Charlie Coombe, que ha traducido al inglés mi novela "El país imaginado"
(publicada hace pocos días en Estados Unidos, por Deep Vellum), me ha pedido
que escriba un texto para que ella pueda traducirlo y leerlo en público
en ciertas librerías de EE UU donde acaso se organicen presentaciones o
encuentros de promoción. Esto es lo que me salió, a partir de algunas
preguntas o algunos temas que ella misma me planteó.
Mi primer país imaginado fue la lejana Rumania donde nació mi padre. Cuando
yo era un niño en Buenos Aires (Argentina), mi padre hablaba muy poco de su Rumania
natal. Contaba lo estrictamente imprescindible. Yo terminé completando sus
silencios con mi fantasía.
Mi segundo país imaginado fue una especie de terreno baldío de las
afueras de la ciudad de Buenos Aires en el que, con dos amigos que tenían como
yo 12 años, instalamos una especie de bandera que significaba toda una declaración
de independencia a la República Argentina. Nadie se enteró de nuestra humilde
revolución.
¿Mi tercer país imaginado? Tal vez haya que buscarlo en mi primera
novela (“Agua”), que publiqué cuando tenía alrededor de treinta años. La novela
presenta un país que no es totalmente real ni totalmente imaginario. La acción
se ambienta en Portugal, hay escenas en ciudades reales como Lisboa y (sobre
todo) Coimbra, pero otras se desarrollan en una ciudad inventada por mí desde
la Argentina. Casualidad o no, la ciudad inventada en “Agua” (posiblemente un
eco al país natal de mi padre) se llama Vila Natal.
No voy a seguir con la cuenta, no tiene sentido. Me he mudado varias
veces. He vivido en París, en Madrid. Vivo hoy en el sur de Francia. Ya no sé
muy bien qué es un país real y que es un país inventado… Desconfío cada vez más
de las fronteras.
Pasemos directamente, por lo tanto, a ese país imaginado llamado “El
país imaginado” : un país de novela que es una mezcla entre la China real y esa
China que tanto hemos construido desde Occidente. Esa China idealizada como una
especie de mundo alternativo. Esa China que, como la mejor ficción, nos
recuerda que las cosas podrían ser y hacerse de otras maneras.
Mi primer contacto con el país real, con la China real, fue en el año
2004. Hicimos un viaje, mi mujer y yo, a Pekín y Shanghai. Un viaje de un mes,
que fue el fruto de varios azares. Como hubo sobreventa (el famoso overbooking) en un vuelo entre París y
Buenos Aires, la compañía aérea nos entregó una especie de vale compensatorio
equivalente a no me acuerdo cuántos dólares, pero cuyo valor se duplicaba si
era utilizado para comprar otro pasaje de avión. Eran tiempos en los que mi
mujer y yo teníamos poco dinero; lo que nos ofrecía la compañía aérea nos
hubiese venido bien traducido a billetes, pero siempre nos apasionó viajar.
Al principio pensamos en ir a Japón. Pronto
supimos que el hotel y el día a día en Japón nos iban a salir muy caros.
Entonces surgió la idea de viajar a China. Fue una idea de último momento. De
modo que viajamos a Pekín casi sin preparativos. Casi a ciegas… La distancia y
la sensación de no entender fueron parte de la magia de ese viaje. Y no está
mal, de vez en cuando, dejarse llevar y no entender, como cuando leemos un
poema o vemos un cuadro que nos fascina sin que nos quede del todo claro su
sentido. La experiencia, en fin, fue tan intensa que nos dejó varias marcas: yo
me puse a leer literatura china y libros sobre China (lo que, en parte,
desembocó en mi novela “El país imaginado”) y mi mujer se puso a estudiar el
idioma mandarín… Ha hecho grandes progresos.
A ese viaje le siguieron tres más,
los que aparecen recogidos en un libro que publiqué el año pasado: “La máquina
de escribir caracteres chinos”. Una mezcla de diario de viaje con ficción.
Pero “El país imaginado” lo escribí mucho
antes. Después de aquel primer viaje y antes de los siguientes. Bajo el impacto
de aquel viaje. Pero también bajo el influjo de varios libros que leí a mi
regreso del viaje. Cuentos de fantasmas y cuentos fantásticos de Pu Song Ling, Gan
Bao o Yan Zhitu. Novelas clásicas. Novelas más actuales
de escritores como Rou Shi. Etcétera.
En un momento, me topé con un libro publicado en
1926 por el jesuita, misionero y sinólogo francés Henri Doré. Me refiero a su
fascinante Manual de supersticiones chinas. Gracias a ese libro me enteré de la antigua (y no tan antigua) existencia
de “casamientos fantasmas”. Es decir: bodas entre vivos y muertos. El tema es
largo de explicar y no voy a ahondar mucho porque podría ser un “spoiler” para
los que quieran leer mi novela. Como sea, el caso me fascinó. A tal punto que
no pude dejar de escribir sobre él.
Muchas de mis novelas han
nacido de la unión (impensada o inesperada) entre dos ideas que me obsesionan o
que martillean con insistencia en mi cabeza. En el caso de “El país imaginado”,
hacía rato que yo deseaba escribir una novela o un texto de
ficción que hablase de ese vínculo tan especial que suele darse, no siempre,
pero bastante a menudo, entre las niñas de 13, 14 ó 15 años… Un vínculo muy
poderoso que, desde luego, tiene mucho de amistad, pero en el que con
frecuencia se mezclan otros factores y otros ingredientes: admiración, complicidad
y hasta una especie de amor o de atracción física.
Como escritor, me
fascinan esas cosas que no tienen nombre o que deberían tener un nombre
diferente al que la mayoría de la gente suele ponerle. Algo por el estilo me ocurrió
con estas dos cosas que terminé mezclando, combinando, en “El país imaginado”: por
un lado, los casamientos entre vivos y muertos; por el otro, el vínculo tan
especial entre dos adolescentes.
Frente a esas cosas que
no tienen nombre (frente lo inefable), quise escribir una novela donde jamás se
dice el nombre exacto del pueblo de China donde ocurre la acción y donde jamás
se dice el nombre exacto de la narradora.
La narradora, una niña de 14 años,
acepta el nombre que le pone Xiaomei (su gran amiga): acepta el nombre Ling
(que es un malentendido), pero nunca sabemos cómo se llama realmente Ling. Y
eso no tan importante.
Quiero agregar que en “El país
imaginado” quise trabajar más a fondo la emoción, profundizarla en comparación
con mis libros anteriores. Podría bromear y decir que en esta novela hice lo
que Flaubert con “Un corazón simple”. Al mismo tiempo, hoy comprendo que “El
país imaginado” abrió una especie de segunda etapa en mis libros. La emoción es
más presente, pero eso no impide que quiera seguir investigando formas o
técnicas narrativas ni que siga siendo puntilloso con la elección de las
palabras, con el ritmo de las frases… Cada loco con sus manías.
Formo parte del grupo Oulipo (el
taller de literatura potencial) desde 2014. Una crítica que se suele formular a
Oulipo (y no estoy de acuerdo con ella) es que las literaturas que ponen el
acento en lo formal descuidan o resignan la emoción. Suelo responder a ese
comentario que uno de los grandes emblemas del romanticismo y de la emoción
(los sonetos) están llenos de reglas formales, comparados con el verso libre.
En “El país imaginado” no hay “contraintes”: no hay restricciones
clásicas de tipo oulipiano. Los
miembros de Oulipo no escribimos únicamente libros oulipianos. Y cada miembro
de Oulipo tiene su forma particular de acercarse a la “restricción” y a la
“literatura potencial”. Pienso que esta libertad ha ayudado a que el grupo siga
vigente, activo y renovándose, pese a que en breve cumplirá sesenta años de
vida.
Así y todo, “El país imaginado” tuvo
y tiene sus pequeñas reglas de juego. Una de ellas abarca los “inter-capítulos”
(o “capítulos intercalados”) que aparecen en itálicas, en bastardillas, y que
son los sueños en los que se reúnen la narradora y la abuela muerta de la
narradora. Esos capítulos no están narrados por quien sueña (como sería lo
habitual), sino por la persona soñada. Más aún, hay toda una teoría al respecto
en la novela. Una teoría que explica por qué la persona soñada es la mejor
guardiana del recuerdo de un sueño…
Cuando tuve terminada la primera
versión de “El país imaginado”, le pedí a una querida amiga china (que entonces
vivía en Madrid, como yo, pues escribí esta novela en Madrid) que me hiciera un
gran favor. Que durante diez mañanas consecutivas nos juntásemos en un café
tranquilo (si es que en Madrid hay cafés “tranquilos”, pero es otro tema) y que
ella permitiese que yo lo le fuera leyendo en voz alta la novela. Eso hicimos. Mi
amiga, desde luego, me iba dando su opinión. Lo que a mí me interesaba, ante
todo, era que ella me dijese si algo sonaba “falso” o “poco chino”. No me preocupaba
tanto lo “verdadero” como lo “verosímil”. En otras palabras: que esa voz y esa
historia ambientadas en una ciudad perdida de la China de 1930 fueran creíbles
para mi amiga china de Madrid, unos ochenta años después.
En un momento, me acuerdo bien, yo estaba
leyendo en voz alta y llegué a una frase que decía, palabras más, palabras
menos, “su ánimo se vino al suelo como un castillo de naipes”. Mi amiga frunció
el ceño. Yo la miré y dije: “Sí, lo reconozco: la metáfora es trillada, todo un
lugar común”. Ella respondió: “No, el problema es otro. En China no hay
castillos… Hay palacios”. Finalmente dejé esa imagen convirtiéndola en un
“palacio de naipes”. E hice lo mismo con otras figuras lingüísticas. Las
“achiné”, si vale la palabra. Fue fascinante tomar ciertos “tópicos” de nuestra
lengua y teñirlos con el aporte de otra cultura.
Algo de eso, me atrevo a decir, hace
la novela a mayor escala. Habla de temas totalmente universales y conocidos (el
amor, la familia, la amistad, la tradición, la libertad), pero los instala en
un contexto singular y más bien extraño para nosotros, los occidentales. Un
contexto que, además, es una especie de contrario u opuesto con respecto a mí:
la narradora es mujer, la acción transcurre hace un siglo, China es la perfecta
antípoda de la Argentina y mientras la narradora tiene 14 yo empecé a escribir
esta novela (tuve la primera idea) a mis 41 años…
Es probable (cavilo ahora) que la
edad que tiene Ling (la narradora), esa edad en la que abrimos los ojos al
mundo, esa edad en la que descubrimos tantas cosas, encierre la misma mezcla
que presenta la novela entre lo conocido y lo desconocido.
El concepto o el título de “país
imaginado” alude no solamente a China. Se refiere a la muerte (la abuela de la
narradora dice que la muerte es “una tierra imaginada”) y se refiere también a esa
edad temprana en la que todo parece posible. Esa edad en la que (pese a los
límites económicos o sociales, pese a las tradiciones culturales, pese a las
leyes y a las exigencias familiares) nuestra vida y nuestro futuro se extienden
vastamente, delante de nuestros ojos, como una suerte de país infinito.
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