12 noviembre, 2015

Michel


Traductor de Bioy Casares y César Aira, autor de un magnífico ensayo sobre "Borges y la reescritura", docente universitario, creador de una novela donde imaginaba la vida de Pierre Menard, el otro autor del Quijote, y de un estudio dedicado a la escritura en colaboración, el inquieto y brillante Michel Lafon fue, ante todo, un apasionado de los libros y de la amistad, y un ardiente "argentinista", como le gustaba decir.

El último número de la revista del ILCEA (Institut des Langues et Cultures d’Europe et d’Amérique), que el propio Lafon dirigió durante 15 años (de 1996 a 2011), incluye un gran homenaje a su figura, coordinado por Christian Estrade, y con las firmas, entre otros, de Luis Chitarroni, Benoît Peeters, Noé Jitrik, Carla Fernandes, Julien Roger, Milagros Ezquerro y César Aira.

La publicación puede leerse aquí, en su totalidad:
https://ilcea.revues.org/3476 


Por mi parte, tuve el doble honor de conocer a Michel Lafon y de que Christian Estrade me pidiera una contribución para este número. Esto es lo que escribí:

Creo que fue Guillermo Saavedra quien le dio a Michel Lafon un ejemplar de mi primera novela: Agua. Por entonces Guillermo era editor en Tusquets Argentina y yo estaba recién instalado en Francia y trataba de terminar mi segunda novela, La mujer de Wakefield. Lo cierto es que una mañana, bastante temprano, sonó el teléfono en mi diminuto studio del barrio de Gobelins, en París, y era Michel Lafon. No sé qué me impactó más: la simpatía de este hombre del que nunca antes había oído hablar, su excelente castellano dotado de un acento no demasiado argentino, pero de innegable música rioplatense, o el insólito entusiasmo con que se refirió a mi primera novela, que acababa —me dijo— de leer. A partir de ese momento, los llamados de Lafon (que pronto pasó a ser Michel) se hicieron más o menos regulares. Generalmente era él quien llamaba, cada mes, cada dos meses, cada tres. Corría 1998, corría 1999. Corría el mítico 2000. De haber existido entonces, como hoy, las redes sociales o el uso casi compulsivo de Internet, yo no hubiese tardado nada en buscar y encontrar su rostro en cualquier sitio. Pero no, nada eso. Así que seguimos charlando por teléfono sin que yo conociera su cara. Charlábamos de libros, sobre todo, pero los asuntos variaban. Michel me llamó un día para contarme que había pasado el verano (las vacaciones) leyendo una pila de novelas, las veinte o treinta últimas novelas de autores argentinos, cuestión de ponerse al día, y para comentarme las dos o tres que le habían gustado más. Michel me llamó otro día para decirme que su amigo César Aira viajaba a París, a dar una charla en la Maison Latinoaméricaine de París: él había prometido coordinar el encuentro, pero había surgido un percance, ¿podía hacerlo yo? Michel me llamó otro día para decirme que le había dado mis datos a Fabián Bioy Casares, el hijo de Bioy. Michel me llamó otro día para decirme que una estudiante suya preparaba una tesis sobre mis microcuentos… Michel parecía incansable. Y, después de hablar con él, uno se sentía colmado de energía y algo más inteligente.
En medio de todo eso, Michel publicó su magnífica edición de las novelas completas de Adolfo Bioy Casares en traducción francesa. Me parece que fue entonces cuando, sin abandonar del todo las tertulias telefónicas, pasamos al email. Esto se debió, calculo, a que se me ocurrió hacerle una entrevista acerca de Bioy. Una entrevista que, me pregunto aún por qué, no interesó en su momento a ninguno de los medios con los que yo solía colaborar. “Si me obligan a quedarme con una sola novela de Bioy Casates, elijo La aventura de un fotógrafo en La Plata, que para mí es a la vez el arte poética de Bioy y su testamento literario, y una de las obras maestras de la literatura argentina del siglo xx. La última página de esta novela, que releo de vez en cuando, bastaría para justificar toda una vida de escritor y también toda una vida de lector”, decía Michel en esa entrevista inédita. Y también: “Para mí, ninguna novela del Nouveau Roman logró esta especie de perfección en la trama y en el dramatismo que logró Bioy con sus dos novelas de los años cuarenta […], las dos novelas isleñas, La invención de Morel y Plan de evasión, que son de algún modo dos veces la misma novela, lo que me parece ser una aventura bastante única en la literatura mundial”.

 Michel pasó a tener un rostro cuando yo menos lo esperaba, cuando ya me había acostumbrado a la situación. Allá por el 2004, si la memoria no me falla, me invitaron a dar una charla en una librería de la ciudad de Vienne (una librería magnífica, Lucioles, a la que volví hace dos años) y, como suele suceder, la concurrencia fue bastante escasa. Tan escasa que cada persona que entraba en la librería era una especie de noticia milagrosa. En eso, cómo olvidarlo, se abrió la puerta y apareció Michel, sin que yo supiera ni sospechara que se trataba de él. Vivía no muy lejos de allí, se había tomado la molestia de venir a ver la charla. Terminó arriba del escenario, conmigo y con el moderador, por lo que la concurrencia siguió siendo fundamentalmente escasa.

Ese día, en Vienne, en la cena tras la charla pública, surgió el tema de los diarios de Bioy Casares y, más en particular, de su diario Unos días en Brasil. Lejos estábamos de imaginar que años después yo fundaría una pequeña editorial independiente (La Compañía) junto a dos buenos amigos, mucho menos que allí publicaríamos ese diario prácticamente inédito y que Michel escribiría un posfacio especial para la ocasión: un texto escrito en español que no necesitó (quiero indicar, admirado) prácticamente ninguna corrección. Me atrevo a decir, es más, que la edición de Unos días en Brasil por La Compañía pudo hacerse sobre todo gracias a Michel. Gracias a su proverbial empuje, a su generosidad y a las puertas que supo abrir en el momento oportuno. El libro conoció luego una edición francesa (Christian Bourgois), con una versión algo diferente del mismo posfacio. Pero, antes de eso, Michel pasó por Madrid para promover y presentar el libro de Bioy y también la pequeña exposición de fotografías de Bioy (fotos de su visita a la entonces futura capital de Brasilia, que logramos incluir en el libro), de modo que allí nos vimos por última vez. Algunos meses más tarde supe de su enfermedad. Y a partir de ese momento nos limitamos a hablar por teléfono, como si nuestro vínculo debiera volver a su estado primigenio. Recuerdo aún a Michel alejándose por la Gran Vía de Madrid, tarde en la noche, después de haber presentado el diario de Bioy. Recuerdo aún que, antes de darnos un abrazo de despedida, me miró a los ojos, sonrió y dijo lleno de emoción, refiriéndose a su admirado y querido Bioy: “Lo logramos”.