13 diciembre, 2013

La entrevista


En mayo de 1975, el periodista francés Bernard Pivot invitó a su programa de TV, Apostrophes, al escritor Vladimir Nabokov, en la cumbre de su fama mundial tras la escandolosa publicación de Lolita, poco tiempo atrás. Se sabe que Nabokov era reacio a los periodistas y en vez de charlar frente a un grabador prefería enviar por escrito sus respuestas, algo que hoy se ha vuelto una práctica más usual con el empleo del email, pero que en esos tiempos no era tan frecuente. 

La entrevista televisiva (que puede verse aquí) fue “pactada” entre Nabokov y Pivot. El periodista envió sus preguntas por anticipado y el escritor se instaló en el estudio , atrincherado detrás de una cordillera de libros, con un manojo de papeles y de “fichas” (las célebres fichas nabokovianas) donde llevaba escritas sus respuestas. Le entrevista fue, en cierto aspecto, la “representación de una entrevista”, una suerte de obra teatral cuyos actores leían sus partes: Pivot las preguntas tratando de maquillar un poco el simulacro, Nabokov las respuestas sin preocuparse por ocultar nada. 

Mientras charlaban, Nabokov echaba mano a un gran tetera blanca y se servía en una taza un líquido que en teoría era té, pero en verdad era vodka u otra bebida similar. Las personas en el estudio aceptaban jugar el juego, hasta que Nabokov se puso a evocar su experiencia como profesor en la universidad de Cornell y describió la escena de cada clase con imágenes asombrosamentre familiares: en presencia de los alumnos, el docente Nabokov se atrincheraba detrás de una cordillera de libros y leía en voz alta una fichas tratando de que los alumnos no se dieran cuenta, pero consciente de que sí se daban cuenta.               

En cierto aspecto, la literatura “posmoderna” –epíteto que empleo más la crítica anglosajona que, por ejemplo, la francesa– se parece a esa entrevista de Nabokov, quien, casualidad o no, le habla con insistencia a Pivot de su novela Pálido fuego (Pale Fire), la más “metaficcional” o, en todo caso, aquella en la que empleó la autoconsciencia del modo más explícito y descarado.