13 noviembre, 2016

Bruuuum eurequea





¡Atención!, suena la campanilla. El entreacto se acaba, algunas bolitas pegajosas de saliva traspasan todavía el aire, gritos diversos brotan tardíamente aquí y allá, al fin la luz se apaga y en medio de una calma chicha comienza a desarrollarse la historia de un inventor a quien por una parte engaña su mujer y por otra unos canallas sin escrúpulos privan del fruto de sus descubrimientos. Eso es lo que interesa de modo singular a Jacques L’Obole pues él mismo es ingeniero y trabaja en varios inventos sensacionales. Acabada la sesión regresa precipitadamente a su laboratorio y vuelve al trabajo con renovado ardor. No será él quien se deje desplumar porque ya está prevenido; no se puede negar la utilidad del arte mudo. De modo que trabaja, trabaja, trabaja. ¡Mejor! Elucubra empolla a muerte y un día bruuuum eurequea ya está ya lo tiene. ¿Ya tiene qué? Pues sencillamente lo que es más pesado que el aire.
Es el primero que atraviesa el canal de la Mancha, el primero que establece la conexión París-Nueva York, el primero que da la vuelta al globo sin escalas. Como es un tunante y además un hombre prevenido ha tomado un montón de precauciones, así que es el único que fabrica aviones, los produce en serie, se vuelve trillonario y en consecuencia el hombre más poderoso del mundo. Sube al trono de los loboloningios y finalmente lo proclaman Regidor del Globo. Cornudo, desconocido, arruinado, el pobre inventor muere.
Vuelve la luz.
—¿Estás llorando? —le pregunta Lucas.
—¿Yo? Anda ya —responde Jacquot sorbiéndose los mocos.

Ediciones del Subsuelo acaba de publicar la primera versión en castellano de Lejos de Rueil, la novela de Raymond Queneau, con traducción a cargo de Pablo Moíño Sánchez, que he realizado un trabajo muy notable y muy minucioso.

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