29 marzo, 2017

Insatisfacción e invención





Un gran escritor ruso decía que en toda casa, incluso en la más perfecta, siempre falta una habitación. La experiencia nos permite suponer que, si a la casa le añadiéramos esa habitación, faltaría otra más. El mundo es así, a imagen de la casa de La muerte de Ivan Illich: algo eternamente incompleto, algo a reinventar sin fin. Al mundo siempre le falta algo, y la humanidad no hace más que añadiduras, aunque se limite a engendrar basura o aunque, en su afán por engendrar y sumar, haga desaparecer cosas preciadas como especies animales o vegetales. Algunos creen, como en el tango de Enrique Cadícamo, que al mundo le falta un tornillo y no hay quien lo pueda arreglar. Otros, menos pesimistas, se desvelan en inventar los remedios o los útiles para una vida o una sociedad mejor. 

La insatisfacción, se sabe, es el motor que une a los artistas y a los científicos de todas las épocas y de todos los rincones del planeta. El deseo de que el mundo sea diferente. O la simple vanidad de decirse que, tras un pequeño acto, hemos sumado al paisaje algo que faltaba.

Los escritores, también se sabe, son inventores en múltiples sentidos. Inventan personajes y conflictos entre personajes; inventan acciones, escenas e historias, pero también geografías, ciudades, países, palabras, formas literarias...

A esto se añaden los autores que en sus obras incluyen objetos que no existen (o que no existían entonces) en esa ilusión colectiva llamada mundo real: artefactos, herramientas y utensilios de toda clase, medios de transporte, medios de comunicación, implementos más o menos inútiles, brebajes y pociones más o menos mágicos. 


Abundan, al respecto, ejemplos célebres (la máquina para viajar en el tiempo o la píldora para volverse invisible o ser inmortal), pero asimismo otros menos conocidos: desde el Baby HP del mexicano Juan José Arreola hasta la kallocaína (droga de la verdad) de la escritora y pacifista sueca Karin Boye, pasando por la superficina de Sigismund Krzyzanowski, la máquina de rezar de Roger Zelazny y diversas ocurrencias de autores tan variados como Jules Verne, Italo Calvino, Jorge Luis Borges, Alphonse Allais, J. R. Wilcock, Stanisław Lem, Juan de la Coba, Roald Dahl o Dino Buzzati.

Desde los tiempos de Leonardo (inventor, pintor y autor de magníficas fábulas), e incluso desde antes, la frontera entre la creación artística y la creación científica o industrial ha llegado a ser delgada. Lo recuerdan el caso del italiano Leon Battista Alberti, sabio renacentista por excelencia, del francés Blaise Pascal, autor de pensamientos literarios y de una calculadora que funcionaba con ruedas y engranajes, de la norteamericana Amanda Teodosia Jones (a quien le debemos versos y el enlatado al vacío), del británico Richard Lovell Edgeworth, inventor del telégrafo aéreo y autor de un tratado para la educación de las hijas (quizá empleado en la formación de la futura novelista Maria Edgeworth) o el del poeta francés Charles Cros, amigo de Rimbaud y Verlaine y creador del paleófono, precursor del fonógrafo de Edison. 

Sean un aporte científico o artístico, los inventos responden en definitiva a nuestros deseos, nuestros sueños humanos, nuestros temores, nuestras necesidades, curiosidades o ambiciones, y proponen formas de resolverlos. O, más modestamente, de nombrarlos. De jugar con ellos. De exorcizarlos o poetizarlos.

Fragmentos del prólogo a Inventario de inventos (inventados) que ha publicado Impedimenta.

Además del libro, una muestra en torno a Inventario pueda visitarse hasta el 16 de abril en CentroCentro, Plaza Cibeles, Madrid.


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