22 noviembre, 2014

Aurora y las escaleras



Por Eduardo Berti

 Cuando, hace unos catorce años, supe que Aurora Bernárdez me invitaba a almorzar en su casa de París, en el distrito número XV, a pocos pasos del metro Vaugirard, no supe qué era más conmovedor: el hecho de conocerla (en realidad, ya la había visto una vez, pero en medio de un bullicio que no invitaba a conversar con calma) o el hecho de conocer el mítico pavillon, o sea: el antiguo galpón que cinco décadas antes había sido reconvertido en un departamento de tres niveles gracias a que Julio Cortázar había cobrado un buen dinero traduciendo a Edgar Allan Poe. Allí, frente a la pequeña plaza del general Beuret, Cortázar había terminado Rayuela y escrito la mayoría de los cuentos de Todos los fuegos el fuego. Allí, en el pavillon, seguía habitando y trabajando Aurora. Y habitaría hasta su muerte, hace unos días.

Aquel almuerzo perdura como un recuerdo imborrable. Sonaba una tenue música de jazz; la casa estaba perfectamente ordenada; había, claro está, libros por todas partes, pero también varias fotos (una de Italo Calvino, a quien ella admiraba y quería tanto; otra, si mal no recuerdo, de Alejandra Pizarnik) y una colección de pipas que incluía varias de Cortázar.

Desde luego, sería aventurado no pintar a Aurora como la gran cómplice y compañera de Julio Cortázar, a quien conoció en 1948 y con quien formó pareja durante catorce años (...) pero el retrato sería incompleto si se omitiese que Aurora fue además, por derecho propio, una de las máximas traductoras literarias de su tiempo, si no la mejor. Libros como Las ciudades invisibles (Calvino), Bouvard y Pécuchet (Flaubert), El malentendido (Camus), Pálido fuego (Nabokov) o El cuarteto de Alejandría (Lawrence Durrell) llevan la imborrable marca de su versión castellana. Y, aparte de esto, Aurora era hermana menor del poeta y diplomático Francisco Luis Bernárdez, amigo de Borges, de Arlt, de Güiraldes. El primer encuentro entre Bioy Casares y Cortázar se vio facilitado por el hecho de que Bioy conocía a los Bernárdez.

En ocasión de aquel almuerzo no tan lejano, en el pavillon, Aurora me habló de Francisco, a quien era "necesario" reeditar, poco después o poco antes de consagrarle un buen rato a Carol Dunlop (la última mujer de Cortázar) con afecto sincero, nada impostado. En esos días, Aurora ejercía la custodia de la obra de Cortázar junto con el poeta y crítico Saúl Yurkievich. Faltaban algunos años para que éste falleciera en un accidente de tránsito y Aurora debiese ocuparse sola de una tarea entonces (se advierte hoy) incipiente, una tarea que abarcó la recuperación de inéditos (El examen o el Diario de Andrés Fava) y que, en los últimos años, aportó varios "papeles inesperados" y hasta el álbum Cortázar de la A a la Z, en los que contó con el apoyo de Carles Álvarez Garriga.

En ese almuerzo (en que los papeles inéditos estuvieron presentes, aunque parezca mentira, pero asimismo escondidos y desordenados en un cajón, esperando el momento de asomar), en ese almuerzo, al que también asistió Diana Saiegh, por entonces directora de la Casa Argentina de la Ciudad universitaria de París (la misma casa donde había llegado a alojarse Cortázar), hablamos de literatura, desde luego. Aurora contó que había estado leyendo al austríaco Hermann Broch y que, cómo decirlo, había esperado más. Un autor llevaba a otro y, en un momento, ella quiso consultar o simplemente mostrarnos no sé qué ejemplar de no sé qué edición. Todavía recuerdo el susto de ver cómo casi cae por un hueco, un vertiginoso hueco en el que había una empinadísima escalera, todo porque, puro entusiasmo y un poco de distracción, estiró su cuerpo menudo en busca de un libro que no se hallaba en el mejor sitio.

(Aurora y las escaleras: hace cinco años, en una rara entrevista pública, contó el origen de las famosas instrucciones de Cortázar: "Un día en la villa Médicis de Roma le dije a Julio: 'Esta escalera es para bajar no para subir' y él me dijo: 'Nunca lo había pensado'".)

Después de aquel almuerzo en el pavillon, Aurora no dejó de sorprenderme. Un día hubo un raro ruido de fax en mi teléfono y apareció un texto manuscrito por ella, que con más de 80 años prefería usar esa vía para mandar un mensaje.

No se equivoca en absoluto Sylvie Protin, especialista y traductora al francés de Julio Cortázar, cuando dice que en la mirada clara de Aurora había la chispa de la curiosidad. "Cuando le dije que buscaba las traducciones literarias de Cortázar, entonces olvidadas o incluso perdidas, vi el interés en sus ojos. Hablamos largo rato del oficio, de los autores que ella había traducido, de la literatura que amaba." Años más tarde, Protin le llevó desde Argentina un ejemplar antiguo de su traducción de La naúsea de Sartre, que ella ya no tenía, acompañado del saludo respetuoso de Hugo, un librero de Plaza Italia, emocionado al saber a quién iba destinada esa compra. "Aurora también se emocionó -rememora Protin-. No sé si por el libro recobrado o por el fervor que su nombre seguía provocando en Buenos Aires."

(Versión resumida del texto publicado en ADN, La Nación, Argentina)
El texto completo, en este enlace:
http://www.lanacion.com.ar/1745544-aurora-y-las-escaleras
 
 

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Enorme traductora, sin duda: en manos de cualquier otro, "Pálido fuego" habría sido menos brillante, más rutinaria, y sus versiones Salinger son las mejores que hay en español, por lejos.

Ahora, hay una novela traducida por Aurora Bernárdez que no tradujo Aurora Bernárdez. ¿Conocés la anécdota, Eduardo? Nadie, que yo sepa, la mencionó en estos días, y es una historia absolutamente simpática.

Un saludo
El Gato

Eduardo Berti dijo...

No conozco esa historia, Gato. Cuando quieras, me encantaría conocerla. Un saludo!

Anónimo dijo...

Creo que está en uno de los diálogos que tuvo Ma. E. Giglio con Juan Carlos Onetti. Ahora, la única persona viva que podría agregar detalles es la viuda de éste, Dolly.
Según parece, Aurora Bernárdez estaba abrumada de trabajo y no podía hacer una de las traducciones a las que se había comprometido: la de "El cielo protector", de Paul Bowles. Entonces, Onetti le dijo: "Yo te la hago". Hasta el día de hoy, esa novela aparece como traducida por ella, pero quienes leyeron ese reportaje saben que no fue así.

Y ya que estamos hablando de traducciones de Onetti. Como seguro sabrás, el tradujo alguna vez, de puro entusiasta, el "VIaje al fin de la noche", de Céline, pero la editorial donde la presentó no la quiso. ¿No sería maravilloso poder encontrar esa traducción y publicarla? ¿No despierta esta historia tus instintos de editor?

Un saludo, Eduaro.

El Gato

Eduardo Berti dijo...

Por supuesto, Gato. Sería impresionante conseguir ese "Viaje al fin de la noche". Y también sería muy bueno que se reeditasen algunas de las viejas traducciones de Cortázar que quedaron olvidadas...
Gracias por la historia de "El cielo protector".
Un abrazo enorme!