03 febrero, 2013

El eterno pequeñoburgués


En 1930, siete años antes de sus más célebres obras en prosa, el húngaro Odon Von Horváth publicó El eterno pequeñoburgués , su primera novela en orden cronológico, que hasta el presente permanecía inédita en castellano y que acaba de rescatar la editorial española Marbot, con traducción de Isabel García Adánez.

Klaus Mann afirmó que Horváth era, en esencia, "un notable contador de historias". La novela presenta tres relatos independientes, aunque entrelazados. El primero, el más extenso y jugoso, se titula "El señor Kobler se vuelve paneuropeísta" y narra el viaje del tal Kobler a la Exposición Universal de Barcelona, en 1929, gracias a 600 marcos que ha obtenido con la venta de un coche que no vale, en realidad, ni un céntimo. El episodio tiene ecos biográficos: el propio Horváth embolsó en 1929 un anticipo de 600 marcos de una editorial de Berlín y concurrió a la Exposición Universal. Kobler se llena la boca asegurando que viajar abre los horizontes culturales, pero en verdad sueña con conocer a una rica heredera (una "egipcia millonaria", eso imagina) que lo salve económicamente. El relato es todo lo opuesto a un bildungsroman . En el viaje, Kobler no aprende nada. Mientras que Horváth tenía por entonces una clara posición ideológica (simpatizante de la izquierda democrática y del pacifismo), Kobler no hace más que "amoldarse cobardemente", como sostiene el autor en una especie de advertencia inicial.
 



Así como en Barcelona (según Kobler) "se expone el mundo entero", la travesía ferroviaria es una suerte de exposición panorámica de Europa: un austríaco se jacta de haberle dado "una paliza a un judío", en Italia sube al vagón un supuesto espía de Mussolini, la escala en Marsella es ante todo prostibularia. El viaje ofrece, de paso, una galería de personajes extravagantes, pero en un nivel superficial: un maniático de la higiene que les pasa el plumero a las estatuas, un vendedor de boletos que sabe de memoria los horarios de los trenes de Europa.

Los otros dos relatos ("La señorita Pollinger se vuelve práctica" y "El señor Reinthofer se vuelve altruista") completan un cuadro que Horváth, con razón, considera "entre dos épocas": se habla aquí de las consecuencias de la Primera Guerra Mundial ("Europa occidental se ha vuelto notablemente más burguesa desde que ganó la guerra", proclama un personaje, "no quiero imaginarme lo que será cuando los europeos occidentales se den cuenta de que, en el fondo, han perdido") y se anticipa que "la guerra mundial del futuro será aún más escalofriante".

Horváth muestra los primeros signos del fascismo, pero el libro es, asimismo, una reflexión de curiosa actualidad acerca de la ardua unión de Europa o, como prefiere Horváth, del "paneuropeísmo". "Va ser difícil que nos entendamos porque nadie se fía del otro y cada cual se cree el bribón más grande." El "entendimiento" de Europa es tan leve como el de los personajes del libro: el señor Reinthofer tiene un encuentro con la señorita Pollinger, quien fue una fugaz amante de Kobler. Pero la cosa apenas pasa de allí. "La mayoría de la gente era un número a la que todo le daba igual", leemos. El mundo se acerca a una catástrofe mientras el señor Kobler mira por la ventanilla del tren y la señorita Pollinger se refugia en el cine.

Diversos estudiosos de la obra de Horváth (entre ellos, la francesa Florence Baillet) han caracterizado su estética como opuesta al pathos expresionista. El narrador de El eterno pequeñoburgués es distante, apenas interviene. Pero sabe más que los personajes, no esconde su escepticismo ("el autor no aspira siquiera a la esperanza de que estas páginas suyas puedan influir") y adopta con frecuencia un tono burlesco: "La viuda se quejaba de sus dolores [...] Un médico decía que tenía lumbago; otro médico, que tenía un riñón flotante; y un tercero, que debía tener cuidado con la digestión. Lo que decía un cuarto médico no se lo contaba a nadie".

Aunque la llegada de la Segunda Guerra Mundial hizo que Horváth cayera en un relativo olvido, los escritores de posguerra se reconocieron en su aparente objetividad que hace pensar, por momentos, en el novelista inglés Henry Green y que mucho le debe al teatro. En 1968, Peter Handke escribió que Horváth era "mejor que Brecht". Elogió su "desorden y su emoción no estilizada", pero ante todo "sus frases locas, que ponen en evidencia los saltos y las contradicciones de la conciencia, como solamente encontramos en Chéjov y en Shakespeare".

Los saltos y "sinuosidades" que subraya Handke aparecen a las claras en El eterno pequeñoburgués , narración episódica sin un claro personaje central, novela cuyo distanciamiento le valió una suerte de reprimenda de Heinrich Mann, quien estimaba que Horváth era "frío", como el resto de su generación. "A nosotros, a los escritores de la generación de la posguerra, no dejan de repetirnos que carecemos de alma [...] No creemos en el alma porque no creemos en el sacrificio", fue la respuesta de Horváth en 1930.

Fragmento de un extenso atículo publicado en ADN Nación, el viernes pasado.
El texto completo, aquí: http://www.lanacion.com.ar/1550454-dn-von-horvath-un-hijo-de-su-tiempo