27 marzo, 2016

La historia del gato y el "bistec".



Una mujer recibe a unos invitados a cenar y deja un magnífico bistec de tres kilos sobre la mesa de la cocina. Llegan los invitados, ella conversa con ellos en el salón, toman unos Martinis, después la mujer se excusa y se retira a la cocina a preparar el bistec..., entonces descubre que ha desaparecido. ¿Y a quién ve lamiéndose tranquilamente los bigotes en un rincón? Al gato de la casa. 

—El gato se ha comido el bistec —observa solemnemente la mayor de las niñas. 

—¿Estás segura? No eres tonta, pero espera. 

Acuden los invitados, discuten. Los tres kilos de bistec se han volatilizado y el gato parece perfectamente lleno y satisfecho.

«Pesemos al gato», sugiere alguien. Todos están un poco bebidos y la idea les parece excelente. Se dirigen al baño y colocan al gato sobre una báscula. El gato pesa tres kilos exactos. Todos se agolpan alrededor de la báscula. Un invitado dice: «Bueno, ahí está el bistec». Están seguros de saber qué ha ocurrido, ahora tienen una prueba. Entonces otro invitado duda y, perplejo, pregunta: «Pero ¿dónde está el gato?».

Emmanuel Carrère, Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos (Philip K. Dick : 1928-1982), ed. Minotauro, traducción de Marcelo Tombetta.


21 marzo, 2016

Alguien estaba muerto




P.  –¿Tuvo usted —o tiene— hermanos o hermanas?

R. —Este... Yo... yo... yo así lo creo... pero no lo recuerdo.

P. —¡Pues su declaración es la más extraordinaria que yo haya oído en toda mi vida!

R. —¿Por qué piensa eso?

P. —¿Cómo quiere que piense? Mire... ¿De quién es ese retrato de la pared? ¿No se trata, acaso, de un hermano suyo?

R. —¡Oh! Sí, sí, sí. Ahora recuerdo: éste era hermano mío. Es William... lo llamábamos Bill. ¡Pobre Bill!

P. —¿Por qué? ¿Ha muerto?

R. —Este... Supongo que sí. Nunca pudimos aclararlo. Hay gran misterio en el asunto.

P. —Eso me parece lamentable, muy lamentable. Entonces... ¿Bill desapareció?

R. —Le diré... Sí, en términos generales. Lo enterramos.

P. ¡Lo enterraron! ¿Lo enterraron sin saber si estaba vivo o muerto?

R. —¡Oh, no! Eso, no. Estaba suficientemente muerto.

P. —Confieso que no lo entiendo. Si ustedes lo enterraron y sabían que estaba muerto...

R. —¡No, no! Sólo creíamos que lo estaba...

P. —¡Ah!, comprendo. ¿De modo que resucitó?

R. —Apostaría a que no.

P. —A decir verdad, jamás he oído algo semejante. Alguien estaba muerto. Alguien fue enterrado. Y bien... ¿En qué consiste el misterio?

R. —¡De eso se trata, precisamente! Eso es. Le explicaré... El difunto y yo éramos mellizos y nos mezclamos en la bañera cuando sólo teníamos dos semanas de edad, y uno de nosotros se ahogó. Pero no supimos cuál. Algunos creen que fue Bill. Otros, que fui yo.

P. —Esto me parece extraordinario. Y usted, ¿qué opina?

R. —¡Vaya usted a saber! Daría cualquier cosa por aclararlo. Ese solemne y horrible misterio ha proyectado una sombra sobre toda mi vida. Pero, ahora, le diré un secreto, un secreto que jamás he revelado a un ser viviente. Uno de nosotros tenía una señal característica, un gran lunar en el dorso de la mano izquierda. Ese, era yo. ¡Ese niño fue el que se ahogó! 


Mark Twain, "Un reportaje sensacional" (fragmento).

15 marzo, 2016

¿Qué te parece, Zoraida?


 
Ya que los imanes rechazaron la edición de mi libro, por considerarlo impío, ¿qué te parece, Zoraida, si tu Cide Hamete viaja a Madrid y lo publica, haciéndose pasar por el soldado manco que, alojado en nuestra casa de Argel, murió el mes pasado?

Armando José Sequera (Caracas, 1953)

08 marzo, 2016

La suerte y el mérito


L’Athlète doit savoir que rien n’est sûr ; il doit s’attendre à tout, au meilleur et au pire ; les décisions qui le concernent, qu’elles soient futiles ou vitales, sont prises en dehors de lui ; il n’a aucun contrôle sur elles. Il peut croire que, sportif, sa fonction est de gagner, car c’est la Victoire que l’on fête et c’est la défaite que l’on punit ; mais il peut arriver dernier et être proclamé Vainqueur : ce jour-là, à l’occasion de cette course-là, quelqu’un, quelque part, aura décidé que l’on courrait à qui perd gagne.
 
Les Athlètes auraient pourtant tort de se livrer à des spéculations sur les décisions qui sont prises à leur égard. Dans la majorité des courses et des concours, ce sont effectivement les premiers, les meilleurs, qui gagnent et il se vérifie presque toujours que l’on a intérêt à gagner. Les transgressions sont là pour rappeler aux Athlètes que la Victoire est une grâce, et non un droit : la certitude n’est pas une vertu sportive ; il ne suffit pas d’être le meilleur pour gagner, ce serait trop simple. Il faut savoir que le hasard fait aussi partie de la règle. Am Stram Gram ou Pimpanicaille, ou n’importe quelle autre comptine, décideront parfois du résultat d’une épreuve. Il est plus important d’avoir de la chance que du mérite.

Georges Perec, W ou le Souvenir de l'enfance




El Atleta debe saber que nada hay que sea seguro; debe esperarlo todo, lo mejor y lo peor; las decisiones que le afectan , sean fútiles o vitales, se toman sin contar con él; no tiene ningún control sobre ellas. Como deportista puede creer que su función es ganar, pues se festeja la Victoria y se castiga la derrota; pero puede llegar último y ser proclamado Vencedor; ese día, en ocasión de esa carrera, alguien, en algún sitio, habrá decidido que se corra de modo que gane el último.

Y, sin embargo, los atletas errarían si se dedicarsen a especular sobre las decisiones tomadas respecto de ellos. En la mayoría de las carreras y competiciones son efectivamente los primeros, los mejores, quienes ganan, y casi siempre se verifica que haya interés por ganar.  Las transgresiones están presentes para recordar a los Atletas que la Victoria es una gracia y no un derecho: la certidumbre no es una virtud deportiva; para ganar no basta con ser el mejor, sería demasiado simple. Es preciso saber que el azar también forma parte del reglamento. Pito pito colorito, donde vas tú tan bonito, o cualquier otra fórmula de sorteo deciden en ocasiones el resultado de una prueba. La suerte es más importante que el mérito

Georges Perec, W o el recuerdo de la infancia
(Traducción de Alberto Clavería)

03 marzo, 2016

Máquinas célibes


Hasta mediados de marzo se celebra en Nantes (Francia), en el hermoso Lieu Unique, una exposición consagrada a las "máquinas célibes"  



La muestra (ver aquí: http://www.lelieuunique.com/site/2016/02/19/les-machines-celibataires/), organizada por Marie-Pierre Bonniol y su bioycasariana Collection Morel, incluye obras y trabajos de Michel Carrouges, Jean-Louis Couturier, Marcel Duchamp, Pierre Bastien, Glen Baxter, K.P. Brehmer, Raymond Roussel, Francis Picabia y Norah Borges, entre otros.

El recientemente fallecido Umberto Eco explicaba en Historia de la belleza (Lumen) y con notable pedagogía, como era su costumbre, el concepto de máquina célibre:


La máquina, que se vuelve bella y fascinante por sí misma, no ha dejado de suscitar en estos últimos siglos nuevas inquietudes que no nacen de su misterio sino precisamente de la fascinación del engranaje que se pone al descubierto. Pensemos en las reflexiones sobre el tiempo y sobre la muerte que el engranaje de un reloj inspira a algunos poetas barrocos que hablan de esas ruedas dentadas, tan penosas y lacerantes que desgarran los días y rasgan las horas, mientras el fluir de la arena en el reloj se percibe como un constante sangrar en el que nuestra vida se consume en partículas polvorientas.
Dando un salto de casi tres siglos llegaremos a la máquina de En la colonia penitenciaria de Franz Kafka, en la que engranaje e instrumento de tortura se identifican y el conjunto resulta tan fascinante que el propio verdugo se inmola a mayor gloria de su criatura. Máquinas tan absurdas como la kafkiana pueden, no obstante, dejar de ser instrumento mortal para convertirse en las llamadas “máquinas célibes”, esto es, en máquinas bellas porque carecen de función, o tienen funciones absurdas, máquinas de derroche, arquitecturas consagradas al despilfarro o máquinas inútiles.
La expresión “máquina célibe” procede del proyecto del Gran vidrio, la obra de Duchamp también conocida como La casada desnudada por sus solteros, incluso, de la que basta examinar algunos componentes parahallar directamente, como fuentes de inspiración, las máquinas de los mecanismos renacentistas.
Máquinas célibes son las que inventa Raymond Roussel en Impresiones de Africa. Pero si bien las máquinas descritas por Roussel producen aún efectos reconocibles, como, por ejemplo, sorprendentes texturas, las construidas como esculturas por un artista como Tinguely sólo producen su propio movimiento insensato, y su único objetivo es chirriar sin efecto alguno.
En este sentido son célibes por definición, carentes de finalidad funcional, nos hacen sonreír y nos incitan al juego, porque con ello mantenemos bajo control el horror que podrían inspirarnos en cuanto distinguiéramos un objetivo oculto, que forzosamente habría de ser maléfico. Las máquinas de Tinguely tienen, por tanto, la misma función que muchas obras de arte que han sabido exorcizar, a través de la belleza, el dolor, el miedo, la muerte, lo perturbador y lo desconocido.