación similar a la de esos familiares. En un extenso pasaje, Kerangal reflexiona acerca de cómo en el siglo XX cambió la noción de la muerte y, con ella, el simbolismo del corazón, durante siglos "analogía misma de la vida": en 1959, en ocasión de la 23ª Reunión Internacional de Neurología, los científicos Maurice Goulon y Pierre Mollaret proclamaron que el paro cardíaco ya no era sinónimo de defunción y que en lo sucesivo lo sería la interrupción de las funciones cerebrales. "En otras palabras: si ya no pienso, ya no existo. Destronamiento del corazón y consagración del cerebro; un golpe de Estado simbólico, una revolución", escribe Karangal. Y una nueva definición de la muerte que, en su vasto alcance filosófico, conduce a "autorizar y permitir las extracciones de órganos y los trasplantes".

En tal sentido, Reparar... (aun cuando tiene ecos de una tragedia antigua) empieza donde hubiese terminado una novela tradicional del siglo XIX: con el accidente mortal que sufre el joven Simon Limbres haciendo surf. La primera escena, bajo negras nubes, fija una especie de ritmo: el de las olas que estallan contra la orilla y se vuelven -como Simon- "amasijos orgánicos sin sentido", el de los latidos del corazón. La tensión de la novela se construye, primero, con la contraposición entre una situación urgente y el tiempo lento de la escritura y de las acciones y reflexiones. Pero los hechos, que transcurren en apenas 24 horas, se aceleran poco a poco: Estrasburgo, Rouen, Le Havre, París, cirujanos a bordo de un avión, carrera contra el tiempo. La novela se va internando en territorio médico, sin volverse nunca meramente técnica.

En más de una entrevista, Kerangal sostuvo que le resultó esencial la lectura de El hombre ante la muerte, de Philippe Ariès, porque "explica que hemos pasado de una era donde la muerte era algo cotidiano a una época en la cual se ha retirado del espacio público". La autora presenció incluso un trasplante cardíaco. Forma parte de su creencia: que los escritores tienen la tarea de imaginar, claro está, pero también la de "abandonar las torres de marfil" y trabar contacto con la comunidad.

"Una novela tiene que hacerse preguntas", afirmó recientemente Kerangal, promoviendo su libro en Barcelona. En el caso de Reparar a los vivos, las preguntas involucran la intimidad, el cuerpo y nuestros conceptos acerca de la vida y la muerte. Nada menos.

Largo extracto de la reseña publicada en ADN La Nación el pasado viernes 8 de mayo.
Versión completa:
http://www.lanacion.com.ar/1790772-a-corazon-abierto 

http://www.anagrama-ed.es/titulo/PN_883