24 noviembre, 2014

Después de la guerra




Por Eduardo Berti

Se cumplen cien años de la Primera Guerra Mundial, la que marcó el inicio del siglo XX, y es notoria la cantidad de obras de ficción consagradas a esta guerra que se están reconsiderando, releyendo o reeditando: desde clásicos como El fuego (Henri Barbusse), El buen soldado Schwejk (Jaroslav Hašek), Sin novedad en el frente (Erich Maria Remarque), El final del desfile (Ford Madox Ford) o La paga de los soldados (William Faulkner), hasta perlas recuperadas como Compañía K (William March) y, por supuesto, libros más recientes que visitan el episodio desde una nueva visión.

La novela ganadora del último premio Goncourt forma parte de esta última categoría –al igual que, por ejemplo, el breve y notable 14 de su compatriota Jean Echenoz–, y con ella parece revalidarse una especie de ley según la cual, conforme transcurre el tiempo, los incidentes históricos de gran envergadura suelen reaparecer en la ficción cada vez menos a la manera de un «gran fresco general» y cada vez más desde una perspectiva restringida o, en todo caso, desde un ángulo o un aspecto «descuidado» por las ficciones previas, pero que tiene el peso de aquellos detalles de alto poder simbólico o metonímico.
 
Nos vemos allá arriba empieza, como si fuese una película (y, al respecto, conviene indicar que su autor también ha escrito unos cuantos guiones), con dos textos sucintos, dos «cartelones». Uno de ellos indica, sencillamente, la fecha en que se pone en marcha la acción: «Noviembre de 1918». El otro da cuenta del origen del título del libro: «Te doy una cita en el cielo, donde espero que Dios nos reúna. Nos vemos allá arriba, mi querida esposa» fueron las últimas palabras de una carta que escribió a finales de 1914 Jean Blanchard, uno de los seis «mártires de Vingré», soldados injustamente fusilados y a quienes se rehabilitó en 1921.

Acto seguido, viene la primera frase, una muy certera primera frase que sintetiza y anticipa la mirada crítica de Lemaitre: «Todos los que pensaban que aquella guerra acabaría pronto habían muerto hacía mucho tiempo». Y, tras unas primeras páginas que destilan acaso cierto exceso de cinismo e ironía, el narrador omnisciente de la novela acaba privilegiando una suerte de distanciada piedad para pintar no tanto la Primera Guerra Mundial (la también llamada Gran Guerra, antes de que la segunda la convirtiese en primera), sino más bien sus consecuencias y, sobre todo, una serie de turbios fraudes que se tejieron tras ella, a su sombra.

En efecto, uno de los atributos de Lemaitre es que ha logrado plasmar una acertada y grata novela sobre la guerra (sobre una de las guerras más cruentas de la historia) dedicándole pocas páginas a las escenas bélicas. En cierto sentido, Nos vemos allá arriba empieza por el final. No por la peligrosa euforia del inicio de la contienda, sino por las primeras perspectivas de armisticio y por el modo en que los rumores del final de la guerra establecen una clara línea divisoria entre los soldados que se sientan a esperar el desenlace («morir el último es como morir el primero, una gran gilipollez», reflexiona más de uno) y los oficiales que «se morían de ganas de aprovechar los últimos días para zurrarse un poquito más con los boches».

Hasta el presente, los lectores franceses vinculaban a Pierre Lemaitre con el así llamado «polar» (novela negra), donde llegó a descollar tras un inicio algo tardío en la escritura profesional, de la mano de libros como Robe de marié (2009) o Alex (2011). Estos antecedentes se notan en la rigurosa pericia con que Lemaitre va erigiendo la trama de Nos vemos allá arriba. Cierta carta que Maillard escribe a la familia Péricourt comunicando la falsa muerte de Édouard, por ejemplo, depara jugosas complicaciones; entre ellas, que la hermana del supuesto «muerto» viaja al lugar de la batalla para llevarse el cadáver y, de este modo, conoce al villano del libro, esto es, al teniente Pradelle, con quien acabará casada.

La escena de la visita de la hermana de Édouard Péricourt es una de las mejores de la novela y prepara, en buena medida, uno de los temas centrales del libro: el engaño, la estafa. Ante la presión de la joven hermana, el capitán Pradelle acude a Maillard y le dice: «Sólo hay dos soluciones, soldado Maillard. Decir la verdad o liquidar el asunto. Si dice la verdad, se verá con el agua al cuello: usurpación de identidad. No sé cómo se las apañó, pero le espera la trena, le garantizo quince años como mínimo… Tanto para usted como para mí es la peor solución. Pero queda la otra: nos piden un soldado muerto, pues les damos un soldado muerto, y sanseacabó».

Ni corto ni perezoso, Maillard sale en busca de una tumba para enseñarle a la hermana de Édouard Péricourt. Una tumba cualquiera, pero que sea convincente. Y cuando encuentra una que le parece idónea, con una cruz sin ninguna leyenda, le clava la media chapa de identificación de Édouard. La guerra no ha terminado (o apenas acaba de terminar), pero ya hay quienes la reescriben y falsean. Y esto es un juego infantil, al lado de lo que vendrá. Pues Pradelle, ambicioso y sin escrúpulos, concibe un plan para amasar una fortuna: se trata de enterrar a los muertos de la guerra en cementerios especiales. Entre sobornos y contactos que le proporciona su flamante e influyente suegro, Pradelle gana la licitación y comete fraudes y estafas a troche y moche, no únicamente con el tamaño y la calidad de los ataúdes (para que entren ciertos cadáveres habrá que quebrarles los huesos), sino que incluso, con tal de ahorrar gastos y esfuerzos, entierra cajones vacíos o con muertos equivocados o, más sacrílego aún, con soldados alemanes.

En paralelo, los inseparables Albert y Édouard, sumidos en la pobreza, planean una especie de revancha relacionada con la fiebre de monumentos conmemorativos que estalla por entonces en toda Francia y que suscita colectas y suscripciones populares. La revancha de los soldados es bienvenida en una novela en la que, por momentos, Lemaitre juega peligrosamente con los tópicos: buenos versus malos, pobres versus ricos, éticos versus corruptos… Que tanto las víctimas como el victimario Pradelle acaben casi coincidiendo en ardides timadores rompe cierto posible maniqueísmo. Y algo por el estilo sucede con las dudas y los remordimientos que van ganando al acaudalado padre de Édouard, cuyas escenas con su codicioso yerno (escenas de negociaciones, de amenazas, de ajustes de cuentas) deparan acaso las páginas de mayor tensión dramática.

Esto último tiene lógica, porque lo que narra ante todo Nos vemos allá arriba son las consecuencias y las maneras de lucrarse en una guerra. Y lo que plantea esta novela es cuándo termina, exactamente, una guerra. Cuáles son sus límites en todos los sentidos: los morales, desde luego, pero también cuánto dura la memoria o la gloria de las víctimas, ya se trate de muertos o de tullidos. Y cómo se «sale» de una contienda tan devastadora.

Versión resumida de la reseña publicada en "Revista de Libros".
La versión completa, aquí:
http://www.revistadelibros.com/resenas/despues-de-la-guerra

1 comentario:

Uol Free dijo...

Es un libro magnífico, recomiendo su lectura. Y en cierto sentido muchos aspectos siguen teniendo la misma vigencia, la estafa al Estado como modo de enriquecimiento entre otras.
Saludos!