11 septiembre, 2010

El emperador del sinsentido

Eduardo Ainbinder escribió para el diario Perfil, de Buenos Aires, un jugoso artículo consagrado a Edward Lear con la excusa de la edición argentina de mi traducción de “El cuento de los cuatro niños que dieron la vuelta al mundo (y algunos limericks)” (Adriana Hidalgo/colección Pípala).

Por Eduardo Ainbinder

En su célebre ensayo A Defense of Nonsense, Gilbert K. Chesterton llamó a Edward Lear “ciudadano de tiempo completo en el mundo del sinsentido”, en contraposición al otro referente de la literatura del “nonsense”, Lewis Carroll, a quien juzgaba dividido entre la respetabilidad que exigía la sociedad victoriana y la transgresión disimulada. Pero Chesterton va más allá de diferenciarlos y toma partido por Lear (epiléptico, depresivo, en extremo miope y con piernas defectuosas, males que sin embargo no le impidieron ser el extraordinario ilustrador de sus propios poemas y además uno de los viajeros más vigorosos del siglo XIX) considerándolo temerariamente no sólo superior al autor de Alicia en el país de las maravillas, sino también “cronológica y esencialmente el padre del desatino”, ya que cuando Carroll publicaba Alicia, hacía casi dos décadas que su primera colección de limericks, A Book of Nonsense, ya circulaba con éxito en Inglaterra. La primera edición es de 1846 y apareció firmada con el seudónimo de Derry Down Derry. Recién la edición de 1861 aparecerá con su verdadero nombre en la portada.

Cabe recordar que el limerick es un poema de cinco versos con un esquema de rimas aabba: “Había un anciano de Praga/ Que se contagió una plaga/ Pero le dieron manteca/ Lo que alivió su jaqueca/ Y curó a aquel hombre anciano de Praga”. De hecho casi todos los que escribió empiezan de la misma manera: “Había un señor de Bohemia” o “Había un anciano del Nilo” o “Había una muchacha en Turquía”. En su ensayo sobre Lear, César Aira define su mecanismo interno de la siguiente manera: “Con el primer verso está todo dicho; lo que le sucede a esa persona dependerá de la rima. El segundo tramo, la segunda rima, es la peripecia. El último verso, al repetir el primero, desmiente la historia; todo queda como estaba, y en realidad todo estuvo siempre como estaba: mientra sucedía el relato, todo permanecía en su lugar. En cuanto al sinsentido, es eso precisamente: el relleno a presión con elementos de sentido de un marco fijo preestablecido. El hallazgo del formato tiene la virtud de dejar que la obra se haga sola”. En otro de los poemas –siempre pródigos en situaciones absurdas, disparatadas, a menudo no exentas de crueldad– varias aves anidan en la tupida barba de un hombre o una mujer afila la punta de su mentón para tocar un arpa, aunque, como dice Aira en su ensayo, “esas cosas pasan”. De hecho, en una de sus cartas Lear da cuenta de un marinero con tal apego a su Nonsense Book que afirmaba haber conocido personalmente a una dama a quien le ocurría el mismo estrambótico suceso que a uno de los personajes de sus limericks.

Aunque no fue su inventor, su nombre y el del limerick están indisolublemente ligados, no sólo por haberlos llevado a su máxima expresión, sino porque también los transformó en un género viajero y por ende autobiográfico, si coincidimos en que el arte de viajar no es ajeno al de conocerse. Sus alfabetos con rimas, su botánica fantástica –que incluye plantas como la Tickia Orologica, productora de relojes de bolsillo– y la totalidad de sus poemas, están destinados a los más pequeños; sin embargo, su obra trasciende absolutamente esa finalidad.

El primero que tradujo en el país alguna de estas breves piezas fue Elías Gallo, para una antología sobre el humor absurdo compilada por Eduardo Stilman en 1967, de la que formaban parte Rebelais, Kafka y Jarry, entre otros. El cuento de los cuatro niños que dieron la vuelta al mundo (y algunos limericks), que acaba de editar Adriana Hidalgo en su colección Pípala, con traducción y notas de Eduardo Berti, puede considerarse como el primer libro de este excéntrico inglés publicado en Argentina. La edición está acompañada por los dibujos del autor, aunque con el agregado de color en los fondos intervenidos digitalmente. Escrito en 1867, el relato cuenta las peripecias de cuatro hermanitos que se proponen dar la vuelta al mundo en un bote timoneado por un gato. Los otros tripulantes son un anciano kuango-mango (personaje perteneciente a la misma familia de otras creaciones suyas, como el Dong de nariz luminosa o El Pobble que perdió los dedos del pie) y una tetera gigante que también sirve a los niños como dormitorio. En su periplo los viajeros descubren una isla repleta de costillas de ternera y caramelos de chocolate, o al desembarcar en otras tierras se encuentran “con un objeto solitario” advirtiendo que lo que habían tomado como “una descomunal peluca blanca posada sobre un sillón hecho de ostras y bizcochuelo” era en verdad una cabeza de coliflor “capaz de caminar aceptablemente bien con movimientos elegantes y ágiles, arrastrándose con el rabo, una especie de proeza que por supuesto hacía que ahorrase en materia de medias y zapatos”.

Como en la mejor literatura infantil, el relato está lejos de ser un compendio de aventuras aleccionadoras. Si Lear hace dar la vuelta al mundo a los cuatro niños es para expandir (en eso reside su cruzada) el orden autónomo de la niñez.


Enlace original: http://www.diarioperfil.com.ar/edimp/0501/articulo.php?art=24026&ed=0501

10 septiembre, 2010

El genio


Froté la lámpara maravillosa por tercera vez.

–¿Qué deseas? –preguntó el genio del turbante.

–Quiero ocupar tu lugar –le respondí.

Desde entonces, cada vez que quiero algo, friego mi lámpara y aparezco.

Ya no tengo pretensiones insatisfechas, eso es bueno. Pero me aflige sentir que, con el tiempo, esta horrible omnipotencia en cautiverio me fue robando el placer de desear y de cumplirle, a quien me llame, sus deseos.


Cuento de Martín Gardella (ver la entrada anterior), publicado en su reciente libro Instantáneas.

08 septiembre, 2010

Cinco libros: Martín Gardella

Estoy pidiéndole a diversos escritores y artistas que recomienden cinco libros de ficción a los lectores de este blog y por qué no, de paso, al autor del mismo. No se trata, para nada, de un ránking ni mucho menos de una lista canónica. Se trata, más bien, de cinco libros que repentinamente ellos quieran proponer y compartir con los demás.


El voto de Martín Gardella:


Últimamente, me dediqué básicamente a la lectura de cuentos y microficciones.
Por eso, he decidido elegir 5 libros de cada uno de esos géneros para compartir con todos los lectores de tu blog. Son libros a los que siempre regreso, con renovado placer. Espero que te gusten.

Cinco recomendaciones de libros de microrrelatos:

- Crímenes ejemplares, Max Aub
- Cazadores de letras, Ana María Shua
- Los cuatro elementos, David Lagmanovich
- Ajuar funerario, Fernando Iwasaki
- El gato de Cheshire, Enrique Anderson Imbert





Cinco recomendaciones de libros de cuentos:

- En la calle del Alquimista, Franz Kafka
- Historias en la palma de la mano, Yasunari Kawabata
- Crónicas del ángel gris, Alejandro Dolina
- Antología de la literatura fantástica, Borges, Bioy Casares y Ocampo
- Confabulario definitivo, Juan José Arreola

Martín Gardella
nació en La Plata, Argentina, en 1973. Vive en Buenos Aires desde 1984. Es abogado y profesor universitario. Como lector, le gusta lo breve. Como escritor, recibió menciones y premios en varios concursos nacionales e internacionales. Varios de sus cuentos y minificciones han sido incluidos en diversas antologías y revistas dedicadas al género, publicadas en Argentina, España, México, Perú, Chile e Internet. Es el creador del blog El Living sin Tiempo, su bitácora de cuentos breves y brevísimos, y miembro del Comité Editorial de Internacional Microcuentistas. En 2010 publicó bajo el sello editorial Andrómeda
su libro Instantáneas, que contiene 158 microrrelatos de su autoría.

07 septiembre, 2010

La ciudad de las palabras




Hace casi dos mil años Luciano de Samosata escribía lo siguiente: “Ya que nada verdadero tengo para contar –porque nada digno de mención me ha ocurrido- me he dedicado a la ficción de modo mucho más descarado que los demás. Pero en una sola cosa seré veraz: en decir que miento.”

Los lectores de ficción sabemos, por experiencia, que la literatura consiste, como lo formulara Vargas Llosa, en “la verdad de las mentiras”.

“Somos mentirosos”, escribió alguna vez Juan Rulfo. “Todo escritor que crea es un mentiroso, la literatura es mentira; pero de esa mentira sale una recreación de la realidad; recrear la realidad es, pues, uno de los principios fundamentales de la creación.”

A pensar a fondo estos conceptos de verdad y de mentira, tanto en el discurso de la ficción como en el discurso político, se ha consagrado Alberto Manguel en los ensayos/conferencias que integran “La ciudad de las palabras”, su más reciente libro (que sucede a una novela que —casualmente o no— se titula “Todos los hombres son mentirosos”) en el que nos plantea una inquietante paradoja: por un lado, tenemos el lenguaje de los políticos, que pretende referirse a categorías reales pero que acaba congelando las identididades en definiciones estáticas, sin conseguir individualizar a los hombres; por otro lado, tenemos la lengua de la poesía y de la ficción, que reconoce la imposibilidad de nombrar con exactitud y de manera defitiniva, pero que así y todo nos ayuda y nos otorga identidades que nos revelan a nosotros mismos.

La ficción, nos dice Manguel, un oficio que “se jacta de construir la realidad con las palabras”, no suele ni debería ocuparse de dar respuestas concluyentes ni explicaciones esquemáticas ni postulados absolutos, pero eso no implica, para nada, que equivalga a una fabulación estéril.

Cuando ilumina con su obra, todo escritor o “hacedor” redefine las creencias y amplía las definiciones o, digamos, nuestra visión del mundo.

“El conocimiento de diferentes conceptos de tiempo y de espacio (como los que propone Kafka en sus fábulas)”, nos recuerda Manguel (p. 109), puede ser muy útil para que volvamos a imaginar o pensar los límites impuestos por nuestros propios conceptos.

En otros términos, a la “imaginación restrictiva de las burocracias” y al “uso limitado del lenguaje politico” (pag. 41), nuestras ficciones suelen oponer un “universo ilimitado de palabras”.

El vínculo entre “mentiras políticas” y “verdades literarias”, como lo proclama el subtítulo del libro, es central en este conjunto de ensayos; pero la riqueza de “La ciudad de las palabras” no se agota en absoluto con esto que acabo de plantear.

En su prólogo, Manguel explicita una serie de preguntas sobre las cuales se articulan los cinco ensayos: ¿Cómo determina, limita y amplía el lenguaje nuestra forma de imaginar o concebir el mundo? ¿Por qué buscamos definiciones de identidad en las palabras y cuál es, en esa búsqueda, el papel del narrador? ¿Cómo nos ayudan los relatos a percibirnos a nosotros mismos y a los otros?

El tema del otro y de “lo otro” es también fundamental en este libro.

Al referirse a “La epopeya de Gilgamesh” (que estima como la primera vez que, en la historia de la literatura, aparece el recurso del “libro dentro del libro”) y al vínculo entre Gilgamesh y el antagonista de la historia (o sea, Enkidu), Manguel señala que el lazo de un protagonista con otro es esencial en la ficción y que, en cierto sentido, la historia de la literatura puede interpretarse como la historia de relaciones que se iluminan mutuamente (p. 48). Parejas de amantes, de amigos, de colegas o de enemigos. De amo y criado. De maestro y discípulo. Desde Caín y Abel hasta Fausto y Mefistófeles; desde Sherlock y Watson hasta Bouvard y Péchuchet. Sin hablar del caso del Quijote, que Manguel postula así: “Cervantes y su otro yo, Cide Hamete Benengeli, se reflejan a su vez en una pareja de dobles, sus criaturas de ficción, don Quijote y el escudero Sancho Panza, que comienzas sus aventuras con personalidades totalmente opuestas y acaban siendo dos personajes entrelazados, como Gilgamesh y Enkidu” (p. 115).

Toda relación literaria, explica Manguel, supone una de las tres formas de ver al otro (p. 82):

(1) como un ser fantástico o irreal, (2) como una amenaza que codicia lo que poseemos y amenaza nuestra identidad, o (3) como un benefactor creativo que nos legará sabiamente su experiencia.

(El otro hostil, por supuesto, sirve y ha servido desde hace siglos para explicar o justificar los males de nuestra sociedad y diversos horrores políticos).

Alfred DOBLIN


“La ciudad de las palabras” es un libro que viaja de un tema a otro, de un autor a otro, de una época a otra con una envidiable conjunción de libertad y coherencia argumentativa; un libro que va de una novela inconclusa de Jack London al apasionante caso de los “libros plúmbeos” a fines del siglo XVI, de la historia de los inuits a la vida y la obra del alemán Alfred Döblin

Aludiendo a Döblin, precisamente, Manguel nos cuenta que el autor de “Berlin Alexanderplatz” se jactaba de leer “como la llama lee la madera”.

Semejante metáfora podría aplicarse, sin exageración, al propio Alberto Manguel, uno de esos lectores de fuego que en su ardor ilumina y enseña con su perspicacia, con su juicio crítico y con los caminos que abre en el bosque de los libros (caminos al margen de los cánones de moda, sean comerciales como académicos).

Autor de una “Historia de la lectura”, que le valió merecidos premios, y de libros con títulos como “Leyendo imágenes” o “Diario de lecturas”, Manguel es alguien idóneo, sin duda alguna, para ayudarnos a entender más a fondo los vínculos entre el lenguaje y el mundo, entre la ficción y la sociedad.

Los relatos no pueden protegernos del sufrimiento, del error, de la locura dañina o de la “codicia suicida”, es una de sus conclusiones, pero a veces y “por razones imposibles de prever” pueden “hablarnos de esa locura y esa codicia y recordarnos que debemos mantenernos alerta”.

“Los relatos”, dice Manguel, “pueden ofrecer consuelo frente al sufrimiento y palabras para dar nombre a nuestras experiencias”. La ficción puede ayudarnos a entender quiénes somos, puede sugerirnos “formas de imaginar un futuro” y proporcionarnos “alguna manera de permanecer vivos, juntos, en esta tierra maltratada”.


05 septiembre, 2010

El botón equivocado


Una voz automatizada de un avión de British Airways, que cubría la ruta Londres-Hong Kong el pasado martes, avisó por error a los 275 pasajeros del vuelo de que el aparato estaba a punto de estrellarse en el mar. Según publica el diario británico The Sun, una voz femenina automatizada alertaba de "un posible aterrizaje de emergencia sobre el agua".

"La gente estaba aterrorizada, pensábamos que íbamos a morir. Dijeron que el piloto pulsó el botón equivocado porque están muy juntos", ha señalado una de las pasajeras al diario.

En un comunicado, la compañía ha pedido disculpas a los pasajeros del vuelo por causarles un malestar "indebido" y ha señalado que la tripulación se percató del error e informó "inmediatamente" a los pasajeros de que el mensaje era erróneo y de que "el vuelo continuaría con normalidad". Un portavoz de la compañía ha dicho al citado diario que la compañía ha abierto una investigación para identificar el origen del error.

(Despacho de Europa Press recogido el pasado 28 de agosto por varios medios)

03 septiembre, 2010

Almas perdidas


Aquella vez, en la cantina de Don Claudio, perdí hasta el alma jugando a los dados. En una segunda oportunidad, no sólo la recuperé, sino que, incluso, regresé a casa con mucho dinero y otras tres almas que metí dentro de una caja de cartón y guardé en el compartimento superior del clóset. Uno nunca sabe el valor que puede adquirir lo que no se ve.

"Almas perdidas", Ricardo Sumalavia (de su libro de relatos breves Enciclopedia mínima)

02 septiembre, 2010

Kath Bloom

Hace quince años, en Buenos Aires, fui a ver al cine Before Sunrise, aquella hermosa película de Richard Linklater con Ethan Hawke y Julie Delpy (a la que siguió una muy buena secuela, en 2005) y quedé impactado por la música que sonaba en esta escena:




Leyendo los títulos finales, no tardé en averiguar que la canción se llamaba "Come Here" y que su cantante y compositora era una tal Kath Bloom de la que no había oído hablar hasta ese momento.

Meses después, gracias una beca, pude pasar unas semanas en Nueva York y fui especialmente a la hoy extinta zona de pequeñas disquerías de la calle Bleecker, en busca de algo de Kath Bloom. Los que atendían allí sabían mucho de música, no cabe duda, pero todos, sin excepción, me miraron extrañados: "¿Kath... qué?".

Llegué a pensar que Bloom no existía, que acaso Linklater le había hecho cantar ese tema a alguna conocida y que habían empleado un seudónimo o algo semejante.

Por un tiempo olvidé el asunto hasta que cierta tarde, buscando figuritas difíciles en esa caja de pandora que es Internet, se me ocurrió googlear a Kath Bloom.

No sólo comprobé que existía, sino también que era una leyenda del folk, que su carrera había comenzado en los años setenta (en gran medida junto con el guitarrista Loren Mazzacane Connors) y que, tras una suerte de pausa o de silencio artístico, había vuelto a grabar y lanzar discos como "Terror" (2008) o la compilación "Finally".

Las ironías de la vida: el domingo pasado, en Madrid, a muy pocos pasos de mi casa, pude ir a ver en vivo a Kath Bloom, la misma que parecía no existir en su país natal.

Fue un concierto especial (en la terraza de la Casa Encendida, mientras el sol se ocultaba) y Bloom demostró y hasta reforzó en vivo lo que yo ya pensaba tras haber escuchado algunos de sus trabajos discográficos: que es un artista exquisita y original, con el raro don de conmover en el acto.

Todas las comparaciones son desafortunadas, pero a veces de cierta utilidad. Así, podríamos decir que Bloom posee algo del intimismo confesional de Joni Mitchell, de la sofisticada simpleza de Neil Young y de la melancólica emoción de Nick Drake. Tiene una voz increíble (que le ha granjeado la completa admiración de Devendra Banhart), es una excelente compositora y aunque se ha escrito que es una guitarrista intuitiva (autodidacta, según cuentan sus biografías), al mismo tiempo no extraña saber que su padre fue un destacado oboista (Robert Bloom) y que en su infancia ella estudió cello de forma clásica.

Esa fascinante mezcla de clasicismo y libertad, de tradición y experimentación es, en buena medida, lo que también hace que la música de Kath Bloom sea tan especial.



El concierto de Madrid fue una excusa para presentar su nuevo álbum ("Thin Thin Line"), editado por el sello Caldo Verde (éste es su sitio) y que consigue superar a su predecesor "Terror" o, al menos, no palidecer en absoluto al lado de él.

Si alguno de ustedes tiene la fortuna de estar en Inglaterra en estos días, la pequeña gira de Bloom prosigue por allí durante esta semana. Si no es el caso, busquen ya mismo cualquiera de sus últimos discos.

http://www.caldoverderecords.com/kb/03.mp3

(When I see you coming my way / I pretend I’m not at home / see you turn around so slowly / and I cry / I’m all alone)

01 septiembre, 2010

Bioy Casares en Brasil



El próximo lunes 6 de septiembre editaremos con La Compañía un libro desconocido, prácticamente inédito, de Adolfo Bioy Casares.

Se trata de un diario de viaje, titulado Unos días en el Brasil, que narra los detalles de una visita a Río de Janeiro, San Pablo y Brasilia en 1960, cuando Bioy fue invitado a un congreso del PEN Club en el que también participaron Graham Greene, Alberto Moravia, Elsa Morante o Roger Caillois. Aparte de estas presencias literarias, recorre el diario la sombra de una brasileña que el escritor había conocido tiempo atrás, en otro viaje.

Entre agudas observaciones sobre la vida cotidiana y
apuntes sobre la idiosincrasia de los países, deslumbra la excursión a Brasilia. En aquella época, la capital aún estaba construyéndose y Bioy Casares tomó algunas fotografías inéditas que se incluyen en el libro.

Unos días en el Brasil
sólo había circulado secretamente hasta hoy, pues Bioy solía limitarse a regalar los pocos ejemplares impresos a sus amigos.

La edición de La Compañía se completa no sólo con las fotos de Brasilia, sino también con un sentido posfacio escrito especialmente por Michel Lafon, quien se ocupo de coordinar y traducir parcialmente en Francia la edición de las novelas completas de Bioy Casares y estuvo muy cerca de él durante los últimos años de su vida.

El libro será editado en simultáneo en Argentina y
en España, en este último caso en colaboración con Páginas de Espuma . El próximo sábado 4 saldrá un anticipo en ABC (Madrid) y en La Nación (Buenos Aires). El lunes 6 se inaugura en Madrid (en la Casa de América) una muestra con las fotos que Bioy tomara en Brasilia, las que podrán ser admiradas en gran tamaño. Y el miércoles 8 se presentará el libro, también en Casa de América, con la presencia de Michel Lafon, entre otros.

Más datos de la muestra y de la presentación, aquí.

www.editoriallacompania.com

01 agosto, 2010

Un mes sin bertigo


¿Este blog se toma vacaciones? ¿Su autor se toma vacaciones? ¿Los dos?

Como sea, el bertigo se detiene en el mes de agosto.

Hasta septiembre, si así lo quieren Google y los dioses.

31 julio, 2010

Fotos robadas



Hace dos años, luego de haber atravesado toda Africa, brindé una serie de charlas en salas de cine de Francia y expliqué que, en realidad, yo no hablaba con los aficanos para capturar mis imágenes. O sea, claro que algo hablaba con ellos, pero... La gente me decía: "Cómo es posible, ¿no hubo feedback?". Yo estoy en contra de ese tal feedback. ¿Qué diablos quiere decir? Conozco a un montón de periodistas que dan grandes palmadas en las espaldas, que se hacen los amigos de la gente y después filman o sacan fotos. Yo desconfío de esa falsa simpatía que es sumamente hipócrita. Prefiero mantener las distancias con la gente, que es una forma de respetarla. Pase lo que pase, siempre se trata de una traición. Las fotos se roban. Una buena foto es siempre una foto robada. (..) Cuando paso demasiado tiempo en un lugar o en un país, ya no veo nada. Sé demasiadas cosas y eso me perturba porque empiezo a querer darle sentido a mis imágenes, a mis encuadres, y hago cosas más maquinadas, menos reveladoras, menos espontáneas, menos misteriosas para ellos y para mí.


Raymond Depardon, Voyages (en diálogo con Michel Butel)

30 julio, 2010

El montículo de los pájaros


En una aldea de Kashima, en la provincia de Hitachi, un hombre llamado Medama no Rinnai había escogido, entre todos los oficios posibles, el que consiste en cazar innumerables pájaros, y lo cumplía sin treguas, sin preocuparse siquiera por las tormentas de las noches de invierno, con la complicidad de los jóvenes vecinos.

Su mujer le aconsejaba que renunciara, pero él no acataba. Una vez, afligida, ella se acostó sola y, puesto que no podía dormir, se puso a meditar sobre la impermanencia de este mundo. De pronto, sus dos hijos que dormían a su lado comenzaron a hablar en sueños y el cuerpo de ella tembló treinta y siete veces de miedo.


Tarde en la noche, regresó su marido.


-Esta noche tuve suerte –dijo.


La mujer, entre sollozos, repuso:


-Sé que esta noche has cazado treinta y siete pájaros, entre ellos ocho medianos y tres grandes. ¿Hasta cuándo vas vivir así?


Rinnai examinó su cesta y comprobó, con estupor, que la cantidad de pájaros era ésa. Su mujer le contó entonces de los temores nocturnos de sus hijos. El también se puso a temblar y enterró esa misma noche sus utensilios de caza bajo un montículo. Ese sitio aún existe y se llama el “montículo de los pájaros”.

El montículo de los pájaros (Ihara Saikaku)




En materia de literatura japonesa, suele decirse que tres escritores marcaron el fin del siglo XVII y los inicios del siglo XVIII: un poeta (Basho, reputado por sus haikus), un dramaturgo (Chikamatsu, el “Shakespeare japonés”) y un narrador : Ihara Saikaku. Se sabe poco de la vida de Saikaku. Se cree que empezó como poeta, antes de volcarse a la narrativa ; se afirma que era comerciante en Osaka y que, tras la muerte de su mujer y de su única hija, hizo un periplo por todo el país que años más tarde deparó una suerte de guía de viaje: Hitomé tamaboko. Como novelista, su obra principal es “Vida de un hombre” (Kôshoku Ichidai otoko), publicada en 1682, a la que sigue dos años después una especie de secuela llamada “Vida de otro hombre” y, luego, “Vida de una mujer”. Llegó a escribir un par de obras teatrales, entre ellas Koyomi ("El almanaque"). Pero ante todo es recordado por sus cuentos, que en su conjunto conforman una especie de “Comedia humana”. En 1685 editó los cautivantes “Cuentos de provincia” (35 relatos divididos en cinco libros), en 1687 “El gran espejo del amor entre hombres» (40 cuentos bastante más extensos, repartidos en ocho libros) y el mismo año “La tradición de la vía de los guerreros” (32 cuentos en ocho libros), a los que siguieron “Historias de guerreros fieles a sus deberes” o “Nuevos cuentos para reír”, entre otros. El propio Saikaku ilustró varios de sus libros, pero en la mayoría fue Yoshida Hanbei el ilustrador.


Más acerca de Saikaku, aquí.


29 julio, 2010

Los argentinos, los portugueses y los griegos

Nora BAYES


En 1920, un año después de haber grabado "Prohibition Blues" (con letra de Ring Lardner), Nora Bayes registró una de las canciones que más se suele citar como ejemplo de temática inmigratoria en la música popular norteamericana de comienzos del siglo XX: la canción se llama "Los argentinos, los portugueses y los griegos".




The Argentines, The Portuguese, and The Greeks

Columbus discovered America in 1492

Then came the English and the Dutch

The Frenchman and the Jew

Then came the Swede and the Irishman

Who helped the country grow

Still they kept a coming and now

Everywhere you go

There’s the Argentines and the Portuguese,

The Armenians and the Greeks

One sells you papers, one shines your shoes,

Another shaves the whiskers off your cheeks

When you ride again in a subway

Notice who have all the seats

And you’ll find they are held by

The Argentine and the Portuguese and the Greek

There’s the Ritz Hotel and the Commodore and

The Vanderbilt and the rest

All of them are classy, up to date hotels

They boast accommodations of the best

When you ask the clerk for a room and bath

He looks at you sarcastically and speaks

Why we’re all filled up with the Argentine

And the Portuguese and the Greek

There’s the Oldsmobile and the Huntmobile

And the Cadillac and the Ford

There are the motors you and I can own

The kind most anybody can afford

But the Cunningham and the Mercury

And the Rolls Royce racing free

Ah they all belong to the Argentine and

The Portuguese and the Greek

There are pretty girls, there are witty girls

There is every kind of a girl

Some you like a little, some a little more

But none of them will set your heart a whirl

When you really feel you’ve met your ideal

A girl with smart and chic

You will find she belongs to an Argentine or

A Portuguese or a Greek

They don’t know the language

They don’t know the law

But they vote in the country of the free

And the funny thing when we start to sing

My Country Tis of Thee

None of us know the words

But the Argentine, the Portuguese, and the Greek

28 julio, 2010

Las canciones de Ring Lardner


Además de gran cuentista y de famoso periodista deportivo, Ring Lardner (1885-1933) también llegó a desempeñarse como letrista de canciones, una faceta menos conocida de su obra.

La canción "Prohibition Blues" (1919) es un ejemplo destacado. La letra es de Lardner y la música es adjudicada a Nora Bayes (1880-1928), cantante y actriz de vaudevil muy célebre por aquellos tiempos.