07 octubre, 2010

Jesús y la samaritana



Cuando la samaritana se retiró del pozo, después que diera de beber a Jesús, una mujer que todo lo había visto le dijo:

–¿Cómo le has dado de beber siendo judío?

La samaritana respondió:

–Es hermoso y joven. Además habla muy bien y me ha dicho: "Al que bebiere del agua que yo le de, se le quitará la sed para siempre".

Y la otra pensó:

–Entonces esta mujer que ha tenido cinco maridos y ahora un amante, ¿es insaciable?

Leopoldo Lugones, "Filosofícula" (1924)


05 octubre, 2010

Mateo: un homenaje


Eduardo Mateo es, sin dudas, uno de los músicos más geniales salidos de Sudamérica en las últimas décadas. Influido por los Beatles y Joao Gilberto, compañero de ruta de Rubén Rada y los hermanos Fattoruso, amigo de Horacio Molina, maestro de Jaime Roos y Fernando Cabrera, admirado (y versionado) por Pedro Aznar y León Gieco, entre muchos más, Mateo hubiese cumplido 70 años el pasado mes de septiembre.




Para homenajearlo, la cantante Diane Denoir ha programado dos conciertos en Buenos Aires (en Clásica y Moderna), hoy y mañana, acompañada por Hernán Jacinto, Oscar Giunta y Daniel Lagarde.

No se trata de un homenaje cualquiera ya que Denoir debutó, trabajó y grabó de la mano de Mateo allá por los años sesenta y, con el tiempo, se la llegó a considerar la musa del "candombe-beat": una equivalente de lo que Nara Leao fue a la bossa o Gal Costa al tropicalismo.

Hace poco, tras un eclipse artístico de varios años, Diane Denoir volvió al ruedo y rescató unas cintas perdidas de sus tiempos de "parcería" con Mateo (ver este enlace)



Un fan de la primera (o segunda) hora de Mateo, el periodista Martín Pérez, entrevistó hace cinco años a Denoir, antes de su actual regreso, es decir: cuando su nombre despertaba misterios. Aquella nota está aquí:

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-2378-2005-07-20.html

04 octubre, 2010

Cuartos de escritura


Nunca tuve lo que se llama una “habitación de escritura”. O, mejor dicho, aun cuando alguna vez la tuve nunca logré que funcionara rigurosamente como tal. Durante casi una década, entre mis veinte y treinta años, me gané la vida (y, más que eso, disfruté y aprendí mucho) trabajando en distintas redacciones periodísticas, sobre todo la del entonces flamante diario Página/12 de Buenos Aires, donde tuve la buena suerte de estar rodeado no sólo de excelentes periodistas, sino también de brillantes escritores de toda clase: reconocidos como Juan Gelman u Osvaldo Soriano, más o menos en ciernes como Martín Caparrós, Marcelo Birmajer o Rodrigo Fresán, secretos como el aún inédito Salvador Benesdra, de culto como Miguel Briante y muchos más –hombres, en su mayoría–, desde Enrique Medina a Antonio Dal Masetto.

Para calmar mi deseos (o mi vanidad) de escribir, lo más común era que cada dos por tres me escabullera de la redacción a algún café de la zona, casi siempre con el pretexto de una entrevista o una valiosa información. No era recomendable ir al bar de la esquina (el que Soriano apodaba “la mueblería” porque, sí, parecía un negocio de venta de feos muebles como tantos otros en la misma avenida Belgrano), era mejor buscar un sitio más oscuro y menos frecuentado por los colegas de la redacción. En cualquier caso, mis lugares de escritura eran a tal punto los bares que me fui acostumbrando a ellos —para horror de quienes ven a los escritores de café como ingenuos postulantes a una bohemia ilusoria— y, cuando ya no frecuentaba redacciones, cuando ideé otras formas de ganarme el pan porque ya no disfrutaba como antes con el periodismo, si bien monté en mi casa de Buenos Aires un “cuarto de escritura”, éste terminó cumpliendo más bien funciones accesorias: alojar buena parte de mis libros o esconder ese horrible objeto que era mi primera computadora, tan alejada del diseño delicado y casi invisible de las portátiles de hoy.

Suelo escribir a mano en pequeños cuadernos que caben en algún bolsillo. Tarde o temprano, vuelco eso en la computadora de turno, imprimo en letra grande si me sobra tinta y papel o en letra más apretada si ando en aprietos de dinero y sigo corrigiendo en la página impresa, con bolígrafo azul la primera vez, con rojo o verde si emprendo nuevas lecturas. Hay ligeras variantes, claro. A veces escribo tan sólo en las carillas impares (a la derecha del cuaderno) y reservo las pares para enmiendas, variantes o agregados, por ejemplo. A veces llevo dos cuadernos a la vez: uno para escenas largas, otro para fragmentos o apuntes aislados que seguramente emplearé. Lo invariable es que me cuesta trabajar en un lugar fijo. ¿Para qué echar una especie de ancla cuando uno puede navegar? Incluso cuando me tienta escribir en casa, cosa que también ocurre, no tengo empacho en hacerlo en la bañadera, en la cama, en un sillón o en la mesa de la cocina.

Escribí gran parte de “Todos los Funes” en unos largos viajes en tren que debí emprender por entonces. El movimiento me resultó especialmente inspirador. Escribí gran parte de “La mujer de Wakefield” durante una serie de viajes/escapadas a Montevideo. Era primavera, verano u otoño; hacía, casi siempre, buen tiempo. Yo caminaba por las calles, armaba una o dos frases en mi cabeza, me sentaba en cualquier lugar (en bancos públicos, recuerdo), apuntaba esa frase y seguía caminando. Tiempo después leí que a Chico Buarque le gustaba (tal vez le gusta todavía) componer así canciones.

Sé que muchos escritores no podrían trabajar sin la “room of our own’ de la que hablaba Virginia Woolf (“una mujer, si quiere escribir ficción, debe tener dinero y una habitación para ella sola”). Yo he descubierto que el ruido compacto de un bar, del tránsito urbano o del rumor de un tren u otro transporte público me distrae menos y estimula más que la voz clara y puntual de un vecino. Es como con la música de fondo: imposible escribir si hay un cantante o la presencia “muy cantante” de cierto instrumento solista.

Este texto, por ejemplo, lo empecé a escribir en un rincón del Paseo del Prado, no lejos del museo del mismo nombre, en Madrid, y lo terminé en mi casa, con la computadora sobre las rodillas.

Otras versiones también aquí:

http://tresdependientes.blogspot.com/2010/09/cuartos-de-escritores-eduardo-berti.html

http://www.escritoresdelmundo.com/2010/09/sin-habitacion-propia-de-eduardo-berti.html

02 octubre, 2010

Las soledades de Richard Yates


La editorial español RBA ha publicado el libro de cuentos "Once maneras de sentirse solo", de Richard Yates, el mismo autor de la novela “Revolutionary Road”, elogiada en su momento por Tennessee Williams, William Styron o Dorothy Parker, y llevada al cine hace dos años por Sam Mendes.

La versión original de "Once maneras..." (“Eleven Kinds of Loneliness”), libro publicado en 1962 (al año siguiente de "Revolutionary..."), había pemanecido inhallable en inglés durante años, hasta su reedición en 1989, y ya contaba con una muy buena traducción al castellano, a cargo de
Esther Cross, bajo el título de “Once tipos de soledad” (Emecé Argentina, 2002).

Considerado como uno de los precursores de Richard Ford o Raymond Carver, comparado con Salinger o Cheever, Richard Yates (1926-1992) nació en Yonkers, Nueva York, trabajó como publicitario y como guionista en Hollywood, escribió los discursos de Robert Kennedy hasta 1963 (año en que John F. Kennedy fue asesinado), y fue notoriamente uno de los autores decisivos de la literatura norteamericana de los ’50 y ’60.

En “Some Very Good Masters”, un artículo publicado en el New York Times Book Review, en 1981, Yates enumeró algunas de sus influencias y gustos en materia literaria: Thomas Wolfe, Ernest Hemingway, Ring Lardner y J.D. Salinger, entre otros, pero sobre todo Francis Scott Fitzgerald y su novela “The Great Gatsby”, “la novela más enriquecedora de cuantas leí”.

Muchos críticos, por cierto, vieron en Yates al gran heredero de Fitzgerald. Kurt Vonnegut fue aún más lejos al afirmar que, aparte de sus semejanzas artísticas, ambos se parecían físicamente. Pero Yates también solía afirmar que su mayor divisa como narrador era la famosa frase de Flaubert: "La relación entre el escritor y lo que escribe debe ser como la de Dios con el universo: omnipresente e invisible”.


"Eleven Kinds of Loneliness" es un libro altamente recomendable, en el que algo arbitrariamente destaco tres de sus once cuentos: "Lo mejor de todo", "Luchar con tiburones" y "Él se lo buscó". Este último –una de esas historias "perfectamente neoyorquinas"– permite entender por qué en su momento se llegó a decir que estos relatos eran a Manhattan lo que "Dublineses" de Joyce era a Dublín.


Pequeña anécdota final: mucho antes de ser el guionista de Seinfeld, Larry David salió con la hija de Richard Yates (quien, al parecer, podía ser alguien de muy pocas pulgas). Un episodio de la serie (el que se titula "The Jacket") rinde homenaje a esos días y se basa en cierto encuentro que David tuvo con Yates en el mítico Algoquin Hotel. El personaje ficticio de Alton Benes (padre de Elaine) está directamente inspirado en Yates.

Más información en:

http://www.richardyates.org


01 octubre, 2010

Estilo


Mi estilo, según dices, no es preciso
Tú nunca escribes nada: el tuyo es más conciso.


Epigrama de Marcial destinado a Vélox.
(La traducción es mía, a partir de una traducción francesa de 1842/43)

30 septiembre, 2010

El pintor y el cura

Leonardo DA VINCI


Un sacerdote que un sábado santo recorría su parroquia para rociar las casas con agua bendita, como suele ser lo usual, llegó a la casa de un pintor y se puso a rociar algunas de sus obras. El pintor se sintió molesto y preguntó por qué lo hacía. El sacerdote respondió que así era la costumbre, que él cumplía con su deber de hacer el bien, y que quien hace el bien recibirá una recompensa ya que Dios prometió que el cielo devolverá cien veces el bien hecho en la tierra.

Mientras el sacerdote se retiraba, el pintor se asomó por la ventana, le arrojó el contenido de un gran cubo lleno de agua y dijo:

-Tal como habías predicho, aquí el cielo te devuelve cien veces el bien que hiciste con tu agua bendita, que arruinó la mitad de mis cuadros.



Fábula de Leonardo Da Vinci. La traducción, un poco libre, es mía.




28 septiembre, 2010

Refazenda



Crecí escuchando música brasileña: Jobim, Vinicius, Caetano Veloso, Gilberto Gil, Jorge Ben, Milton Nascimento, Elis Regina, Maria Bethania, Chico Buarque... Entre los 11 y 15 años de edad era casi lo único que escuchaba en Buenos Aires, aparte de los Beatles y alguna otra cosa aislada.

Conocí a Gilberto Gil no tantos años después. Tuve la audacia de escribir un texto de dos páginas acerca de él para un diario de Buenos Aires (Página/12) porque se anunciaba un concierto suyo en la ciudad, fui luego a ver su conferencia de prensa (fines de los años ochenta) y, al terminar, alguien nos presentó. "Él es el pibe que escribió la nota larga", le dijeron.

Gilberto Gil sonrió, me dijo que había un par de errores "pero no son graves", me explicó cuáles eran y luego nos fuimos a caminar por la ciudad. No recuerdo de qué hablamos. Pasamos dos o tres horas caminando sin parar y finalmente, a eso de las tres o cuatro de la tarde, le dije con la inocencia de mis 20 años que tenía que volver al diario donde trabajaba, que no podía seguir haciéndome "la rata".

"¿Al diario? Bueno, te acompaño", dijo Gil. Así fue cómo aparecimos en la primera redacción de Página/12, la que quedaba en la calle Perú, Gilberto Gil y yo.

Mis compañeros de la sección espectáculos se mataron de risa. "¡Lo trajiste!". "No, él quiso venir. Yo no lo traje".

Al día siguiente salió una nota de página entera: "Gilberto Gil visitó Página/12" o algo así. Temo que perdí el recorte.

Lo que recuerdo muy bien es que un momento Gil me preguntó cuál de todos sus discos era el que yo prefería.

No dudé un instante: "Refanzenda".

Este documental acabo de encontrarlo hace unos días en Internet. No sabía de su existencia. Es una joya...

Gilberto Gil, Refazenda (documental, 1975)

26 septiembre, 2010

Escribir según P. D. James


Una de las funciones del contexto es aportar verosi­militud al relato, una función de especial importancia en la narrativa de misterio donde suelen acontecer sucesos extraños, dramáticos o terroríficos que deben situarse en lugares muy tangibles donde el lector pueda entrar como entraría a una estancia conocida. Si nos creemos el lugar, podremos creernos los personajes. Además, el contexto puede establecer desde el primer capítulo la atmósfera de la novela, ya sea de suspense, terror, miedo, amenaza o misterio.

Una de las primeras decisiones que tiene que tomar un novelista, tan importante como la elección del lugar, es el punto de vista. De quién será la mente, los ojos y los oídos a través de los que nosotros, los lectores, parti­cipamos en la trama.

El narrador en primera persona tiene la ventaja de la cercanía y de la identificación y la empatía del lector con aquel cuya voz está oyendo. También puede contribuir a la verosimilitud del relato, dado que es más probable que el lector suspenda su incredulidad en los giros más inverosímiles de la trama si escucha la explicación de boca de la persona más implicada.
(...) Sin em­bargo, la desventaja del narrador en primera persona es que el lector sólo sabe lo que se sabe el narrador, sólo ve a través de sus ojos y sólo experimenta sus vivencias; por eso, por lo general, su uso es más apropiado en los thri­llers de acción que en la narrativa detectivesca.


P. D. James: "Todo lo que sé sobre novela negra" (Ediciones B)



23 septiembre, 2010

Cada despedida



Cada despedida es la segunda novela de Mariana Dimópulos, luego de Anís (2008). Como bien dice la reseña publicada en Radar (Página 12, Buenos Aires) por Nina Jäger, "no es solamente una novela que cuesta dejar de leer –de la que cuesta, en fin, despedirse– sino también, y sobre todo, un relato que nada tiene de lineal" y que "si al principio pareciera tratarse de una composición aleatoria, de un quiebre gratuito de la linealidad, si por momentos da la impresión de que todos los lugares, los amigos y los trabajos de la protagonista son prescindibles e incluso intercambiables, con el correr de las páginas se descubre que de ninguna manera es así: todos los fragmentos de la novela están en realidad motivados por la ulterior resolución del crimen"


Mariana quiso que escribiera la contratapa de su muy lograda novela. Hice lo mejor posible para estar a la altura de su alto libro:

Ella se siente viejísima con sólo veintitrés años, se va porque no puede o no quiere quedarse, peregrina de Madrid a Málaga, de Heilbronn a Heidelberg, siempre con el “síndrome de la valija”, se establece en un sitio como Berlín que es la perfecta metáfora de la “idea del otro lado”, sobrevive por momentos alimentada “como los pájaros, con el alpiste de la compasión” y vuelve diez años más tarde a la Argentina para enamorarse de un hombre y cavilar: “Me había ido para irme, simplemente”. Pero ya nada es lo mismo, desde luego. El padre ha muerto. Los recuerdos le pesan como un sombrero de piedra que no se puede sacar. Entre medio, hubo de todo: una loca que propina una cachetada, sabotajes en Ikea, mil y un oficios, Alexander, Julia y Kolya. Y ahora, cuando echa o parece echar raíces en la granja Del Monje, en el sur del mundo, entre frutillas y arvejas, entre Marco y Madame Cupin, una muerte, la policía, las sospechas…

Cada despedida es uno de esos libros en que lo breve se hace intenso. Una novela donde la prosa cuidada, de amplio y justo vocabulario, convive con una forma que esquiva la linealidad y siembra cierta indistinción entre memoria voluntaria e involuntaria. Una remembranza-puzzle cuya protagonista comienza afirmando que odia la interioridad (“la interioridad y esas otras baratijas de las dudas y los sentimientos”), pero también nos advierte su tendencia a la mentira. Que la narradora haya estudiado química tiene bastante sentido: estas páginas son una sólida aleación de escalas, reflexiones y adioses.

22 septiembre, 2010

El secuestro que no fue

Madrid, 21 sep (EFE).- La Guardia Civil ha detenido a un hombre de 38 años, vecino de Manzanares el Real, que denunció haber sido raptado por cuatro personas para ocultar a su esposa que se había gastado 300 euros en una noche en una discoteca de la localidad.

Según ha informado hoy la Comandancia de Madrid, el detenido, J.B.S., denunció que al salir del aparcamiento de la discoteca a las cinco de la mañana fue asaltado por cuatro jóvenes que, tras intimidarle con un cuchillo, le golpearon y le robaron 300 euros que llevaba en la cartera.

Después, según su versión, le obligaron a sacar más dinero de un cajero automático del municipio de Moralzarzal y le liberaron a las nueve de la noche, junto a su coche.

Ante la gravedad de los hechos denunciados, la Guardia Civil de Manzanares el Real inició una investigación que se prolongó durante cinco días, en los que se reconstruyeron los pasos seguidos por el denunciante el día de su supuesto secuestro.

Los agentes, sin embargo, consiguieron probar que la presunta víctima había pasado toda la noche en la discoteca con unas personas que acababa de conocer, y que abandonó el local a las 05.00 horas sin ningún tipo de incidencia.

La supuesta víctima fue entonces detenida, acusada de un delito de denuncia falsa, al considerar que lo que trataba era de justificar ante su esposa la elevada cantidad de dinero que había gastado aquella noche.

21 septiembre, 2010

Jugar con fuego


Era tan guapo, tan inocente, despertaba tanta lástima tras haber perdido a sus padres en aquel pavoroso incendio que a los que le adoptaron ni se les ocurrió prohibirle que jugara con cerillas. Tampoco sus padres lo habían hecho.

De "Cuentos malvados" (Espido Freire)


19 septiembre, 2010

Queriendo leer


Este es un caso: una mujer joven, de 28 años, felizmente casada, es madre de dos hijos preciosos, un niño de cinco y una de dos. Es de Montería, hija de un ama de casa y de un taxista (como Leticia, la futura Reina de España, es también nieta de taxista). Junto con su marido, deciden venir a vivir a Bogotá, en busca de mejores salarios. Él es albañil, gana más o menos bien, aunque su trabajo es inestable, y ella se dedica al servicio doméstico. Gana cuatro veces más de lo que ganaría en Montería, donde la mayoría de empleadas domésticas ganan alrededor de 40.000 pesos semanales. Estudió hasta quinto de primaria.

Tras cuatro años en Bogotá, decide que quiere graduarse de bachiller. Encuentra un instituto aprobado por el Ministerio de Educación (averigua, porque no tiene un pelo de tonta) y se matricula. Está feliz.

El primer libro que la ponen a leer es El cantar del mío Cid, el romance anónimo español escrito en la primera mitad del siglo XIV, hace casi 600 años. El cantar es la primera obra extensa escrita en lengua romance, un poema heroico de nada menos que 3.735 versos. Y fue escrito antes de la normativización ortográfica de mediados del XVI. Es decir, está en español antiguo, y las ediciones baratas que se consiguen a 5.000 pesos mantienen la ortografía original: “Oy los reyes d’España / sos parientes son, / a todos alcaça ondra / por el que en buena naçió”.

Por supuesto, no pasa un día antes de que un colega de curso le pase un resumen. Ella quiere hacer bien su tarea, pero el poema le resulta perfectamente ininteligible, como resulta incomprensible para a la mayoría de cristianos, sean nietos de reyes o taxistas. Lo intenta. Trata de leerlo en voz alta. Se concentra. Y sigue sin entender un solo verso. Se rinde, asustada por el inminente examen. Lee el resumen. Y esa es la primera idea que se lleva de lo que es un libro.

¿A quién diablos le debemos en Colombia la infamia de que se tenga que leer El cantar del mio Cid en segundo de bachillerato? ¿A quién diablos le debemos semejante idea de lo que debe ser el currículo escolar de literatura? ¿Quién fue el criminal?

Lo segundo que tiene que leer la joven mujer es un galimatías pseudofilosófico casi enternecedor, escrito por su profesor de filosofía. Está tan mal escrito que da una mezcla extraña de lástima y risa. Entreteje frases de Hegel y de Kant con un patético estilo “paulocohelesco”. Duele leerlo. Por supuesto, la joven mujer no entiende nada. Desafortunadamente, nadie entiende nada. Pero ella intenta, una y otra vez, leer con envidiable concentración, las seis páginas de fotocopias. Y al final, se rinde. No entiende.

A la joven mujer le han dicho toda su vida que los libros son conocimiento. Que si lee, será una persona mejor. Podrá conseguir un trabajo mejor. Será una persona educada. Tendrá acceso a una vida mejor. Y ahorra 20.000 pesos mensuales para que sus hijos puedan ir a la universidad.

Pero después de seis meses en el instituto, duda. No entiende la utilidad de leer. En su currículo no ha habido un solo libro del siglo XX. Ni un solo libro que aluda a su realidad. De hecho, apenas va por algunas églogas del Siglo de Oro. Sigue sin entender.


Fragmento del editorial del útimo número de la revista colombiana "Arcadia"

Enlace original y texto completo:
http://www.revistaarcadia.com/opinion/articulo/queriendo-leer/23280