11 agosto, 2016

La patria secreta



Fragmento del extenso artículo que Fernando Krapp dedicó a "Un padre extranjero" el fin de semana pasado en Radar Libros, Buenos Aires. 


El blogspot que Eduardo Berti lleva adelante desde hace tiempo tiene un nombre simpático. Bertigo, se llama. Un juego de palabras bastante simple que esconde varias analogías. Podríamos definirlo como el mareo que produce un anacrónico blog perdido en la vorágine del diseño en la internet profunda o bien la búsqueda de Berti si le agregamos el verbo “go” en inglés hacia el final. O quizás haya algo hitchcockiano, también, por qué no, en referencia al film del gran Alfred con un James Stewart obsesionado por la figura misteriosa de Kim Novak, perdida en nubes onírico-coloridas, suspense psi y caídas varias. Y es que, sin recurrir al policial persecutorio, la búsqueda del narrador en Un padre extranjero, última novela de Eduardo Berti, esconde un juego similar de duplicidades, sutiles cambios de roles y desplazamientos geográficos.

El juego es uno de los núcleos centrales no solo en el libro sino en la búsqueda literaria del propio Berti. Hace unos años, y para su sorpresa, recibió una invitación para formar parte del grupo OuLiPo, aquel centro de experimentación lúdico-literaria francés, diseñado y fundado por Raymond Queneau, que agrupó durante varios años a renombrados escritores como Italo Calvino y George Perec. “Los del OuLiPo me invitaron a formar parte del grupo hace casi dos años, para mi gran asombro y alegría” dice Berti. “Yo nunca hubiese tenido el coraje de postularme y, por otra parte, si lo hubiese hecho jamás me habrían aceptado porque existe una regla interna según la cual toda persona que pide entrar al grupo jamás será cooptada. Siempre me sentí profundamente interesado por el juego literario. Creo que hay toda una tradición literaria en lengua española, Macedonio Fernández, Gómez de la Serna, Borges, Max Aub, Cortázar, Arreola, Wilcock, por citar algunos nombres, que siempre le prestó atención a lo lúdico, que es uno de los elementos centrales de Oulipo, pero no el único.”
 
El juego es lo que acerca también al narrador de Un padre extranjero con su objeto de narración; el misterio que esconde su padre exiliado de Rumania, cuya lengua materna permanece escondida en su fuero interno, y que, como un rompecabezas cuyas piezas encajan aunque la imagen que resulta sea pulida como un espejo, nuclea a un conjunto de historias, en apariencia disímiles, que bajo el conjuro del estilo de Berti van encontrando un sistema para su sentido. Berti señala que mientras escribía la novela pensó en ese gran lugar común que es la expresión «lengua materna». “Medité que cuando tomamos un lugar común y operamos por antítesis solemos tropezar con algo inquietante o extraño: en este caso, la idea de «lengua paterna», que es un título que llegué a barajar para la novela. Así como la expresión «lengua materna» parece más bien inclusiva (ese idioma que une a una comunidad), la expresión «lengua paterna» parece remitir más bien a algo exclusivo, a una especie de código secreto. Lo cual no deja de ser llamativo si consideramos que la primera expresión (lengua materna) suele vincularse con la idea de «patria»”.
 
El juego como lengua secreta y extranjera que acerca a un padre con un hijo es un tema central en varias narraciones del género “novela del padre”. Están los “juegos retóricos” que unen al padre con su narrador en Mi libro enterrado de Mauro Libertella. O las largas conversaciones por teléfono que el narrador Phillip Roth mantiene con su padre sobre béisbol en Patrimonio. A diferencia de estos dos ejemplos, y de varias de sus predecesoras, Berti no utiliza solamente el juego como un modo de comunicación o de acercamiento. Constituye el epicentro de su relato, el núcleo invisible. Ata los nudos narrativos de las diversas historias que constelan a su alrededor y que trazan de pasado a futuro (y del futuro al pasado) una potencial genealogía. “A mí siempre me gustó una idea que solía repetir Italo Calvino: las novelas también riman. A diferencia de la poesía, suelen hacerlo mediante una serie de guiños internos y leit motifs. La noción de leit motif es, acaso, una forma de generar un efecto de unidad. Más si a eso se le añade una especie de núcleo temático que aglutina todo: lo extranjero, la identidad, los límites entre ficción y realidad, el vínculo entre padre e hijo, etc. Por supuesto, yo no tuve todo esto ciento por ciento claro desde un principio. Igual que el narrador de mi novela, fui entendiendo muchas cosas a medida que escribía”.

La novela comienza con un funeral. A diferencia de lo que podríamos imaginar en relación al título, se inicia con la muerte de la madre del narrador. Esa muerte revela una nueva faceta en el padre. “La novela empieza con un entierro y termina con otro. Y el primer entierro es el de una madre que hacía un poco de ‘traductora’ o de puente entre el padre y el hijo. Una madre que, más aún, formó un bloque firme de silencio y complicidad con el padre en lo que atañe a los muchos secretos paternos. El narrador se pregunta en un momento de la novela, con todo el derecho del mundo, si la madre estaba al tanto de todos los secretos del padre. Es posible que ella ignorara algunos, pero es obvio que muchos otros los conocía”.

Al morir la madre, lo que se pierde es esa lengua “materna”.

–Muerta la madre, es cierto, hay una lengua que se perdió. Esa idea de lengua perdida o de “lengua fantasma” reaparece más de una vez en la novela. El padre ha dejado de hablar su lengua natal. El hijo, que es el narrador de la novela, no le ha oído pronunciar más de seis o siete palabras sueltas, en total. El resto es una lengua escondida, escamoteada. Hasta que un día, obligado por las circunstancias, el padre tiene que hablar en rumano delante del hijo. Y el hijo no puede dar crédito a lo que oye y a lo que ve. Porque el padre, puesto a hablar ese otro idioma que hasta entonces había callado, se revela como un extraño que hace gestos impensados con los labios, que emite sonidos raros... que, en suma, “dice cosas tan extrañas”.

Un padre extranjero traza puntos de contacto entre biografía y ficción, ¿cómo mantuviste la tensión entre invención y verosímil, y trabajar con materiales autobiográficos?

–Para mí fue muy novedoso poner en el centro de una novela elementos autobiográficos y elementos de mi historia familiar. Cuando empecé a escribir ficción, no me hubiese animado a algo así. Por pudor, sin dudas. Pero también porque en ese entonces estaba muy decidido a trabajar en clave imaginativa. En esta novela, en cambio, me decidí a trabajar con materiales personales, aunque me tomé muchísimas licencias. Hay muchas cosas inventadas en la novela. Desde luego, hay un punto de partida que es real: mi padre era extranjero, era rumano, era una «máquina de secretos» y nunca hablaba en casa su idioma natal, que era como una lengua sumergida, una lengua fantasma. Desde luego, hay muchos elementos reales. Los cuadernos, por ejemplo: es cierto que tras la muerte de mi padre yo me encontré una pila de cuadernos que contenían una novela escrita por él. Ahora bien, si realmente fueron seis, si realmente fueron de marca Rivadavia y si realmente esa novela es la misma que yo inserto dentro mi novela, eso es secundario. Y no tiene mayor importancia. Lo que importa, a mi entender, es el resultado final: es decir, si esos materiales (más o menos reales) funcionan bien dentro del libro. Si hacen que el libro funcione bien. Lo otro es anecdótico. 

La versión completa, aquí:

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-5903-2016-08-08.html