12 julio, 2010

La biblioteca de Hitler

En el último suplemento literario del diario Perfil, de Buenos Aires, Guillermo Piro escribe un jugoso artículo sobre los libros y la biblioteca de Adolf Hitler con motivo de la traducción al castellano (Debate) de Hitler’s Private Library (The books that shaped his life), de Timothy Ryback, profesor de historia y literatura en la Universidad de Harvard además de periodista y cofundador del Institute for Historical Justice and Reconciliation. Algunos extractos:


Ryback tuvo una idea genial: obtener los permisos necesarios y consultar los mil doscientos libros que alberga la Biblioteca del Congreso, en Washington, que una vez descansaron en los estantes de tres elegantes bibliotecas que Hitler tenía en sus residencias de Munich, Berlín y Obersalzberg, cerca de Barchtesgaden. En la actualidad, esos libros están apretujados en unos anaqueles de aluminio en una sala sobria y mal iluminada que aloja la sección libros raros de la Biblioteca del Congreso. También acudió a la Universidad de Brown, en Providence (Rhode Island), donde encontró otros ochenta libros que pertenecieron a Hitler.

El libro comienza con una imagen impactante: Hitler, a los 26 años, sirviendo en el frente en el norte de Francia, durante la Primera Guerra Mundial, entrando a un pueblo, una tarde de licencia, para comprar un libro. El libro en cuestión resulta ser una historia de la arquitectura de la ciudad de Berlín, de Max Osborn. Treinta años más tarde Albert Speer, el arquitecto megalómano de Hitler, estudiaba los modelos a escala de la Berlín del futuro, hecha a la medida (o la vez superando la medida) de Osborn. Ryback encontró ese libro de entre los de la Biblioteca del Congreso y lo consultó por primera vez en 2001. Al abrirlo descubrió entre sus páginas “un hirsuto pelo negro de unos veinticinco milímetros que parecía de un bigote”. El hallazgo, que parece pueril, no lo es.

En abril de 1986 la revista Punto de Vista publicó un artículo de Walter Benjamin: "Desembalo mi biblioteca. Discurso sobre la bibliomanía". Según Benjamin, los libros que atesora una persona permite deducir mucho acerca de ella. No sólo los libros que ha leído, sino, justamente, también los que no ha tocado, dado que los que una persona decidió no leer dicen mucho acerca de quién es. Benjamin, filósofo alemán y judío –“nacido en una época en que era posible ser alemán y judío”, acota Ryback–, amaba la palabra escrita, pero sentía devoción por la palabra impresa y encuadernada. Sostenía que un bibliómano es capaz de leer en un libro como un fisonomista es capaz de descifrar la esencia del carácter de una persona a partir de sus rasgos. “Años y lugares de edición, formatos, anteriores propietarios, tipos de encuadernación, todos estos elementos le deben hablar no sólo por la árida desnudez del dato, sino también por la forma en que armonizan entre sí.”, dice Benjamin en ese ensayo. Resumiendo: a un coleccionista se lo puede juzgar tranquilamente por su colección. Benjamin citaba una frase de Hegel: “El búho de Minerva extiende sus alas sólo al ocaso.” Según él, lo mismo puede afirmarse de las bibliotecas personales: la biblioteca sólo puede hablar por sí misma una vez que el coleccionista ha muerto, “sin la presencia pedante y molesta del coleccionista”. Algo debe de seguir vivo del propietario en ellos. A lo mejor, dejó su impronta garabateando su nombre y la fecha en que fue adquirido en la primera página, o estampando un ex libris que mandó a hacer con ese fin, eligiendo entre los miles de motivos que estaban a su disposición; a lo mejor una vez, bebiendo café, una gota cayó sobre una de sus páginas; y otra vez, tal vez, en ausencia de un señalador, golpearon a la puerta y antes de correr a abrir el coleccionista hizo un doblez en una esquina. Los libros hablan.

La estrella polar. Su biblioteca representaba para Hitler una fuente de saber e inspiración. Que en ella haya ahogado sus ambiciones fanáticas y sus complejos intelectuales no es culpa de ellos. O al menos no de todos ellos. Hitler consideraba a Don Quijote de la Mancha uno de los grandes libros de todos los tiempos. Igual suerte le tocó al Robinson Crusoe, a La cabaña del tío Tom y a Los viajes de Gulliver. Veía en Robinson Crusoe “la evolución de la historia de la humanidad” y a su juicio Don Quijote reflejaba con ingenio el final de una época. Poseía las Obras completas de Shakespeare en una edición alemana publicada en 1925. Hitler consideraba a Shakespeare superior a Goethe y a Schiller, ya que el inglés (el que habla ahora es Ryback) “se había alimentado de las fuerzas proteicas del incipiente imperio británico, mientras que los dos dramaturgos teutónicos habían malbaratado su talento en historias que trataban de crisis personales y rivalidades entre hermanos”.

Ryback cataloga también aquellas lecturas que reforzaron las opiniones racistas que ya habían germinado en él y estaban fuera de toda duda. Tenía una traducción alemana del tratado antisemita de Henry Ford, El judío internacional, y los Ensayos alemanes de Paul Lagarde, libro éste prudentemente anotado, en el que Lagarde reclama trasplantar a los judíos alemanes y austríacos, a los que tilda de “pestilencia”, a Palestina. “Estas aguas pestilentes deben ser erradicadas de nuestros ríos y lagos”, escribe Lagarde, y al margen Hitler escribe con lápiz: “El sistema político en que esto existe debe ser eliminado.”


La magnífica biblioteca. Hitler no dejó ningún ensayo del tenor del de Walter Benjamin respecto a su propia biblioteca. No me refiero a la lucidez implacable, inimitable, de Benjamin, sino, menos pretensiosamente, a un relato, aunque más no fuera, de la forma en que adquirió algunos volúmenes, o de la importancia emocional que algunos libros tenían para él. Nada de eso. Pero el libro de Ryback da cuenta de la cantidad de historias que estos libros siguen contando para nosotros.

En 1935 la biblioteca de Hitler había adquirido tal magnitud que ese año, Janet Flanner escribió un artículo para el New Yorker estimando que poseía alrededor de seis mil volúmenes. Años después, un corresponsal en Berlín de la United Press International calculaba que la colección ascendía a 16.300. En una foto se lo ve leyendo en su escritorio del cuartel general del partido nazi. No sabemos qué está leyendo, pero poco importa. Sí sabemos hoy que la lectura de lo bueno y lo mejor no hace a la gente mejor y más buena.

La versión completa:

http://www.diarioperfil.com.ar/edimp/0485/articulo.php?art=22884&ed=0485


10 julio, 2010

La imagen del libro


Además del placer que le brinda, ¿cuál cree usted que sea su tarea como escritor?

Vladimir Nabokov: La misión de este escritor es el simple acto subjetivo de reproducir con tanta fidelidad como sea posible la imagen del libro que tiene en su mente. El lector no tiene por qué saber y, de hecho, no puede hacerlo, cuál es esa imagen; no puede distinguir qué tan fiel es el libro a la idea que el autor tiene en su cabeza. Es decir, el lector no tiene por qué molestarse con las intenciones del autor, y al autor nada le importa si al comprador le gusta o no lo que consume.


07 julio, 2010

Dos frases


El ají es la mostaza de los pobres (Eugenio Díaz).

Un túnel no es otra cosa que un bostezo de piedra (Juan Manuel Roca)


Las dos frases son citadas por Luis H. Aristizábal en su "Diccionario Aristizábal de citas y frases colombianas", cuyo descubrimiento debo a Camilo Jiménez y su blog "El ojo en la paja" (aquí)

Más:

http://www.lablaa.org/blaavirtual/modosycostumbres/diccio/diccio0.htm


http://elojoenlapaja.blogspot.com/2009/11/devaneos-historias-de-un-diccionario.html

05 julio, 2010

Una vuelta al mundo


La editorial argentina Adriana Hidalgo acaba de publicar en su colección infantil (Pípala) mi traducción de "El cuento de los cuatro niños que dieron la vuelta al mundo", de Edward Lear.

En este cuento, cuatro niños deciden dar la vuelta al mundo y para ello se llevan a su gato como timonel y a un kuango-mango para que les prepare té. En cada página conocerán distintos personajes y lugares: peces con frío, moscas que viven en botellas azules, ratones que comen flan.


En este mismo blog ya consagré más de una entrada a Edward Lear (ésta, por ejemplo), que además de escritor fue un eximio dibujante, tanto es así que este libro trae ilustraciones originales del autor.

03 julio, 2010

Los otros, los mismos




Los jóvenes de antes se tomaban sus amores muy en serio. Los viejos de hoy no actuarían de la misma manera.





Ariwira No Narihira, “Cuentos de Ise”

30 junio, 2010

El cuento según Poe


Un hábil artista literario ha construido un relato. Si es prudente, no habrá elaborado sus pensamientos para ubicar los incidentes, sino que, después de concebir cuidadosamente cierto efecto único y singular, inventará los incidentes, combinándolos de la manera que mejor lo ayude a lograr el efecto preconcebido. Si su primera frase no tiende ya a la producción de dicho efecto, quiere decir que ha fracasado en el primer paso. No debería haber una sola palabra en toda la composición cuya tendencia, directa o indirecta, no se aplicara al designio preestablecido. Y con esos medios, con ese cuidado y habilidad, se logra por fin una pintura que deja en la mente del contemplador un sentimiento de plena satisfacción. La idea del cuento ha sido presentada sin mácula, pues no ha sufrido ninguna perturbación; y es algo que la novela no puede conseguir jamás. La brevedad indebida es aquí tan recusable como en la novela, pero aún más debe evitarse la excesiva longitud.

Edgar Allan Poe, "Nathaniel Hawthorne"



27 junio, 2010

La sospecha


Un hombre que había perdido su hacha sospechaba que el hijo de su vecino la había robado. Observaba al muchacho - su forma de caminar, la expresión en su rostro, su modo de hablar- y a su entender todo en su aspecto y su conducta indicaba que el muchacho era el ladrón.

Poco después, el hombre encontró el hacha mientras revisaba su bodega. Cuando volvió a ver al hijo de su vecino, nada en la conducta del muchacho parecía sugerir que él había robado el hacha.


Lie Yukou

(Taoísta chino, autor del “Liezi” o “Libro de la perfecta vacuidad”. Vivió alrededor del año 350 antes de Cristo. Se sabe poco de su vida. Puesto que no es mencionado por los principales historiadores, se ha sugerido que en verdad fue un personaje inventado por Chuang Tzu)


24 junio, 2010

El príncipe actor

Francis SCOTT FITZGERALD


Un hombre aborrece ser príncipe, va a Hollywood y no puede interpretar más que a príncipes. O a un general, que es lo mismo.

F. Scott Fitzgerald, The Crack Up

22 junio, 2010

La moraleja que solicitaba una fábula


Una vez apareció en el centro de la capital una moraleja que decía al pie de la letra: "Procure ser, en todo lo posible, un pecador sin Fe, incorruptible". Al principio nadie la tomó en cuenta. A los pocos días, la obsesión en su torno era incontenible, y presbíteros y laicos de todas partes del mundo la examinaban tratando de imaginar a qué correspondía. "No parece el remate de una fábula pagana", se decían, "pero tampoco el corolario de una historia piadosa". Y la perplejidad crecía, convirtiéndose en epidemia. Todas las noches en la plaza distintos naradores urdían complementos maravillosos ante un público que aplaudia y silbaba. Pero ningún relato le quedaba bien a la moraleja, la forzaban en demasía, la desencajaban.

Finalmente los curiosos, encolerizados ante la ineptitud para develar al misterio y adjudicarle un digno y luminoso texto a la moraleja, se fatigaron y procuraron silenciar el tema eternamente. Cuanto más, si se hablaba del género, citaban ejemplos amables y milenarios: "Al mal paso darle prisa" o "Ente santa y santo pared de cal y canto" o "No hay más ruta que la nuestra", que se adecuaban sin riesgo a decenas de miles de fábulas.

Cuando se conveció de que nadie la observaba, la moraleja dejó salir a su fábula y se tendió junto a ella en un rincón oscuro para disfrutar de su dicha sensual.

"Fábula de la extraña moraleja que solicitaba una fábula devocional", de Carlos Monsiváis. Incluido en Nuevo catecismo para indios remisos.


El mexicano Carlos Monsiváis, que falleció el pasado 19 de junio, fue el gran cronista de los últimos años de su país, pero también frecuentó otros géneros literarios: desde biografías, ensayos o antologías hasta el libro de fábulas que publicó en 1982 y del que he seleccionado este texto.

Del diario de Maugham

William SOMERSET MAUGHAM



El amor que dura más es el amor nunca correspondido.

El escritor debe ser lúdico y serio a la vez.

Una de las mayores desgracias del ser humano es que sigue teniendo deseos sexuales mucho después de haber dejado de ser sexualmente deseable.

William Somerset Maugham, "A Writer's Notebook"

21 junio, 2010

La isla

Rainer Maria RILKE

Hay entre nosotros un anciano que relata la historia de una pequeña isla donde el mar ha llevado tantos muertos que ya no queda más lugar para los vivos. Están como sitiados por cadáveres. Esto no es, acaso, más que un delirio y el viejo cuentista quizás esté loco. Personalmente no creo en esta historia. Pienso que la vida es más fuerte que la muerte.

Tomado de "El sepulturero", de Rilke, e incluido en mi antología "Historias encontradas" (editada por Eterna Cadencia).



19 junio, 2010

El epitafio de Saramago


Jose SARAMAGO, por Daniel MORDZINSKI


En América, hace poco, me hablaban de los epitafios. Mire, si yo pudiera redactar mi propio epitafio diría "aquí yace, indignado, fulanito de tal". La indignación es, digamos, mi estado habitual. Supongo que, en el caso del epitafio, a la indignación natural se sumaría otra: la de no estar vivo.


José Saramago, que falleció ayer, le decía esto tiempo atrás a Carmen Rigalt del diario El Mundo, de España. (La entrevista completa, aquí)




18 junio, 2010

Graforismo


Madrid, abril de 2010. Graforismo callejero.

("Me voy corriendo a ver qué escribe en la pared la tribu de mi calle". Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, "Vencedores vencidos")