Nunca
tuve lo que se llama una “habitación de escritura”. O, mejor dicho, aun
cuando alguna vez la tuve nunca logré que funcionara rigurosamente como
tal. Durante casi una década, entre mis veinte y treinta años, me gané
la vida (y, más que eso, disfruté y aprendí mucho) trabajando en
distintas redacciones periodísticas, sobre todo la del entonces flamante
diario Página/12 de Buenos Aires, donde tuve la buena suerte
de estar rodeado no sólo de excelentes periodistas, sino también de
brillantes escritores de toda clase: reconocidos como Juan Gelman u
Osvaldo Soriano, más o menos en ciernes como Martín Caparrós, Marcelo
Birmajer o Rodrigo Fresán, secretos como el aún inédito Salvador
Benesdra, de culto como Miguel Briante y muchos más –hombres, en su
mayoría–, desde Enrique Medina hasta Antonio Dal Masetto.
Para
calmar mi deseos (o mi vanidad) de escribir, lo más común era que cada
dos por tres me escabullera a algún café de la zona, casi siempre con el
pretexto de una entrevista o una valiosa información. No era
recomendable ir al bar de la esquina (el que Soriano apodaba “la
mueblería” porque, sí, parecía un negocio de venta de feos muebles como
tantos otros en la misma avenida Belgrano), era mejor buscar un sitio
más oscuro y menos frecuentado por los colegas de la redacción. En
cualquier caso, mis lugares de escritura eran los bares, hasta tal punto
que me fui acostumbrando a ellos —para horror de quienes ven a los
escritores de café como ingenuos postulantes a una bohemia ilusoria— y,
cuando ya no frecuentaba redacciones, cuando ideé otras formas de
ganarme el pan porque ya no disfrutaba como antes con el periodismo, si
bien monté en mi casa de Buenos Aires un “cuarto de escritura” (con
"escritorio de escritura" y todo), este terminó cumpliendo más bien
funciones accesorias: alojar buena parte de mis libros o esconder ese
horrible objeto que era mi primera computadora, tan alejada del diseño
delicado y casi invisible de las portátiles de hoy.
Suelo
escribir a mano en pequeños cuadernos que caben en algún bolsillo.
Tarde o temprano, vuelco eso en la computadora de turno, imprimo en
letra grande si me sobra tinta y papel o en letra más apretada si ando
en aprietos de dinero y sigo corrigiendo en la página impresa, con
bolígrafo azul la primera vez, con rojo o verde si emprendo nuevas
lecturas. Hay ligeras variantes, claro. A veces escribo tan solo en las
carillas impares (a la derecha del cuaderno) y reservo las pares para
enmiendas, variantes o agregados, por ejemplo. A veces llevo dos
cuadernos a la vez: uno para escenas largas, otro para fragmentos o
apuntes aislados que seguramente emplearé. Lo invariable es que me
cuesta trabajar en un lugar fijo. ¿Para qué echar una especie de ancla
cuando uno puede navegar? Incluso cuando me tienta escribir en casa,
cosa que también ocurre, no tengo empacho en hacerlo en la bañadera, en
la cama, en un sillón o en la mesa de la cocina.
Escribí gran parte de Todos los Funes
en unos largos viajes en tren que debí emprender por entonces. El
movimiento me resultó especialmente inspirador. Escribí gran parte de La mujer de Wakefield
durante una serie de viajes/escapadas a Montevideo. Era primavera,
verano u otoño; hacía, casi siempre, buen tiempo. Yo caminaba por las
calles, armaba una o dos frases en mi cabeza, me sentaba en cualquier
lugar (en bancos públicos, recuerdo), apuntaba esa frase y seguía
caminando. Tiempo después leí que a Chico Buarque le gustaba (tal vez le
gusta todavía) componer así canciones.
Sé que muchos escritores no podrían trabajar sin la room of our own de la que hablaba Virginia Woolf
(“una mujer, si quiere escribir ficción, debe tener dinero y una
habitación para ella sola”); yo he descubierto que el ruido compacto de
un bar, del tránsito urbano o del rumor de un tren u otro transporte
público me distrae menos y estimula más que la voz clara y puntual de un
vecino. Es como con la música de fondo: imposible escribir si hay un
cantante o la presencia “muy cantante” de cierto instrumento solista.
(Escrito hace algunos años ya para el blog de Jesús Ortega: "Proyecto escritorio")
Enlace: http://proyectoescritoriojesusortega.blogspot.fr
La foto es de Daniel Mordzinski, cuando compartimos un maravilloso viaje de trabajo al norte de la Argentina.

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