28 febrero, 2013

El delicado arte de traducir



El Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, a través de su blog (ver aquí), está llevando a cabo una encuesta en torno a tres preguntas muy concretas: (1) ¿En qué se parecen la traducción y la escritura? ¿En qué se diferencian?, (2) ¿Debe notarse u ocultarse el hecho de que un texto sea traducción de un original? y (3) ¿Debe ser más visible el traductor que la traducción?

Ya han respondido a estas preguntas, hechas por Jorge Fondebrider, varias decenas de traductores de diversos países e idiomas, de Adan Kovacsics a Francisco Segovia, de Ilana Marx al gran Miguel Sáenz.

"Traducir es como escribir con lo más importante ya resuelto por otro. Ahí está la semejanza y la diferencia", dice Pablo Ingberg, para quien debe notarse que el texto es una traducción. "Si no, se borra una originalidad del original: la de que pertenece a otra lengua y otra cultura".

"Casi siempre la recomendación es ocultar el hecho de que un texto es una traducción", recuerda Sergio Waisman. "El problema es que si se oculta demasiado el hecho de que un texto es una traducción, se suele perder (o peor: borrar) lo que tiene de extranjero el original. La traducción tiene una meta casi imposible: funcionar bien en la lengua meta y recrear la diferencia que crea el texto en la lengua fuente".

"No estoy seguro de las razones por las que el traductor o la traductora querrían ser más “visibles” que la traducción, salvo que uno y otra fueran alguna especie egomaníacos", responde Richard Gwyn a la tercera pregunta.

"Las malas traducciones se notan demasiado. En ellas, la lengua de llegada se convierte en un obstáculo expresivo, en algo raro, forzado", piensa Juan Villoro. "El misterio es que en las mejores traducciones tienen un aura de lejanía, sugieren que las palabras tienen un origen remoto y sólo se producen en nuestra lengua por efecto de otra. El principal efecto de este trasvase es la sensación de que lo que leemos en la página sólo puede existir como solución a un enigma ajeno a ese idioma. En ese misterio se cifra la grandeza de la traducción".

"La traducción es una puerta abierta a que una lengua diga cosas que, por sí sola, quizá sería incapaz de decir", sostiene Mariana Dimópulos. "Y solo las puede decir en el espacio de la traducción, por la invitación que nos hace la otra lengua a pensar distinto el problema de la expresión y del lenguaje en relación con el mundo. Esto no quiere decir que debe ser literal o que debe ser burda, porque esto significa la mayoría de las veces que es simplemente una mala traducción. Pero creo que nunca habría que confundir "buena traducción" con "texto natural", "texto que corre", y todas las otras metáforas que en general se utilizan. Esta será a lo sumo una buena traducción para la gran industria editorial".