07 abril, 2021

Un père étranger

Ya salió traducción al francés de "Un padre extranjero", publicada por éditions la Contre Allée y traducida por Jean-Marie Saint-Lou

14 octubre, 2020

Una presencia

 


Entre abril y diciembre de 2015 pasé varias semanas en el hospital universitario de la ciudad de Rouen, invitado y acogido estupendamente por el servicio de cuidados paliativos. Los textos que aparecen a continuación se inspiran, de forma más o menos libre, en lo que allí vi, oí y viví. Obviamente, los nombres de los personajes y de los narradores (narradoras, en su mayoría) son inventados, pues se trata de una ficción construida a partir de una experiencia real. En cualquier caso, estos textos pretenden rendir homenaje a todo el personal sanitario de todas las unidades de cuidados paliativos; y también al libro Compañía K, de William March, que inspiró la forma de este volumen. Quisiera dar las gracias a toda la unidad, así como a la unidad de oncología digestiva, pero también al servicio de actividades culturales del hospital universitario de Rouen y a los organizadores del festival Terre de Paroles que tuvieron la feliz idea de proponerme una residencia médico-literaria en la ciudad natal de Gustave Flaubert, hijo de un antiguo director de la Escuela de Medicina de Rouen.

Me he atrevido a escribir estos textos directamente en francés, lo cual no supone un cambio definitivo en mi lengua de escritura. Sigo escribiendo en español y seguiré haciéndolo, qué duda cabe, pero en esta ocasión el francés se impuso por múltiples razones, una de ellas en especial: porque en francés descubrí el universo que inspiró estos textos, en francés nacieron las primeras frases y los primeros bocetos, y cada vez que intentaba llevar a cabo una traducción el resultado se me antojaba falso, artificial. 

No creo que Una presencia ideal sea un libro sobre la muerte. Mi intención fue escribir un libro sobre la vida: la vida profesional y personal de un grupo de trabajadores de la salud. Quise entender cuál es el lugar de la vida, por así decirlo, en un contexto donde la muerte es omnipresente. Y, de manera similar, quise explorar el lugar de la invención dentro de un proyecto de escritura donde realidad y documentación fueron dos pilares importantes. Por esto mismo, aunque algunas de las historias y algunos de los personajes de este libro son ficticios, opté por ser fiel a todo lo atañe a su profesión

07 octubre, 2020

Una presencia ideal

Hoy sale a la venta, en todas las librerías de España, la traducción al castellano de "Una presencia ideal",  un libro que publiqué en Francia (Flammarion) en 2017 y que excepcionalmente escribí en francés.
La traducción (magnífica, por cierto) es de Pablo Martín Sánchez.

 
Son médico, residente, enfermera, cuidadora, camillero, pero también esteticista, música, lectora... En el hospital, uno tras otro, toman la palabra para contar sus encuentros con los pacientes y las familias que les han dejado huella, los lazos sutiles que han anudado con ellos, los dilemas a los que han debido enfrentarse. 
Con pequeñas pinceladas describen su vida cotidiana al cuidado de los cuerpos, sin olvidar las almas, de aquellos que les son confiados en el seno de esta unidad diferente de las demás. Ya que se trata de cuidados paliativos: los enfermos, aquí, no se curan, y quienes cuidan de ellos deben esforzarse en encontrar no la distancia ideal, sino la presencia ideal a su lado. Ellos tienen esta vocación singular: aliviar a quienes parten, consolar a quienes se quedan. 
Tratando con la muerte de muy cerca, Eduardo Berti alcanza, con una sobriedad ejemplar, a decir qué es la vida. Y ofrece, con este vibrante homenaje a los cuidadores, un magnífico retrato de la condición humana. Nacido en Buenos Aires en 1964, Eduardo Berti vive en Burdeos. 

Una presencia ideal" es el fruto de una residencia literaria en el seno de una unidad de cuidados paliativos de un hospital de Rouen.

13 febrero, 2020

Nuevo libro: "Círculo de lectores"


"El nuevo libro  de Eduardo Berti es todo un homenaje a los libros, a la lectura, los personajes, los escritores y los lectores", dice la editorial Páginas de Espuma para anunciar la salida de mi último libro: "Círculo de lectores". El libro acaba de ser publicado en España. Habrá una edición en Argentina, en el mes de mayo.

Cuentos, microficciones, relatos entrelazados, reescrituras... Las formas varían, pero el tema central es la lectura, los lectores y sus múltiples y diferentes círculos.




El texto de contracubierta:


¿Qué son para nosotros los libros? ¿Qué son los lectores para los libros? ¿Cómo, cuándo y por qué leemos? ¿Placer, manía, ansiedad, obsesión? ¿Las bibliotecas se ordenan o nos ordenan? ¿Los personajes y los autores establecen un pacto mutuo de por vida? ¿El texto traduce al traductor? ¿Quién edita al editor? Un círculo de lectores, libros y lecturas en un mundo febril y lúdico: esta verdadera joya muestra, sin duda, el lado más oulipiano del escritor argentino Eduardo Berti. Un libro que explora los límites difusos entre la realidad y la ficción; que crea juegos de espejos entre forma, género, temática y contenido; un himno de amor a la lectura, salvo que el himno es medio incorrecto y lo entona un coro de freaks.

Sobre Eduardo Berti y su obra se ha escrito:  «Un autor con una imaginación apabullante y una capacidad insólita para sorprender al lector al tiempo que le roba una sonrisa», Javier Yuste (El Cultural, España); «Un verdadero talento innovador», Paul Bailey (The Telegraph, Reino Unido); «Un escritor inclasificable, es decir, precioso», Frédéric Vitoux (Le Nouvel Observateur, Francia).

02 febrero, 2020

Poema bilingüe en forma de palíndromo


Un poema palindrómico bilingüe escrito por Anthony Etherin y Pedro Poitevin

El poema dice una cosa en inglés, leído en cierto sentido, y otra cosa en español, leído en sentido inverso.

Por un lado, en inglés:

Age is art, Dad eases a mad son.
A diva loses air as a love leaves.
Are poets idle as a diva? No, son.
So I drop sand, air, as all avarice drops.
O! I dare art, one noise sopranos sate;
reposals are vain opuses,
so no time’s near a name–
A real song is some art.

Por el otro, en castellano:

Traemos signos. (La era emanará en semitonos.)
Se suponía verás las operetas sonar posesión
en otra era: “Dios” por decir “aval”.
Las Ariadnas –por Dios– no son ávidas.
A Él diste óperas. Eva elevó las arias,
Eso la vida nos da, mas esa edad trasiega.

16 diciembre, 2019

Una mujer esquimal...



Un pequeño cuento de John Cage, a quien le gustaban tanto las fábulas al filo del zen:

Una mujer esquimal, que no hablaba ni entendía una palabra de inglés, recibió una propuesta de transporte gratuito a cualquier lugar de los Estados Unidos, además de quinientos dólares, a cambio de acompañar a un cadáver que alguien enviaba de regreso a Norteamérica para que lo enterrasen. La mujer aceptó. A su llegada, observó atentamente y notó que las personas que entraban en la estación de tren dejaban la ciudad y nunca más se las volvía a ver. Al parecer, viajaban a otro lugar. También notó que antes de partir se dirigían a la ventanilla, le decían algo al vendedor y acto seguido recibían un boleto. Así que hizo la fila, escuchó atentamente lo que la persona antes de ella le decía al vendedor, repitió lo que había dicho esa persona y viajó al mismo sitio al que viajaba esa persona. De esta forma se fue moviendo por todo el país, de una ciudad a otra. Al cabo de un tiempo, como su dinero se estaba acabando, resolvió establecerse en la siguiente ciudad a la que fuese, conseguir un trabajo y vivir allí por el resto de su vida. Pero cuando tomó esta decisión se hallaba en una pequeña ciudad en Wisconsin, desde la cual nadie viajaba ese día. Durante aquel tiempo, no obstante, había aprendido un poco de inglés. De modo que se acercó a la ventanilla y le preguntó al vendedor : "¿Dónde irías si te estuvieras yendo?” El vendedor nombró una pequeña ciudad en Ohio, donde ella vive hasta el día de hoy.

16 agosto, 2019

Acerca de "Faster"

Acerca de Faster,  por Silvia Renée Arias
 

Conocí a Eduardo Berti hace muchos años, a inicios de los ’90. Seguro que él no se acuerda. Yo había escrito una biografía sobre Luca Prodan animada por el libro Luca, de Polimeni, y alguien me aconsejó que lo contactara. Lo hice, no sé cómo. Recuerdo un encuentro en una cafetería de la avenida Santa Fe, y otro en un estudio de televisión. Creo que Eduardo participaba en un programa sobre rock. No sé si le di el texto o qué pasó. Lo cierto es que la novela sigue (gracias a Dios) inédita.


Pero a ese libro, que se llamaba “Un tren a El Palomar”, y que casi escribí a dos manos con el querido Jorge Crespo, por entonces manager de Las Pelotas, le debo el hecho de haber conocido a Andrea Prodan. Una mañana en las escalinatas del Colón. Voy a llevar un sombrero rojo con una pluma, me dijo. Y por haber agregado la pluma, supe que estaría frente a un artista. Y sí. Ahí estaba. Con sombrero y pluma. No pudimos empezar mejor: riendo. Fuimos a almorzar a una parrilla turística de la avenida Córdoba. No paró de hablar de su vida, de su hermano Luca, de teatro, de cine. Yo, de emocionarme. Me dijo que me encontraba muy parecida a Assumpta Serna. Yo no sabía quién era. Pretendí que sí. Le di el manuscrito de mi novela un momento antes de que nos echaran. Eran casi las cuatro y media de la tarde. Nos habíamos quedado solos, arrinconados y felices de recuerdos, con los mozos murmurando su impaciencia en la penumbra. Pedimos disculpas. Nos despedimos en la vereda, al lado de la vaca.


Andrea me llamó un tiempo después. Vosss lo conociste, me dijo. Aseguró. Volví a decirle, como en el restaurante, que lo sentía mucho, no sabía cuánto, pero que no. Entonces dijo que no entendía que no lo hubiese conocido personalmente a Luca, porque tras haber leído el libro, sentía que nadie lo había comprendido mejor.


A Eduardo no volví a verlo. Pero sabía de sus libros, por supuesto, y siempre me alegraba la aparición de una nueva novela suya. La primera, Los pájaros, se me mezcla con otra, la de mi ex vecino de redacción Pablo de Santis (él y el querido y recordado Polo, Fabián Polosecki, soñaban por entonces con dejar ese trabajo horrible en una revista en la cual se la pasaban inventando historias), que también se llamaba Los pájaros, y que me regaló con una preciosa dedicatoria.


Y así, de pronto, Eduardo Berti vuelve a mi campo de visión. Hace unos meses me comunicaron que habrá un homenaje a Adolfo Bioy Casares en Bordeaux, Francia, y que Berti –que vive en esa ciudad- es uno de los escritores invitados. Qué maravilla, pienso, que Berti quiera hablar sobre Bioy, sobre quien he escrito tres libros. 


Y ahora, justo ahora que en una revista se está publicando, cada mes, un capítulo de una novela inédita (otra) que escribí hace muchos años y que trata sobre la Fórmula 1 de los años 1979-1983, Berti publica “Faster”. Donde habla, entre muchas otras cosas, de Juan Manuel Fangio, a quien tuve el gusto de frecuentar. Recuerdo que en una de las cenas que me tocaba organizar para Corsa allá a comienzos de los 80 una vez por mes en una parrilla muy conocida, también de la avenida Córdoba y cuyo nombre se me escapa, se apareció con Cacho (todos sabíamos que era su hijo, pero él decía que era un amigo y respetábamos esa farsa siguiéndole el juego), y me dijo, con su singular simpatía, cuando me llamaron para anunciarme su presencia: “Vi luz y subí”. Todas las mesas estaban ocupadas. No sé cómo hicimos, pero después del demoledor “¿Vos los invitaste?” que me lanzó uno de los responsables de la revista, nos las ingeniamos para que se quedaran. 


Y otra vez logramos para la revista, gracias al inefable Juano Fernández, realizar lo que todos deseaban: franquear los secretos y tomar la foto de dos grandes juntos durante una cena en un hotel de la zona de Retiro: Juan M. Fangio y Ayrton Senna. 



Y ahora, tantos años después, el quíntuple reaparece en mi vida bajo la forma de este libro de Berti. Me cuesta creer que en la adolescencia le gustara tanto la F.1. Lo leo, conmovida, y se acrecienta mi admiración por él. 


“Nunca fui un corredor espectacular. Si había algún loco cerca de mí, lo dejaba pasar y luego lo seguía, nunca dejándolo que me perdiera de vista. Muchos pilotos me habrían ganado si me hubieran seguido. Perdieron porque me pasaron.” Otra lección del Maestro, o la misma. 


Tengo para mí, entre otras cosas, que a Eduardo Berti le molestaría que le preguntaran si es un periodista que escribe o un escritor que comenzó haciendo periodismo.

Y los Beatles, claro.
Para Berti fue George. Para mí fue John.

Un día de diciembre de 1980, cuando vuelvo a casa mi madre me dice que han matado a un Beatle.
Dios me perdone, pero le pregunto si se trata de Paul McCartney.
—No.
—Ringo Starr —digo.
—Tampoco.
—Ay… ¿George Harrison?
—No.
—¿Estás segura?
—Sí. El otro.
—¿Cómo “el otro”? Paul McCartney, te dije.
—No, te dije que no, ese tampoco…
—¡No, no, no! No me digas que es John Lennon…
—¡Sí!—dijo mi madre—. Ese, Lennon.
Igual que la madre de Fito Páez, la mía nunca escuchó a los Beatles.
 
Escribí sobre John Lennon en mi diario íntimo. Llorando, mientras ponía y volvía a poner, en el grabador, una y mil veces, las canciones de los Beatles. Mientras hacía como que estudiaba Geografía, que me había llevado a diciembre, con los nombres de las capitales y las montañas y los fiordos desdibujados por mis lágrimas en las páginas tristes de los libros de estudio.


Y escribí un artículo que se llamó “Por siempre, John”. Se lo mostré a una amiga de mi madre. Ella, sin saberlo yo, se lo dio al director del diario de Tres Arroyos. Una semana más tarde, Hugo Pérez (de él se trataba) me llamó por teléfono para decirme que iban a publicarlo en la edición del domingo siguiente. En La Voz del Pueblo. Y volví a llorar, sin poder perdonarme la felicidad que eso me provocaba.


Fue la primera nota mía que apareció en un medio gráfico. Siempre que recuerdo este comienzo y pienso en que desde entonces no he dejado de publicar, me siento agradecida a John por haberme inspirado, y, a la vez, me acomete una pena “tan grande que casi ni se me revela”, como decía el mismo Lennon, por haberse tratado de su propia muerte. 


Esta anécdota podría estar en Faster. Pero me la contó mi esposo, ex piloto de F.1. Sucedió en Australia en el 2000, poco después del atentado que George Harrison y su esposa Olivia Arias sufrieran en su mansión, ubicada a 40 km al oeste de Londres, a fines de 1999. Marc conocía a George de sus años compitiendo en el equipo Brabham, puesto que el músico era un asiduo invitado del dueño de la escudería, Bernie Ecclestone. En Australia, pues, Marc (comentarista experto de la televisión alemana) le pidió que se acercara a la cabina de transmisión. “Claro, con mucho gusto”, aceptó George; “y de paso, Olivia se queda tranquila viendo que estoy bien”. Es que en su mansión miraban las carreras a través de ese canal de cable. 


La velocidad del tiempo. Todo regresa: el café aquel, el libro frustrado sobre Luca, los pasillos de un estudio de televisión, las ganas de escribir, el entusiasmo de aquellos años en los que todo estaba por hacerse, los pájaros y El Palomar. Los cuatro ya queríamos volar. Vuelven Bioy Casares y Fangio (sin contar con Los Beatles, claro). Eduardo tiene casi mi misma edad. Y los dos, casi al mismo tiempo, nos vimos acuciados por la necesidad de escribir sobre aquellos años. 


Siempre lo sentí mi amigo. Aunque hace unos treinta años que no lo veo. Acaso por eso mismo.


“Admiro a las tortugas porque nunca se atropellan, siempre llegan y tienen la buena costumbre de vivir mucho tiempo”. Lo podría haber escrito Berti. Lo dijo Fangio.


Silvia Renée Arias.


22 mayo, 2019

Aurora


Viento, tú que has pasado sobre el suburbio
y has abrevado las colinas sedientas,
tráeme las oscuras nubes
para que pueda llenarlas de agua,
con mis lágrimas.


Barrios, hacia los que se encamina la desgracia
como lobos que se encaminan en la selva,
allí, donde he acompañado a los leones al agua
y he visitado madrigueras de gacelas.


Detrás de ti, oh mar, hay un paraíso para descubrir.
Donde hay alegría sin miseria alguna,
si de día pienso en conquistarlo,
de noche tú me lo deniegas.

He cedido a los deseos que el mar me ha prohibido encontrar.



Y haré de la media luna una barca
para abrazar el ardor de aquel fuego.
Y haré de la media luna una barca
para abrazar el ardor de aquel fuego.


Oh, tú, Aurora, tráeme la luz, tú, Aurora, tráeme la luz.

La mente es algo de estupefaciente, un tesoro,
que satisface el deseo, un cofre
de cada posible cosa. 


Texto del poeta árabe-siciliano Ibn Hamdis
( Sicilia, 1056 - Mallorca, 1133 )


(Música: Franco Battiato-Nabil Salameh)

09 mayo, 2019

Gisèle Freund



Adolfo Bioy Casares, 1975.




Pablo Neruda, Chile, 1944.


"Chanteur de tango sous le portrait de Carlos Gardel", Buenos Aires, 1943. 



Jorge Luis Borges, 1943.





Frida Kahlo devant le portrait de son père photographe”, 1951


Fotos de Gisèle Freund (1908-2000), cuyo fondo fotográfico puede visitarse en el sitio www.photo.rmn.fr

13 marzo, 2019

Escribir según Eduardo Halfon


La memoria narrativa, según Halfon.



La memoria narrativa no es fluida. No es continua. Más que como una película, se manifiesta como una serie de imágenes fragmentadas. De cuadros. De recuadros.

Imágenes en el álbum de la memoria: inconexas y opacas y acaso inventadas. El hilo que las une es la literatura. La literatura, hilvanándolas, les da sentido. El oficio de un escritor no difiere del oficio de un sastre. Parches, remiendos, costuras, hilos, retazos que, con oficio, crean la ilusión de un todo.

En la memoria, las sensaciones son más intensas que los hechos, y las ausencias ocupan más espacio que las presencias. Algo que no tuvimos, que perdimos, que se marchó, deja en nosotros un vacío permanente, irreparable. Hacer literatura es el ejercicio de querer rellenar los espacios vacíos de la memoria, sabiendo todo el tiempo que no se puede.

Narramos desde nuestros lugares infantiles, desde un punto intermedio entre el recuerdo y el olvido.

Dibujar es el arte de la mirada. Hacer literatura es el arte de manipular el recuerdo.

Eduardo Halfon, Biblioteca bizarra (Jeckyll & Jill, 2018)

22 enero, 2019

Ya salió "Faster"



Ya salió a la venta en España (luego se distribuirá en América) mi nuevo libro: "Faster (más rápido"), editado por Impedimenta.

Copio el texto de la contracubierta:


Buenos Aires, finales de los años setenta. Dos adolescentes apasionados por los Beatles viajan a las afueras de la ciudad, rumbo a un concesionario de la Mercedes, en busca del gran mito de la Fórmula 1: Juan Manuel Fangio, el Chueco. Ese día cambiará por siempre sus vidas. Desenfadada crónica personal, genial autobiografía fragmentaria, Faster es un compendio de brevísimos episodios en los que Fangio y los Beatles (George Harrison, sobre todo) cumplen el rol de detonadores y el «recuerdo» se coloca en el centro de la diana. Siguiendo la estela de Perec, Eduardo Berti se entrega a un minucioso ejercicio de memoria que lo lleva a hablar sobre la velocidad de las carreras y de la vida (la velocidad a la que el mismísimo Harrison dedica su canción «Faster»), sobre la amistad y la idolatría, además de retratar con emoción y fineza aquel momento en el que elegimos un destino que no es exactamente el mismo que habían previsto o deseado nuestros padres.

Con esa lentitud ideal que, según Fangio, equivale a la mejor velocidad, Eduardo Berti despliega una red de recuerdos, profundos y falsamente desordenados, para forjar un relato lleno de frescura y nostalgia sobre el paso de la niñez a la vida adulta.
 
 
 

20 enero, 2019

Preguntas que vienen de lejos


Entre los últimos títulos públicados por la "Bibliothèque oulipienne" está mi pequeño libro Une question qui revient de loin donde, entre otras cosas, tomo algunas preguntas (frases interrogativas) que aparecen en distintas páginas de la novela Madame Bovary, de Flaubert (ya sea en la voz del narrador, ya sea en los diálogos entre los personajes), y las recontextualizo armando nuevos textos. 

Por ejemplo, en traducción al castellano:


Preguntas que le hace la abeja a la flor

¿Por qué nos hemos conocido?
¿Qué azar lo ha querido?
¿De quién es la culpa?
¿Es mi culpa? ¿Qué puedo hacer yo?
¿Estás molesta? ¿Sientes algún dolor? ¿Desde cuándo?
Sin mí, ¿dónde estarías? ¿Qué harías?
¿Habrías querido que viviese sin ti?

Y nuestros pobres cactus,
¿dónde están?


El libro propone también las "preguntas que se hace el agua en las fuentes", las "preguntas que hace la sombra del vagabundo", las "preguntas que se hace el enamorado" o las "preguntas que se hace el espejo cuando su amo está presente".

En otra parte del libro, las preguntas encontradas en Madame Bovary traen notas al pie. Y las notas al pie provienen, todas, de Bouvard y Pécuchet.