20 noviembre, 2013

El amor a veces




Son tiempos duros para un hincha de Independiente que quiso ponerle Santoro (claro que sí) al héroe de su película. Pero el cine es eso mismo: desafiar los límites, hacer posible y real (o, por lo menos, verosímil) algunas cosas soñadas. Recuerdo perfectamente la tarde fría y lluviosa en la que hablamos con Eduardo por primera vez de esta película. Todo empezó literalmente con una pelota: una pelota de voley que se puso en movimiento. Durante mi infancia y mi adolescencia, en las playas, junto al Atlántico, pasé horas jugando al voley mientras miraba de reojo a los chicas que otros miraban con gestos más explícitos. No me fue tan mal, sin embargo… Y gracias a esa pelota me hice amigos. Antes de que existiera esta película, yo consideraba ya al voley como el deporte colectivo por excelencia. Un equipo de voley es como un cuerpo con doce brazos y doce piernas (diría un deportista platónico) y eso también lo acerca al cine, a ese arte de equipo por excelencia, en el que es tan necesario un buen director. Como sea, tras la pelota que esa tarde de lluvia y frío empezó a moverse, apareció un personaje y, acto seguido, su mundo, sus deseos y sus conflictos El retiro, por supuesto. La exigencia. La soledad. La idolatría. La amistad. El amor. El desamor. Y el amor a veces…

Soy un privilegiado a sueldo porque aprendí mucho ayudando a Eduardo a escribir su guión. Pocos directores conocen los secretos y mecanismos de la comedia romántica como él. Y toda comedia romántica, según considera Eduardo, plantea ante todo una reflexión acerca del amor. Con Eduardo pensamos, al mismo tiempo, que era posible y tentador visitar un género lleno de reglas y tradiciones, sin que eso implicara eludir ciertos riesgos. En algún libro de Enrique Vila-Matas mi mano subrayó la idea de que “sin riesgo, la gran fiesta del lector es incompleta”. Lo mismo me atrevo a decir de la fiesta de todo autor, aun cuando sea más responsable y consciente (la fiesta de un anfitrión): romper los hábitos de algo no por desprecio, sino todo lo contrario; buscar lo nuevo en lo viejo; buscar verdad en la ficción y vicerversa. Me llevo de esta aventura (acaso Eduardo no coincida con la palabra “aventura”) una imagen, un aleph que quiere resumirlo todo: Waldo y Javi (sé que estoy mezclando los nombres y me gusta) en el vestuario y esa charla casi explosiva que nunca podríamos haber escrito con tal precisión sin la ayuda del azar, de la experiencia ajena y del mundo palpable. Brindo por el tercer largometraje de Eduardo. Y espero, sinceramente, que no tarde tanto en obsequiarnos otro.

Eduardo Berti
Burdeos, Francia, 19.11 2013.


Hoy se estrena en Mar del Plata, en el marco del Festival Internacional de cine, el largometraje "El amor a veces" (de Eduardo Milewicz), que cuenta con guión de Eduardo Milewicz y Eduardo Berti.

http://www.mardelplatafilmfest.com/28/evento/el-amor-a-veces/


Lastimados, abollados, machucados: así están los corazones en El amor a veces. Santoro (Gonzalo Valenzuela) es un jugador de vóley, leyenda en su club, que ha tenido mejores temporadas. Incapaz de aceptar que se acerca la hora del retiro, parece empeñado en hacer todo mal: se pelea con sus compañeros y con el público, persigue a una ex que no lo quiere ver ni de lejos, busca la compañía de “amigas” dudosas... Con todo, diferencia de dos décadas incluida, Nuri (la luminosa Malena Villa) está obsesionada con él, lo cual le trae no pocos problemas domésticos con su madre depresiva (Leticia Brédice), al punto de que la chica termina instalándose en la casa de un padre rockero a quien nunca vemos (aunque su voz desencadena el conmovedor final de la película). Cuando Santoro encuentre por fin la tremenda paliza que andaba buscando, será Nuri quien lo cuide. Y, quizá, en esos días de convivencia forzada, hasta logre convencerlo –así como Milewicz nos convence con su firme pulso narrativo– de que el amor puede doler muchísimo, sí, pero a veces...