27 agosto, 2015

Sentimientos reales


José María Brindisi comenta los cuentos de Stephen Dixon en el suplemento "Ideas" del diario La Nación
 


Debemos a la inagotable inquietud de Eduardo Berti, ya sea en su papel de editor o bien de "pescador" de pequeñas maravillas, el rescate, para los lectores hispanohablantes, de unas cuantas piezas magistrales de la literatura de cualquier época, desde las de Lafcadio Hearn hasta las de William Goyen. Habrá que hacerle un lugar de privilegio entre ellas a la obra del norteamericano Stephen Dixon (Nueva York, 1936) -Berti prologa la edición de Ventanas y otros relatos-, uno de esos autores que nos hacen caer en la ilusión de que son únicos, de que en la literatura existen islas.

Esa sensación deriva no del estilo en sí, sino del modo en que la escritura traduce movimientos, deseos, temores, padecimientos, el rumiar de la conciencia de los personajes. Es decir, la apariencia de que todo se cuenta, y sin embargo, el modo en que ese fluir cristalino de los hechos funciona como elipsis constante. Escribía Franz Kafka en su diario, leyendo los diarios de Goethe: "La claridad de todos los acontecimientos los hace misteriosos". Eso mismo puede aseverarse de la obra del autor de La metamorfosis y sin duda, de los cuentos de Dixon, que por lo general transitan cuatro variantes: el absurdo naturalizado y a la vez contenido, en el que persiste algún contacto con lo real ("Volando" o "Cuervos"); la especulación pura, la escritura y reescritura de los hechos sólo probables ("El pintor"); el episodio íntimo, minimalista pero extraordinario, que en esa minuciosidad luce como un campo minado ("Dijo"); y ese otro planteamiento escurridizo, una combinación de los anteriores, en el que hay acciones, y sin embargo, lo fundamental son las proyecciones, la imaginación, el pasado que viene a contaminar el presente ("Ventanas" y "Hombre, mujer y niño").

En el prólogo, Berti recoge unas palabras del autor a propósito de su estilo: "Evito las metáforas, las florituras, el lenguaje figurado y la sofisticación. Mi escritura es pura acción". Todo lo primero es cierto. Lo último es una mentira descarada: aunque sus narradores acompañen con fidelidad perruna los hechos, el secreto de su escritura está en que esa realidad es dudosa, o que apenas marca el tempo de lo que a sus personajes les sucede por dentro. El mismo Dixon ha deslizado una clave: "Los hechos no son del todo reales, pero los sentimientos sí". Lo notable es cómo esos sentimientos aparecen y desaparecen, y sólo es posible dialogar con ellos en los intersticios de lo que se cuenta. Por último, la traducción de Ariel Dilon logra vendernos otra ilusión: la de hacernos olvidar la lengua original, como si Nueva York fuese una Buenos Aires enrarecida.

http://www.lanacion.com.ar/1811296-sentimientos-reales