25 mayo, 2013

La que le duele aquí



La que le duele «aquí» se podría llamar a esta enferma que se me apareció, andando como Hamlet, en la tranquilidad de un domingo por la tarde.

—Vengo precisamente un domingo, porque supongo que hoy no le distraerán a usted los demás enfermos, y mi caso necesita que usted fije mucho la atención en él —me dijo de sopetón, sin abandonar su postura de Hamlet.

—¿Qué es lo que usted siente? ¿Qué antecedentes tiene su enfermedad? ¿De qué se queja usted?

—Me acaba de hacer las mismas preguntas que los médicos vulgares, que no acaban de curarme... No es esto lo que yo buscaba...

—Bueno. Dígame usted lo que quiera sin necesidad de que yo se lo pregunte.

—Yo sólo le puedo decir que me duele «aquí».

Y al decir «aquí» ni siquiera tocaba el sitio, sino que con un vago ademán señalaba a su costado, en ese sitio en que no hay ningún órgano especial...

—Aquí tengo yo algo —continuó ella— que me va a matar... que me come, que no me deja dormir, que me tiene sacrificada... Y no me pregunte usted lo que como, ni nada, porque he seguido todos los regímenes y no se me va...

—Así es que la duele a usted «aquí» —dije yo, señalando en ese sitio vago y sin entrañas.

—Sí...; «aquí».

—Bueno, ya sé lo que es eso... Hay que operarla inmediatamente... Yo no soy partidario de las operaciones; pero usted es un caso desesperado, urgente, perentorio...

—Eso es lo que yo pensaba... Pues ahí tiene usted... Ningún médico ha acertado con ese diagnóstico... Mañana le espero en mi casa, dispuesta a que me haga la operación...

Nerviosa, lívida, pero sin perder su actitud de Hamlet, desapareció la mujer sin caderas a la que la dolía «aquí». En seguida llamé a mi amigo y le encargué el papel de ayudante. Él se quería resistir:

—¡Pero si yo no entiendo nada de Medicina!

—No importa —le replicaba yo—; yo sólo voy a hacer el conato de una operación. No voy a hacer sangre, y voy a hacer como que le saco algo con visos de misterio. El higadillo de un cordero, por ejemplo... Se trata de un juego de prestidigitación...
Junto a la cama de la paciente, al otro día, después de haber hecho la operación, recibíamos las caricias de sus miradas de gratitud.

—¡Oh! ¡Qué aliviada me siento!... Pesa menos mi cuerpo... ¡Qué ligera me siento!...

Yo sonreí satisfecho. Ya estaba curada la pobre dama a laque la dolía «aquí». No sentía yo plena alegría, sin embargo, porque, después de todo, como al que se opera de verdad y de verdad se le arranca el cáncer, la misma cantidad de muerte quedaba en la pobre mujer, porque nunca se puede operar de la muerte; la muerte se queda fresca, sana, curada después de la operación admirablemente hecha..., pero dispuesta a matar. ~

Ramón Gómez de la Serna, “El doctor inverosímil”.

1 comentario:

Antonio Perez Bambill dijo...

Excelente blog.. Le invito cordialmente a pasar por mi blog, también soy escritor.

Saludos!

http://antuan-el-aprendiz.blogspot.com.ar/