06 febrero, 2014

Primera clase


¿Es posible comer gratis durante un año con un billete de avión o de tren de primera clase? Sí. Eso es lo que ha hecho un ciudadano chino hasta que fue descubierto. El buen hombre, haciendo gala de una picaresca al más puro estilo español, acudía cada día al aeropuerto de Xi'an, en la provincia china de Shaanxi. Con su billete de clase 'business' se dirigía a la sala VIP de la terminal aérea, donde, tras mostrar el pasaje, accedía a ese espacio reservado que los habituales de la clase turista miran con una mezcla de curiosidad y envidia.

Como acudía con tiempo más que suficiente para tomar el vuelo para el que había reservado plaza, el viajero dedicaba un tiempo a la lectura de los periódicos del día, a ojear alguna revista y tomar un refresco o un aperitivo, de esos que suelen encontrarse en las neveritas a libre disposición de los pasajeros VIP. Acto seguido, este individuo se dirigía al mostrador donde estaban puestas las viandas y se servía a gusto todas las 'delicatessen' que le apetecían.

Tras dar por concluido el ágape y siempre con un margen suficiente para que no estuviera abierto el periodo de embarque para el vuelo, el viajero, cuya identidad no ha trascendido, se dirigía apresurado al mostrador de la aerolínea donde, con las mejores maneras, informaba a la azafata o al auxiliar que, por causa mayor, no podía tomar ese día el vuelo para el que tenía el pasaje. De esa manera solicitaba que se lo cambiaran por otro para el día siguiente.

Sin más problemas, el viajero recogía su nuevo billete y regresaba a su domicilio con la barriga llena. Al día siguiente, como si nada hubiese pasado -y así durante 300 jornadas-, este hombre volvía al aeropuerto para repetir el protocolo y saciar su apetito sin que nadie se diera cuenta.

El asunto pasó desapercibido hasta que, por una casualidad, los responsables de la compañía China Eastern Airlines detectaron que el mismo viajero había realizado durante un mismo año esos 300 cambios de vuelo. De inmediato, el personal de tierra de la terminal de Xi'an fue advertido para interceptar al sujeto. La cosa fue más que fácil, porque el ínclito pasajero no opuso ni resistencia ni montó un escándalo.

Pero para más enjundia del asunto, una vez aclarado el motivo culinario, los responsables de la aerolínea comprobaron que no podían hacer nada, dado que el hombre solo había ejercido su derecho a disfrutar de un servicio como titular de un pasaje de primera. No había nada ilegal. Antes de abandonar el aeropuerto, el viajero solicitó a la compañía que le devolviese su dinero, ya que no podía usar el billete, a lo que tampoco pudieron negarse.