28 diciembre, 2014

Paco Porrúa


Un largo fragmento de la nota que Matías Néspolo consagró a la reciente muerte de Francisco "Paco" Porrúa:

"El editor debe ser anónimo, el editor no es más que su catálogo, no cuenta más que con eso. Si el catálogo es bueno, tú eres un buen editor; si no, lo eres malo. El diario La Repubblica me llamó «don Nessuno», y yo estoy de acuerdo con eso. El editor desaparece con su muerte y no deja más que unos libros editados", decía un convencido Porrúa no hace mucho al periodista barcelonés Xavi Ayén, que lo incluiría como testimonio de su trabajo Aquellos años del boom. García Márquez, Vargas Llosa y el grupo de amigos que lo cambiaron todo. Y esa vocación por la invisibilidad, sumada a su humildad a prueba de aduladores con la que relativizaba sus logros, lo llevó a replegarse con discreción durante sus últimos años en su departamento del céntrico Ensanche barcelonés y a no prodigarse en absoluto. Las entrevistas que brindó Porrúa en la última década pueden contarse con los dedos de una mano. Y en todas ellas no hizo más que ratificar su sencillo y modesto credo editorial. Lo cierto es que Porrúa tampoco era muy amigo de premios y reconocimientos. Jorge Herralde recuerda en Por orden alfabético cómo forzó su presencia en la Feria Internacional de Guadalajara de 2003 para recibir el Reconocimiento al Mérito Editorial al comunicarle apenado que no podría asistir, pero que enviaría su discurso. La respuesta de Porrúa fue más que elocuente: "Vaya, yo había pensado no ir y escribir un texto para que lo leyeras tú". Sin embargo por entonces, y pese a su obstinado retiro, ya había tomado forma "una de las leyendas semisecretas, o directamente secretas, de la edición en lengua española", a decir de Herralde, mientras se añejaban como un buen vino los grandes libros que había publicado.
El primero de ellos fue sin duda Crónicas marcianas, de Ray Bradbury, en su propia traducción y con prólogo de Jorge Luis Borges, obra con la que inauguraría Minotauro en 1955. Nacido en Corcubión (La Coruña) en 1922, Porrúa creció en Comodoro Rivadavia al calor de autores como Jules Verne o H.G. Wells, que en cierto modo lo predestinarían a convertirse con los años en una suerte de prócer de la literatura fantástica y la ciencia ficción en lengua castellana. Y a su sello editorial, en toda una referencia internacional del género con nombres como lo de Ballard, Philip K. Dick, William Gibson, Aldiss o Ángela Carter; hasta el increíble éxito que más de veinte años después alcanzaría con la primera entrega de una trilogía, que también traduciría Porrúa, cuyos derechos en español estaban en manos de una editorial quebrada que ya no la publicaría, Fabril Editores, de Jacobo Muchnik. Se trataba de El señor de los anillos, de J.R.R. Tolkien. Un fenómeno que le reportaría a Porrúa cierto desahogo para vender en 2001, después de 25 años y ya establecido en Barcelona, la mítica Editorial Minotauro al Grupo Planeta.
Sin embargo, mucho antes de eso Porrúa ya había trazado -es decir, publicado- los grandes hitos de su leyenda. Si, como se suele afirmar, la implacable agente literaria Carmen Balcells fue la madre del boom latinoamericano, entonces el padre en la sombras -antes que el mítico creador del premio Biblioteca Breve Carlos Barral- fue "Paco" Porrúa. Impresionado por su labor en Minotauro, el exiliado republicano Antonio López Llausás llevó a Porrúa a su casa editora, Sudamericana, en 1958 como asesor editorial, a través de las gestiones de su hijo Jorge López Llovet. Apenas un año después, Porrúa rompe una lanza por un joven desconocido llamado Julio Cortázar, cuyo libro anterior, Bestiario, apenas había vendido 65 ejemplares y la tirada juntaba polvo en los almacenes de Sudamericana. No se deja amedrentar y le publica Las armas secretas, que, paradójicamente, arroja números mucho más alentadores. Cosa que lo reafirma en el criterio que regirá a partir de allí toda su trayectoria: "En lo único que pienso cuando publico un libro es en la literatura", decía Porrúa.
Para 1962 López Llausás lo nombra director literario y un año después se atreve con una obra mucho más rompedora y arriesgada que sería un éxito: Rayuela. De allí, entre otras cosas la deuda y el cariño que le profesará Cortázar al editor a quien bautizará en sus cartas como "mi paredro". Pero la verdadera explosión del boom vendrá en 1967, de la mano de otro joven desconocido, un periodista colombiano al que Porrúa llega a través de la antología de nuevos narradores latinoamericanos Los nuestros, del crítico Luis Harss: Gabriel García Márquez. Y aquí es donde el impecable trabajo de Ayén, Aquellos años del boom, derriba falsos mitos y confirma algunos datos de la historia prosaica que no hacen más que engrandecer a Porrúa. Tan falsa es la versión de que Carlos Barral habría rechazado Cien años de soledad, que jamás llegó a leer, como cierto que Porrúa apostó a ciegas por la nueva novela de aquel autor colombiano, del que sólo había leído El coronel no tiene quien le escriba y Los funerales de Mamá Grande, e incluso lo apoyó para que la terminara con un talón de anticipo de 500 enviado a México DF en octubre de 1965.
En todo caso, García Márquez no sería el único gran nombre que pasaría por las manos de Porrúa al frente de Sudamericana. También lo fueron Puig, Saer, Pizarnik y Alberto Girri, entre otros, además de un autor olvidado y un tanto proscrito por su declarado peronismo como Leopoldo Marechal, del que se atrevió a recuperar su Adán Buenosayres. Para no mentar a los autores extranjeros, muchos de los cuales tradujo con toda una batería de seudónimos como Luís Domènech, Ricardo Gasseyn o Francisco Abelenda.
Versión completa:  http://www.lanacion.com.ar/1754109-francisco-paco-porrua-se-apaga-una-leyenda-editorial-de-las-letras-latinoamerica

Y también la evocación a cargo de Elvio Gandolfo: http://www.lanacion.com.ar/1755492-una-fuerza-de-la-naturaleza