24 febrero, 2016

Los cuadernos de Flaubert


"Hay que desconfiar de todo lo que se asemeja a la inspiración", decía Gustave Flaubert. "Hay que leer, meditar mucho y escribir lo menos posible, hasta dar con las palabras precisas, adecuadas." Siempre en busca de palabras justas, Flaubert llevó a lo largo de su vida muchos cuadernos de apuntes. En general, se servía de libretas de piel de topo donde volcaba ideas para sus tramas y personajes, aforismos, apuntes de lectura y reflexiones sobre el arte, la actualidad o la historia. Los estudiosos creen que se han perdido unos cinco cuadernos. Pero han sobrevivido diecisiete, legados a la Biblioteca Histórica de París por su sobrina Caroline y hasta hace poco inéditos en castellano.
 
A los cuadernos de trabajo deben sumarse dos libretas de juventud, las notas preparatorias para el segundo volumen de Bouvard y Pécuchet (última novela, que dejó casi acabada en su primer volumen) o el reciente hallazgo de unos textos impensados: los entretelones de un baile que Napoleón III brindó en honor del zar de Rusia en 1867, la biografía humorística de un religioso ficticio apellidado Cruchard, la narración del entierro de Alfred Le Poittevin, en 1848. En ese último texto, cosa sorprendente para un autor al que siempre se vinculó con la invisibilidad autoral, aparecen plasmados con crudeza sentimientos íntimos.

Flaubert tenía 16 años en 1838, cuando escribió el más antiguo de los cuadernos: "Agonías", dedicado justamente a Le Poittevin, su gran confidente en tiempos de adolescencia. Asombra la madurez de algunas de sus reflexiones.



Ilustración: Sebastián Dufour (La Nación)


Año a año, los apuntes permiten apreciar el material bruto de un escritor investigador que no desdeñaba la imaginación, pero también reflejan cómo fue apartándose Flaubert de los excesos de énfasis o de presencia autoral del romanticismo hasta proponer, en contrapartida, un estética de la distancia determinante para la generación siguiente, desde Maupassant hasta Émile Zola, para quien Flaubert condensaba lo mejor del análisis exacto de Balzac y del brillante estilo de Victor Hugo.

Tras la muerte de Flaubert, en 1880, los cuadernos se dieron a conocer en forma paulatina. En las Obras completas (1964) que dirigió Maurice Nadeau se incluyeron varios pasajes, pero fue Pierre-Marc de Biasi quien concluyó en 1988 su colosal edición de los Carnets de travail: un millar de páginas con un notable aparato crítico.

Allí aparecen los muchos proyectos que Flaubert no llegó a plasmar: desde un improbable relato oriental (Harel-Bey) hasta un libro basado en la batalla de las Termópilas, en el siglo V antes de Cristo. Sin hablar de los bocetos para obras teatrales, actividad en la que Flaubert buscaba oxígeno económico y un público más vasto, pero obtuvo, en el mejor de los casos, indiferencia; tanto es así que fue uno de los miembros más famosos del "grupo de autores silbados" que completaban Turgueniev, Daudet o Edmond de Goncourt: narradores de prestigio, pero de sonados fracasos como dramaturgos.

Publicado en el suplemento Ideas de La Nación.
Enlace original y algunos  fragmentos de los cuadernos de Flaubert, aquí:

http://www.lanacion.com.ar/1872312-flaubert-confesiones-y-papeles-de-trabajoliteraturaagonias-19-fragmentos