26 noviembre, 2015

Dos escritores

Proyecto de relato. Dos escritores, que viven en dos chalets en vertientes opuestas del valle, se observan recíprocamente. Uno de ellos suele escribir por la mañana, el otro por la tarde. Mañana y tarde, el escritor que no escribe asesta el catalejo sobre el que escribe.

Uno de los dos es un escritor productivo, el otro es un escritor atormentado. El escritor atormentado mira al escritor productivo llenar folios de líneas uniformes, al manuscrito crecer en una pila de folios ordenados. Dentro de poco el libro estará terminado: con seguridad una nueva novela de éxito —piensa el escritor atormentado con cierto desdén pero también con envidia. El considera al escritor productivo nada más que como un hábil artesano, capaz de sacar a la luz novelas hechas en serie para secundar el gusto del público; pero no puede reprimir una intensa sensación de envidia de aquel hombre que se expresa a sí mismo con tan metódica seguridad. No es sólo envidia la suya, es también admiración, sí, admiración sincera: en el modo en que aquel hombre pone todas sus energías en escribir hay ciertamente una generosidad, una confianza en la comunicación, al dar a los demás lo que los demás esperan de él sin plantearse problemas introvertidos. El escritor atormentado pagaría quién sabe cuánto por parecerse al escritor productivo; quisiera tomarlo de modelo; su máxima aspiración es ya ser como él.


El escritor productivo observa al escritor atormentado mientras éste se sienta a su escritorio, se come las uñas, se rasca, rompe un folio, se levanta para ir a la cocina a hacerse un café, después un té, después una manzanilla, después lee una poesía de Hölderlin (cuando está claro que Hölderlin nada tiene que ver con lo que está escribiendo), recopia una página ya escrita y luego la tacha toda línea tras línea, telefonea a la tintorería (cuando habían quedado en que los pantalones azules no podrían estar listos antes del jueves), luego escribe unas notas que le valdrán no ahora pero acaso después, luego va a consultar en la enciclopedia la voz Tasmania (cuando está claro que en lo que escribe no hay la menor alusión a Tasmania), rompe dos folios, pone un disco de Ravel. Al escritor productivo nunca le han gustado las obras del escritor atormentado; al leerlas, le parece siempre estar a punto de aferrar la clave decisiva, pero esa clave se le escapa y le queda una sensación de malestar. Pero ahora que lo mira escribir, siente que ese hombre está luchando con algo oscuro, una maraña, un camino que hay que excavar sin saber a dónde lleva; a veces le parece verlo caminar por una cuerda colgada sobre el vacío y se siente presa de un sentimiento de admiración. No sólo admiración: también envidia; porque siente cuan limitado y superficial es su propio trabajo en comparación con lo que el escritor atormentado está buscando.

En la terraza de un chalet al fondo del valle una joven toma el sol leyendo un libro. Los dos escritores la miran con el catalejo. «¡Qué absorta está, con el aliento entrecortado! ¡Con qué gesto febrilvuelve las páginas!—piensa el escritor atormentado.—¡Seguro que lee una novela de gran efecto como las del escritor productivo!» «¡Qué absorta está, casi transfigurada en la meditación, como si viese revelarse una verdad misteriosa! —piensa el escritor productivo—, ¡seguro que lee un libro cargado de significados ocultos, como los del escritor atormentado!»

El mayor deseo del escritor atormentado sería ser leído como lee aquella joven. Se pone a escribir una novela como piensa que la escribiría el escritor productivo. Mientras tanto el mayor deseo del escritor productivo sería ser leído como lee aquella joven; se pone a escribir una novela como piensa que la escribiría el escritor atormentado.

Primero un escritor y luego el otro abordan a la joven. Ambos le dicen que quieren dejarle leer las novelas que acaban apenas de escribir.  La joven recibe los dos manuscritos. Unos días después invita a los autores a su casa, juntos, con gran sorpresa de ellos. —Pero ¿qué broma es ésta? —dice—, ¡me han dado dos ejemplares de la misma novela!

Italo Calvino, Si una noche de invierno un viajero (traducción de Esther Benítez).

12 noviembre, 2015

Michel


Traductor de Bioy Casares y César Aira, autor de un magnífico ensayo sobre "Borges y la reescritura", docente universitario, creador de una novela donde imaginaba la vida de Pierre Menard, el otro autor del Quijote, y de un estudio dedicado a la escritura en colaboración, el inquieto y brillante Michel Lafon fue, ante todo, un apasionado de los libros y de la amistad, y un ardiente "argentinista", como le gustaba decir.

El último número de la revista del ILCEA (Institut des Langues et Cultures d’Europe et d’Amérique), que el propio Lafon dirigió durante 15 años (de 1996 a 2011), incluye un gran homenaje a su figura, coordinado por Christian Estrade, y con las firmas, entre otros, de Luis Chitarroni, Benoît Peeters, Noé Jitrik, Carla Fernandes, Julien Roger, Milagros Ezquerro y César Aira.

La publicación puede leerse aquí, en su totalidad:
https://ilcea.revues.org/3476 


Por mi parte, tuve el doble honor de conocer a Michel Lafon y de que Christian Estrade me pidiera una contribución para este número. Esto es lo que escribí:

Creo que fue Guillermo Saavedra quien le dio a Michel Lafon un ejemplar de mi primera novela: Agua. Por entonces Guillermo era editor en Tusquets Argentina y yo estaba recién instalado en Francia y trataba de terminar mi segunda novela, La mujer de Wakefield. Lo cierto es que una mañana, bastante temprano, sonó el teléfono en mi diminuto studio del barrio de Gobelins, en París, y era Michel Lafon. No sé qué me impactó más: la simpatía de este hombre del que nunca antes había oído hablar, su excelente castellano dotado de un acento no demasiado argentino, pero de innegable música rioplatense, o el insólito entusiasmo con que se refirió a mi primera novela, que acababa —me dijo— de leer. A partir de ese momento, los llamados de Lafon (que pronto pasó a ser Michel) se hicieron más o menos regulares. Generalmente era él quien llamaba, cada mes, cada dos meses, cada tres. Corría 1998, corría 1999. Corría el mítico 2000. De haber existido entonces, como hoy, las redes sociales o el uso casi compulsivo de Internet, yo no hubiese tardado nada en buscar y encontrar su rostro en cualquier sitio. Pero no, nada eso. Así que seguimos charlando por teléfono sin que yo conociera su cara. Charlábamos de libros, sobre todo, pero los asuntos variaban. Michel me llamó un día para contarme que había pasado el verano (las vacaciones) leyendo una pila de novelas, las veinte o treinta últimas novelas de autores argentinos, cuestión de ponerse al día, y para comentarme las dos o tres que le habían gustado más. Michel me llamó otro día para decirme que su amigo César Aira viajaba a París, a dar una charla en la Maison Latinoaméricaine de París: él había prometido coordinar el encuentro, pero había surgido un percance, ¿podía hacerlo yo? Michel me llamó otro día para decirme que le había dado mis datos a Fabián Bioy Casares, el hijo de Bioy. Michel me llamó otro día para decirme que una estudiante suya preparaba una tesis sobre mis microcuentos… Michel parecía incansable. Y, después de hablar con él, uno se sentía colmado de energía y algo más inteligente.
En medio de todo eso, Michel publicó su magnífica edición de las novelas completas de Adolfo Bioy Casares en traducción francesa. Me parece que fue entonces cuando, sin abandonar del todo las tertulias telefónicas, pasamos al email. Esto se debió, calculo, a que se me ocurrió hacerle una entrevista acerca de Bioy. Una entrevista que, me pregunto aún por qué, no interesó en su momento a ninguno de los medios con los que yo solía colaborar. “Si me obligan a quedarme con una sola novela de Bioy Casates, elijo La aventura de un fotógrafo en La Plata, que para mí es a la vez el arte poética de Bioy y su testamento literario, y una de las obras maestras de la literatura argentina del siglo xx. La última página de esta novela, que releo de vez en cuando, bastaría para justificar toda una vida de escritor y también toda una vida de lector”, decía Michel en esa entrevista inédita. Y también: “Para mí, ninguna novela del Nouveau Roman logró esta especie de perfección en la trama y en el dramatismo que logró Bioy con sus dos novelas de los años cuarenta […], las dos novelas isleñas, La invención de Morel y Plan de evasión, que son de algún modo dos veces la misma novela, lo que me parece ser una aventura bastante única en la literatura mundial”.

 Michel pasó a tener un rostro cuando yo menos lo esperaba, cuando ya me había acostumbrado a la situación. Allá por el 2004, si la memoria no me falla, me invitaron a dar una charla en una librería de la ciudad de Vienne (una librería magnífica, Lucioles, a la que volví hace dos años) y, como suele suceder, la concurrencia fue bastante escasa. Tan escasa que cada persona que entraba en la librería era una especie de noticia milagrosa. En eso, cómo olvidarlo, se abrió la puerta y apareció Michel, sin que yo supiera ni sospechara que se trataba de él. Vivía no muy lejos de allí, se había tomado la molestia de venir a ver la charla. Terminó arriba del escenario, conmigo y con el moderador, por lo que la concurrencia siguió siendo fundamentalmente escasa.

Ese día, en Vienne, en la cena tras la charla pública, surgió el tema de los diarios de Bioy Casares y, más en particular, de su diario Unos días en Brasil. Lejos estábamos de imaginar que años después yo fundaría una pequeña editorial independiente (La Compañía) junto a dos buenos amigos, mucho menos que allí publicaríamos ese diario prácticamente inédito y que Michel escribiría un posfacio especial para la ocasión: un texto escrito en español que no necesitó (quiero indicar, admirado) prácticamente ninguna corrección. Me atrevo a decir, es más, que la edición de Unos días en Brasil por La Compañía pudo hacerse sobre todo gracias a Michel. Gracias a su proverbial empuje, a su generosidad y a las puertas que supo abrir en el momento oportuno. El libro conoció luego una edición francesa (Christian Bourgois), con una versión algo diferente del mismo posfacio. Pero, antes de eso, Michel pasó por Madrid para promover y presentar el libro de Bioy y también la pequeña exposición de fotografías de Bioy (fotos de su visita a la entonces futura capital de Brasilia, que logramos incluir en el libro), de modo que allí nos vimos por última vez. Algunos meses más tarde supe de su enfermedad. Y a partir de ese momento nos limitamos a hablar por teléfono, como si nuestro vínculo debiera volver a su estado primigenio. Recuerdo aún a Michel alejándose por la Gran Vía de Madrid, tarde en la noche, después de haber presentado el diario de Bioy. Recuerdo aún que, antes de darnos un abrazo de despedida, me miró a los ojos, sonrió y dijo lleno de emoción, refiriéndose a su admirado y querido Bioy: “Lo logramos”.