18 mayo, 2015

Centenario Roland Barthes


 Acerca de 1915, su año natal, Roland Barthes alguna vez escribió que fue "un año anodino". Un "año perdido en medio de la guerra" y sin ningún hecho memorable, le gustaba exagerar. "No hay nadie famoso que haya nacido o muerto ese año; y, ya sea por penuria demográfica o mala suerte, nunca conozco a ningún contemporáneo que haya nacido el mismo año que yo, como si, colmo de la paranoia, fuera yo el único de mi edad."

A meses de que se cumpla un siglo de su nacimiento y mientras se preparan múltiples conmemoraciones (desde encuentros y exposiciones hasta una película documental dirigida por Thierry y Chantal Thomas), la escritora y ensayista Tiphaine Samoyault publicó en enero una exhaustiva y clarificadora biografía, Roland Barthes (editorial Seuil, colección Fiction & Cie). El libro, que excede las 700 páginas, ha recogido mayormente elogios y ha sido el auspicioso primer acto de otros acontecimientos editoriales como el Álbum Roland Barthes a cargo de Éric Marty, que acaba de aparecer, con diversos inéditos, o como también L'amitié de Roland Barthes (La amistad de Roland Barthes), evocación de Philippe Sollers que saldrá a la venta en el otoño europeo. El 5 de mayo abrió sus puertas en la sede parisina de la Biblioteca nacional la exposición Les écritures de Roland Barthes, que podrá visitarse hasta el 26 de julio.


 La de Samoyault es la tercera biografía que se publica en Francia consagrada a Roland Barthes. La primera, en 1990, estuvo a cargo de Louis-Jean Calvet y se basó en una serie de testimonios de primera mano, tanto del ámbito familiar como del ámbito intelectual. A la segunda biografía, escrita por Marie Gil y editada en 2012, deben sumarse los libros de recuerdos personales, como el Roland Barthes de Patrick Mauriès (1992), la mezcla de rememoración y ensayo que plasmó Éric Marty en Roland Barthes, el oficio de escribir (2006), los innumerables estudios críticos (a cargo de Philippe Roger, Susan Sontag o Bernard Comment, entre muchos otros), la autoficción que el propio Barthes ofreció en 1975 (Roland Barthes por Roland Barthes, donde se encadenan decenas de recuerdos fragmentarios, ordenados alfabéticamente por temas), y hasta los libros donde Barthes aparece convertido en personaje literario, no únicamente los ya clásicos Mujeres de Philippe Sollers (donde Barthes se llama Werth) y Los samuráis de Julia Kristeva (donde se llama Bréhal), sino además ejemplos más recientes: desde El hombre que mató a Roland Barthes, de Thomas Clerc, hasta El fin de la locura, de Jorge Volpi, sin hablar de la categórica presencia de varios libros de Barthes (sobre todo de sus Fragmentos de un discurso amoroso) en La trama nupcial, de Jeffrey Eugenides.

Uno de los aportes decisivos de la biografía de Samoyault consiste en mostrar a Barthes bajo distintos ángulos y echar luz a aspectos o episodios algo menos conocidos: desde su pasión por la tragedia griega en sus tiempos de juventud y su participación activa como actor en un grupo teatral, hasta su obsesión por las dietas alimenticias; desde su breve pero intenso paso por Rumania, como docente y bibliotecario del Instituto Francés de Bucarest, hasta el año que pasó en Egipto, en Alejandría (1949-50), donde conoció al lingüista ruso-lituano Algirdas Greimas, quien le hizo leer la obra de Saussure, Hjemslev y Merleau-Ponty; desde su afición a la pintura en los años setenta hasta su experiencia como actor en la película Las hermanas Brontë (1979) de André Téchiné.

Para esto, Samoyault tuvo acceso a numeroso material inédito: casi toda la correspondencia, la totalidad de los manuscritos y, sobre todo, el "fichero" personal de Barthes, un archivo que éste inauguró en sus años de estudiante "como una reserva bibliográfica y después lexicográfica -escribe la autora-, y que progresivamente se volvió depositario de buena parte de su existencia". Michel Salzedo, hermano de Barthes (medio hermano, en realidad: doce años menor que Roland, hijo de un hombre casado que por un tiempo fue amante de la viuda Henriette Barthes), le abrió a Samoyault las puertas del estudio de la calle Servandoni, en el mismo edificio donde la familia Barthes se instaló por primera vez en el lejano 1939, y le permitió hojear y analizar las agendas donde, sin interrupciones, desde 1960 hasta su muerte, Barthes fue apuntando las cosas que le sucedían a diario, en lugar de los compromisos que esperaban.