29 febrero, 2016

Orientaciones



Eduardo Berti, escritor argentino radicado en Francia, cuenta que su interés es más fuerte por el Extremo Oriente que por el Oriente Medio, aunque lo apasiona mucho la antigua literatura persa: "Saadi, Rumi. Mi primer contacto fue con la literatura japonesa. Con los haikus, claro. Con Mishima, que estaba de moda en los ochenta, y sobre todo con el magistral Tanizaki, al que luego le siguieron Kawabata, Kobo Abe o Natsume Soseki y algunos libros exquisitos de los que conservo un gratísimo recuerdo y a los que vuelvo cada tanto: el Libro de la almohada, de Sei Shonagon; los cuentos de Ihara Saikaku o La edad de las maldades, de Fumio Niwa."
 
Más tarde se fue volcando a la literatura china, que resultó decisiva para su novela El país imaginado. Así descubrió las raíces chinas de muchas cosas que le fascinaban de la literatura japonesa: "las listas que hace Shonagon y que provienen de un escritor chino del siglo IX llamado Li Yi-chan. También descubrí la apasionante tradición de cuentos de fantasmas y literatura fantástica que existe en China, con autores muy antiguos pero de rara modernidad como Gan Bao, Pu Songling o Ji Yun".

Cuando se le pregunta sobre su fascinación por la literatura oriental dice: "Hay, sin dudas, otra mirada del mundo. Sé que al decir esto corro el riesgo de caer en el estereotipo del exotismo, pero cada contacto con la cultura china (no solamente con su literatura) suscita un efecto de extrañeza y nos recuerda la fragilidad y la arbitrariedad de las normas culturales; nos recuerda, en otras palabras, que las cosas podrían ser de otra manera. Bioy Casares decía que escribir o leer equivale a añadirle una habitación a una casa; viajar a Oriente, leer la literatura de Oriente, ensancha asombrosamente esa casa que es el mundo."

Berti opina que hay muchos escritores chinos actuales que merecerían más atención: "Mo Yan ganó el premio Nobel y abrió algunos puertas, pero hay mucho para descubrir. Pienso en autores ya muertos como la notable cuentista Xiao Hong. Pienso en autores contemporáneos como Wang Anyi, Yu Hau, Diao Dou, Liu Xinwu o Han Shaogong."

Fragmento de una extensa nota de Walter Lescano en el diario La Nación (Argentina), en la que habla de literatura "oriental" y entrevista a autores argentinos como Sergio Bizzio, Oliverio Coelho, y Martín Felipe Castagnet, Miguel Ángel Petrecca y Juan José Burzi.

Versión completa:

http://www.lanacion.com.ar/1873662-una-visita-guiada-por-la-literatura-oriental
 

26 febrero, 2016

24 febrero, 2016

Los cuadernos de Flaubert


"Hay que desconfiar de todo lo que se asemeja a la inspiración", decía Gustave Flaubert. "Hay que leer, meditar mucho y escribir lo menos posible, hasta dar con las palabras precisas, adecuadas." Siempre en busca de palabras justas, Flaubert llevó a lo largo de su vida muchos cuadernos de apuntes. En general, se servía de libretas de piel de topo donde volcaba ideas para sus tramas y personajes, aforismos, apuntes de lectura y reflexiones sobre el arte, la actualidad o la historia. Los estudiosos creen que se han perdido unos cinco cuadernos. Pero han sobrevivido diecisiete, legados a la Biblioteca Histórica de París por su sobrina Caroline y hasta hace poco inéditos en castellano.
 
A los cuadernos de trabajo deben sumarse dos libretas de juventud, las notas preparatorias para el segundo volumen de Bouvard y Pécuchet (última novela, que dejó casi acabada en su primer volumen) o el reciente hallazgo de unos textos impensados: los entretelones de un baile que Napoleón III brindó en honor del zar de Rusia en 1867, la biografía humorística de un religioso ficticio apellidado Cruchard, la narración del entierro de Alfred Le Poittevin, en 1848. En ese último texto, cosa sorprendente para un autor al que siempre se vinculó con la invisibilidad autoral, aparecen plasmados con crudeza sentimientos íntimos.

Flaubert tenía 16 años en 1838, cuando escribió el más antiguo de los cuadernos: "Agonías", dedicado justamente a Le Poittevin, su gran confidente en tiempos de adolescencia. Asombra la madurez de algunas de sus reflexiones.



Ilustración: Sebastián Dufour (La Nación)


Año a año, los apuntes permiten apreciar el material bruto de un escritor investigador que no desdeñaba la imaginación, pero también reflejan cómo fue apartándose Flaubert de los excesos de énfasis o de presencia autoral del romanticismo hasta proponer, en contrapartida, un estética de la distancia determinante para la generación siguiente, desde Maupassant hasta Émile Zola, para quien Flaubert condensaba lo mejor del análisis exacto de Balzac y del brillante estilo de Victor Hugo.

Tras la muerte de Flaubert, en 1880, los cuadernos se dieron a conocer en forma paulatina. En las Obras completas (1964) que dirigió Maurice Nadeau se incluyeron varios pasajes, pero fue Pierre-Marc de Biasi quien concluyó en 1988 su colosal edición de los Carnets de travail: un millar de páginas con un notable aparato crítico.

Allí aparecen los muchos proyectos que Flaubert no llegó a plasmar: desde un improbable relato oriental (Harel-Bey) hasta un libro basado en la batalla de las Termópilas, en el siglo V antes de Cristo. Sin hablar de los bocetos para obras teatrales, actividad en la que Flaubert buscaba oxígeno económico y un público más vasto, pero obtuvo, en el mejor de los casos, indiferencia; tanto es así que fue uno de los miembros más famosos del "grupo de autores silbados" que completaban Turgueniev, Daudet o Edmond de Goncourt: narradores de prestigio, pero de sonados fracasos como dramaturgos.

Publicado en el suplemento Ideas de La Nación.
Enlace original y algunos  fragmentos de los cuadernos de Flaubert, aquí:

http://www.lanacion.com.ar/1872312-flaubert-confesiones-y-papeles-de-trabajoliteraturaagonias-19-fragmentos

21 febrero, 2016

Obituario


 En Chile hay numerosos Carlos González Vargas. Algunos se han ido muriendo y en todo caso absolutamente todos se van a morir, lo que no es óbice para que vayan a seguir naciendo otros Carlos González Vargas. Los Carlos González Vargas nacen en provincia, pero sienten un atractivo irresistible hacia Santiago y en esta ciudad se congregan y, para distinguirse unos de otros, echan mano del ingenioso recurso de ponerse un segundo nombre: por ejemplo, mi amigo Carlos González Vargas se llama oficialmente Carlos Alfonso González Vargas. Otro notable recurso diferenciador son los hipocorísticos: por ejemplo, a Carlos González Vargas le decimos también Carlitos, lo que evita toda posible confusión.

Fue así como, siguiendo su destino, Carlos González Vargas llegó a Santiago procedente de Futrono y en seguida adoptó el nombre oficial de Carlos Raúl González Vargas y años más tarde, al entrar a trabajar en el Liceo de Aplicación, adoptó el hipocorístico de Guatón, para distinguirse del entonces rector don Carlos González Vargas (Q.E.P.D.), también conocido como don Gonzalito.

Hoy he recibido, desolado, la noticia de que un camión nos atropelló a Carlos González Vargas; termina su carta mi inconsolable amigo Carlos González Vargas diciendo que son muchos los que han perdido para siempre algo de sí mismos.



Andrés Gallardo (Santiago de Chile, 1941), profesor emérito de la Universidad de Concepción y miembro de número de la Academia Chilena de la Lengua. Su obra narrativa está compuesta por los siguientes libros: Historia de la literatura y otros cuentos (1982), Cátedras paralelas (novela, 1985), La nueva provincia (novela, 1987), Obituario (relatos breves, 1989), Estructuras inexorables de parentesco (relatos, 2001), Tríptico de Cobquecura (nouvelles, 2006).