08 mayo, 2010

Apuesta



Eché la carta de amor en todos los buzones. Pensé: con que una sola entienda, será suficiente.

Sigo esperando.

Minicuento de Fernando Remitente, publicado en su "Teoría del mínimo relato" (o sea, aquí)

07 mayo, 2010

Fantasmas de la Edad Media


En Europa, durante la Edad Media, la iglesia de encargó de domeñar a los fantasmas. “El que haya unos hombres que se aparezcan después de morir es algo que resulta difícil de creer para cristianos nutridos de la Biblia y de los Padres de la Iglesia. Para ellos, y antes de que se asiente la noción de purgatorio, no existen más que dos posibilidades para un difunto: va al infierno o va al paraíso. Enfrentada al culto a los muertos, capital en el paganismo, la iglesia se ve obligada a reaccionar y a imponer sus propias respuestas a las cuestiones referentes a los estados post-mortem. Los dos teólogos que han desempeñado el papel más importante en la historia de los fantasmas y los aparecidos han sido Tertuliano y San Agustín”, plantea Claude Lecouteux en su indispensable “Fantasmas y aparecidos en la Edad Media”.

San Agustín justifica la creencia en los muertos que no tienen descanso. El purgatorio, por lo tanto (el “tercer lugar”: ni cielo, ni infierno), se convierte en la morada de los muertos que no descansan en paz.


El asunto ha sido cuidadosamente analizado por Jacques LeGoff en “El nacimiento del purgatorio”. En resumidas cuentas, Tertuliano
(155-230), líder de la Iglesia y prolífico autor, fija la idea de que los aparecidos son muertos poseídos por el demonio. Los fantasmas pasan a ser vistos como una ilusión diabólica. La literatura moralizante de la época (sobre todo los ejemplarios) ofrece innumerables casos.

Lecouteux recoge en su libro varios ejemplos que Cesáreo de Heisterbach escribió en su "Dialogus miraculorum" (“El diálogo de los milagros”). En una de ellos, una mujer pide, en plena agonía, que le hagan unos sólidos zapatos y la entierren con ellos. ‘Me serán útiles’, explica, y le conceden su último deseo. A la noche siguiente, un caballero oye una voz: “¡Ayúdenme!”. Luego ve a una mujer que sólo lleva camisa y zapatos; intenta atraparla de los cabellos, pero ella escapa no sin antes perder varios mechones. Por la mañana abren la tumba y ven que la muerta ha perdido buena parte del pelo.

Fragmento de mi introducción a la antología Fantasmas (Adriana Hidalgo, Buenos Aires)



06 mayo, 2010

Arrugas





En su serie "Paper Surgery", el artista estadounidense Stephen J. Shanabrook (Cleveland, 1965) arruga conceptos tan debatibles como lo bello y lo feo.

Según lo que he podido leer, Shanabrook (quien vivió un tiempo en Moscú y trabajó de joven en una morgue) suele jugar con las fronteras entre placer y dolor, como lo muestra el caso de su "caja de chocolate mórbido" (ver aquí).

Más en:

www.stephenshanabrook.com

04 mayo, 2010

Cinco libros: Mariana Dimópulos

Estoy pidiéndole a diversos escritores y artistas que recomienden cinco libros de ficción a los lectores de este blog y por qué no, de paso, al autor del mismo. No se trata, para nada, de un ránking ni mucho menos de una lista canónica. Se trata, más bien, de cinco libros que repentinamente ellos quieran proponer y compartir con los demás.


El voto de Mariana Dimópulos:



Los hermanos Tanner, de Robert Walser.
La primera novela de Walser, y la mejor. Ingenua, cruel y bella.

El malogrado, de Thomas Bernhard.
Todo lo suyo condensado en tres personajes geniales, en un libro sobre el genio.

Misericordia, de Benito Pérez Galdós.

Para quien guste de la retórica y la amargura del humor español.

Jude el oscuro, de Thomas Hardy.
La última novela de Hardy, pesimista, dramática, incansable.

The Making of New World Slavery, de Robin Blackburne.
Es un libro para entender cómo surgió la América colonial, pero sobre todo para descifrar cierta parte del pensamiento europeo. No es ficción, lamentablemente.


Mariana Dimópulos (Buenos Aires, 1973) es traductora del inglés y del alemán. Colabora esporádicamente en medios gráficos de Argentina. Publicó Anís en 2008. Su segunda novela, Cada despedida, sale en junio de 2010.

02 mayo, 2010

Las cuatros cualidades del genio


En el siglo XVIII la monstruosidad convivía con la vida cotidiana y si en algunos casos era recluida con sagrado horror y manifiesta crueldad, en otros era reverenciada. Es claro que la calificación podía ser itinerante e imprecisa, tanto podía merecerla un niño salvaje o un hombre proboscídeo –el famoso “hombre elefante”-, como un genio, un Mozart pongamos por caso; en suma, lo que se apartara de una confortable noción de normalidad era sentido como exorbitante y monstruoso y en uno u otro caso finalmente castigado de diverso modo; a un genio no se lo podía recluir y había que admirarlo pero comprenderlo, eso sí que no.

Dejemos a los accidentes de la naturaleza y a las irrupciones de lo incontrolado de la genética para pensar en los logros de la genética, los genios. Abundaban en el XVIII en diversos campos, música en particular: sigue asombrando la cantidad de obras maestras de Haydn, de Mozart y de tantos otros, así como la densidad y profusión de los textos de Kant o de Hegel: ¿cómo lo produjeron, en qué condiciones materiales lo pudieron hacer, con qué luz se iluminaron para escribir tanto y tan bueno? Es asombroso y aterrador, la energía les fluía y ordenaba una tras otra las composiciones o los escritos, tal vez algo menos la pintura que había tenido su momento semejante de desmesura en los siglos XV al XVII y volvería a tenerlo en el XX. Cuesta entenderlo pero, al menos, sirve para atribuir a los genios un conjunto de rasgos que faltan en los que no lo son; a la manera en que Italo Calvino se propuso entender que una escritura sólo podía ser tal si cumplía con cinco condiciones, me parece que la genialidad se reconoce en al menos cuatro cualidades: la continuidad, la cantidad, la originalidad y la densidad.

Fragmento de la introducción de Noé Jitrik a "Una historia desagradable", de Fiodor Dostoievski, el nuevo libro que lanzamos esta semana con la editorial La Compañía. Esta breve novela, publicada originalmente en 1862, era prácticamente desconocida para los lectores en lengua castellana, a quienes llega ahora con traducción y posfacio de Luisa Borovsky.

01 mayo, 2010

Otra naranja

¿Y esta otra versión de "La naranja", de Gilbert Bécaud, en lo que vendría a ser el "clip"?



Lo notable del caso es cómo de una misma canción el autor e intérprete puede ofrecer dos versiones tan opuestas (cómica o trágica), las dos igualmente logradas y usando siempre la banda sonora original.

30 abril, 2010

La soledad

Fábulas de ABSTEMIUS, edición de 1499


Un campesino fue a visitar a un filósofo. Cuando lo vio a solas entre sus libros le preguntó cómo hacía para vivir de ese modo, sin ninguna compañía.

El poeta respondió: "Sólo he empezado a sentirme solo desde que tú entraste aquí".

Fábula de Laurentius Abstemius, sabio italiano también conocido como Lorenzo Bevilaqua. Vivió en el siglo XV y escribió, además de varias obras científicas, el "Hecatomythium Secundum": una colección de fábulas de tipo esópico y de contenido satírico o anticlerial.


29 abril, 2010

La naranja


Siempre he pensando que muchos videos (o clips) no agregan nada a las canciones; al contrario, les quitan vuelo, las anclan a un imaginario publicitario o a un registro puramente documental.


Lo que ocurre con esta performance de Gilbert Bécaud es exactamente lo opuesto. Más de una vez escuché “L’orange du marchand” y me pareció una cancioncita ingeniosa, pegadiza y punto. Ahora bien, lo que hace Bécaud ante las cámaras (digno de un gran, gran actor) convierte un episodio casi anecdótico (el de hombre a quien un coro acusa de haber robado una naranja en el mercado) en una escena de un pathos asombroso…







26 abril, 2010

El equilibrio

Thomas HARDY


El problema del escritor es el de cómo equilibrar la balanza entre lo que no es habitual y lo que es corriente, de manera que, mientras por un lado se despierta el interés, por el otro se expone la realidad (...) Todo el secreto de la obra de ficción y del drama, en cuanto a su construcción, reside en el acoplamiento de cosas que se apartan de los corriente a cosas que son eternas y universales.

Thomas Hardy, "Cuaderno de notas"

25 abril, 2010

Charla sobre Goyen


El próximo martes 27 de abril, a las 19, habrá una charla en torno a la obra del escritor estadounidense William Goyen. Será en la librería Fedro, de Buenos Aires (Carlos Calvo 578), con la participación de Mariana Enríquez, Patricia Suárez, Jorge Consiglio y Esther Cross, quien tradujo los dos libros de cuentos de Goyen que hemos publicado con la editorial La Compañía: "La misma sangre" y "Ángeles y hombres". Vale la pena descubrir la obra de Goyen, "uno de los mejores cuentistas norteamericanos de todos los tiempos" según The New York Times.




24 abril, 2010

Categorías

Bertrand RUSSELL

"Basta leer algo de su llamada filosofía para descubrir inmediatamente qué clase de idiota es usted. El otro día leí en un diario suizo alemán algo que evidentemente usted había dicho: ´Vivimos en una época que tiene tres revoluciones por delante: la lucha de la juventud contra la vejez; la lucha de la pobreza contra la riqueza y la lucha de la estupidez contra la inteligencia…´ (…) Le digo categóricamente que las tres revoluciones que lo inquietan no las tenemos por delante, sino que han caracterizado a todas las generaciones de todos los siglos".

Así era
la carta que un hombre común le escribió a Bertrand Russell en 1958. La respuesta no se hizo esperar:

Estimado señor

Hay una categoría de idiotas que usted ha omitido mencionar. Es la categoría de quienes creen lo que leen en los diarios. Yo nunca hice la declaración que usted cita.

Lo saluda atentamente,

Bertrand Russell


Inicio de un artículo titulado "Las mañanas epistolares de Bertrand Russell", escrito por Alcides Rodríguez para la revista-blog "Escritores del Mundo" que desde el miércoles 21 de abril está en la web (aquí), con textos de Miguel Vitagliano, Aníbal Jarkowsky, José María Brindisi, María Rosa Lojo, Esther Andradi, Dardo Scavino, Anna Kazumi Stahl, Federico Jeanmaire y muchos más...

Enlace original:

http://www.escritoresdelmundo.com/2010/04/las-mananas-epistolares-de-bertrand.html

22 abril, 2010

El anciano



Había una vez un hombre llamado Huang An. Ya tendria más de ochenta años, pero aparentaba ser joven. Se alimentaba de cinabrio. Iba desnudo, hasta en invierno. Se sentaba en una tortuga de tres pies de largo. Una vez alguien le preguntó: "¿Qué edad tiene la tortuga?". Él respondió: "Cuando Fu Hi encontró la red y las nasas, capturó a esta tortuga y me la regaló. Es todo este tiempo he vuelto liso su caparazón a fuerza de sentarme encima. Este animal tenía miedo de la luz de la luna y del sol; por eso sólo asomaba la cabeza una vez cada dos mil años. Desde que yo la tengo ha asomado la cabeza cinco veces". Dicho esto, el hombro se echó la tortuga al hombro y se marchó.

Pronto se difundió la historia, sin embargo, de que el hombre tenía diez mil años.

Incluido en "Cuentos chinos", edición a cargo de Richard Wilhelm (Paidós, Orientalia)