17 julio, 2014

Un equipo, ¿una nación?

I





Ilustración de Eulogia MERLE

Los 32 equipos que se ganaron el derecho a participar en el Mundial de Fútbol de Brasil pudieron escoger la frase o emblema de su ómnibus oficial. Las frases son sintomáticas no solamente de lo que el público espera de sus jugadores, sino también del rol que los jugadores (y su dirigencia) han aceptado representar: "¡Una nación, un equipo, un sueño!" (Alemania), "No somos un equipo, somos un país" (la Argentina), "Samuráis, ¡ha llegado el momento de luchar!" (Japón), "Somos un pueblo, una nación" (Honduras) o "El pasado es historia, el futuro es la victoria" (Portugal).

Entre tantas frases bélicas, chauvinistas o exitistas, el lema de la República de Corea parece de otro planeta: "¡A disfrutar, rojos!". Más allá de su especie de acto fallido (¿cómo que "no somos un equipo"?), el lema de la Argentina es reflejo del valor y de la escala cada vez mayores que el deporte de alta competitividad -el así llamado deporte-espectáculo- ha ido cobrando en estas últimas décadas de la mano del creciente profesionalismo. No sólo a raíz de las cifras astronómicas de los contratos deportivos o publicitarios, sino además por el peso simbólico de sus actores: por la cruza de ídolo y de héroe que encarnan. Venerados por la supuesta deidad que contienen (como los ídolos) y por la mezcla de fama legendaria y sacrificio que se les adjudica (como los héroes), los "campeones" se han vuelto ubicuos, más que las estrellas de cine o los ídolos juveniles, y son vistos como herederos de los antiguos atletas griegos (los que eran, en ocasiones, invitados a guerrear al lado del rey) o como modernos sucesores de la casta de los caballeros, aquellos que resumían dos tradiciones hoy divididas: el atleta-militar y el atleta-deportista.

Tienta tomar la máxima de Clausewitz ("la guerra es la continuación de la política por otros medios"), añadirle que "el deporte es la continuación de la guerra por otros medios" y armar una especie de silogismo según el cual el espectáculo deportivo a nivel de equipos nacionales es la continuación de la política. Algo (mucho) de esto ha entendido la FIFA. Algo (mucho) de esto se puede encontrar en mil ejemplos del deporte de alta competencia posterior a cuando, en 1896, el barón de Coubertin relanzó los juegos olímpicos. A partir, sobre todo, del Mundial de Fútbol de Italia en 1934 y de las olimpiadas de Berlín en 1936.

Fragmento de un artículo más extenso, publicado en ADN (La Nación, Buenos Aires).
Enlace orginal: http://www.lanacion.com.ar/1706794-campeones-heroes-y-semidioses