18 febrero, 2013

Excesos de la artimaña y confección



Por Eduardo Berti

En la amplia mayoría de las novelas de “artimaña y confección”, la protagonista suele ser “una heredera, a menudo una aristócrata de buena familia, con un séquito de amantes que incluye a un barón siniestro, a un duque bonachón y al irresistible hijo menor de un marqués”. Estas novelas transcurren “en el entorno de una alta sociedad de enorme elegancia” y, en el caso de sus autoras, “su única relación con la pobreza es la de su pobre cerebro”. Casi todas caen en el melodrama, confunden “la afectación con la originalidad” o “la grandilocuencia con la elocuencia” y abundan en lo que Flaubert llamaba “idées reçues”: no solamente por medio de metáforas obvias (la infancia es “una etapa encantadora de la vida”), sino también por obra de una moral ramplona: “para poder perdonar es necesario que otros nos hayan herido antes” . 

Las novelas tontas de ciertas damas novelistas sería el mejor y más ácido manifiesto contra las novelas rosas, y contra ciertas modas como la chick-lit, si no fuera porque su autora, la célebre George Eliot, publicó este breve panfleto (inédito hasta hoy en castellano) en 1856, en la Westminster Review. Tres años más tarde, en 1859, Eliot publicaría Adam Bede dando inicio a su etapa más inspirada, la que incluyó Middlemarch (1872), considerada por muchos como la mejor novela inglesa de todos los tiempos, y concluyó con Daniel Deronda (1876). 

Nacida como Mary Ann Evans en 1819 (seis meses después que la Reina Victoria), valorada como una de las grandes cinco figuras de la ficción inglesa del siglo XIX (junto con Dickens, Austen, James y Conrad), Eliot tuvo una existencia tan singular como el alias masculino que eligió para que la tomasen “en serio”. Tras un accidentado romance con Herbert Spencer (el famoso biólogo que acuñó la frase de “la supervivencia de los más aptos”), convivió largamente con un hombre casado (George Lewes) que también acababa de sufrir un desengaño: su mujer, Agnes, había quedado embarazada de su mejor amigo. 

Consustancial con esta vida “poco corriente” (como dice la traductora Gabriela Bustelo en su prólogo a este libro) es una obra cuyas heroínas expresan una poderosa voluntad de autonomía (“todo límite es tanto un comienzo como un final”, puede leerse en Middlemarch) y un férreo rechazo a lo que Eliot llamaba “necesitarismo” y equivale a la predeterminación. “Restringida como estaba, su visión no fue nada angosta y ella nunca pasó por alto las dificultades que suscita una vida moral y la complejidad que esta implica”, escribió Walter Allen. 

Eliot llevaba dos años viviendo con George Lewes y había tomado la resolución de escribir ficción (estaba a punto de empezar The Sad Misfortunes of the Reverend Amos Barton) cuando publicó este manifiesto, en el que puede verse una declaración de principios. “El intelecto medio de las mujeres está muy mal representado por el grueso de la literatura femenina, pues las pocas autoras que escriben bien están muy por encima del nivel intelectual de las mujeres en general, pero las numerosas autoras que escriben mal están muy por debajo”. 

Eliot destaca en el primer grupo, el de las que escriben bien, a Elizabeth Gaskell y a Charlotte Brontë (a quien menciona como Currer Bell, seudónimo con el que publicó Jane Eyre), pero ante todo lamenta “la fatídica atracción de la escritura para las mujeres incompetentes”, cosa que ocurre menos con artes como la música o la pintura porque “todo arte que precise un absoluto dominio técnico queda, hasta cierto punto, protegido de las intrusiones de la torpe imbecilidad”.

Lo que Eliot ataca sin piedad son las novelas “tontas” que tienden a confirmar los prejuicio contra las mujeres y “contra una educación femenina más sólida”. No es de extrañar que una moral convencional se reafirme desde novelas que parecen hechas en serie, conforme una receta: “Se toma como ingrediente la cabeza de una mujer –escribe Eliot–, se rellena con un manojo de filosofía y literatura bien picado y con un puñado de falsas nociones sociales bien servidas; se cuelga en alto sobre una mesa durante varias horas al día y se sirve caliente con una salsa gramatical ligera en el momento más innecesario”. 

William S. Peterson, crítico del New York Times, ha escrito que la hilarante paradoja de este ensayo  es que, a raíz de su éxito, las obras criticadas por Eliot, pese a ser novelas muy menores, se estudian hoy en ciertos cursos de escritura. La última edición inglesa (Silly Novels by Lady Novelists, Penguin) incluye otros artículos también publicados en la Westminster Review: desde uno consagrado a Madame de Sablé  (autora de máximas y epigramas como “elogiamos a veces las cosas pasadas para criticar el presente”) hasta comentarios sobre Constante Herbert, de Geraldine Jewsbury, o sobre Dred, de Harrriet Beecher Store. Ninguno tiene, sin embargo, la trascendencia de este “manifiesto negativo”, como suele llamárselo, en el que Eliot se propuso explicar no tanto lo que deseaba hacer como literata, sino ante todo lo que no deseaba hacer. Puede afirmarse que su obra le ha dado la razón.

George Eliot: Las novelas tontas de ciertas damas novelistas
(Traducción y prólogo de Gabriela Bustelo)
Impedimenta, Madrid, 2012.

(Comentario publicado originalmente en ADN Cultura: