Corría el año 1948 cuando un joven belga-francés comenzó a escribir unos cuentos muy breves, que no le interesaban a ninguna editorial. De hecho, según su propia autobiografía, todas lo rechazaban con idéntico fervor. Todavía no se habían inventado los términos casi científicos “minificción” o “microrrelato” y faltaban todavía unos años para la publicación de la primera antología del género en América Latina, los Cuentos Breves y Extraordinarios de Borges y Bioy. El joven escritor se llamaba Jacques Sternberg (1923-2006) y era de origen judío. En 1943 había logrado escapar, en un traslado, de un campo de detención nazi.
Muchas novelas después, (Toi, ma nuit, Le navigateur, entre otras) en la década del setenta, Sternberg logra finalmente publicar estos trescientos Cuentos Glaciales, diminutos, fríos y cortantes como trocitos de vidrio. O de hielo. Hoy, por primera vez, tenemos la oportunidad de leerlos en castellano gracias a la traducción inteligente y sensible de Eduardo Berti.
Profesión: mortal. Así titula Sternberg su autobiografía, a la que muchos llaman “autopsia salvaje”. Y a pesar de que, desdeñando cualquier otra clasificación, se define en primer lugar como mortal, nuestro autor no se muestra muy orgulloso de su estirpe. Emparentado con Cioran, el placer breve y preciso que provocan sus historias incluye el cinismo de quien tiene una ética demasiado exigente para la raza humana.
Gran lector de Kafka, de Fredric Brown, de Cortázar, patafísico profundo, Jacques Sternberg no respeta géneros ni límites de ningún tipo. No le importa combinar cuentos de distinta extensión en el mismo libro, al revés de lo que se estila en ese momento: un cuento largo de pronto, solitario como una isla en ese océano de témpanos que son los Cuentos Glaciales. En menos de diez líneas rompe las barreras entre la literatura fantástica y la de ciencia ficción, mezcla sin ninguna consideración el absurdo con la crítica social, el humor negro con las pesadillas, tiene una aguda percepción de los horrores de la vida moderna pero los trasciende, yendo siempre un paso más allá, un paso más arriba: es la condición humana lo que nuestro mortal de profesión no está dispuesto a tolerar.
Fragmento de la reseña consagrada a Cuentos glaciales, de Jacques Sternberg (editorial La Compañía, Buenos Aires, noviembre de 2010) y publicada el pasado fin de semana en la Revista Ñ (diario Clarín) de Argentina.
Estoy pidiéndole a diversos escritores y artistas que recomienden cinco libros de ficción a los lectores de este blog y por qué no, de paso, al autor del mismo. No se trata, para nada, de un ránking ni mucho menos de una lista canónica. Se trata, más bien, de cinco libros que repentinamente ellos quieran proponer y compartir con los demás.
El voto de Guadalupe Nettel:
Querido Eduardo,
Van cinco libros porque sí. Aunque en realidad son libros que acompañan muy bien en situaciones difíciles. Para mí todos estos libros han sido amigos cercanos, en momentos complicados de mi vida, que han sabido estar ahí con sentido del humor, cariño, sabiduría y sentido de la fraternidad entre seres humanos.
La vie devant soi de Émile Ajar
Amor y exilio de Isaac Bashevi Singer
La crónica del pájaro que da cuerda al mundo de Haruki Murakami
Bella del señor de Albert Cohen
Sin destino de Imre Kertesz
Si cupieran pondría también: De profundis de Oscar Wilde, El libro vacío de Josefina Vicens y La promesse de l'aube de Romain Gary.
Guadalupe Nettel nació en la Ciudad de México en 1973. Estudió la carera de Lengua y literaturas hispánicas en la UNAM y en el 2008 obtuvo un doctorado en Ciencias del lenguaje en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de la ciudad de París. Es autora de tres libros de cuentos (Juegos de artificio, Les jours fossiles, Pétalos y otras historias incómodas) y de una novela (El huésped). Colabora regularmente con diversas revistas literarias de España y América Latina. Sus libros han obtenido varios premios y reconocimientos como: el Prix Radio France International para países no francófonos, el Premio Gilberto Owen, el Premio Antonin Artaud y el premio Anna Seghers. Su novela El huésped quedó finalista del Premio Herralde en el 2005. En el 2007, el HAY Festival la seleccionó entre los 39 mejores escritores latinoamericanos menores de 39 años y participó en el encuentro Bogotá 39. Es becaria del SNCA y también editora de la revista Número 0, cuya vocación es establecer lazos entre las literaturas de nuestro continente.
Mirá si desviara a los tres la vista una estrella distinta, personalista, y les dijera: "Reyes Magos, piensen los que están haciendo. No pueden regalarlo todo, ¡dénse cuenta que se están fundiendo!"
"Pequeña desviación en la conducta de los Reyes Magos", Leo Maslíah
Acaso el mejor cantante popular del siglo XX, Francis Albert Sinatra ha legado una obra tan abundante como compleja. Muchos de sus discos, sobre todo aquellos de los años 1960, profundos, conceptuales, pero ensombrecidos por el esplendor del beat y el rock, esperan todavía una urgente relectura. Lo mismo vale para su imagen pública, hecha –así parece– de dos Sinatras diametralmente opuestos: por un lado, el artista sensible; por el otro, el eficaz entertainer masivo.
Una visión de la trayectoria musical de Sinatra parece arrojar, a grandes rasgos, cuatro capítulos. El primero enmarca sus actuaciones dentro de las orquestas de Harry James y Tommy Dorsey (RCA, de 1940 a 1942), además de sus primeros pasos como solista (Columbia, de 1943 a 1952); el segundo coincide con su desarrollo como crooner o baladista de jazz y con todas sus versiones perfectas del inolvidable repertorio de Cole Porter (Capitol, de 1953 a 1960); el tercero, de 1960 a 1971, es cuando asume sus mayores riesgos como artista, ahora en el sello Reprise, del que también fue dueño. El anuncio de un retiro, el 13 de junio de 1971, y un regreso ("Let Me Try Again"), ya como mito viviente, constituyen un cuarto y último capítulo, sin duda el menos interesante.
"Love's Been Good to Me" (Rod McKuen)
Muchos son los buenos discos que registró Sinatra en más de cincuenta años de actividad. Ninguno quiebra en dos su carrera como Strangers in the Night, aparecido en 1966 y con una llamativa inscripción en contratapa: "The Popular Sinatra Sings for Moderns" (El popular Sinatra canta para los modernos). Como absoluta novedad, el arreglador Nelson Riddle introduce allí el órgano eléctrico (jazz organ) y produce una revolución en el sonido de Sinatra. Basta escuchar "All or Nothing at All", "Summer Wind" o incluso "Downtown", donde el resultado ya parece más cerca de la música beat que del jazz.
El arco que se abre desde Strangers in the Night hasta Watertown (1969) encierra el período más paroxístico en la obra de Sinatra. A mediados de los 60, la música pop sufre una violenta transformación. Luego de Rubber Soul (The Beatles) y de Pet Sounds (Beach Boys) el concepto de álbum reemplaza al de single. Se traslada a la música popular la idea del cine de autor, de modo tal que ahora también hay discos de autor. No siendo compositor sino un cantante, Sinatra logra resolver el dilema a su manera: abordando más como "actor" que como "autor" eso que hoy se conoce como álbumes conceptuales. Lo peculiar de estos discos es que están escritos de punta a punta, especialmente a su medida, por una misma persona. El resultado es parecido a una película de autor protagonizada por una megaestrella.
Decir que 1969 fue el annus mirabilis de Sinatra en materia discográfica puede resultar una audacia, sobre todo si se piensa que los dos álbumes de ese año fueron vistos, en su oportunidad, como fiascos de venta. Se trata de A Man Alone (Un hombre solo), obra del poeta y cantautor Rod McKuen (el mismo que escribiera el rock’n’roll "The Beat Generation", grabado por Bill Haley), y de Watertown, álbum concebido por Bob Gaudio (The Four Seasons) y Jake Holmes.
"A Man Alone" y otras canciones (Rod McKuen)
No obstante su bajo impacto comercial, ¿qué tienen de importante y singular estos trabajos? Sobre todo que Sinatra se sacude la imagen establecida de cantante romántico y de amante victorioso que dominó buena parte de su obra para contraponer dos discos de una desolación inédita para su propio canon: el primero, una suerte de ensayo sobre la soledad; el otro, el relato impiadoso de una crisis matrimonial.
La justicia del tiempo parece estar agigantando estos dos discos, donde se pueden encontrar cosas insólitas, como a Sinatra recitando un poema, a Sinatra con el acompañamiento de una sola guitarra, o a Sinatra con la voz quebrada, casi al borde de la afonía y más vulnerable que nunca. Una exquisita cantante como Nina Simone supo rescatar este repertorio, sobre todo en su álbum A Single Woman (Una mujer soltera, de 1993), que no sólo incluía tres canciones de McKuen sino que, de alguna manera, es la versión femenina de A Man Alone.
"A Single Woman" (Rod McKuen)
Una excursión por la obra de Sinatra en los años 60 causaría asombro hasta al más avisado. Allí están George Harrison y su esposa Patty en la trastienda de la grabación de Cycles, uno de sus discos más pop, que incluye "From Both Sides, Now", hermosa canción de Joni Mitchell. Allí está ese formidable álbum a dúo con Tom Jobim –tal vez el mejor disco de música popular en lo que va del siglo–, al que siguió pocos meses después aquel encuentro histórico con la orquesta de Duke Ellington. Allí está ese disco con la orquesta de Count Basie (como él, hijo de Nueva Jersey), cuando eran muy poco usuales las aventuras artísticas interraciales.
Al hombre de los ojos azules, al hombre con "voz de cello", tal como lo describiera Bob Dylan, se lo juzgó varias veces con desdén y desconfianza desde la vereda del rock. Es cierto que durante años su figura conservadora, sus gestos de abierta amistad hacia Nancy y Ronald Reagan, su clan incondicional (Dean Martin, Sammy Davis Jr.), sus programas de tevé para el consumo familiar o su versión mojigata del conocido "Mrs. Robinson" de Simon & Garfunkel (donde el verso que decía "Jesus loves you more..." pasó a decir "Jilly loves you more...") significaron para muchos la exacta contracara de la siempre invocada rebeldía rockera. No es menos cierto, sin embargo, que en voz baja el ambiente del rock lo admiró siempre, a tal punto que Jim Morrison llegó a calificarlo de "artista incomparable".
El escritor William Kennedy afirmó alguna vez que uno "trepa por las paredes" escuchando al Sinatra de los años 60. Nada más cierto. Una emoción extra, algo indescriptible hay en esos discos. Hasta las canciones más inocuas –esas que en los 40 él había grabado en dance-tempo–, rehechas en nuevas versiones se vuelven, de pronto, dramáticas. Si a algún Sinatra hemos de extrañar especialmente, tal vez sea a éste. Si algún Sinatra ha de volver con el impulso inevitable de la nostalgia, sería muy justo y placentero que fuera éste.
Eduardo Berti
(Texto originalmente publicado, en una versión distinta, en la revista Rolling Stone de Argentina)
Un santo vio acercarse a un hombre que cargaba a un niño. "¿Qué debo hacer con este niño?", le preguntó el hombre, "es raquítico, nació prematuramente y ni siquiera tiene fuerzas para morir". "Mátalo", exclamó el santo con voz terrible, "mátalo y llévalo tres días y tres noches en tus brazos para recordarlo siempre, para que nunca más engendres un niño cuya hora no le haya llegado". Habiendo entendido estas palabras el hombre se marchó. Muchos censuraron al santo porque había aconsejado algo cruel, porque había aconsejado matar al niño. "¿Pero no hubiese sido más cruel dejarlo vivir?", respondió el santo.
Una cucaracha desgraciada en el amor, incapaz de sobreponerse a su tristeza, decide precipitarse en una pista de baile con la esperanza de acabar triturada bajo los pies de los bailarines. No obstante, contra toda lógica, consigue atravesar el bosque de pies y llega sana y salva al otro lado. Esta hazaña hace de ella un héroe y, en consecuencia, cumple su sueño, que era el de casarse con un cucharacho macho alemán.
Al contrario, un mosquito no tiene la misma suerte. Deprimido por un desengaño amoroso, va volando por la calle cuando repentinamente oye una hermosa música que brota de una sala de conciertos. El mosquito ingresa en el preciso instante en que cierto célebre pianista polaco pone fin a la primera pieza. La platea estalla en un aplauso y el desdichado insecto muere en el océano de manos.
"Sobre el destino", Huang Kuo-Chun. Incluido en "Essais de micro", publicado en Francia por Actes Sud.
Nacido en 1971 en Taipei, hijo de Hwang Chu-Ming (el autor de libros como "El gong" o "El sabor de las manzanas"), Huang Kuo-Chun era una gran promesa de la literatura de Taiwán. Se suicidó en 2011 dejando tres libros de cuentos, una novela inconclusa y varios ensayos breves, como los incluidos en este libro.
Es sabido que Borges concibió "Pierre Menard, autor del Quijote", relato que divide en dos su obra, bajo el influjo de una severa fiebre que lo tuvo hospitalizado, al filo de la muerte. Menos sabido es cómo cayó tan enfermo. Cuenta José Bianco en un artículo que todo se debió a un accidente en casa de la escritora chilena María Luisa Bombal. "Se echó hacia atrás y se golpeó la cabeza con el filo de una ventana entreabierta", dice Bianco. "Lo curaron, lo vendaron y le dejaron en la herida un pedazo de masilla". Consecuencia: septicemia fulminante. Por aquel entonces no existían los antibióticos.
El accidente es el mismo que en el cuento "El sur" sufre Juan Dahlmann. Oscuro bibliotecario (como Borges), mezcla de sangre criolla y germánica (también como Borges), Dahlmann golpea con su cabeza contra el batiente de una ventana inoportunamente abierta.
Ya curado, Borges resuelve escribir "Pierre Menard" con el fin de probar su cordura y de plasmar algo absolutamente distinto de lo que había hecho hasta entonces. A partir de este cuento original, fantástico y metafísico, su literatura -- vuelta a nacer sólo en cierto sentido -- se aparta más del criollismo y apunta a una internacionalidad que finalmente adquiriría.
¿Puede leerse "El sur" como el relato del "otro" camino que el "otro" Borges podría haber tomado al salir del hospital? Recuperado del mismo accidente, Dahlmann elige la barbarie en vez de la civilización. Viaja al sur y en una pulpería le arrojan una daga a los pies: imposible rechazar el desafío. "El sur" pertenece a esa gama de relatos borgeanos en los que, según sostiene Beatriz Sarlo, "el mundo criollo o indio toma una revancha sobre el espacio urbano o letrado". Dahlmann no sólo sabe de memoria buena parte del Martín Fierro. A su modo, lo reescribe como Menard reescribe el Quijote: gracias a la anacronía. "A la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos", sostuvo Borges en aquel cuento. ~
Comentario de "Lo inolvidable" por Pedro Crenes Castro en La Biblioteca Imaginaria:
Eduardo Berti (Buenos Aires, 1964) llevaba sin publicar un libro de cuentos dieciséis años y la espera ha valido la pena. Con el miedo escénico justo y con la seguridad del trabajo bien hecho, Páginas de Espuma publica “Lo inolvidable”, textos que prometen a los seguidores de Berti en particular y a los amantes del cuento en general, horas de intensa belleza literaria.
El tema de fondo de estos once cuentos es la memoria, el olvido y sus múltiples maneras de convocarlos, de vivirlos. Un olvido o una memoria que los personajes de estas ficciones llevan hasta sus últimas consecuencias exponiéndose a ser transformados por la misteriosa fuerza y misterio de eso que llamamos memoria.
Técnicamente Berti nos tiene acostumbrados a la precisión, (léanse “Los Pájaros” y “La vida imposible”) al detalle manifiesto u oculto que hace saltar el aparato literario para que nos sobrevenga el disfrute estético. Los cuentos del argentino son un ejercicio de constancia y paciencia que se traduce en cuentos muy bien trazados, bien rematados, que dejan con un eco en la memoria, dejan algo perdurable.
Vamos a someternos a la injusta disciplina de comentar cuatro textos de este excelente libro, aunque les adelanto que los onceestán en un nivel muy alto de calidad literaria y de apego a lo humano algo que es muy difícil de conseguir. La emoción es uno de los factores que Eduardo Berti sabe tratar muy bien y que hace aparecer para en el momento justo para asustarnos, hacernos reír o llorar.
El libro comienza con un texto hermoso en lo formal y conmovedor, “El inicio”, que retrata el camino de un padre y un hijo de la mano rumbo a la escuela, en una sucesión de ambigüedades que llevan a un final intenso, con un fondo emocional que sólo se puede hacer en literatura.
En “Diario de una lectora de diarios” asistimos a la brutal y paulatina ruptura con la realidad, una forma elocuente de olvido. Una mujer, viuda, decide leer todos los periódicos llegando a una obsesión tal que la distrae de todo lo que le rodea y todo somete a esa obsesión, incluso su relación con su hija. Un cuento de una envergadura psicológica que describe muy bien el momento en el que alguien deja este mundo para perderse en uno paralelo que lo aleja del resto de los mortales.
“La mentira o la verdad” juega con el tiempo y nos hace asistir a un engaño, simple dirán algunos, pero que arrastra a su protagonista a una culpa inmensa durante veinte años y que se pondrá de manifiesto el día en que celebra esa cifra de años casado con su mujer. Es un cuento perturbador, que en su sencillez nos encierra en una caja de cristal desde la cual no podemos advertir al protagonista de la que se le viene encima. Plantea si mentir o no, pone al protagonista en un brete que parece tener fácil resolución pero que no la tiene ni mucho menos.
Pero sin lugar a dudas, para mí, el que más interés estético y lúdico despierta es “Retrospectiva de Bernabé Lofeudo”, un interesante “programa de mano” de una retrospectiva dedicada este interesante director argentino cuyos avatares personales y cinematográficos vamos conociendo mientras leemos las críticas de sus películas, adelantadas a su tiempo en técnica y temática y que constituyen parte de la gloria cinematográfica argentina. Destacan de los personajes de este cuento Pascual Guidi, un boxeador argentino que quiere ser actor. Este cuento bien trabajado, construido con una precisión literaria y cinematográfica, que demuestran lo bien que maneja Berti el séptimo arte, hacen que sea uno de los disfrutes más intensos de este libro.
Falta espacio para destacar Los demás cuentos: la extrañeza de “Volver”, la tristeza de “Lo inolvidable”, la brutalidad de “Salvar a la Gioconda” o el inquietante terror de “Fantasmas” que cierra el libro, un libro que requiere varias lecturas, porque lo pide el cuerpo y la mente, porque el sentido estético de los buenos lectores lo requiere.
Sin duda alguna este libro de Eduardo Berti presagia más literatura, más cuentos, un texto que sólo Páginas de Espuma podía poner en nuestras manos con ese ojo experto para captar lo mejor de lo mejor del cuento hispanoamericano que se está haciendo en este momento. Un libro que sin duda va a ser uno de esos que dará que hablar y que convertirá a más de uno a la religión del cuento.
La Navidad en mi casa es por lo menos seis o siete veces más agradable que en cualquier otro sitio. Empezamos a beber temprano, y cuando el resto de la gente ve un solo Santa Claus, nosotros vemos seis o siete.
De puro ocioso, hace unos años, me dio por escribirle un e-mail a Dios. Imaginé su posible dirección electrónica (las posibles): dios@yahoo.com; dios@hotmail.com; dios@altavista.com. Escribí un correo y lo envié a las tres direcciones a la vez. Decía así: “Estimado Dios, te escribo sólo por saber si ya estás en la onda de Internet. Imagino que sí, cómo no. Me interesa saberlo porque así podríamos conversar de otro modo, ¿no te parece? Saludos”. Pasaron tres años y nunca recibí respuesta, pero el mensaje tampoco rebotó. Hace poco, sin embargo, mientras estaba en misa pensé que Dios debía recibir muchos correos y quizás tardaba mucho tiempo en responder. Esa misma noche, al revisar mi buzón electrónico encontré su menaje de respuesta: “Querido señor, por lo pronto deberá entender que este medio es demasiado directo para mis gustos. En lo que resta, espero que siga comunicándose a través de padrenuestros. Gracias”.
Microcuento de Johann Rodríguez-Bravo
Johann Rodríguez-Bravo nació en Popayán (departamento del Cauca, Colombia) en 1980. Estudió Economía. Colaboró en las revistas Número, El malpensante, Gatopardo, Mefisto y Cuadernos hispanoamericanos, entre otros medios. Fue editor de la revista literaria La mandrágora y miembro del consejo de redacción de Mil mamuts. Estaba cursando una maestría en Literatura. Murió a principios de 2006, con sólo 25 años. Había publicado Aquella vida de mago y otros relatos y estaba en proceso de publicación la novela Ciudad de niebla, que apareció póstumamente. Quedaron inéditos La ardilla de Newton y otros microcuentos, una novela que había resultado finalista en dos concursos y el diario que llevaba en su computadora.
Cada año, al acercarse las fiestas, con la gente de la editorial La Compañía solemos enviar un correo a todos los lectores y amigos tratando de argumentar por qué es bueno, por no decir ideal, regalar libros.
Este año, encontramos una respuesta en El libro de los animales, de Al-Yahiz, y es la siguiente:
Mudo cuando le impones el silencio, elocuente cuando lo haces hablar, nadie es compañero como el libro.
El libro es un comensal que no te elogia de manera escandalosa, un amigo que no te soborna, un compañero que no te aburre, un deudor que no te reprocha continuamente los atrasos, un vecino que no te reclama favores todo el tiempo, un hombre que no trata de arrancarte los pensamientos más íntimos, que no se comporta contigo en forma desleal, que no te traiciona con hipocresías, que no te engaña con mentiras.
Un libro puede leerse en todos lados; hay libros escritos en todas las lenguas; a pesar de los intervalos que separan las épocas, a pesar de las distancias entre las metrópolis, el libro conserva su perennidad.
Si no existieran documentos escritos, si la historia profana y religiosa no estuviera consignada en los archivos, si los hikam (máximas, sentencias, apotegmas) no estuvieran confinados en los manuscritos, el imperio del olvido habría vencido al de la memoria.
Al-Yahiz nació en Basora alrededor del año 776 y murió en la misma ciudad en el año 860. Es uno de los máximos escritores de la cultura árabe, conocido especialmente porEl libro de los avaros.