29 octubre, 2010

El blog de Dostoievski


Es octubre de 1877. En San Petersburgo está lloviendo, claro, y no hace mucho más calor en el interior del número 5 de la calle Kuznechny. Dostoievski enciende su portátil. Ha pasado toda la tarde haciendo anotaciones, preparando esquemas para una futura novela que se centrará en tres hermanos, y acaba de entrar en su blog en livejournal.ru, donde escribe: «En el transcurso de estos dos años, he aprendido mucho y en muchas cosas me he afirmado más. Pero, por desgracia, decididamente me veo obligado a terminar. Concluiré con la edición del Diario de diciembre. Quizá ni yo ni los lectores nos olvidaremos mutuamente durante mucho tiempo». Pincha sobre el botón de «publicar» y espera la reacción de sus lectores en los comentarios. Mientras estos llegan, empieza a planificar los próximos posts: uno sobre las antiguas normas militares, otro sobre los errores cometidos por Napoleón, y le enmendará la plana, ya de paso, a la prensa política por algunas opiniones lanzadas esos días.

Escribirá también algo sobre sus propios libros («Esta novela no me salió bien, pero su idea era bastante clara», anota a propósito de El doble) y, tal vez después, responderá a esos comentarios recibidos que lleva tiempo sin atender. Es decir, continuará haciendo exactamente lo mismo que está llevando a cabo de forma constante desde hace años en su blog Diario de un escritor, y a saltos y con menos premeditación o con menos organización desde bastante antes.

No es octubre de 1877. Confío en que hoy no vaya a llover y, evidentemente, Dostoievski nunca tuvo un blog. Pero no me cabe duda de que el escritor ruso habría sido feliz escribiendo en uno y que ese sería el formato idóneo para su «Diario de un escritor». Un espacio donde poder escribir lo primero que se le pasase por la cabeza, contestar airadamente o no a cualquier opinión y asunto, dedicarle líneas a los últimos libros leídos, pero también poder trazar –sin límites de extensión, sin plazos, sin presiones– ensayos sobre la obra de Pushkin, de Gógol, de Tolstói. Poder discutir con uno de sus lectores cara a cara, o lamentarse por las críticas a su último libro. Dejar alguna pista sobre su estado de salud, escribir un cuento (como «La mansa» o «El muzhik Maréi»), o «colgar» la última conferencia leída en público.

Eso es exactamente este Diario, ese espacio libre y personal, incensurable y aparentemente ilimitado donde uno puede «autopublicarse» lo que quiera. Como en un blog, para lo bueno y para lo malo. Y eso es lo que hizo Dostoievski, que entre otras cosas fue un gran defensor de la autoedición, que llegó a fundar junto a su mujer, Anna, una «editorial» en la que publicaría las versiones completas de sus novelas –a partir de Los demonios–, reeditaría las anteriores y desde donde llevaría a la imprenta el Diario.

Estas páginas no eran sólo un diario íntimo, ni un cuaderno de apuntes de un escritor, ni un intento de dejar encuadernadas sus memorias. Eran más bien el camino diario de alguien que escribe, la recopilación de todo lo que sucede alrededor de un autor (un prolífico autor que diez años antes ya había escrito obras maestras, como Memorias del subsuelo o Crimen y castigo ), aquello que también existe para un escritor entremedias de las novelas: la vida. Es decir, política, Historia y actualidad; crítica, celebración y desesperación (o enfado); pintura, teatro, música y vida social; literatura, literatura y más literatura.

Pero, además, y esto es lo que verdaderamente lo diferencia de un cuaderno íntimo y lo acerca más a ese hipotético blog decimonónico, Dostoievski quiso que desde el principio fuera leído, recibido por sus lectores, aceptado o rechazado por sus contemporáneos. Diario de un escritor, en su sentido más estricto, es una cabecera, el nombre de una publicación periódica –que no apareció en formato libro, reunida, hasta después de su muerte– para la que el escritor ruso fue contratado en calidad de director, redactor único, forma y fondo de su contenido.

Al mismo tiempo se convirtió en el proyecto al que más horas dedicó Dostoievski, su penúltimo gran trabajo, teniendo claro que ese sería uno de sus grandes legados, tanto es así que cuando su viabilidad económica se hizo imposible, él mismo asumió los costes de publicación (a razón de un cuadernillo mensual) y continuó editándolo y azotando a la sociedad petersburguesa, rusa y europea hasta el día de su muerte.

Libertad de pensamiento (es fácil rastrear en este libro los conflictos religiosos o políticos que se dan en Dostoievski a lo largo de los años), libertad de prensa (tanta que cuando hay que replicar al resto de la prensa o a otros escritores o a cualquiera que emite un juicio se hace sin tapujos) y libertad en la escritura (que no se adapta a géneros y por eso este volumen no es un compendio periodístico, ni una autobiografía, ni el lugar donde aparecen varios de sus grandes relatos, sino todo al mismo tiempo). Libertad incluso en su difusión es lo que habría querido Dostoievski, que, adelantándose al concepto de copyleft, llega a plantearse ofrecer su libro gratis, aunque no sin conflicto: «¿Es posible entregar un libro gratis en este siglo nuestro? ¿No es una manera segurísima de rebajar la categoría del libro y privarlo de sus lectores, que huyen de todo lo que se les impone?».

Lo que ha pretendido esta edición es hacer, reunida en un mismo archivo, una copia de seguridad de todo el disco duro de Dostoievski. Juntar en más de mil seiscientas páginas todo el Diario de un escritor, lo que se publicó en entregas bajo ese nombre más lo que quedó fuera, por diversos motivos, y también gran parte de los apuntes que el escritor habría querido desarrollar. Un intento de ofrecer por completo todo su pensamiento. Hacer lo que él mismo quiso hacer y que queda claro en este libro: todo o nada. Dostoievski o nada.

Artículo de Paul Viejo, publicado hoy en el diario ABC, de Madrid, en ocasión de la primera versión completa en castellano (¡1616 páginas!) de los Diarios de Dostoievski, de la cual es el editor.

Diario de un escritor. Crónicas, artículos, crítica y apuntes
, de Fiódor Dostoievski
Edición y traducción: Paul Viejo
Traducción: Eugenia Bulatova, Elisa de Beaumont y Liumila Rabdanó

28 octubre, 2010

Gershwin según Brian Wilson



Uno de mis músicos favoritos, Brian Wilson, acaba de editar un disco magistral en el que no sólo versiona con luminosa libertad el repertorio más sagrado de George Gershwin, sino que hasta se da el lujo de completar –con la debida autorización de los herederos– dos canciones que este último había dejado inconclusas, por ejemplo la siguiente: "The Like In I Love You", con letra especialmente escrita por Scott Bennett.



El CD se llama “Brian Wilson reimagines Gershwin” y es el encuentro entre dos de los mayores melodistas (y compositores) del siglo XX. En el blog www.efeeme.com, Alex Oró reflexiona en forma muy atinada acerca de los posibles paralelos entre las vidas de uno y otro:

Tienen puntos convergentes que, salvando las obvias diferencias espacio-tiempo, les acercan. George Gershwin murió a los 38 años víctima de un tumor cerebral. Brian Wilson, por su parte, se desenchufó del mundo real cuando todavía no había cumplido la treintena. Una incontrolable politoxicomanía acrecentó los problemas psíquicos que padecía y dejó en suspenso su carrera durante años. Ambos son dos de los creadores musicales más importantes de la Norteamérica del siglo XX. Gershwin y Wilson (en sus momentos de mayor lucidez artística) fueron capaces de conseguir el favor del público combinando melodía y armonía de manera magistral. Los dos artistas tienen más cosas en común. Tanto Wilson como Gershwin, conocieron la fama trabajando con sus hermanos. En el caso del talentoso compositor de origen ruso-judio, la colaboración con su hermano Ira fue totalmente fructífera. El mayor de los Gershwin fue el letrista de canciones como ‘I got rhythm’, ‘S wonderful’, ‘Some watch over me’ y de la opera “Porgy and Bess”. Fueron los reyes de Brodway y el talento de George era admirado hasta por los compositores de música clásica. Stravinsky y Ravel se negaron a darle clases por considerar que bien poca cosa le podían enseñar.

Para Wilson, en cambio, la relación con su familia fue tortuosa. Primero con su padre, que siempre envidió el talento de Brian. Posteriormente, con sus propios hermanos y especialmente con su primo Mike Love, que no digirieron bien los cambios estilísticos que el mayor de los Wilson impuso durante las agitadas sesiones de grabación de “Pet sounds” (1966), en las que los signos de desequilibrio mental de Brian empezaron a ser evidentes. El líder de los Beach Boys se obsesionó con la perfección y obligó a sus compañeros, que sólo aspiraban a grabar temas como ‘Surfin USA’ o ‘Help me Ronda’, a repetir tomas una y otra vez hasta la saciedad. “Pet sounds” fue un fracaso comercial y Wilson decidió apostar todo su capital creativo en la grabación de “Smile”. En ese período, el cerebro del líder de los Beach Boys dijo basta. Brian estuvo ausente mentalmente durante años, aunque aportó composiciones a los discos que los chicos de la playa grabaron en el tramo final de los sesenta y durante los setenta. En 2004 aparece “Brian Wilson presents Smile”, en el que Brian recupera el viejo material de “Smile”, su disco maldito y, arropado por un grupo de músicos soberbios, renace como artista. Es la resurrección del genio y el punto de partida para analizar su disco de versiones de Gershwin.



26 octubre, 2010

David Lagmanovich

David LAGMANOVICH


Vivía con el alma en un hilo. Era un hilo brillante, dúctil, que dejaba al alma libertad de movimientos sin cortar el vínculo con el cuerpo. Pero el alma no estaba conforme: ¿por qué no soltar el hilo y salir a volar, como una cometa que de súbito se arranca de la mano infantil que la sostiene? Día a día se escuchaban los lamentos del alma por tener que vivir en un hilo. Una tarde que no estaba demasiado ocupado, Dios escuchó sus quejas, y de un celeste tijeretazo cortó la dependencia que al alma tanto le fastidiaba. Nadie volvió a acordarse del hilo, que había caído en medio de unos pastizales. Pero ahora el alma, liberada, siente una infinita desolación.


"El alma en un hilo", microcuento de David Lagmanovich que falleció esta mañana a los 83 años. Nacido en Córdoba, Argentina, pero muy ligado a la provincia de Tucumán,
ejerció la docencia, practicó la poesía, el ensayo y diversas formas narrativas, pero fue ante todo uno de los máximos referentes de la microficción. Como antólogo, publicó Microrrelatos (Tucumán, 1999); La otra mirada. Antología del relato hispánico (Palencia, 2005); El microrrelato. Teoría e historia (Palencia, 2006). Como ensayista, El microrrelato hispanoamericano (Bogotá, 2007). Como cuentista, varios libros, entre ellos La hormiga escritora, Casi el silencio, Los cuatro elementos o su reciente Historias del mandamás y otros relatos.





24 octubre, 2010

Tragedia

Vicente HUIDOBRO


María Olga es una mujer encantadora. Especialmente la parte que se llama Olga.
Se casó con un mocetón grande y fornido, un poco torpe, lleno de ideas honoríficas, reglamentadas como árboles de paseo.
Pero la parte que ella casó era su parte que se llamaba María. Su parte Olga permanecía soltera y tomó un amante que vivía en adoración ante sus ojos.
Ella no podía comprender que su marido se enfureciera y le reprochara infidelidad. María era fiel. ¿Qué tenía él que meterse con Olga? Ella no comprendía que él no comprendiera. María cumplía con su deber, la parte Olga adoraba a su amante.
¿Era ella culpable de tener un nombre doble y de las consecuencias que esto puede traer consigo?
Así, cuando el marido cogió el revólver, ella abrió los ojos enormes, no asustados, sino llenos de asombro, por no poder comprender un gesto tan absurdo.
Pero sucedió que el marido se equivocó y mató a María, a la parte suya, en vez de matar a la otra. Olga continuó viviendo en brazos de su amante, y creo que aún sigue feliz, muy feliz, sintiendo sólo que es un poco zurda.

"Tragedia" (minicuento de Vicente Huidobro)

23 octubre, 2010

Estamos improvisando




La guerra había detenido el teatro en las piedras de la base y la fachada: un frontón neoclásico que abrazaba un rectángulo de hierba. En el recinto, por eso, y quizá porque las piedras de la base lo protegían de los perros y el viento, había crecido una hierba alta y gruesa, verde oscuro y prolífica, que incluso se asomaba en penachos desordenados por la puerta sin puerta.

Después de dos años de abandono, dado que el forraje costaba demasiado y no había hombres para cortar las cañas, Asmara fue a casa de Esperia y abrió el establo.

-Hoy te las llevaré a pastar -dijo-, porque, si no, van a palmarla de hambre.

Y se fue al teatro. A mediodía, el policía municipal pedía explicaciones.

-¿Qué está haciendo? -preguntó, sin entrar en el recinto.

-Ya ves, estamos improvisando -dijo Asmara.

Antonio Tabucchi, Piazza d'Italia.
(Gracias a Tomás David Rubio Casas)


22 octubre, 2010

La ambición


Una mujer tenía una gallina que a diario ponía un huevo de plata. “Si aumento su comida”, se dijo, “pondrá dos huevos por día”. Pero no bien ella aumentó la ración, el peso le rompió el buche y murió.

"La gallina de los huevos de plata" (fábula india recreada por Ali-Tchelebi ibn-Salih)


20 octubre, 2010

Unos días en el Brasil

Charla-presentación del libro de Adolfo Bioy Casares "Unos días en el Brasil (Diario de viaje)" (La Compañía) con la participación de Fernando Sorrentino, Miguel Vitagliano, Hugo Beccacece y Ernesto Schoo (este último sin confirmar) el jueves 21 de octubre a las 18 en VILLA OCAMPO: Elortondo 1837, Beccar (partido de San Isidro), Argentina.


En 1960, el PEN Club invitó a Adolfo Bioy Casares a un congreso en Río de Janeiro. Así nació Unos días en el Brasil (Diario de viaje), un libro prácticamente inhallable hasta hoy, del que sólo se habían editado trescientos ejemplares que no salieron a la venta.

El viaje incluyó una escala en San Pablo y una visita a Brasilia; en aquella época, la capital aún estaba construyéndose y Bioy Casares le tomó fotografías que se publican por primera vez en esta edición.

Las llamativas notas de este diario están pobladas por las presencias literarias que asistieron al congreso (Graham Greene, Alberto Moravia, Elsa Morante, Roger Caillois), la sombra de una mujer que el escritor esperaba reencontrar y agudas observaciones y apuntes sobre la vida cotidiana y la idiosincrasia de los países.

Unos días en el Brasil –libro breve, peculiar, intenso– es una pequeña exquisitez para reencontrarse con Bioy y descubrir un raro episodio en su vida.

19 octubre, 2010

Llevar un diario


Conveniencia de llevar un diario: seguimos el desarrollo de las situaciones en que nos vemos envueltos, con la esperanza de que la realidad se muestre ocurrente; agradecemos, por lo menos en nuestra calidad de autores, una solución patética o desairada. [...]

Inconveniente de llevar un diario: ante nosotros mismos documentamos la futilidad de la vida.

Adolfo Bioy Casares, "Guirnalda con amores" (1959).

17 octubre, 2010

Cinco segundos

En el sitio "That Guy With the Glasses" puede hallarse una impresionante colección de películas en 5 segundos. Un audaz (y casi siempre irónico) ejercicio de cine bonsai cuyo secreto está en una compaginación y una elipsis extremas:



TITANIC en cinco segundos



El REY LEON en cinco segundos

Más en:
http://thatguywiththeglasses.com/videolinks/thatguywiththeglasses/5-second-movies

15 octubre, 2010

Maradona dixit


Se cumplió un año del ya célebre "la tenés adentro" de Diego Maradona (y del lamentable exabrupto del "que la chupen") y un diario de la Argentina puso en marcha una encuesta en torno a la frase.

Aunque se trata, sin dudas, de las dos frases de Maradona que levantaron más polvareda en los últimos tiempos, desde la famosa "mano de Dios" (o de, años después, "me cortaron las piernas" y "la pelota no se mancha"), no se trata para nada de las mejores ni de las más creativas de alguien que con los años fue exhibiendo y desarrollando un talento especial para los dichos y las sentencias.

Personalmente, mi frase maradoniana favorita es "se le escapó la tortuga". La historia detrás de la frase es que un ex embajador norteamericano (el mediático James Cheek, si no me falla la memoria) movilizó una vez a todo su personal de seguridad para buscar una tortuga que se le había perdido a su hijo. "¿Cómo se te puede escapar una tortuga, que tarda horas en avanzar medio metro?", ironizó Maradona en su momento y de ahí surgió este dicho que, con el tiempo, llegó a instalarse en el idioma cotidiano de los argentinos con tanta naturalidad que muchos ya olvidaron (o incluso ignoran) quién lo acuñó.

Diversos sitios web se ocupan de recopilar "dichos de Maradona". En la lista no faltan los ya mencionados, a los que se suelen sumar otros como:

“Yo crecí en un barrio privado…privado de luz, agua, teléfono”

“¡Esos tipos le toman la leche al gato!” (refiriéndose a ciertos políticos y dirigentes)

“A los políticos les saco una ventaja. Ellos son públicos, yo soy popular.”

14 octubre, 2010

Como fruta madura



Según cuenta una antigua leyenda china, un día del año 2640 A.C, la princesa Si Ling Chi estaba sentada a la sombra de una morera cuando en la taza de té se le cayó un capullo de gusano de seda. Al intentar sacarlo, observó que el capullo empezaba a desenredarse en el líquido caliente. Dio el extremo suelto a su doncella y le dijo que echara a andar. La sirvienta llegó al jardín del palacio, cruzó las puertas, salió de la Ciudad Prohibida y se adentró un kilómetro en la campiña antes de que se acabara el hilo del capullo. (En Occidente, esa leyenda se iría transformando poco a poco a lo largo de milenios hasta convertirse en la historia de un físico y una manzana. En cualquier caso, el sentido es el mismo: los grandes descubrimientos, ya sea la gravedad o la seda, caen siempre como fruta madura. Y sus autores son gente que se pasa el tiempo holgazaneando debajo de los árboles).

Jeffrey Eugenides, "Middlesex"

12 octubre, 2010

25 años sin Orson Welles

Orson WELLES


Numerosos medios periodísticos se han ocupado de recordar que el pasado domingo se cumplieron 25 años de la muerte de Orson Welles, uno de los artistas más influyentes y versátiles del siglo XX.

Autor de "El ciudadano" (la que muchos consideran como la mejor película de la historia), elegido más de una vez como el mejor director de cine de todos los tiempos, Welles fue un magistral prestidigitador y es mucho más que un azar, quiero entender, que en su última aparición pública (en un programa de TV, horas antes de sufrir el ataque cardiaco que lo mató) se lo viese haciendo un truco de magia.

Welles fue también el director de clásicos como «El tercer hombre» (1949) o «Sed de mal» (1958), pero su nombre se sigue recordando, ante todo, por el temprano episodio que en 1938, antes de la Segunda Guerra Mundial, lo volvió mundialmente famoso: cuando representó por radio una adaptación de "La guerra de los mundos" de H. G. Wells y el realismo causó pánico entre los oyentes de Estados Unidos, quienes creyeron que, en efecto, estaba ocurriendo una invasión extraterrestre.

"Hitler hizo lo mismo que Welles pero no estaba jugando", sostuvo alguna vez Marshall Mc Luhan, analizando el pánico y la sugestión de masas causados por La guerra de los mundos
.

Es evidente que Welles estaba jugando. Lo que aún se discute es con cuánta conciencia. ¿El efecto fue superior a lo que él mismo esperaba? Resulta interesante, en tal sentido, cotejar la postura de Welles después de la transmisión radial, en la inmediata conferencia de prensa, con la que mostrara años después, por ejemplo en un reportaje concedido a la BBC en 1955. En la conferencia de prensa de 1938 el rostro de un Welles hasta cierto punto demasiado compungido transmite inocencia y desconcierto: por más que un grupo de policías había entrado en el estudio de radio, nadie imaginaba el terror que estaba sembrando la emisión. Dos décadas más tarde, Welles contó algo por completo diferente. Dijo que "estaba harto de que todo lo que salía por radio fuese tragado, creído, reverenciado por la gente, lo mismo que hoy ocurre con la televisión".


Todo permite suponer que Welles era muy consciente de lo estaba haciendo. Cuando su adaptación de la obra de H.G. Wells fue transmitida, el 30 de octubre de 1938, no sólo acababa de estrenarse una película que narraba las aventuras de Flash Gordon en Marte (para algunos estudiosos, fueron las imágenes de este film las que cobraron vida en la imaginación de quienes escuchaban el falso relato periodístico de Welles), sino que la radio ya se había erigido en el medio de comunicación por excelencia.


A diferencia de sus antecesores, el presidente Roosevelt empleaba desde 1933 la radio para dirigirse a la nación; lo mismo que uno de sus adversarios políticos más acérrimos, el conservador Huey P. Long, o que varios pastores religiosos. Toda Norteamérica había seguido en directo y con un nudo en la garganta el relato radiofónico del famoso incendio del Zeppelin, en 1937. Y cuatro semanas antes de la travesura de Welles, la misma emisora CBS había transmitido en directo las invasiones alemanas en Europa.





Mi película favorita de Orson Welles es, sin lugar a dudas, "F for Fake" ("F de Falso" o "F de Fraude", según las traducciones). Es la película de un mago o, si se prefiere, de un genial y honesto falsificador que hace suyo el lema de Picasso: "El arte es una mentira que nos hace ver la verdad".

"Film ensayo", según Welles ("falso documental" o "patchwork", según los críticos),"F for Fake", su penúltimo largometraje, fue compaginado entre 1973 y 1974 y, por su estrategia y por su vinculación con el tema del engaño y el ilusionismo, puede entenderse como una suerte de "Guerra de los mundos"
por momentos a la inversa, ya que, en lugar de montar una ilusión, el narrador y presentador de la película (el propio Welles, puesto a cumplir el rol de reportero "on-site") se encarga de explicitar cómo puede fabricarse una farsa o suscitar una sugestión. Y la lección es, claro, una obra maestra.


11 octubre, 2010

Gogol-Dostoievski-Biély-Nabokov


Desde sus primeros libros, el humor fue uno de los rasgos característicos de Nabokov, y sus lazos con Gogol han sido ya objeto de ciertos análisis, pero Lolita
vuelve imposible cualquier duda: insensiblemente, sin que Nabokov lo advirtiera, Dostoievski le ha inoculado la sustancia misma de su comicidad (...) En lo que concierne a Petersburgo, la novela de Biély ha funcionado, por decirlo así, como catalizador de todo el arte de Nabokov. Hay allí materia para un análisis literario particularmente importante, que no me atrevería a abordar aquí de manera superficial. Me limitaré a constatar que Gogol-Dostoievski-Biély-Nabokov forman una cadena evidente.

Nina Berberova, "Nabokov y su Lolita"