17 octubre, 2010

Cinco segundos

En el sitio "That Guy With the Glasses" puede hallarse una impresionante colección de películas en 5 segundos. Un audaz (y casi siempre irónico) ejercicio de cine bonsai cuyo secreto está en una compaginación y una elipsis extremas:



TITANIC en cinco segundos



El REY LEON en cinco segundos

Más en:
http://thatguywiththeglasses.com/videolinks/thatguywiththeglasses/5-second-movies

15 octubre, 2010

Maradona dixit


Se cumplió un año del ya célebre "la tenés adentro" de Diego Maradona (y del lamentable exabrupto del "que la chupen") y un diario de la Argentina puso en marcha una encuesta en torno a la frase.

Aunque se trata, sin dudas, de las dos frases de Maradona que levantaron más polvareda en los últimos tiempos, desde la famosa "mano de Dios" (o de, años después, "me cortaron las piernas" y "la pelota no se mancha"), no se trata para nada de las mejores ni de las más creativas de alguien que con los años fue exhibiendo y desarrollando un talento especial para los dichos y las sentencias.

Personalmente, mi frase maradoniana favorita es "se le escapó la tortuga". La historia detrás de la frase es que un ex embajador norteamericano (el mediático James Cheek, si no me falla la memoria) movilizó una vez a todo su personal de seguridad para buscar una tortuga que se le había perdido a su hijo. "¿Cómo se te puede escapar una tortuga, que tarda horas en avanzar medio metro?", ironizó Maradona en su momento y de ahí surgió este dicho que, con el tiempo, llegó a instalarse en el idioma cotidiano de los argentinos con tanta naturalidad que muchos ya olvidaron (o incluso ignoran) quién lo acuñó.

Diversos sitios web se ocupan de recopilar "dichos de Maradona". En la lista no faltan los ya mencionados, a los que se suelen sumar otros como:

“Yo crecí en un barrio privado…privado de luz, agua, teléfono”

“¡Esos tipos le toman la leche al gato!” (refiriéndose a ciertos políticos y dirigentes)

“A los políticos les saco una ventaja. Ellos son públicos, yo soy popular.”

14 octubre, 2010

Como fruta madura



Según cuenta una antigua leyenda china, un día del año 2640 A.C, la princesa Si Ling Chi estaba sentada a la sombra de una morera cuando en la taza de té se le cayó un capullo de gusano de seda. Al intentar sacarlo, observó que el capullo empezaba a desenredarse en el líquido caliente. Dio el extremo suelto a su doncella y le dijo que echara a andar. La sirvienta llegó al jardín del palacio, cruzó las puertas, salió de la Ciudad Prohibida y se adentró un kilómetro en la campiña antes de que se acabara el hilo del capullo. (En Occidente, esa leyenda se iría transformando poco a poco a lo largo de milenios hasta convertirse en la historia de un físico y una manzana. En cualquier caso, el sentido es el mismo: los grandes descubrimientos, ya sea la gravedad o la seda, caen siempre como fruta madura. Y sus autores son gente que se pasa el tiempo holgazaneando debajo de los árboles).

Jeffrey Eugenides, "Middlesex"

12 octubre, 2010

25 años sin Orson Welles

Orson WELLES


Numerosos medios periodísticos se han ocupado de recordar que el pasado domingo se cumplieron 25 años de la muerte de Orson Welles, uno de los artistas más influyentes y versátiles del siglo XX.

Autor de "El ciudadano" (la que muchos consideran como la mejor película de la historia), elegido más de una vez como el mejor director de cine de todos los tiempos, Welles fue un magistral prestidigitador y es mucho más que un azar, quiero entender, que en su última aparición pública (en un programa de TV, horas antes de sufrir el ataque cardiaco que lo mató) se lo viese haciendo un truco de magia.

Welles fue también el director de clásicos como «El tercer hombre» (1949) o «Sed de mal» (1958), pero su nombre se sigue recordando, ante todo, por el temprano episodio que en 1938, antes de la Segunda Guerra Mundial, lo volvió mundialmente famoso: cuando representó por radio una adaptación de "La guerra de los mundos" de H. G. Wells y el realismo causó pánico entre los oyentes de Estados Unidos, quienes creyeron que, en efecto, estaba ocurriendo una invasión extraterrestre.

"Hitler hizo lo mismo que Welles pero no estaba jugando", sostuvo alguna vez Marshall Mc Luhan, analizando el pánico y la sugestión de masas causados por La guerra de los mundos
.

Es evidente que Welles estaba jugando. Lo que aún se discute es con cuánta conciencia. ¿El efecto fue superior a lo que él mismo esperaba? Resulta interesante, en tal sentido, cotejar la postura de Welles después de la transmisión radial, en la inmediata conferencia de prensa, con la que mostrara años después, por ejemplo en un reportaje concedido a la BBC en 1955. En la conferencia de prensa de 1938 el rostro de un Welles hasta cierto punto demasiado compungido transmite inocencia y desconcierto: por más que un grupo de policías había entrado en el estudio de radio, nadie imaginaba el terror que estaba sembrando la emisión. Dos décadas más tarde, Welles contó algo por completo diferente. Dijo que "estaba harto de que todo lo que salía por radio fuese tragado, creído, reverenciado por la gente, lo mismo que hoy ocurre con la televisión".


Todo permite suponer que Welles era muy consciente de lo estaba haciendo. Cuando su adaptación de la obra de H.G. Wells fue transmitida, el 30 de octubre de 1938, no sólo acababa de estrenarse una película que narraba las aventuras de Flash Gordon en Marte (para algunos estudiosos, fueron las imágenes de este film las que cobraron vida en la imaginación de quienes escuchaban el falso relato periodístico de Welles), sino que la radio ya se había erigido en el medio de comunicación por excelencia.


A diferencia de sus antecesores, el presidente Roosevelt empleaba desde 1933 la radio para dirigirse a la nación; lo mismo que uno de sus adversarios políticos más acérrimos, el conservador Huey P. Long, o que varios pastores religiosos. Toda Norteamérica había seguido en directo y con un nudo en la garganta el relato radiofónico del famoso incendio del Zeppelin, en 1937. Y cuatro semanas antes de la travesura de Welles, la misma emisora CBS había transmitido en directo las invasiones alemanas en Europa.





Mi película favorita de Orson Welles es, sin lugar a dudas, "F for Fake" ("F de Falso" o "F de Fraude", según las traducciones). Es la película de un mago o, si se prefiere, de un genial y honesto falsificador que hace suyo el lema de Picasso: "El arte es una mentira que nos hace ver la verdad".

"Film ensayo", según Welles ("falso documental" o "patchwork", según los críticos),"F for Fake", su penúltimo largometraje, fue compaginado entre 1973 y 1974 y, por su estrategia y por su vinculación con el tema del engaño y el ilusionismo, puede entenderse como una suerte de "Guerra de los mundos"
por momentos a la inversa, ya que, en lugar de montar una ilusión, el narrador y presentador de la película (el propio Welles, puesto a cumplir el rol de reportero "on-site") se encarga de explicitar cómo puede fabricarse una farsa o suscitar una sugestión. Y la lección es, claro, una obra maestra.


11 octubre, 2010

Gogol-Dostoievski-Biély-Nabokov


Desde sus primeros libros, el humor fue uno de los rasgos característicos de Nabokov, y sus lazos con Gogol han sido ya objeto de ciertos análisis, pero Lolita
vuelve imposible cualquier duda: insensiblemente, sin que Nabokov lo advirtiera, Dostoievski le ha inoculado la sustancia misma de su comicidad (...) En lo que concierne a Petersburgo, la novela de Biély ha funcionado, por decirlo así, como catalizador de todo el arte de Nabokov. Hay allí materia para un análisis literario particularmente importante, que no me atrevería a abordar aquí de manera superficial. Me limitaré a constatar que Gogol-Dostoievski-Biély-Nabokov forman una cadena evidente.

Nina Berberova, "Nabokov y su Lolita"

10 octubre, 2010

La pasión y la razón

Mario Vargas Llosa tenía 27 años y ya había escrito la colección de cuentos de Los jefes y la revolucionaria novela La ciudad y los perros cuando su amigo el escritor y diplomático chileno Jorge Edwards lo llevó, en París, al estreno de Ocho y medio , de Federico Fellini. No le gustó. Demasiado desborde, mucha pasión un tanto fuera de control y, sobre todo, carencia de medida y molde. Cuenta Edwards que no hubo forma de convencerlo. No quería saber nada con esos experimentos, y tampoco con los de Godard y los de Bergman. Se divertía locamente, en cambio, con las películas norteamericanas de vaqueros de los años 40 y 50.

Cuando Vargas Llosa habla de sus novelistas favoritos, siempre menciona en primer término a los maestros del siglo XIX, comenzando por Flaubert y Balzac, pero sin desdeñar a otros más identificados con la literatura popular, como su amado Alejandro Dumas. Cuando era joven, en parte por el deseo de escandalizar y en parte porque lo creía realmente, sostuvo que las novelas de caballeros andantes al estilo de Tirante el Blanco eran más creativas que el Quijote : unas creaban un mundo perfecto, que funcionaba con sus propias reglas; la obra de Cervantes sólo lo disolvía con sus burlas.

Estas inclinaciones y gustos pueden servir para comprender a qué clase de artistas pertenece por constitución y carácter el flamante premio Nobel de Literatura. Aunque está dotado de un talento para la narración de tal tamaño que hace que la envidia se transforme en tiña en quienes lo critican, Vargas Llosa es un escritor que observa con bastante fidelidad las normas del género y que pasa por el filtro de la razón todos los ingredientes de sus historias. Además, jamás se da descanso cuando crea.

"La verdad es que la bohemia me aburre y me destroza. La que viví en Lima tuvo sus frutos, pero en general me parece empobrecedora", ha dicho para explicar por qué prefiere el trabajo parejo a los ataques irregulares de la inspiración. El escritor canarino Juan José Armas Marcelo dice que en los años 70 invitó a Vargas Llosa a visitarlo en Las Palmas, y que la idea era darse la gran fiesta entre amigos. "Comenzamos la juerga con una cena china, con muchos tragos, junto a la Playa de las Canteras. Pero a las 12, como si fuera la Cenicienta, Vargas Llosa se levantó de la mesa y me pidió que lo llevara al hotel. ?Mañana tengo que escribir ocho horas´, me dijo, para mi asombro. Al regreso a la juerga en Las Canteras, le dije a Carlos Barral lo que había pasado. ´Sí, sí -contestó el poeta catalán a las carcajadas-, Mario es el único escritor que conozco que trabaja como un obrero y vive como un burgués´."

Para el chileno José Donoso, durante el boom latinoamericano de los años 60 Vargas Llosa había sido "el primero de la clase". Suena, tal vez, un poco irónica la metáfora escolar, pero hay bastante asombro en ella: gracias a aquella disciplina de estudiante perfecto, el peruano ya tenía escritas a los treinta y pocos años tres novelas que no se pueden calificar sino de magistrales: La ciudad y los perros , La casa verde y Conversación en La Catedral .

"Me hubiera gustado ser uno de esos novelistas del siglo XIX, que competían con Dios de igual a igual a la hora de crear mundos. Fue un momento privilegiado de la historia de la novela. Si tuviera que quedarme con una época, me quedaría con la de Tolstoi, de Dostoievsky, de Balzac, de Dickens, de Melville. Eso no quiere decir que haya que escribir novelas a la manera del siglo XIX, sino imitar esa gran ambición novelesca de las grandes catedrales del género. En algunos de mis libros he sentido que trataba de emularlos. En La fiesta del Chivo , por supuesto, y también en La guerra del fin del mundo . En esta actitud hay algo ingenuo: pensar que se lo puede contar todo, que se puede construir un universo tan complejo y tan amplio como el humano. Pero, al mismo tiempo, de esa ingenuidad resultó esta literatura tan deslumbrante, tan extraordinaria", dijo aquí en el 2000, cuando vino a presentar su libro sobre el dictador dominicano Rafael Trujillo. Toda una toma de posición, una definición de su arte narrativo.

Fragmento de un extenso artículo de Hugo Caligaris dedicado a Mario Vargas Llosa, flamante premio Nobel de literatura, y publicado hoy en el diario La Nación, de Buenos Aires. Versión completa:

http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1313318


08 octubre, 2010

El niño del diente de oro


La selección diaria de noticias curiosas del diario ABC de Madrid le dio un espacio destacado, el pasado 6 de octubre, a un caso encontrado en el blog "Amazings", de Alfred López. Cuenta ABC, textualmente:



Se trata de un insólito caso odontológico acaecido a finales del siglo XVI, que tuvo como protagonista a un niño de Weigelsdorf (Silesia), al que le «nació» un diente de oro a la edad de seis años. El pequeño se llamaba Christoph Müller y su valioso molar atrajo la atención de científicos y estudiosos de la época que realizaron todo tipo de conjeturas e investigaciones para tratar de encontrar las causas de esta rareza.

Algunos, como Jakob Horst, profesor de Medicina en la Universidad de Helmstedt, comprobaron la autenticidad de la pieza rozándola con una piedra de toque, método utilizado habitualmente en orfebrería y determinando que efectivamente se trataba de oro, aunque de baja calidad. Su entusiasmo era tal, que llegó a escribir un tratado de casi 150 páginas en el que atribuía las razones del fenómeno a causas sobrenaturales, por aquello de que el 22 de diciembre de 1585, fecha en la que creía que le había nacido el diente, coincidía con un inusual solsticio de invierno en el que se habían alineado varios planetas. Según el profesor Horst, «el Sol se hallaba en la constelación de Aries en conjunción con Marte, Saturno y Venus y eso provocó que los humores que nutrían el cuerpo del recién nacido segregaran oro puro en lugar de masa osea».

Por el hogar de los Müller fueron desfilando un sinfín de estudiosos que pregonaban todo tipo de teorías más o menos creíbles. Pero el que descubrió que en verdad se trataba de una estafa organizada por los propios familiares del pequeño fue Duncan Liddell, un médico escocés residente en Helmstedt que publicó “Tractatus de Aureo pueri Silesiani dente”, en el que sospechaba que el diente de oro de debía haber sido colocado por una mano humana. Sus principales argumentaciones cuestionaban que en la fecha indicada, 22 de diciembre de 1585, hubiese tenido lugar tal alineación astronómica y sobre todo, y la más convincente, que el niño sólo abría la boca a aquellos que pagaban.

Efectivamente la teoría de Liddell se demostró cuando, con el paso de los años, la reluciente pieza se fue degastando y el joven ya no enseñaba su dentadura a nadie, ni por unas cuantas monedas. El destino hizo que en una de esas ocasiones en las que no quiso abrir la boca, un noble (algo embriagado) le asestara una puñalada en la mejilla. Cuando un médico trato de curar su herida, descubrió el fraude. Para aquel entonces, los familiares del niño con el falso diente de oro, ya habían huído con tanta habilidad como la que tuvieron para colocar la fina capa de metal en el diente.

El caso en Amazings:
http://amazings.es/2010/09/29/el-nino-al-que-le-salio-un-diente-de-oro/


07 octubre, 2010

Jesús y la samaritana



Cuando la samaritana se retiró del pozo, después que diera de beber a Jesús, una mujer que todo lo había visto le dijo:

–¿Cómo le has dado de beber siendo judío?

La samaritana respondió:

–Es hermoso y joven. Además habla muy bien y me ha dicho: "Al que bebiere del agua que yo le de, se le quitará la sed para siempre".

Y la otra pensó:

–Entonces esta mujer que ha tenido cinco maridos y ahora un amante, ¿es insaciable?

Leopoldo Lugones, "Filosofícula" (1924)


05 octubre, 2010

Mateo: un homenaje


Eduardo Mateo es, sin dudas, uno de los músicos más geniales salidos de Sudamérica en las últimas décadas. Influido por los Beatles y Joao Gilberto, compañero de ruta de Rubén Rada y los hermanos Fattoruso, amigo de Horacio Molina, maestro de Jaime Roos y Fernando Cabrera, admirado (y versionado) por Pedro Aznar y León Gieco, entre muchos más, Mateo hubiese cumplido 70 años el pasado mes de septiembre.




Para homenajearlo, la cantante Diane Denoir ha programado dos conciertos en Buenos Aires (en Clásica y Moderna), hoy y mañana, acompañada por Hernán Jacinto, Oscar Giunta y Daniel Lagarde.

No se trata de un homenaje cualquiera ya que Denoir debutó, trabajó y grabó de la mano de Mateo allá por los años sesenta y, con el tiempo, se la llegó a considerar la musa del "candombe-beat": una equivalente de lo que Nara Leao fue a la bossa o Gal Costa al tropicalismo.

Hace poco, tras un eclipse artístico de varios años, Diane Denoir volvió al ruedo y rescató unas cintas perdidas de sus tiempos de "parcería" con Mateo (ver este enlace)



Un fan de la primera (o segunda) hora de Mateo, el periodista Martín Pérez, entrevistó hace cinco años a Denoir, antes de su actual regreso, es decir: cuando su nombre despertaba misterios. Aquella nota está aquí:

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-2378-2005-07-20.html

04 octubre, 2010

Cuartos de escritura


Nunca tuve lo que se llama una “habitación de escritura”. O, mejor dicho, aun cuando alguna vez la tuve nunca logré que funcionara rigurosamente como tal. Durante casi una década, entre mis veinte y treinta años, me gané la vida (y, más que eso, disfruté y aprendí mucho) trabajando en distintas redacciones periodísticas, sobre todo la del entonces flamante diario Página/12 de Buenos Aires, donde tuve la buena suerte de estar rodeado no sólo de excelentes periodistas, sino también de brillantes escritores de toda clase: reconocidos como Juan Gelman u Osvaldo Soriano, más o menos en ciernes como Martín Caparrós, Marcelo Birmajer o Rodrigo Fresán, secretos como el aún inédito Salvador Benesdra, de culto como Miguel Briante y muchos más –hombres, en su mayoría–, desde Enrique Medina a Antonio Dal Masetto.

Para calmar mi deseos (o mi vanidad) de escribir, lo más común era que cada dos por tres me escabullera de la redacción a algún café de la zona, casi siempre con el pretexto de una entrevista o una valiosa información. No era recomendable ir al bar de la esquina (el que Soriano apodaba “la mueblería” porque, sí, parecía un negocio de venta de feos muebles como tantos otros en la misma avenida Belgrano), era mejor buscar un sitio más oscuro y menos frecuentado por los colegas de la redacción. En cualquier caso, mis lugares de escritura eran a tal punto los bares que me fui acostumbrando a ellos —para horror de quienes ven a los escritores de café como ingenuos postulantes a una bohemia ilusoria— y, cuando ya no frecuentaba redacciones, cuando ideé otras formas de ganarme el pan porque ya no disfrutaba como antes con el periodismo, si bien monté en mi casa de Buenos Aires un “cuarto de escritura”, éste terminó cumpliendo más bien funciones accesorias: alojar buena parte de mis libros o esconder ese horrible objeto que era mi primera computadora, tan alejada del diseño delicado y casi invisible de las portátiles de hoy.

Suelo escribir a mano en pequeños cuadernos que caben en algún bolsillo. Tarde o temprano, vuelco eso en la computadora de turno, imprimo en letra grande si me sobra tinta y papel o en letra más apretada si ando en aprietos de dinero y sigo corrigiendo en la página impresa, con bolígrafo azul la primera vez, con rojo o verde si emprendo nuevas lecturas. Hay ligeras variantes, claro. A veces escribo tan sólo en las carillas impares (a la derecha del cuaderno) y reservo las pares para enmiendas, variantes o agregados, por ejemplo. A veces llevo dos cuadernos a la vez: uno para escenas largas, otro para fragmentos o apuntes aislados que seguramente emplearé. Lo invariable es que me cuesta trabajar en un lugar fijo. ¿Para qué echar una especie de ancla cuando uno puede navegar? Incluso cuando me tienta escribir en casa, cosa que también ocurre, no tengo empacho en hacerlo en la bañadera, en la cama, en un sillón o en la mesa de la cocina.

Escribí gran parte de “Todos los Funes” en unos largos viajes en tren que debí emprender por entonces. El movimiento me resultó especialmente inspirador. Escribí gran parte de “La mujer de Wakefield” durante una serie de viajes/escapadas a Montevideo. Era primavera, verano u otoño; hacía, casi siempre, buen tiempo. Yo caminaba por las calles, armaba una o dos frases en mi cabeza, me sentaba en cualquier lugar (en bancos públicos, recuerdo), apuntaba esa frase y seguía caminando. Tiempo después leí que a Chico Buarque le gustaba (tal vez le gusta todavía) componer así canciones.

Sé que muchos escritores no podrían trabajar sin la “room of our own’ de la que hablaba Virginia Woolf (“una mujer, si quiere escribir ficción, debe tener dinero y una habitación para ella sola”). Yo he descubierto que el ruido compacto de un bar, del tránsito urbano o del rumor de un tren u otro transporte público me distrae menos y estimula más que la voz clara y puntual de un vecino. Es como con la música de fondo: imposible escribir si hay un cantante o la presencia “muy cantante” de cierto instrumento solista.

Este texto, por ejemplo, lo empecé a escribir en un rincón del Paseo del Prado, no lejos del museo del mismo nombre, en Madrid, y lo terminé en mi casa, con la computadora sobre las rodillas.

Otras versiones también aquí:

http://tresdependientes.blogspot.com/2010/09/cuartos-de-escritores-eduardo-berti.html

http://www.escritoresdelmundo.com/2010/09/sin-habitacion-propia-de-eduardo-berti.html

02 octubre, 2010

Las soledades de Richard Yates


La editorial español RBA ha publicado el libro de cuentos "Once maneras de sentirse solo", de Richard Yates, el mismo autor de la novela “Revolutionary Road”, elogiada en su momento por Tennessee Williams, William Styron o Dorothy Parker, y llevada al cine hace dos años por Sam Mendes.

La versión original de "Once maneras..." (“Eleven Kinds of Loneliness”), libro publicado en 1962 (al año siguiente de "Revolutionary..."), había pemanecido inhallable en inglés durante años, hasta su reedición en 1989, y ya contaba con una muy buena traducción al castellano, a cargo de
Esther Cross, bajo el título de “Once tipos de soledad” (Emecé Argentina, 2002).

Considerado como uno de los precursores de Richard Ford o Raymond Carver, comparado con Salinger o Cheever, Richard Yates (1926-1992) nació en Yonkers, Nueva York, trabajó como publicitario y como guionista en Hollywood, escribió los discursos de Robert Kennedy hasta 1963 (año en que John F. Kennedy fue asesinado), y fue notoriamente uno de los autores decisivos de la literatura norteamericana de los ’50 y ’60.

En “Some Very Good Masters”, un artículo publicado en el New York Times Book Review, en 1981, Yates enumeró algunas de sus influencias y gustos en materia literaria: Thomas Wolfe, Ernest Hemingway, Ring Lardner y J.D. Salinger, entre otros, pero sobre todo Francis Scott Fitzgerald y su novela “The Great Gatsby”, “la novela más enriquecedora de cuantas leí”.

Muchos críticos, por cierto, vieron en Yates al gran heredero de Fitzgerald. Kurt Vonnegut fue aún más lejos al afirmar que, aparte de sus semejanzas artísticas, ambos se parecían físicamente. Pero Yates también solía afirmar que su mayor divisa como narrador era la famosa frase de Flaubert: "La relación entre el escritor y lo que escribe debe ser como la de Dios con el universo: omnipresente e invisible”.


"Eleven Kinds of Loneliness" es un libro altamente recomendable, en el que algo arbitrariamente destaco tres de sus once cuentos: "Lo mejor de todo", "Luchar con tiburones" y "Él se lo buscó". Este último –una de esas historias "perfectamente neoyorquinas"– permite entender por qué en su momento se llegó a decir que estos relatos eran a Manhattan lo que "Dublineses" de Joyce era a Dublín.


Pequeña anécdota final: mucho antes de ser el guionista de Seinfeld, Larry David salió con la hija de Richard Yates (quien, al parecer, podía ser alguien de muy pocas pulgas). Un episodio de la serie (el que se titula "The Jacket") rinde homenaje a esos días y se basa en cierto encuentro que David tuvo con Yates en el mítico Algoquin Hotel. El personaje ficticio de Alton Benes (padre de Elaine) está directamente inspirado en Yates.

Más información en:

http://www.richardyates.org


01 octubre, 2010

Estilo


Mi estilo, según dices, no es preciso
Tú nunca escribes nada: el tuyo es más conciso.


Epigrama de Marcial destinado a Vélox.
(La traducción es mía, a partir de una traducción francesa de 1842/43)

30 septiembre, 2010

El pintor y el cura

Leonardo DA VINCI


Un sacerdote que un sábado santo recorría su parroquia para rociar las casas con agua bendita, como suele ser lo usual, llegó a la casa de un pintor y se puso a rociar algunas de sus obras. El pintor se sintió molesto y preguntó por qué lo hacía. El sacerdote respondió que así era la costumbre, que él cumplía con su deber de hacer el bien, y que quien hace el bien recibirá una recompensa ya que Dios prometió que el cielo devolverá cien veces el bien hecho en la tierra.

Mientras el sacerdote se retiraba, el pintor se asomó por la ventana, le arrojó el contenido de un gran cubo lleno de agua y dijo:

-Tal como habías predicho, aquí el cielo te devuelve cien veces el bien que hiciste con tu agua bendita, que arruinó la mitad de mis cuadros.



Fábula de Leonardo Da Vinci. La traducción, un poco libre, es mía.