24 enero, 2013

Rockología


Hace muchísimo tiempo (allá por 1989) publiqué un libro llamado "Rockología", dedicado al así llamado "rock nacional": la música joven en la Argentina, que tan determinante fue como espacio de libertad y resistencia durante la horrenda dictadura militar de Videla y compañía.


El libro acaba de ser reeditado por Galerna (Buenos Aires) con el añadido de dos textos adicionales y con un prólogo especialmente escrito por Miguel Cantilo (un verdadero honor).

En este sitio (enlace) me entrevistan acerca del libro y digo, por ejemplo:

Una de las cosas en las que más se insiste en “Rockología” es con el gran cambio, con el gran salto de masividad que hubo tras la guerra de Malvinas. La guerra es un punto claro de inflexión. Pero, desde luego, la cosa no puede explicarse por una guerra. Ni, mucho menos, atribuirse a una guerra. El rock local estaba creciendo ya antes de Malvinas y la futura masividad estaba incubándose, pienso yo y no soy el único que opina esto. Hay que recordar, por ejemplo, que bandas como Serú Girán convocaban cada vez más público y que el concerto gratuito que dieron en la Rural, antes de Malvinas, desbordó todas las previsiones de los propios organizadores. Es riesgoso hacer ciencia ficción e imaginar “ucronías”, pero suelo pensar que el rock argentino hubiese conquistado la misma masividad (tal vez en forma más lenta, eso sí) de no haber existido la guerra de Malvinas en la que se prohibió de repente la música en inglés (la música del “enemigo”, sin importar si el cantante era pacifista, anarquista, opositor a Thatcher, antimonárquico, irlandés antibritánico o lo que fuera…) y, por lo tanto, para poner otra música, para llenar ese “bache”, hubo que echar mano a los mismos discos que estaban en la lista negra de los militares y a los mismos músicos argentinos que, hasta el día anterior, eran los “enemigos” internos. Luego vino la democracia y vino el definitivo profesionalismo del negocio del rock, que empezó a tener sus suplementos en los diarios, sus radios, sus jefes de prensa, sus sponsors, etc. Es un tema complejo… Yo le dedico todo un libro, imaginate, y sigue habiendo tela para cortar.

Por último, este es un fragmento de mi nueva introducción a la nueva edición: 

Los calendarios serán ilusiones, pero el tiempo no. El tiempo es veloz, como cantaba David Lebón, y ya han pasado más de veinte años de este libro. Como Daniel Melero, yo tampoco estoy de acuerdo con todo lo que se dice aquí, pero no necesito estarlo para reeditar Rockología y mucho menos he querido modificar lo que pensaba entonces porque ahí está la gracia –si es que la hay– : en que este documento de los ochenta también es, fatalmente, mi documento de los veinte. Y el de una generación… De aquel amor de pop y rock nada nos libra, pero algo queda. El rock, claro está, no ocupa más un lugar central en mi vida. ¿Tampoco ocupa ya un lugar tan central en los medios, en la industria cultural o en el imaginario de la juventud? ¿O es mi desapego el que me hace pensar esto? Ya vendrán nuevos y mejores rockólogos a dar estas y otras respuestas, a plantear estas y otras preguntas.