30 septiembre, 2010

El pintor y el cura

Leonardo DA VINCI


Un sacerdote que un sábado santo recorría su parroquia para rociar las casas con agua bendita, como suele ser lo usual, llegó a la casa de un pintor y se puso a rociar algunas de sus obras. El pintor se sintió molesto y preguntó por qué lo hacía. El sacerdote respondió que así era la costumbre, que él cumplía con su deber de hacer el bien, y que quien hace el bien recibirá una recompensa ya que Dios prometió que el cielo devolverá cien veces el bien hecho en la tierra.

Mientras el sacerdote se retiraba, el pintor se asomó por la ventana, le arrojó el contenido de un gran cubo lleno de agua y dijo:

-Tal como habías predicho, aquí el cielo te devuelve cien veces el bien que hiciste con tu agua bendita, que arruinó la mitad de mis cuadros.



Fábula de Leonardo Da Vinci. La traducción, un poco libre, es mía.




28 septiembre, 2010

Refazenda



Crecí escuchando música brasileña: Jobim, Vinicius, Caetano Veloso, Gilberto Gil, Jorge Ben, Milton Nascimento, Elis Regina, Maria Bethania, Chico Buarque... Entre los 11 y 15 años de edad era casi lo único que escuchaba en Buenos Aires, aparte de los Beatles y alguna otra cosa aislada.

Conocí a Gilberto Gil no tantos años después. Tuve la audacia de escribir un texto de dos páginas acerca de él para un diario de Buenos Aires (Página/12) porque se anunciaba un concierto suyo en la ciudad, fui luego a ver su conferencia de prensa (fines de los años ochenta) y, al terminar, alguien nos presentó. "Él es el pibe que escribió la nota larga", le dijeron.

Gilberto Gil sonrió, me dijo que había un par de errores "pero no son graves", me explicó cuáles eran y luego nos fuimos a caminar por la ciudad. No recuerdo de qué hablamos. Pasamos dos o tres horas caminando sin parar y finalmente, a eso de las tres o cuatro de la tarde, le dije con la inocencia de mis 20 años que tenía que volver al diario donde trabajaba, que no podía seguir haciéndome "la rata".

"¿Al diario? Bueno, te acompaño", dijo Gil. Así fue cómo aparecimos en la primera redacción de Página/12, la que quedaba en la calle Perú, Gilberto Gil y yo.

Mis compañeros de la sección espectáculos se mataron de risa. "¡Lo trajiste!". "No, él quiso venir. Yo no lo traje".

Al día siguiente salió una nota de página entera: "Gilberto Gil visitó Página/12" o algo así. Temo que perdí el recorte.

Lo que recuerdo muy bien es que un momento Gil me preguntó cuál de todos sus discos era el que yo prefería.

No dudé un instante: "Refanzenda".

Este documental acabo de encontrarlo hace unos días en Internet. No sabía de su existencia. Es una joya...

Gilberto Gil, Refazenda (documental, 1975)

26 septiembre, 2010

Escribir según P. D. James


Una de las funciones del contexto es aportar verosi­militud al relato, una función de especial importancia en la narrativa de misterio donde suelen acontecer sucesos extraños, dramáticos o terroríficos que deben situarse en lugares muy tangibles donde el lector pueda entrar como entraría a una estancia conocida. Si nos creemos el lugar, podremos creernos los personajes. Además, el contexto puede establecer desde el primer capítulo la atmósfera de la novela, ya sea de suspense, terror, miedo, amenaza o misterio.

Una de las primeras decisiones que tiene que tomar un novelista, tan importante como la elección del lugar, es el punto de vista. De quién será la mente, los ojos y los oídos a través de los que nosotros, los lectores, parti­cipamos en la trama.

El narrador en primera persona tiene la ventaja de la cercanía y de la identificación y la empatía del lector con aquel cuya voz está oyendo. También puede contribuir a la verosimilitud del relato, dado que es más probable que el lector suspenda su incredulidad en los giros más inverosímiles de la trama si escucha la explicación de boca de la persona más implicada.
(...) Sin em­bargo, la desventaja del narrador en primera persona es que el lector sólo sabe lo que se sabe el narrador, sólo ve a través de sus ojos y sólo experimenta sus vivencias; por eso, por lo general, su uso es más apropiado en los thri­llers de acción que en la narrativa detectivesca.


P. D. James: "Todo lo que sé sobre novela negra" (Ediciones B)



23 septiembre, 2010

Cada despedida



Cada despedida es la segunda novela de Mariana Dimópulos, luego de Anís (2008). Como bien dice la reseña publicada en Radar (Página 12, Buenos Aires) por Nina Jäger, "no es solamente una novela que cuesta dejar de leer –de la que cuesta, en fin, despedirse– sino también, y sobre todo, un relato que nada tiene de lineal" y que "si al principio pareciera tratarse de una composición aleatoria, de un quiebre gratuito de la linealidad, si por momentos da la impresión de que todos los lugares, los amigos y los trabajos de la protagonista son prescindibles e incluso intercambiables, con el correr de las páginas se descubre que de ninguna manera es así: todos los fragmentos de la novela están en realidad motivados por la ulterior resolución del crimen"


Mariana quiso que escribiera la contratapa de su muy lograda novela. Hice lo mejor posible para estar a la altura de su alto libro:

Ella se siente viejísima con sólo veintitrés años, se va porque no puede o no quiere quedarse, peregrina de Madrid a Málaga, de Heilbronn a Heidelberg, siempre con el “síndrome de la valija”, se establece en un sitio como Berlín que es la perfecta metáfora de la “idea del otro lado”, sobrevive por momentos alimentada “como los pájaros, con el alpiste de la compasión” y vuelve diez años más tarde a la Argentina para enamorarse de un hombre y cavilar: “Me había ido para irme, simplemente”. Pero ya nada es lo mismo, desde luego. El padre ha muerto. Los recuerdos le pesan como un sombrero de piedra que no se puede sacar. Entre medio, hubo de todo: una loca que propina una cachetada, sabotajes en Ikea, mil y un oficios, Alexander, Julia y Kolya. Y ahora, cuando echa o parece echar raíces en la granja Del Monje, en el sur del mundo, entre frutillas y arvejas, entre Marco y Madame Cupin, una muerte, la policía, las sospechas…

Cada despedida es uno de esos libros en que lo breve se hace intenso. Una novela donde la prosa cuidada, de amplio y justo vocabulario, convive con una forma que esquiva la linealidad y siembra cierta indistinción entre memoria voluntaria e involuntaria. Una remembranza-puzzle cuya protagonista comienza afirmando que odia la interioridad (“la interioridad y esas otras baratijas de las dudas y los sentimientos”), pero también nos advierte su tendencia a la mentira. Que la narradora haya estudiado química tiene bastante sentido: estas páginas son una sólida aleación de escalas, reflexiones y adioses.

22 septiembre, 2010

El secuestro que no fue

Madrid, 21 sep (EFE).- La Guardia Civil ha detenido a un hombre de 38 años, vecino de Manzanares el Real, que denunció haber sido raptado por cuatro personas para ocultar a su esposa que se había gastado 300 euros en una noche en una discoteca de la localidad.

Según ha informado hoy la Comandancia de Madrid, el detenido, J.B.S., denunció que al salir del aparcamiento de la discoteca a las cinco de la mañana fue asaltado por cuatro jóvenes que, tras intimidarle con un cuchillo, le golpearon y le robaron 300 euros que llevaba en la cartera.

Después, según su versión, le obligaron a sacar más dinero de un cajero automático del municipio de Moralzarzal y le liberaron a las nueve de la noche, junto a su coche.

Ante la gravedad de los hechos denunciados, la Guardia Civil de Manzanares el Real inició una investigación que se prolongó durante cinco días, en los que se reconstruyeron los pasos seguidos por el denunciante el día de su supuesto secuestro.

Los agentes, sin embargo, consiguieron probar que la presunta víctima había pasado toda la noche en la discoteca con unas personas que acababa de conocer, y que abandonó el local a las 05.00 horas sin ningún tipo de incidencia.

La supuesta víctima fue entonces detenida, acusada de un delito de denuncia falsa, al considerar que lo que trataba era de justificar ante su esposa la elevada cantidad de dinero que había gastado aquella noche.

21 septiembre, 2010

Jugar con fuego


Era tan guapo, tan inocente, despertaba tanta lástima tras haber perdido a sus padres en aquel pavoroso incendio que a los que le adoptaron ni se les ocurrió prohibirle que jugara con cerillas. Tampoco sus padres lo habían hecho.

De "Cuentos malvados" (Espido Freire)


19 septiembre, 2010

Queriendo leer


Este es un caso: una mujer joven, de 28 años, felizmente casada, es madre de dos hijos preciosos, un niño de cinco y una de dos. Es de Montería, hija de un ama de casa y de un taxista (como Leticia, la futura Reina de España, es también nieta de taxista). Junto con su marido, deciden venir a vivir a Bogotá, en busca de mejores salarios. Él es albañil, gana más o menos bien, aunque su trabajo es inestable, y ella se dedica al servicio doméstico. Gana cuatro veces más de lo que ganaría en Montería, donde la mayoría de empleadas domésticas ganan alrededor de 40.000 pesos semanales. Estudió hasta quinto de primaria.

Tras cuatro años en Bogotá, decide que quiere graduarse de bachiller. Encuentra un instituto aprobado por el Ministerio de Educación (averigua, porque no tiene un pelo de tonta) y se matricula. Está feliz.

El primer libro que la ponen a leer es El cantar del mío Cid, el romance anónimo español escrito en la primera mitad del siglo XIV, hace casi 600 años. El cantar es la primera obra extensa escrita en lengua romance, un poema heroico de nada menos que 3.735 versos. Y fue escrito antes de la normativización ortográfica de mediados del XVI. Es decir, está en español antiguo, y las ediciones baratas que se consiguen a 5.000 pesos mantienen la ortografía original: “Oy los reyes d’España / sos parientes son, / a todos alcaça ondra / por el que en buena naçió”.

Por supuesto, no pasa un día antes de que un colega de curso le pase un resumen. Ella quiere hacer bien su tarea, pero el poema le resulta perfectamente ininteligible, como resulta incomprensible para a la mayoría de cristianos, sean nietos de reyes o taxistas. Lo intenta. Trata de leerlo en voz alta. Se concentra. Y sigue sin entender un solo verso. Se rinde, asustada por el inminente examen. Lee el resumen. Y esa es la primera idea que se lleva de lo que es un libro.

¿A quién diablos le debemos en Colombia la infamia de que se tenga que leer El cantar del mio Cid en segundo de bachillerato? ¿A quién diablos le debemos semejante idea de lo que debe ser el currículo escolar de literatura? ¿Quién fue el criminal?

Lo segundo que tiene que leer la joven mujer es un galimatías pseudofilosófico casi enternecedor, escrito por su profesor de filosofía. Está tan mal escrito que da una mezcla extraña de lástima y risa. Entreteje frases de Hegel y de Kant con un patético estilo “paulocohelesco”. Duele leerlo. Por supuesto, la joven mujer no entiende nada. Desafortunadamente, nadie entiende nada. Pero ella intenta, una y otra vez, leer con envidiable concentración, las seis páginas de fotocopias. Y al final, se rinde. No entiende.

A la joven mujer le han dicho toda su vida que los libros son conocimiento. Que si lee, será una persona mejor. Podrá conseguir un trabajo mejor. Será una persona educada. Tendrá acceso a una vida mejor. Y ahorra 20.000 pesos mensuales para que sus hijos puedan ir a la universidad.

Pero después de seis meses en el instituto, duda. No entiende la utilidad de leer. En su currículo no ha habido un solo libro del siglo XX. Ni un solo libro que aluda a su realidad. De hecho, apenas va por algunas églogas del Siglo de Oro. Sigue sin entender.


Fragmento del editorial del útimo número de la revista colombiana "Arcadia"

Enlace original y texto completo:
http://www.revistaarcadia.com/opinion/articulo/queriendo-leer/23280

18 septiembre, 2010

Sardinas al mar


Lo que más me atrae de Looking for Eric, de Ken Loach, no es tanto lo que atañe al director (que, sí, toca una cuerda de “cuento de hadas hooligan”), sino ante todo lo que atañe a Cantona y a los límites entre actor y personaje en el marco de una historia donde el puente entre fantasía y realidad se cruza continuamente.

El personaje del film idolatra al ex futbolista Eric Cantona, que en un momento de crisis se desprende del poster y aparece como una suerte de consejero-duende espiritual. Que Cantona sea interpretado por Cantona no es asombroso, en rigor. Lo particular del caso es que Cantona, luego de su carrera deportiva ( Olympique de Marseille, Leeds y sobre todo Manchester United, entre otros clubes), se convirtió en actor y trabajó en unas quince películas antes de ésta. De modo que es un actor quien se interpreta a sí mismo no interpretándose como actor (no Jes ohn Malkovich en Being John Malkovich) sino como un ex fubolista, porque de su presente actoral nada se dice en la ficción.


Revisitar los viejos videos de Cantona en sus épocas deportivas permiten, acaso, adivinar el futuro. Tal vez haya sido, la suya, la primera camada de futbolistas con conciencia cabal de la cámara. Pienso en el festejo del gol de Maradona contra Grecia (mundial 94), pienso en aquella idea de Bilardo: que los jugadores pronto gritarán los goles junto a tal o cual cartel publicitario, según les convenga. En 1995, Cantona le asestó una brutal patada karateca a un espectador (http://www.youtube.com/watch?v=u-WmfTIRUWY), fue suspendido por nueve meses y sancionado con dos semanas de prisión —sustituidas por horas de servicios comunitarios— más una elevada multa económica. En medio de eso dio una conferencia de prensa inverosímil que Loach reproduce en el film: “Las gaviotas siguen al barco porque saben que tarde o temprano caerán sardinas al mar".



16 septiembre, 2010

El libro de las respuestas

Pablo NERUDA


No soy el primero (ni seré el último) en caer en la tentación de responder a las preguntas del "Libro de las preguntas", de Neruda. Sepan disculpar los lectores...

¿De dónde saca tantas hojas

la primavera de Francia?

De la canción de Prévert cuyas hojas muertas, como decía Gainsbourg, nunca terminan de morir.


¿Si se termina el amarillo
con qué vamos a hacer el pan?

Con el negro y será pan integral.


¿Quién oye los remordimientos
del automóvil criminal?

El pobre Padre Compresor, si es que el automóvil concurre a la iglesia.


¿Cuántas iglesias tiene el cielo?

Una por cada religión y Dios no entiende por qué.


¿Por qué se suicidan las hojas
cuando se sienten amarillas?

Porque amalgaman su amarillez con Mishima.


¿Cuántas abejas tiene el día?

Tantas como ovejas se contaron la noche anterior.


¿Es verdad que reparten cartas
transparentes por todo el cielo?

Es verdad, se llaman emails.

14 septiembre, 2010

Limericks de María Elena Walsh


Parece que en Japón había un mono,
Que dormía la siesta con kimono.
- Qué cosa rara es
- decía un japonés -
ver a un mono en kimono haciendo nono.


Un gato de la Luna dijo miau

justo cuando pasaba un astronau-
ta, que iba tan ligero
que se quitó el sombrero
pero no pudo contestarle chau.


En Tucumán vivía una Tortuga
viejísima, pero sin una arruga,
porque en toda ocasión
tuvo la precaución
de comer bien planchada la lechuga.

"Zoo loco", María Elena Walsh




13 septiembre, 2010

El hilo de la revelación


Los acontecimientos de nuestras vidas se desarrollan en una secuencia temporal, pero encuentran su propio orden en la significación que adquieren para nosotros; se trata de un calendario que no es necesariamente cronológico, que puede o no puede serlo. El tiempo, tal como lo conocemos subjetivamente, es muchas veces como la cronología que hallamos en los cuentos y en las novelas: el hilo contínuo de la revelación.

Eudora Welty, "One Writer's Beginnings"

12 septiembre, 2010

Jugar a las diferencias

Brasilia, año 1960. Fotografía de Adolfo BIOY CASARES


Los brasileros resolvieron –habría que saber cuándo, o si les viene de sus padres portugueses– jugar a las similitudes y no a las diferencias. Ven el horizonte repleto de barcos rebosantes de arracimados alemanes, libaneses, japoneses y les gritan «¡Bienvenidos!», abren los brazos, los encuentran hermosos, parecidos a ellos. Con igual espontaneidad los argentinos jugamos a las diferencias y cerrando los puños mascullamos: «¡Foráneos de mierda!».

Adolfo Bioy Casares, "Unos días en el Brasil" (La Compañía)

Más sobre el libro: acá.