01 junio, 2013

El abrigo de Proust



Todo comenzó con una entrevista que la escritora y periodista napolitana Lorenza Foschini le hizo a Piero Tosi, el célebre vestuarista que trabajó durante años, codo a codo, con Luchino Visconti. Al final de esa extensa charla, Tosi mencionó a cierto coleccionista de manuscritos de Marcel Proust: un hombre que también llegó a atesorar el viejo y carcomido abrigo de nutria que Proust empleaba no sólo para vestirse, sino además como manta mientras escribía por las noches la Recherche.

La fragilidad de las reliquias y de los encuentros azarosos (más el amor, la obsesión por la obra y la memoria proustianas) es parte de lo que narra Foschini en esta fascinante pesquisa bibliófila que es su pequeña y notable crónica llamada El abrigo de Proust,  que Impedimenta acaba de editar en traducción de Hugo Beccacece.
No me decido a marcharme de allí. En realidad, han pasado apenas unos minutos desde mi llegada, pero poco a poco empiezo a darme cuenta de que allí, delante de mí, está el abrigo con el que Proust se había cubierto durante años, el mismo abrigo que solía extender sobre sus mantas mientras yacía acostado escribiendo En busca del tiempo perdido. Me vienen entonces a la mente las palabras de Marthe Bibesco: «Marcel Proust se sentó ante mí, en una sillita dorada, como si acabara de surgir de un sueño, con su abrigo forrado de piel, su rostro cargado de tristeza y sus ojos que parecían capaces de ver en plena noche»
Magnate de los perfumes, Jacques Guérin conoce por accidente, en 1929, a Robert Proust (el hermano de Marcel) y a su familia que, incómoda, ignorante y hasta avergonzada por la obra del novelista y por su homosexualidad, se ha propuesto desembarzarse de todos sus manuscritos (papeles, cartas, etcétera) e incluso de sus objetos personales.


"Nadie le ha sido más infiel a Proust que los proustianos. Sin embargo, esa infidelidad, o más bien traición, es fruto del amor. La prueba decisiva de ese «malentendido» entre un autor y sus admiradores es la historia que Lorenza Foschini cuenta en este libro", dice Hugo Beccacece en su postfacio, donde añade:

Gracias a Guérin se salvaron del fuego los manuscritos de À la recherche du temps perdu, cartas, borradores, fotografías y objetos personales del novelista a punto de ser quemados por la cuñada de éste y hasta pudo reconstruirse la habitación en la que se terminó de escribir aquella obra monumental. Hoy, el conjunto se exhibe en el Museo Carnavalet. 
Lejos del fetichismo frívolo o la memorabilia hueca, Foschini entiende que, como las magdalenas, los objetos encierran vida pasada, tiempo que puede recobrarse. Y así como Guérin salvó parte de la memoria de Proust, ella salva parte de la memoria de Gúerin, que desde luego es, a esta altura, inseparable de la de su (con justicia) reverenciado novelista.