12 marzo, 2013

La vida de hotel, según Montes



Crítico de hoteles a cargo de una rúbrica semanal en un diario, el narrador de la novela La vida de hotel (Anagrama, 2012), del español Javier Montes, comprende un día que se ha pasado "media vida de hotel en hotel", pero que nunca durmió en uno de su propia ciudad. Así que toma un taxi (pese a que debe hacer un viaje de apenas novecientos noventa y dos metros, según el ticket electrónico que le entrega el conductor) y se baja en el así llamado Hotel Imperial. El crítico, puntilloso, tiene sus reglas. No escribe acerca de hoteles en los que no haya dormido ("sería como hacer la crítica gastronómica de un restaurant después de oler los platos"), no acepta invitaciones a cambio de reseñas, no roba objeto alguno y, a la hora de reservar su habitación, jamás emplea el seudónimo con el que firma en el diario. El apellido verdadero "despista al gerente y al recepcionista" y le permite ser "un cliente más, una especie de espía o de doble agente".

"Dormir en un hotel es volver a la infancia. Cuando las sábanas se cambiaban solas y un embozo protector guardaba las cuatro esquinas de nuestra cama durante la noche", le hace decir Montes a su narrador, que odia los hoteles "de encanto" y que en su errancia hotelera llega a sentirse "en casa" en esos lugares de paso.

"El otro día volví a mi cuarto tras el desayuno y me encontré a una de las limpiadoras, de uniforme, tarareando mientras limpiaba mis sábanas. Sonreímos los dos, confusos, y como en los vodeviles iniciamos al tiempo un gesto de retirada. Tras una pantomima de interjecciones inarticuladas y de buena voluntad recíproaca, acabé yo dejándola a solas en mi cuarto. No sé muy bien, la verdad, quién se había entrometido en la intimidad de quién."