19 julio, 2014

Épica y cháchara




Hay un conjunto de síntomas que permiten comprobar la fiebre que despierta el fútbol en la Argentina: desde las elegantes peluquerías femeninas con partidos en las pantallas de TV hasta los adolescentes que se pasean por la calle tarareando un cantito de la "barra brava". Uno de los síntomas más explícitos consiste en ver la cantidad de imágenes y metáforas futbolísticas que se usan cotidianamente: patear para adelante, transpirar la camiseta, quedarse en orsái, jugar a la defensiva, patear en contra, despejar, ser un crack, pedir la hora, colgarse del travesaño. Al mismo tiempo es ilustrativo observar cuántos giros y cuántas expresiones de origen bélico hay en el relato al que estamos acostumbrados cuando la TV o la radio nos entrega un partido de fútbol. El artillero, la defensa, los disparos, el ataque, el peligro, el "hombre caído en el campo".. En tiempos en que la palabra "competencia" se ha instalado en todos los ámbitos, la retórica del periodismo deportivo se aproxima con frecuencia al léxico militar ("vencer o morir", cosas así), tanto como el discurso amoroso también presenta analogías con las estrategias guerreras (¿no se habla de "conquistas amorosas?").

La épica nos ha enseñado que las hazañas, en el marco de esta lucha, son tan importantes como el relato de las hazañas: la narración o la acumulación de narraciones contribuye a magnificar al héroe. El primer gol de Maradona a Inglaterra es tan recordado como la frase de "la mano de Dios". Y, en cierto aspecto, Maradona ha sido un productor de giros y expresiones idiomáticas tanto como productor de hazañas deportivas: desde el "me cortaron las piernas" y "la pelota no se mancha" hasta el "se le escapó la tortuga" que llegó a instalarse en el idioma de los argentinos con tal fuerza que muchos ya olvidaron (o incluso ignoran) quién lo acuñó.

El relator deportivo, que también contribuye a la magnificación y a la épica, debe en teoría limitarse a ayudar a que se construya lo mejor posible el espectáculo. Pero en ciertas ocasiones imprime frases o giros (el "barrilete cósmico" de Víctor Hugo Morales) que son casi inseparables de la "gesta". O, en su defecto, cae en el exceso y la cháchara.

A fines de los años sesenta, Umberto Eco publicó un texto fascinante en torno a la "cháchara deportiva". Más allá de que la idea de "derroche" domina la actividad deportiva, escribe Eco, hay un derroche de discurso en torno al deporte, inseparable del nacimiento del "atleta como monstruo". Esto sucede, según Eco, cuando el deporte se eleva al cuadrado: "Cuando, de juego que era jugado en primera persona, se convierte en una especie de discurso sobre el juego, el juego como espectáculo para otros y, por tanto, el juego jugado por otros y visto por mí".

Si el mundial o los juegos olímpicos no se realizasen de verdad y se limitaran a imágenes ficticias, exagera Eco, "nada cambiaría en el sistema deportivo internacional, ni los comentaristas deportivos se sentirían defraudados". En definitiva, "el deporte como práctica ha dejado de existir o sólo existe por razones económicas (porque es más fácil hacer correr a un atleta que rodar una película con actores que finjan correr)", y hoy en día sólo existe "la cháchara sobre la cháchara deportiva", la que posee todas las apariencias del discurso político. "Esta cháchara es, aparentemente, la parodia del discurso político, pero, puesto que en esta parodia se diluyen y se disciplinan todas las fuerzas de que disponía el ciudadano para el discurso político, tal cháchara constituye el Ersatz del discurso político. Y lo es hasta tal punto que ella misma se convierte en discurso político."

Fragmento de un artículo más extenso, publicado en ADN (La Nación, Buenos Aires).
Enlace orginal: http://www.lanacion.com.ar/1706794-campeones-heroes-y-semidioses