21 julio, 2014

El "teatro deportivo"


El francés Paul Yonnet, fallecido hace tres años, fue uno de los primeros sociólogos en analizar (bajo el claro influyo de los cultural studies) fenómenos de masa como el rock, el ocio, el tiempo libre o las apuestas. "Mis libros son, acaso, fruto de las tensiones y contradicciones que hallé entre las prácticas populares que conocía por experiencia propia y las metodologías universitarias", dijo hace más de una década.

En Systèmes des sports (Gallimard, 1998), Yonnet contribuyó a esa compleja actividad llamada "sociología del deporte" (compleja porque, como escribió Pierre Bourdieu, "la desprecian los sociólogos y la desdeñan los deportistas") al sostener que el impacto actual del deporte es el resultado de su profunda afinidad con uno de los fundamentos de la sociedad contemporánea: el principio de igualdad. No solamente en el caso del deporte-espectáculo, sino también en el fenómeno creciente del "deporte de masa" cuyo ejemplo más notorio son, acaso, esos maratones multitudinarios que se corren por las calles de la grandes urbes y donde atletas de alto nivel transpiran codo a codo con aficionados de alto nivel (y no tanto.).

A Yonnet le interesa especialmente la doble construcción de espectáculo y "relato" que hay en lo que él llama "teatro deportivo", el cual ha sido organizado en círculos concéntricos: el núcleo de la escena (el campo de juego), los espectadores del primer círculo (es decir, los que se hallan presentes en el estadio y que en muchos casos son también actores con sus cánticos, sus gritos, sus gestos como "la ola") y, por último, los espectadores del segundo círculo que siguen todo aquello desde la televisión, desde la radio o, incluso, desde los bares o los lugares públicos donde se ofrece el partido.

A los anillos o círculos de actuantes que propone Yonnet podría añadírsele la categoría un poco problemática de los árbitros y jurados. No tanto el árbitro de negro, invisible cuando todo sale bien (como el traductor literario, al árbitro sólo lo vemos cuando comete un error visible: el ideal es que olvidemos su presencia), sino el caso de esos deportes donde existe una especie de tribunal o jurado que otorga puntos. Es lo que ocurre en los saltos ornamentales, por ejemplo, disciplina que el gran público admira sin entender del todo sus sutilezas y complejidades. Allí, entonces, como en el caso de cierto arte de vanguardia, un grupo de "entendidos" cumple la misión de valorar y establecer premios.

El boxeo presenta una mezcla muy singular de las dos instancias. Mientras dura la pelea, casi nadie se acuerda de que allí, al pie del cuadrilátero, hay unos hombres que tendrán que pronunciar un fallo si el combate no se resuelve con un golpe, una caída, una herida. A diferencia de los saltos ornamentales (que desde su nombre indican la prioridad que se le otorga a lo estético, a lo ornamental), ni los boxeadores ni el público están pendientes del jurado o a la espera de esos cartelones con notas indudablemente escolares. En el boxeo, la catarsis, la violencia, la pasión del espectáculo hacen olvidar la existencia de jurados, que sólo son solicitados (como una especie de tribunal militar, tienta decir) cuando la pelea no se resolvió antes. E incluso cuando son solicitados, la supremacía de uno de los dos contendientes fue en ocasiones tan clara que el jurado no hace más que ratificar lo obvio, lo que hasta el menos entendido ya entendió.

Fragmento de un artículo más extenso, publicado en ADN (La Nación, Buenos Aires).
Enlace orginal: http://www.lanacion.com.ar/1706794-campeones-heroes-y-semidioses