19 febrero, 2013

El ebook es otra cosa




Me gustan mucho las reflexiones que propone Gustavo Ariel Schwartz desde su blog de literatura y ciencia. Este es un fragmento de su última publicación. Para leerla entera, les propongo visitar su sitio: aquí.

Cuando leemos un libro (de los de papel) no sólo disfrutamos (o padecemos) su contenido literario sino que sentimos su peso, percibimos su olor, palpamos su textura, ocupa un sitio en la biblioteca, en la mesilla de noche o en algún rincón de la casa. La experiencia de leer un libro es holística. Doblamos la esquina de una hoja para marcar la página, recordamos dónde hemos leído cada capítulo, lo marcamos con un lápiz, se nos mancha con café. Incluso, un libro, envejece con nosotros; las hojas se amarillentan, cambia el olor, se deshoja, la portada se gasta, la encuadernación cede. Cada libro ocupa además un sitio preciso en la biblioteca de cada uno de nosotros; agrega su particular color al arcoíris literario. Cada sector de la biblioteca tiene un significado especial; y si un libro cambia de sitio es porque algo ha cambiado en su dueño. Una vez más la posición, lo concreto. La ubicación física de un libro en la biblioteca dice mucho acerca de la relación personal entre el libro y su lector. Y es que en última instancia el libro, el de papel, es un objeto físico y tenemos con él la misma relación que hemos venido teniendo con los objetos desde hace algunos millones de años. Necesitamos cogerlo, olerlo, palparlo, sentirlo, mirarlo e incluso oírlo.

El libro electrónico es otra cosa. Aunque contenga los mismos libros, los mismos textos de nuestra biblioteca, éstos no huelen, no poseen textura, no podemos pasar las hojas (aunque sí “podamos”), para bien o para mal pesa siempre exactamente lo mismo, no se mancha ni se amarillenta, no envejece con nosotros. El libro electrónico es como el retrato de Dorian Gray. Los libros tienen todos la misma tipografía, los mismos márgenes, el mismo tamaño de página; da igual leer “Historias de Cronopios y de Famas” que “Guerra y Paz” (aunque uno tenga poco más de cien páginas y el otro más de mil). La percepción sensorial del libro desaparece; o peor aun, se uniformiza. ¿Tiene todo esto alguna importancia o es simplemente una argumentación nostálgica? Al margen de lo anecdótico, me pregunto si logramos el mismo nivel de concentración leyendo un libro electrónico que uno de papel; me pregunto si la experiencia completa de la lectura es equiparable; me pregunto si las sensaciones que transmite una buena novela dependen del “dispositivo”. Me pregunto también si recordaremos a los personajes leídos en un ebook de la misma manera que a los leídos en papel. Me pregunto incluso si escribir a mano o tecleando en el ordenador puede de alguna forma sutil alterar algún aspecto del texto. Me pregunto si los escritores son conscientes de esto. Me pregunto si alguien se pregunta todas estas cosas.

No estoy diciendo que el libro electrónico no sea útil; que lo es, en muchos aspectos. No estoy diciendo que el libro electrónico sea mejor o peor; me parece una discusión estéril. Estoy diciendo que un teclado y una pantalla pueden alterar de maneras sutiles las formas en que producimos textos y las maneras en que éstos son interpretados. En definitiva, la manera en que nos relacionamos con los textos.

7 comentarios:

Sergio Arroyo dijo...

Debo reconocer que era un enemigo de los libros electrónicos hasta que los empecé a leer. Una de las cosas que más odiaba antes era que, de noche, al leer en los autobuses, el conductor apagara las luces y me dejara con un libro inútil (aunque está por verse si los libros existen con las luces apagadas) entre las manos. Ahora, con un lector de libros, pueden apagar todas las luces del mundo y yo seguiré leyendo a Cortázar o a Tolstoi. Saludos.

Eduardo Berti dijo...


Muchas gracias por el comentario, Sergio. Lo que estás contando tiene mucho que ver con la mirada que propone Gustavo Schwartz, justamente: sin caer en prejuicios, pensar en cómo el libro electrónico suscita otras situaciones y otros modos de lectura. Algunos de ellos impensables en el caso del libro de papel. Un saludo.

El Gato dijo...

Existe una palabra -que, creo, acuñó Gérard Genette- para designar los fenómenos que hay en torno del material que leemos (prólogos, epílogos, solapas, portadillas); la palabra de marras es "paratexto" y ahí se plantan los estudios del epifenómeno en torno de la lectura o escritura. Pero hay un más allá de eso, ¿no? La relación sensorial con el volumen que estamos leyendo (tacto, olfato; inclusive ciertos casos de sinestesia) y también la relación con el material que estamos usando para escribir (la resistencia del papel a la fricción de ciertas plumas, la fluidez de ciertos bolígrafos, la mayor o menos "dureza" de un teclado). Pocos han tratado en extenso esta sensualidad del que lee o el que escribe. Apenas unas menciones en Saer, en Barthes, en Calvino y en algún otro más. Ese es un trabajo que está esperando ser escrito. ¿Quién recoge el guante?

Anónimo dijo...

Desde que compré mi lector noté que canso un poco menos mi vista y que puedo leer un poco más rápido. Ya no llego a mi casa con los brazos cansados de cargar 1 kilogramo de papel y resistir el vaivén del colectivo.
Sin embargo, lo que más disfruto es la posibilidad de consultar el diccionario instantámeante, para chequear las distintas definiciones o etimologías de una palabra, en el idioma que se me ocurra leer, en un par de segundos nada más.


Respecto al texto citado, no es cierto que los libros digitales vengan todos con el mismo formato de tipografía. La cuestión depende de la editorial (como ocurre con los libros impresos, que bien podrían ser todos vendidos con Times New Roman, 10pt pero no lo hacen) y no del uso del formato digital.

En cualquier caso, la mayoría de los dispositivos actuales permite personalizar el formato y la tipografía del texto a gusto, cambiando los márgenes, achicando o agrandando el texto, etc.

Ahora, como lectores, tenemos el poder de desafiar, si queremos, las decisiones editoriales de formateo, que a veces incomodan cuando aprietan mucho texto en pocas páginas para economizar la impresión.

Sergio Arroyo dijo...

Lo que dice el Anónimo es tan cierto que pareciera que lo dije yo. El uso del diccionario instantáneo es una herramienta magnífica sobre todo cuando se lee libros en idiomas que no lo acompañan a uno de nacimiento. Yo ahora leo más que nunca gracias a mi lector de ebooks. ;)

Mel Toledo dijo...

Hasta ahora no he leído un ebook y en buena medida se debe a lo extraño y ajeno que siempre me ha parecido su formato; sobran decir las razones pues han sido genialmente expuestas en el texto que compartes aquí Eduardo. Sin embargo, más allá de las causas obvias, de los apegos sentimentales, de las manías inevitables, como lo queramos llamar, bien valdría la pena experimentar con los ebooks (el comentario de Sergio Arroyo sobre la lectura en los autobuses me ha parecido desafiante, de lo útil que es, por ejemplo). Mi hijo de 13 años lee en papel y en Kindle. La buena noticia es que al menos lee; por ahí lo vi leyendo Nieve de Orham Pamuk en la versión digital, un texto que tuve en mis manos por unas horas y que me dejó con la ganas de leerlo por completo, creo que será una gran oportunidad. Saludos.

Eduardo Berti dijo...

Gracias por todos los comentarios. Creo que este tipo de conversación es sumamente valiosa porque, en el fondo, estamos compartiendo experiencias. Como dice Mel Toledo (y como ha confesado el propio Sergio Arroyo al decir que "era enemigo de los libros electrónicos hasta que los empecé a leer"), se trata no de prejuicios, sino de hacer la experiencia "sensorial" (cito al Gato) y reflexionar sobre ella. Y para esa reflexión es casi imposible, claro, no comparar con el otro modelo, el del libro de papel. Un saludo para todos.