06 mayo, 2013

El otro


El Yo había hecho todos los esfuerzos posibles. Agarraba al Otro de la mano. El precipicio estaba a dos pasos; pero, gracias a la presencia constante del Yo, el Otro no pensaba en esa posición verdaderamente horrenda sobre un pedazo de roca inestable y por momentos partido. El Yo multiplicaba su presencia y el Otro rehuía los consejos, como si ninguno de ellos fuera oportuno. El Yo dudó, propuso unos movimientos contradictorios, el temor se adueñaba de él, así como el sentimiento de fatalidad. El Otro hizo un gesto de independencia sobre su roca, soltó los dedos y en un instante fugaz hubo un desprendimiento de polvo y unas gesticulaciones hasta el fondo del agujero. El Yo había cerrado los ojos. Cuando los abrió, no había nada más.  

Pierre-Jean Jouve, “Proses” (Mercure de France)