10 noviembre, 2010

Rancho de prisioneros

Cuando daban de comer a los prisioneros recién traídos, fatigados, torpes y hambrientos, aquellos soldados de cuarenta años, ya sensibles a las incomodidades del cuerpo, ya conscientes de las limitaciones del alma, se quedaban apoyados en el fusil, mudos, sin cambiar entre sí un guiño ni una mirada. Se entregaban al espectáculo: pensaban, pensaban…

Y veían comer, en silencio, al enemigo; fríos, absortos, como se mira comer a los animales del jardín zoológico: al mono y al elefante, al ciervo y al avestruz, al zorro, a la oca. Así, con una sensibilidad renovada, virgínea, miraban comer al Hombre —que nunca hasta entonces habían visto comer.

Alfonso Reyes, "Calendario"



"Hacia los finales de 1923 (Alfonso Reyes) reunió el material de Calendario y lo subdividió en seis apartados. Para esas fechas había atestiguado muchos sucederes, incluso las anomalías que acarreó consigo la Primera Guerra Mundial, “Rancho de prisiones”, “En el frente” y varias estampas más lo constatan. Rescatan situaciones que presenció en su trayecto forzoso de Francia a España, donde había de reunirse con su hermano Rodolfo. Y curiosamente ningún crítico ha reparado en las similitudes que se establecen entre estos atisbos de Reyes y los que, por el mismo tiempo y con los mismos incentivos, apuntó Katherine Mansfield al pasar por Verdún".

Nota introductoria de Beatriz Espejo a la edición de la Universidad Nacional Autónoma de México.

09 noviembre, 2010

Hombres de letras





Roberto De Vicq de Cumptich es un ilustrador tipográfico mundialmente reconocido y autor (o coautor) de varios libros tanto para adultos como para niños, entre ellos Love Quotes o Bembo's Zoo: An Animal ABC Book.

De su obra me ha interesado especialmente Men of letters & peoples of substance, que trae un prólogo de la escritora Francine Prose, la misma autora de Cómo lee un escritor y de varios libros de ficción como After o A Changed Man.

El principio de Men of letters... es sencillo e ingenioso: cada retrato está hecho en una tipografía determinada y empleando tan sólo las letras que componen el apellido del escritor. Es decir que, como pocas veces, el vocablo letters (letras) es empleado aquí con doble intención.




En el caso de Arthur Miller, por ejemplo (ver la ilustración, aquí arriba), De Vicq utilizó la tipografía Clarendon y , según lo indican los números debajo de cada letra del apellido Miller, realizó un retrato con 16 letras "m", dos letras "i", 19 letras "l", una letra "e" y seis letras "r".

Algo semejante ocurre con los muchos escritores que integran el libro, desde Racine o Virginia Woolf hasta Truman Capote o esta versión de James Joyce en tipografía Baskerville:



sitio oficial de De Vicq: http://devicq.com/

07 noviembre, 2010

Resoluciones para la vejez

Jonathan SWIFT


En 1699, cuando tenía 32 años de edad, Jonathan Swift (1667–1745) concibió una serie de "Resoluciones para cuando sea viejo":

1. No casarme con una mujer joven

2. No buscar la compañía de jóvenes a menos que la deseen
realmente.

3. No ser malhumorado, arisco o suspicaz.

4. No burlarme de las costumbres, dichos y modas actuales.

5. No encariñarme con los niños.

6. No repetir lo mismo a la misma gente.

7. No ser avaro.

8. No descuidar los buenos modales ni la limpieza personal.

9. No ser muy severo con los jóvenes y tolerar sus locuras y debilidades.

10. No excederme a la hora de dar consejos y darlos tan sólo a quienes me los piden.

11. Rogar que algún buen amigo me diga cuál de estos propósitos he incumplido o descuidado, de modo tal que pueda corregirme.

12. No hablar mucho, y menos de mí mismo.

13. No alardear de mi anterior prestancia, de mi fuerza de otrora o de mis pasadas conquistas amorosas.

14. No hacer caso de adulaciones ni concebir que pueda ser amado por una joven, et eos qui haereditatem captant, odisse ac vitare (y escapar de los cazadores de herencias)

15. No ser dogmático o terco.

16. No tomar muy en serio la observancia de estas reglas, no vaya a ser que no cumpla ninguna.

06 noviembre, 2010

Una situación muy extraña


Diana Vane, una muchacha sin importancia pero encantadora que pasaba un tiempo en París, había conocido en una escuela de equitación a un extraño francés –o corso, o quizás argelino– apasionado, brutal, desequilibrado. El individuo confundía a Diana –e insistía en confundirla, a pesar de las divertidas protestas de la muchacha– con su anterior amante, también inglesa, a quien no veía desde hacía muchos años. La autora me explicó que esa fue una especie de alucinación, un capricho obsesivo que Diana, una deliciosa coqueta con agudo sentido del humor, permitió a Jules durante unas veinte lecciones de equitación. Pero las exigencias de Jules fueron volviéndose más realistas y Diana dejó de verlo. No había ocurrido nada entre ellos, pero Jules no podía convencerse de que ella no era la muchacha que había poseído una vez o había creído poseer. Esa otra muchacha quizá había sido también sólo el fantasma de una relación aún más antigua o un delirio recurrente. Era una situación muy extraña.

Vladimir Nabokov, "¡Mira los arlequines!"

04 noviembre, 2010

Dos cuentos glaciales


Edición original del libro "Contes glacés", de Jacques Sternberg (Marabout, 1974)


Los esclavos

En el comienzo, Dios creó al gato a su imagen y semejanza. Y, desde luego, pensó que eso estaba bien. Porque, de hecho, estaba bien. Salvo que el gato era holgazán y no deseaba hacer nada. Entonces, más adelante, después de algunos milenios, Dios creó al hombre. Únicamente con el objeto de servir al gato, de darle al gato un esclavo para siempre. Al gato, Dios le había dado la indolencia y la lucidez; al hombre, le dio la neurosis, la habilidad manual y el amor por el trabajo. El hombre se dedicó de lleno a eso. Durante siglos construyó toda una civilización basada en la inventiva, la producción y el consumo intenso. Una civilización que, en suma, escondía un único propósito secreto: darle al gato cobijo y bienestar.

Es decir que el hombre inventó millones de objetos inútiles, y por lo general absurdos, sólo para producir los contados objetos indispensables para la comodidad del gato: el radiador, el almohadón, el tazón para la leche, el tacho con aserrín, el tapiz, la alfombra, la cesta para dormir y puede que incluso la radio, porque a los gatos les gusta mucho la música.

Sin embargo, los hombres ignoran esto. Porque lo desean así. Porque creen ser los bendecidos, los privilegiados. Tan perfectas son las cosas en el mundo de los gatos.

La sangre

¿Qué decir de Istrígala, con quien podía hacer todo lo que yo deseaba porque, desde hacía ya largo rato, ella había franqueado la invisible frontera entre las prohibiciones y lo imposible de todos los misterios?

¿Qué decir de cuanto hice para poner a prueba su poder, su terrible feminidad y su capacidad de resistencia?

Hice de ella una mujer de nieve, capaz de fundirse al sol, pero capaz también de ser más dura que una hoja de metal. La transformé en sílabas que mezclaba con ecuaciones de álgebra para verla recrearse, mitad flor, mitad insecto, en algún rincón del jardín. La puse como en conserva, en unas minas, por el placer de reencontrarla con una pala y un pico, entre brillantes cristalizaciones de piedras preciosas. La hice tan fluida como el agua, tan densa como el mercurio, tan transparente como el cristal, tan terrorífica como un espectro cubierto de hojas de afeitar y, no obstante, siempre sonriente, siempre ávida de entregarse como si nada pudiera sucederle en este mundo desprovisto de consecuencias fatales. Hice que llevara la moral al cuello, bien escotada y con los ojos ardientes; hice que se convirtiera en una enorme mano con la cual yo hacía el amor de todas las formas posibles. Le transfundí las mezclas químicas de las pasiones más contradictorias hasta ahogarla bajo un torrente de mil colores. La envié a la nada de su muerte para verla regresar diáfana, hiératica, con un manojo de confusiones inmundas que me traía de regalo. Y al regreso la veía con su rostro siempre irónico y glacial, al cual ni el terror ni la pasión habían logrado dotar de alguna suerte de expresividad.

Hasta el día en que, por distracción, se cortó ligeramente un dedo rebanando el pan, sangró apenas y murió casi en el acto, completamente exangüe.

(Dos microrrelatos tomados de "Cuentos glaciales", de Jacques Sternberg. Traducción de Eduardo Berti. Posfacio de Hervé Le Tellier. Editorial La Compañía, 2010)


02 noviembre, 2010

Las pruebas


Primero y principal, conviene desconfiar de los objetos. En especial, de los objetos perdidos.

No recoger ningún objeto tirado en la calle o en cualquier otro lugar público.

En esos casos, se corre siempre el riesgo de que aparezcan los delegados, quienes al mismo tiempo hacen de testigos y ejecutores para arrastrar al sospechoso hasta las puertas de cualquier acusación.

Siempre, irrevocablemente, al cabo de cinco minutos de pesquisa se prueba que el objeto recogido era la pieza clave de un crimen relacionado con cierto caso aún abierto y que las huellas digitales son, desde luego, pruebas irrefutables.

El objeto encontrado se vuelve, en el acto, evidencia criminal; el sospechoso se vuelve, a su vez, culpable; la situación, desesperante.

El fenómeno es de lo más arbitrario porque, de hecho, nunca hay casos policiales en la ciudad. Nadie ha matado jamás, nadie ha robado jamás.

Lo que no excluye, sin embargo, que de este modo se pruebe cierto "delito flagrante".

(Incluido en "Cuentos glaciales", de Jacques Sternberg)

01 noviembre, 2010

Jacques Sternberg


Leí por primera vez los cuentos de Jacques Sternberg hace unos 7 u 8 años, viviendo en Francia. Me sorprendieron por su ingenio e imaginación, por su visión impiadosa y sarcástica de la civilización humana, por su intensa brevedad y, entre muchas cosas más, por cómo se vinculaban de diferentes modos con muchos otros grandes cultores de las formas narrativas hiperbreves: desde Cortázar o Arreola hasta Kafka o Fredric Brown.

Traducir los cuentos de Sternberg (prácticamente inéditos en castellano, salvo pocos casos aislados) pasó a ser una especie de sueño personal, que recrucedió con la fundación de la editorial La Compañía. No es exagerado decir que una de las múltiples razones que en su momento me empujaron a crear una editorial independiente fue el deseo de traducir y publicar los cuentos de Sternberg, sueño que se hizo posible gracias a la generosidad de su viuda y de su hijo.

Los "Cuentos glaciales" de Jacques Sternberg están a la venta desde hoy, lunes 1 de noviembre. El viernes pasado el suplemento ADN del diario La Nación (Argentina) publicó un anticipo del libro, y en algunas próximas entradas de este blog yo también ofreceré varias muestras del arte del microrrelato según Sternberg.

(c) Ulf Andersen




Jacques Sternberg nació el 17 de abril 1923 en Amberes, Bélgica. Su padre era un diamantista de origen judío. Según él mismo declaró, en la escuela no se hallaba a gusto y todas las materias se le hacían difíciles. En cambio, le gustaba pasar el tiempo en su habitación, con juguetes lujosos, libros ilustrados del siglo XIX y películas de Chaplin o Laurel y Hardy. También solía jugar al tenis y andar en bicicleta.

Cuando estalló la guerra, su familia dejó Bélgica, pasó por París,
Arcachon, Biarritz y finalmente se refugió en Cannes. Allí, Sternberg descubrió la navegación, una de las pasiones de su vida, y leyó a autores como Katherine Mansfield, Erskine Caldwell, Waldo Frank o William Faulkner.

En 1942, a raíz de la guerra, debieron abandonar la Costa Azul y viajaron a España. En Barcelona los detuvieron. Luego de tres meses de prisión, los enviaron otra vez a Francia, al
campo de concentración de Gurs. La hermana y la madre lograron salir. El padre fue enviado al campo de Drancy y luego lo trasladaron al de Majdanek. Allí murió. Jacques, por su parte, pudo escapar del horror en 1943, durante un traslado.

Pasó unos meses en París, sin escribir ni leer, casi sin recursos. Luego, lo llevó de nuevo a Bélgica un jeep del ejército de Estados Unidos. Entre 1945 y 1954, intentó contar sus experiencias al estilo de Henry Miller o Louis-Ferdinand Céline. “Creí que podría narrar las cosas como ellos […], pero no estaba hecho para algo así”, dijo después. Destruyó las seis novelas nacidas de esos impulsos.


De todos modos, en Bélgica llegó a publicar un relato de su cautiverio en Gurs (La boîte à guenilles
), además de su primer libro de cuentos (Angles morts), ambos bajo el seudónimo Jacques Bert. Se casó, empezó a escribir profesionalmente en la prensa, tuvo un hijo y trabajó como embalador. En 1948 comenzó a escribir sus microrrelatos, que leía dos veces por semana en el cabaret literario La Poubelle; algunos de los textos que leyó allí acabarían incluidos en Cuentos glaciales.

A principios de la década del ’50, volvió a París con su esposa y su hijo. Trabajó como embalador, vendedor, dactilógrafo, publicista y detective. Gracias al apoyo de Jean Paulhan (escritor, director de La Nouvelle Revue Française
) empezó a publicar textos literarios en la revista bilingüe Points.

Hizo una edición artesanal del libro de cuentos La géométríe dans l’imposible
, que Eric Losfeld decidió publicar poco más tarde. En 1954, Sternberg editó la novela Le délit y un año después lanzó Le petit silence illustré –considerada muchas veces la primera revista underground francesa–, de la que llegaron a aparecer siete números.

Su carrera comenzaría a consolidarse con La sortie est au fond de l'espace
, una novela vanguardista de ciencia ficción. A ese libro le siguieron otros como Entre deux mondes incertains, L'employé (Prix de l’Humour Noir 1961), Un jour ouvrable o el ensayo Une succursale du fantastique nommée science-fiction.

En 1962 fundó con Alejandro Jororowsky, Fernando Arrabal y Roland Topor el famoso Grupo Pánico, un anti-movimiento que planteaba una renovación de las tendencias surrealistas y dadá.


Tras el éxito de la novela Toi, ma nuit
(20 mil copias vendidas), Alain Resnais lo convocó para escribir el guión de Je t’aime, je t’aime. Sternberg también probaría suerte en el teatro, pero su obra C'est la guerre, monsieur Gruber (escrita en diez días, con una botella de whisky sobre la mesa, según dijo) sería aniquilada por la crítica.

Ya en la década del ’70, reunió en un volumen casi trescientos relatos breves escritos en el transcurso de veinticinco años. Así nació Cuentos glaciales
; para muchos, lo más valioso de su obra y, sin duda, un libro clave en el género de los microrrelatos.

El éxito de la novela Sophie, la mer et la nuit
, publicada en 1975, amplió su fama. Tras editar algunos libros que no tuvieron mayor aceptación, dejó de escribir novelas en 1989. En los años ’90 lanzó cinco libros de cuentos (en muchos casos, microrrelatos) que le otorgaron un reconocimiento importante.

En 2001 publicó el “rompecabezas autobiográfico” (así llegó a definirlo)
Profession, mortel. Al año siguiente se editó su último libro: 300 contes pour solde de tout compte. El 11 de octubre de 2006, a los 83 años, falleció por un cáncer de pulmón. Como tributo al humor negro y absurdo que marcó su carrera, esparcieron sus cenizas en un cementerio.

Según la leyenda, durante su vida recorrió 300 mil kilómetros en su bicicleta motorizada Solex y 30 mil millas náuticas en su velero. Los más de 1.500 textos que escribió lo ubican como el cuentista francés más prolífico de su época.


Pese a todo esto, es prácticamente desconocido para los lectores de lengua castellana, salvo por la inclusión de diez microrrelatos suyos en la fundamental –ya clásica– antología La mano de la hormiga
, de Antonio Fernández Ferrer.

Su obra puede relacionarse con autores como Kafka, Cioran o Bierce, pero también con los Hermanos Marx. Gran admirador de Cortázar, su espíritu anarquista cuestiona con agudeza, desde el absurdo, las convenciones sociales, la publicidad, la religión, el trabajo, la ciencia, la burocracia.

“No sirve de nada aprender cosas. La inteligencia es tener la inteligencia de no aprender nada”.
Toi, ma nuit

“Qué espanto: estar vivo significa, ante todo, preguntarse si uno aún estará vivo dentro de una hora”.
Fin de siècle

“Estamos condenados, los habitantes de la tierra, a la banalidad”.
Nous deux

29 octubre, 2010

El blog de Dostoievski


Es octubre de 1877. En San Petersburgo está lloviendo, claro, y no hace mucho más calor en el interior del número 5 de la calle Kuznechny. Dostoievski enciende su portátil. Ha pasado toda la tarde haciendo anotaciones, preparando esquemas para una futura novela que se centrará en tres hermanos, y acaba de entrar en su blog en livejournal.ru, donde escribe: «En el transcurso de estos dos años, he aprendido mucho y en muchas cosas me he afirmado más. Pero, por desgracia, decididamente me veo obligado a terminar. Concluiré con la edición del Diario de diciembre. Quizá ni yo ni los lectores nos olvidaremos mutuamente durante mucho tiempo». Pincha sobre el botón de «publicar» y espera la reacción de sus lectores en los comentarios. Mientras estos llegan, empieza a planificar los próximos posts: uno sobre las antiguas normas militares, otro sobre los errores cometidos por Napoleón, y le enmendará la plana, ya de paso, a la prensa política por algunas opiniones lanzadas esos días.

Escribirá también algo sobre sus propios libros («Esta novela no me salió bien, pero su idea era bastante clara», anota a propósito de El doble) y, tal vez después, responderá a esos comentarios recibidos que lleva tiempo sin atender. Es decir, continuará haciendo exactamente lo mismo que está llevando a cabo de forma constante desde hace años en su blog Diario de un escritor, y a saltos y con menos premeditación o con menos organización desde bastante antes.

No es octubre de 1877. Confío en que hoy no vaya a llover y, evidentemente, Dostoievski nunca tuvo un blog. Pero no me cabe duda de que el escritor ruso habría sido feliz escribiendo en uno y que ese sería el formato idóneo para su «Diario de un escritor». Un espacio donde poder escribir lo primero que se le pasase por la cabeza, contestar airadamente o no a cualquier opinión y asunto, dedicarle líneas a los últimos libros leídos, pero también poder trazar –sin límites de extensión, sin plazos, sin presiones– ensayos sobre la obra de Pushkin, de Gógol, de Tolstói. Poder discutir con uno de sus lectores cara a cara, o lamentarse por las críticas a su último libro. Dejar alguna pista sobre su estado de salud, escribir un cuento (como «La mansa» o «El muzhik Maréi»), o «colgar» la última conferencia leída en público.

Eso es exactamente este Diario, ese espacio libre y personal, incensurable y aparentemente ilimitado donde uno puede «autopublicarse» lo que quiera. Como en un blog, para lo bueno y para lo malo. Y eso es lo que hizo Dostoievski, que entre otras cosas fue un gran defensor de la autoedición, que llegó a fundar junto a su mujer, Anna, una «editorial» en la que publicaría las versiones completas de sus novelas –a partir de Los demonios–, reeditaría las anteriores y desde donde llevaría a la imprenta el Diario.

Estas páginas no eran sólo un diario íntimo, ni un cuaderno de apuntes de un escritor, ni un intento de dejar encuadernadas sus memorias. Eran más bien el camino diario de alguien que escribe, la recopilación de todo lo que sucede alrededor de un autor (un prolífico autor que diez años antes ya había escrito obras maestras, como Memorias del subsuelo o Crimen y castigo ), aquello que también existe para un escritor entremedias de las novelas: la vida. Es decir, política, Historia y actualidad; crítica, celebración y desesperación (o enfado); pintura, teatro, música y vida social; literatura, literatura y más literatura.

Pero, además, y esto es lo que verdaderamente lo diferencia de un cuaderno íntimo y lo acerca más a ese hipotético blog decimonónico, Dostoievski quiso que desde el principio fuera leído, recibido por sus lectores, aceptado o rechazado por sus contemporáneos. Diario de un escritor, en su sentido más estricto, es una cabecera, el nombre de una publicación periódica –que no apareció en formato libro, reunida, hasta después de su muerte– para la que el escritor ruso fue contratado en calidad de director, redactor único, forma y fondo de su contenido.

Al mismo tiempo se convirtió en el proyecto al que más horas dedicó Dostoievski, su penúltimo gran trabajo, teniendo claro que ese sería uno de sus grandes legados, tanto es así que cuando su viabilidad económica se hizo imposible, él mismo asumió los costes de publicación (a razón de un cuadernillo mensual) y continuó editándolo y azotando a la sociedad petersburguesa, rusa y europea hasta el día de su muerte.

Libertad de pensamiento (es fácil rastrear en este libro los conflictos religiosos o políticos que se dan en Dostoievski a lo largo de los años), libertad de prensa (tanta que cuando hay que replicar al resto de la prensa o a otros escritores o a cualquiera que emite un juicio se hace sin tapujos) y libertad en la escritura (que no se adapta a géneros y por eso este volumen no es un compendio periodístico, ni una autobiografía, ni el lugar donde aparecen varios de sus grandes relatos, sino todo al mismo tiempo). Libertad incluso en su difusión es lo que habría querido Dostoievski, que, adelantándose al concepto de copyleft, llega a plantearse ofrecer su libro gratis, aunque no sin conflicto: «¿Es posible entregar un libro gratis en este siglo nuestro? ¿No es una manera segurísima de rebajar la categoría del libro y privarlo de sus lectores, que huyen de todo lo que se les impone?».

Lo que ha pretendido esta edición es hacer, reunida en un mismo archivo, una copia de seguridad de todo el disco duro de Dostoievski. Juntar en más de mil seiscientas páginas todo el Diario de un escritor, lo que se publicó en entregas bajo ese nombre más lo que quedó fuera, por diversos motivos, y también gran parte de los apuntes que el escritor habría querido desarrollar. Un intento de ofrecer por completo todo su pensamiento. Hacer lo que él mismo quiso hacer y que queda claro en este libro: todo o nada. Dostoievski o nada.

Artículo de Paul Viejo, publicado hoy en el diario ABC, de Madrid, en ocasión de la primera versión completa en castellano (¡1616 páginas!) de los Diarios de Dostoievski, de la cual es el editor.

Diario de un escritor. Crónicas, artículos, crítica y apuntes
, de Fiódor Dostoievski
Edición y traducción: Paul Viejo
Traducción: Eugenia Bulatova, Elisa de Beaumont y Liumila Rabdanó

28 octubre, 2010

Gershwin según Brian Wilson



Uno de mis músicos favoritos, Brian Wilson, acaba de editar un disco magistral en el que no sólo versiona con luminosa libertad el repertorio más sagrado de George Gershwin, sino que hasta se da el lujo de completar –con la debida autorización de los herederos– dos canciones que este último había dejado inconclusas, por ejemplo la siguiente: "The Like In I Love You", con letra especialmente escrita por Scott Bennett.



El CD se llama “Brian Wilson reimagines Gershwin” y es el encuentro entre dos de los mayores melodistas (y compositores) del siglo XX. En el blog www.efeeme.com, Alex Oró reflexiona en forma muy atinada acerca de los posibles paralelos entre las vidas de uno y otro:

Tienen puntos convergentes que, salvando las obvias diferencias espacio-tiempo, les acercan. George Gershwin murió a los 38 años víctima de un tumor cerebral. Brian Wilson, por su parte, se desenchufó del mundo real cuando todavía no había cumplido la treintena. Una incontrolable politoxicomanía acrecentó los problemas psíquicos que padecía y dejó en suspenso su carrera durante años. Ambos son dos de los creadores musicales más importantes de la Norteamérica del siglo XX. Gershwin y Wilson (en sus momentos de mayor lucidez artística) fueron capaces de conseguir el favor del público combinando melodía y armonía de manera magistral. Los dos artistas tienen más cosas en común. Tanto Wilson como Gershwin, conocieron la fama trabajando con sus hermanos. En el caso del talentoso compositor de origen ruso-judio, la colaboración con su hermano Ira fue totalmente fructífera. El mayor de los Gershwin fue el letrista de canciones como ‘I got rhythm’, ‘S wonderful’, ‘Some watch over me’ y de la opera “Porgy and Bess”. Fueron los reyes de Brodway y el talento de George era admirado hasta por los compositores de música clásica. Stravinsky y Ravel se negaron a darle clases por considerar que bien poca cosa le podían enseñar.

Para Wilson, en cambio, la relación con su familia fue tortuosa. Primero con su padre, que siempre envidió el talento de Brian. Posteriormente, con sus propios hermanos y especialmente con su primo Mike Love, que no digirieron bien los cambios estilísticos que el mayor de los Wilson impuso durante las agitadas sesiones de grabación de “Pet sounds” (1966), en las que los signos de desequilibrio mental de Brian empezaron a ser evidentes. El líder de los Beach Boys se obsesionó con la perfección y obligó a sus compañeros, que sólo aspiraban a grabar temas como ‘Surfin USA’ o ‘Help me Ronda’, a repetir tomas una y otra vez hasta la saciedad. “Pet sounds” fue un fracaso comercial y Wilson decidió apostar todo su capital creativo en la grabación de “Smile”. En ese período, el cerebro del líder de los Beach Boys dijo basta. Brian estuvo ausente mentalmente durante años, aunque aportó composiciones a los discos que los chicos de la playa grabaron en el tramo final de los sesenta y durante los setenta. En 2004 aparece “Brian Wilson presents Smile”, en el que Brian recupera el viejo material de “Smile”, su disco maldito y, arropado por un grupo de músicos soberbios, renace como artista. Es la resurrección del genio y el punto de partida para analizar su disco de versiones de Gershwin.



26 octubre, 2010

David Lagmanovich

David LAGMANOVICH


Vivía con el alma en un hilo. Era un hilo brillante, dúctil, que dejaba al alma libertad de movimientos sin cortar el vínculo con el cuerpo. Pero el alma no estaba conforme: ¿por qué no soltar el hilo y salir a volar, como una cometa que de súbito se arranca de la mano infantil que la sostiene? Día a día se escuchaban los lamentos del alma por tener que vivir en un hilo. Una tarde que no estaba demasiado ocupado, Dios escuchó sus quejas, y de un celeste tijeretazo cortó la dependencia que al alma tanto le fastidiaba. Nadie volvió a acordarse del hilo, que había caído en medio de unos pastizales. Pero ahora el alma, liberada, siente una infinita desolación.


"El alma en un hilo", microcuento de David Lagmanovich que falleció esta mañana a los 83 años. Nacido en Córdoba, Argentina, pero muy ligado a la provincia de Tucumán,
ejerció la docencia, practicó la poesía, el ensayo y diversas formas narrativas, pero fue ante todo uno de los máximos referentes de la microficción. Como antólogo, publicó Microrrelatos (Tucumán, 1999); La otra mirada. Antología del relato hispánico (Palencia, 2005); El microrrelato. Teoría e historia (Palencia, 2006). Como ensayista, El microrrelato hispanoamericano (Bogotá, 2007). Como cuentista, varios libros, entre ellos La hormiga escritora, Casi el silencio, Los cuatro elementos o su reciente Historias del mandamás y otros relatos.





24 octubre, 2010

Tragedia

Vicente HUIDOBRO


María Olga es una mujer encantadora. Especialmente la parte que se llama Olga.
Se casó con un mocetón grande y fornido, un poco torpe, lleno de ideas honoríficas, reglamentadas como árboles de paseo.
Pero la parte que ella casó era su parte que se llamaba María. Su parte Olga permanecía soltera y tomó un amante que vivía en adoración ante sus ojos.
Ella no podía comprender que su marido se enfureciera y le reprochara infidelidad. María era fiel. ¿Qué tenía él que meterse con Olga? Ella no comprendía que él no comprendiera. María cumplía con su deber, la parte Olga adoraba a su amante.
¿Era ella culpable de tener un nombre doble y de las consecuencias que esto puede traer consigo?
Así, cuando el marido cogió el revólver, ella abrió los ojos enormes, no asustados, sino llenos de asombro, por no poder comprender un gesto tan absurdo.
Pero sucedió que el marido se equivocó y mató a María, a la parte suya, en vez de matar a la otra. Olga continuó viviendo en brazos de su amante, y creo que aún sigue feliz, muy feliz, sintiendo sólo que es un poco zurda.

"Tragedia" (minicuento de Vicente Huidobro)

23 octubre, 2010

Estamos improvisando




La guerra había detenido el teatro en las piedras de la base y la fachada: un frontón neoclásico que abrazaba un rectángulo de hierba. En el recinto, por eso, y quizá porque las piedras de la base lo protegían de los perros y el viento, había crecido una hierba alta y gruesa, verde oscuro y prolífica, que incluso se asomaba en penachos desordenados por la puerta sin puerta.

Después de dos años de abandono, dado que el forraje costaba demasiado y no había hombres para cortar las cañas, Asmara fue a casa de Esperia y abrió el establo.

-Hoy te las llevaré a pastar -dijo-, porque, si no, van a palmarla de hambre.

Y se fue al teatro. A mediodía, el policía municipal pedía explicaciones.

-¿Qué está haciendo? -preguntó, sin entrar en el recinto.

-Ya ves, estamos improvisando -dijo Asmara.

Antonio Tabucchi, Piazza d'Italia.
(Gracias a Tomás David Rubio Casas)


22 octubre, 2010

La ambición


Una mujer tenía una gallina que a diario ponía un huevo de plata. “Si aumento su comida”, se dijo, “pondrá dos huevos por día”. Pero no bien ella aumentó la ración, el peso le rompió el buche y murió.

"La gallina de los huevos de plata" (fábula india recreada por Ali-Tchelebi ibn-Salih)