09 febrero, 2011

Pequeñas palabras



Un buen escritor expresa grandes cosas con pequeñas palabras; a la inversa del mal escritor, que dice cosas insignificantes con palabras grandiosas.

Ernesto Sabato, Heterodoxia

07 febrero, 2011

Saber


Alguien dijo: "Los escritores muertos nos parece remotos porque sabemos tanto más que ellos". Precisamente, y ellos son lo que sabemos.

Some one said: "The dead writers are remote from us because we know so much more than they did." Precisely, and they are that which we know.

T.S. Eliot, "La tradición y el talento individual" (incluido en
El bosque sagrado/ The sacred wood).


04 febrero, 2011

Escribir según Gao Xingjian


Considero que el escritor sólo es responsable ante su lenguaje.

Sólo me rijo por un principio: soy el que se sirve de la lengua y no la lengua la que se sirve de mí. Si busco un lenguaje propio es para expresar con mayor precisión mis sensaciones y no para permitir que el lenguaje juegue conmigo.

La lengua literaria debería poder leerse en voz alta, es decir, tendría que depender no sólo de la letra, sino del oído, pues el sonido es el alma de la lengua: aquí radica la diferencia entre el arte del lenguaje y el oficio de la composición literaria.

No creo que para innovar haya que negar la tradición; la tradición está ahí, y todo depende de cómo se entienda, de cómo se emplee.

La literatura no es una simple copia de la realidad, pues atraviesa las capas superficiales para penetrar hasta su mismo fondo; revela lo que es falsa apariencia y, remontándose a las alturas, navega por encima de las ideas comunes para mostrar, con visión macroscópica, las particularidades y pormenores de la situación.

La literatura no intenta en absoluto subvertir, sino descubrir y revelar la verdad de un mundo que el hombre o bien raramente puede conocer, o bien apenas conoce, o bien cree conocer y en realidad no conoce.

Gao Xingjian: "En torno a la literatura" (El Cobre, 2003). Traducción de Laureano Ramírez.

02 febrero, 2011

Un misántropo incorregible

Silvina Friera comenta en Página/12 los "Cuentos glaciales", de Jacques Sternberg.



Por Silvina Friera

El cuentista francés más prolífico de su época fue un misántropo incorregible de un humor negro tan despiadado que sus ideas-látigos, sus textos minúsculos y proverbiales –llámese cuentos breves, microrrelatos o ficciones súbitas– golpean al lector. Lo que maravilla al mismo tiempo envenena con alta dosis de desesperación. Si “provocador” resulta una palabra inconveniente, para el “caso” de Jacques Sternberg se la podría aplicar como un comodín que repara sentidos oxidados por el tiempo. Sus Cuentos glaciales (La compañía), traducidos por Eduardo Berti y con posfacio de Hervé Le Tellier, revelan la agudeza siempre incómoda de un escritor que interpela con un sarcasmo excepcional las convenciones sociales. Nada queda en pie; se derrumban momias sagradas como la patria, la virtud, Dios, el heroísmo, la voluntad y el deber, entre otras cuestiones que detestaba con perfidia militante.

De la carcajada al espanto, de la transparencia de lo cotidiano a capas de densidad absurdas cuando no desconcertantes. Este es uno de los caminos posibles –no el único, claro está– de la experiencia que puede generar este autor prácticamente desconocido por las tierras de la lengua castellana, que escribió trece novelas, ¡mil quinientos cuentos!, diversas obras de teatro, dos guiones de cine –Je t’aime, je t’aime a pedido del maestro de la nouvelle vague Alain Resnais–, varios ensayos y panfletos, y una revista fundada con sus amigos del grupo Pánico: Topor, Arrabal y Jodorowsky. Pero si los antecedentes no alcanzan, otro dato: André Breton amaba los textos de Sternberg.

“Era tan educado que, antes de cruzar las puertas de la muerte hizo que su esposa entrara en primer lugar”, se lee en la corrosiva “La educación”, apenas dos líneas. “La bondad” es una granada que estalla en los ojos: “La dama de caridad miró piadosamente al ciego. Y, llena de conmiseración, sin dudarlo un solo instante, depositó sus ojos en el plato del inválido”. Hasta hay un breve texto de Sternberg, “El campeón”, que podría servir de biblia para el hincha enojado con alguna “promesa” de jugador fallida. Cada lector podrá elegir a quien considere digno representante de la semblanza. Candidatos –se intuye– sobran. “Lo tenía todo para ser el astro más importante: llevaba el talento futbolístico en la piel. Dotado de la agilidad de los felinos, de una gran destreza técnica, de singulares reflejos y de una musculatura privilegiada, podría haber sido el mejor jugador de todos los tiempos. Sin embargo, era víctima de un pequeño defecto: como tenía una pésima memoria, nunca lograba recordar para qué equipo jugaba.” En qué jugador francés habrá pensado este adorable cretino que nació en Amberes (Bélgica) en 1923, en el seno de una familia judía de origen ruso. Poco importa esta curiosidad de época. La leyenda de Sternberg ofrece mucha tela para cortar. Parece que recorrió más de 300 mil kilómetros en su bicicleta motorizada Solex y 30 mil millas náuticas en su velero.

El berretín de la escritura se instaló temprano, a los 19 años. Pero estalló la guerra. Y comenzó la carrera por encontrar un refugio seguro en París, Arcachon, Biarritz y Cannes, donde Sternberg descubrió una de las pasiones de su vida: la navegación. Allí –en Cannes– leyó a Katherine Mansfield, Erskine Caldwell, Waldo Frank y William Faulkner, entre otros autores. En 1942, los Sternberg abandonaron la Costa Azul y viajaron a España. La muerte les mordía los talones. En Barcelona los detuvieron; después de tres meses de prisión el destino fue, otra vez, Francia: el campo de concentración de Gers. En ese azar cruel que dividía la frontera entre el sobreviviente y el condenado, la madre y la hermana lograron salir. Pero el padre murió en Majdanek. Jacques también se salvó del horror. Se escapó en 1943, durante un traslado. Pronto adoptó una palabra de cabecera en francés, sursitaire, “beneficiario de una prórroga”, que utilizaba para definir su suerte. Luego del infierno, regresaba a la vida con la intención de contar sus experiencias emulando el estilo de Henry Miller o Louis-Ferdinand Céline. Destruyó seis novelas escritas al calor de ese arrebato. Evidentemente, no había encontrado aún la horma de su zapato narrativo. En 1948 se produjo esa epifanía con la que elaboraría un estilo, donde lo extraño, lo insólito y lo absurdo se despliegan en un mundo con frecuencia ordinario y absolutamente banal. Comenzó a escribir sus microrrelatos, que leía dos veces por semana en el cabaret literario La Poubelle. Algunos de esos textos están incluidos en Cuentos glaciales.

En estos relatos brevísimos se podrán rastrear atmósferas o situaciones kafkianas, una veta juguetona emparentada con las tendencias surrealistas –pero también con Cortázar–, así como hilachas del absurdo en consonancia con Ionesco y Beckett. “No sin asombro se halló, colgado en la puerta de un panteón, este cartel: ‘Vuelvo enseguida’.” Esta microficción glacial podría ejemplificar, según como se la lea, alguna de esas filiaciones. Pero como las conexiones que se pueden entablar afortunadamente son elásticas, corresponde agregar una pata fantástica con resonancias de Frederic Brown. Sin embargo, Le Tellier desglosa cierto reparo en esta dirección cuando recuerda que con ánimo de catalogar o de simplificar, la crítica clasificó a Sternberg entre los autores fantásticos o de ciencia-ficción. En el trampolín de su consolidación como escritor están La sortie est au fond de l’espace (1956), una novela vanguardista de ciencia ficción, y libros como Entre deux mondes incertains (1958). Jacques, no obstante, en la hipótesis de Le Tellier, parece indiferente a las costumbres de fantasmas y vampiros, no le importan los sudarios ni la sangre.

El batallón de Cuentos glaciales (Contés Glacés, 1974) está integrado por 270 relatos, recopilados por el propio Sternberg, escritos entre 1948 y la década del ’70. Incluye un prólogo del autor a la primera edición, en el que con el afán de echar más leña al fuego toma partido por el “patito feo” de los géneros narrativos. “Escribir una novela de más de 250 páginas está al alcance de cualquier escritor más o menos dotado. Puede hacerse en 25 días a razón de 10 páginas diarias –calculaba–. Escribir 270 cuentos, en su mayoría breves, es otra historia. No se trata de un asunto de ritmo, sino de inspiración: hacen falta 270 ideas. Y eso es mucho. No se las tiene en un mes, ni siquiera en un año.” En Sternberg hay un trabajo de captura fina y “traducción” aguda de las ideas. “La timidez” es uno de los cientos de ejemplos con los que se topará el lector: “Tanto temía causar molestias que cerró la ventana a sus espaldas luego de arrojarse al vacío desde el sexto piso”. Vuela alto cuanto más económico y despojado es un texto. “Dirigía un orfanato en decadencia por falta de huérfanos. Para que prosperase su institución, cada noche se internaba en los barrios pobres y mataba a algunos padres.” Lo que toca Sternberg –en presente, a pesar de que murió a los 83 años, en 2006– lo transforma; obliga a revisitar objetos, sujetos, oficios y situaciones para digerirlas lentamente después de la primera impresión.

Quizá el punto más flojo de Sternberg sea “El resto es silencio” y “Marea baja”, dos cuentos extensos que irrumpen con la expectativa por las nubes, pero que van perdiendo consistencia y altura hasta tornarse un tanto previsibles en las peripecias y los remates. Dos relatos “erráticos”, no obstante, jamás podrán eclipsar la potencia de los 268 restantes. La Compañía, con Eduardo Berti a la cabeza, está cumpliendo con una formidable empresa: incorporar en las bibliotecas de cientos y miles de lectores de la lengua castellana a un escritor que erosiona los lugares comunes del pensamiento.

Enlace original: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-20654-2011-02-02.html


01 febrero, 2011

Experiencia

Henry JAMES


La facultad de adivinar lo invisible partiendo de lo visible, de seguir las consecuencias de las cosas, de juzgar una pieza completa por el dibujo, la condición de sentir la vida en general de un modo tan completo que le permite a uno adelantar en el camino de conocer cualquier recoveco particular de la misma; todo este conjunto de dones puede decirse que constituye la experiencia (...). Si la experiencia consiste en las impresiones, podría decirse que las impresiones son la experiencia, del mismo modo que son como el aire que respiramos. Por eso, si yo le dijese a un escritor novel: “Escriba desde su propia experiencia y sólo desde su propia experiencia”, tendría la sensación de que ese es un consejo perturbador, a menos que agregase
de inmediato: “¡Procure ser una de esas personas a las que nada se les pasa por alto!”

Henry James, "El arte de la novela"


29 enero, 2011

Los cuadernos de Coleridge


La poesía nos hace sensibles a los sentimientos artificiales y nos endurece frente a los verdaderos.


¿Sus versos? En escribirlos tarda menos que su editor en publicarlos, tarda lo mismo que nosotros en leerlos y tarda más que nosotros en olvidarlos.


Los príncipes, al permanecer inmóviles, dan la impresión de avanzar; lo mismo que la luna con las nubes.


Vivió como alguien que nunca pensó en morir.
Murió como alguien que nunca pensó en vivir.


Se puede adivinar el mal secreto de muchos hombres al observar donde ponen sus manos cuando se extravían en sus pensamientos o las posturas que adoptan al dormir.


Extractos de los cuadernos de trabajo de Samuel Taylor Coleridge (1772-1834).~



27 enero, 2011

Terreno firme

BORGES y BIOY


Un periodista español, al ver a los incendiarios de las iglesias en sus tareas, les preguntó: "¿Vosotros por qué quemáis iglesias?". Lo preguntó por curiosidad profesional y porque pensaba que ellos debían saberlo; muy pronto creyó oír frases en que lo trataban de coso y juzgó probable que procedieran a incendiarlo a él; entonces tuvo una ocurrencia que lo salvó; preguntó: "¿Por qué quemáis las iglesias y no a los curas?". Los incendiarios pasaron a las explicaciones y a las excusas: "Y, señor, llegamos tarde". Feliz de pisar de nuevo en terreno firme y para afianzarse del todo, el español improvisó unos consejos para que sus nuevos amigos lograran mayor eficacia en lo que hacían.

Adolfo Bioy Casares, "Borges".
(Los incendiarios son los que actuaron tras los bombardeos contra Perón en Plaza de Mayo, en junio de 1955, en medio del conflicto entre la iglesia y el estado.)

26 enero, 2011

Los melanómanos

Oído en un bus de Madrid, el lunes 24 de enero a las 18:30. Reproducido sin cambiar una sola palabra excepto el nombre del amigo, que no era Javier, ¿o sí?


Interior bus.
Pareja de unos treinta años de edad. Comparten un MP3, un auricular en la oreja de él y otro en la oreja de ella.

El (orgulloso): ¿Te gusta?
Ella: Sí
El: Me lo grabó Javier... Es un melanómano de puta madre.
Ella (misericordiosa): Melanómano, pobre... Tiene una enfermedad en la piel.
El (paternal): No. Melánomano es alguien al que le gusta mucho la música.
Ella: Ah.
El : Sí.
Ella (apenas dubitativa): Melanoma... Melanina... ¿De ahí viene?
El (con seguridad): Sí.

(Life is bigger than fiction)

25 enero, 2011

Ese cielo

William FAULKNER

William Faulkner acompañaba a su madre en su agonía. Su estado era irreversible y ella lo sabía. El escritor, para confortarla, comenzó a describirle las cosas y los elementos maravillosos que ella iba encontrar en el Paraíso. Todo iba bien hasta que Faulkner nombró a su padre. La anciana lo interrumpió y preguntó enojada: "¿Cómo? ¿En ese cielo voy a tener que encontrarme con tu padre?" "Si no quieres, no", respondió el escritor. La madre pudo decir algo más antes de expirar: "Qué bueno, porque ese hombre no me agradaba mucho".

Matías Bauso en Una épica de los últimos instantes, editorial Sudamericana, Argentina, 2010.

(Agradezco a Matías Bauso que me haya enviado este libro que él define, acertadamente, como un "Tratado de adioses, epitafios, estertores, suspiros, gestos postreros y palabras finales", pero que, paradójicamente, se parece bastante al nacimiento de un autor).

24 enero, 2011

La carta vendida


El pasado martes 18 de enero el suplemento Verano/12 del diario argentino Página/12 publicó mi cuento "La carta vendida" (incluido en mi último libro Lo inolvidable) además del siguiente texto, que escribí especialmente para la ocasión contando cómo fue escrito el relato:

Tengo especial debilidad por los cuadernos de notas. No me refiero tanto a la agenda social del escritor (hoy comí con A, hoy viajé a X, hoy vi a B), como a la práctica constante del apunte: observación, reflexión, laboratorio. Traduje hace años los Cuadernos norteamericanos de Nathaniel Hawthorne, que resultan toda una usina de ideas. Me pareció necesario que se tradujeran los de Chejov (La Compañía). Vuelvo a menudo a los de Henry James o a los de Jules Renard, un escritor subvalorado. Y a los de Somerset Maugham: A Writer’s Notebook.

Los cuadernos de Maugham son un pozo inagotable: desde páginas acerca de la literatura rusa cuyo boom ocurrió a su juicio en un momento especial (“el mundo estaba desilusionado con la ciencia... Schopenhauer y Nietzsche habían perdido su novedad y había una gran masa de personas educadas que se interesaban en asuntos metafísicos”) hasta reflexiones agudas (“el amor que dura más es el amor nunca correspondido”) o esbozos y gérmenes de historias, como el caso de dos hermanos, uno que es pintor y el otro médico:

“El pintor estaba convencido de su talento. Era arrogante, irascible y vanidoso, y despreciaba a su hermano tratándolo de filisteo y de sentimentalista. Pero ganaba muy mal y se habría muerto de hambre a no ser por el dinero que su hermano le daba. Lo más curioso de todo es que, por más extraño que fuesen su temperamento y su apariencia, pintaba unos cuadros realmente muy bonitos. De vez en cuando se las arreglaba para exponer y siempre vendía un par de óleos. No más que eso. Al fin el médico tomó conciencia de que su hermano no era realmente un genio, sino un pintor de segunda categoría. Fue muy duro para él, después de tantos sacrificios hechos. Mantuvo el descubrimiento en secreto. Al morir, le legó todo a su hermano. El pintor halló en la casa del médico todos los cuadros que durante veinticinco años había vendido a compradores anónimos. En un comienzo no entendió lo que pasaba. Después de pensar un poco tropezó con la explicación: el muy astuto había querido hacer una buena inversión.”

En la página 226 de la edición en inglés del Cuaderno de notas de Maugham –que obtuve usada y por monedas en la avenida Corrientes– está el origen de mi cuento “La carta vendida”, que sólo debe a Edgar Allan Poe una parte del título y que forma parte de mi nuevo libro de relatos, Lo inolvidable, editado en diciembre pasado en España (por Páginas de Espuma) y a editarse en Argentina en abril de este año.

“Dos hombres jóvenes trabajan en una plantación de té en las colinas y deben ir a buscar el correo lejos de allí, de modo que lo reciben en intervalos más bien largos. Uno de ellos, llamémoslo A, suele recibir más cartas, diez o doce, a veces más, mientras que el otro, B, jamás recibe ninguna y suele mirar con envidia a A, hasta que un día, yendo a buscar el correo, le propone: ‘Te daré cinco libras si me dejas leer una carta’. ‘De acuerdo’, dice B y, cuando llega el momento, A escoge una de las cartas para B. De noche, mientras beben whisky con soda, A pregunta qué noticia traía esa carta. ‘Asunto mío’, responde B. Discuten, se pelean. A hace todo lo posible porque B le muestre la carta, pero B sigue negándose. A la larga, muy ansioso, A le propone B: ‘Acá están las cinco libras, dame de nuevo la carta’. ‘Ni loco’, contesta B. ‘Yo pagué por ella, es mía.’ Eso es todo”, dice la entrada que data de 1938. Y nada más. El resto es silencio de Maugham y culpa enteramente mía.

Enlaces originales:

http://www.pagina12.com.ar/diario/verano12/23-160680-2011-01-18.html

http://www.pagina12.com.ar/diario/verano12/subnotas/160680-51535-2011-01-18.html

23 enero, 2011

El regreso

La historia del viaje y regreso de Ulises hecha blues por Donald Fagen y cía.





I know this super highway
This bright familiar sun
I guess that I'm the lucky one
Who wrote that tired sea song
Set on this peaceful shore
You think you've heard this one before

Well the danger on the rocks is surely past
Still I remain tied to the mast
Could it be that I have found my home at last
Home at last

She serves the smooth retsina
She keeps me safe and warm
It's just the calm before the storm
Call in my reservation
So long hey thanks my friend
I guess I'll try my luck again

Well the danger on the rocks is surely past
Still I remain tied to the mast
Could it be that I have found my home at last
Home at last

22 enero, 2011

El pescador y la gaita


Hubo una vez un pescador que, al ver varios peces en el mar, se puso a tocar su gaita con la ilusión de que así salieran a la superficie. Como esto no sucedió, el hombre tomó una red y con ella capturó gran cantidad de peces. Pero los peces, una vez fuera del agua, no dejaban de brincar. Entonces el hombre les dijo: “Ya basta de moverse. ¡Bien que antes se negaron a bailar cuando les toqué la gaita!”.

(Fábula de Aftonio)