21 enero, 2013

Los países imaginados


Alberto Manguel, en su prólogo a El país imaginado, la novela de Eduardo Berti, recuerda una leyenda china en que una joven que vive en el pueblo con sus padres se enamora tan locamente de un viajero que, incapaz de saber si debe de seguirle o no, se desdobla en dos. Una de ellas continúa viviendo en el pueblo con los suyos, mientras la otra viaja por el mundo con su amante. Pasan los años y un buen día ésta siente tanta nostalgia de lo que dejó atrás que decide regresar a su pueblo. Y cuando lo hace, se encuentra con aquella de la que se separó al marcharse y vuelven a juntarse y a ser una sola mujer.

Esta fábula bien podría ser una metáfora de lo que nos pasa al vivir, ya que siempre somos dos, el que vive en el mundo real entregado a sus ocupaciones, y el que somos por las noches cuando los demás duermen. El que se queda en casa y el que no deja de buscar a esos hermanos y hermanas perdidas que viven en sus sueños.


Eduardo Berti habla en El país imaginado de todo esto. Su novela es en realidad un cuento de fantasmas, pues ese país imaginado al que se refiere su título no es otro que la muerte. Su protagonista es una joven que se enamora de otra muchacha con la que se encuentra en un parque, donde lleva a su pájaro para que aprenda a cantar. La novela habla del deslumbramiento del amor adolescente, pero es también un diálogo entre la muchacha y su abuela muerta. El mundo está mal hecho, le dice la protagonista a su abuela. Y ésta le contesta: El mundo no está terminado de hacerse, nunca lo hace. Nada es una sola cosa en esta delicada novela y así no tardaremos en descubrir que ese país imaginado en que las dos jóvenes se encuentran es a la vez el país de la muerte y el país del amor. Esa duplicidad es una característica de todos los países imaginados. Eduardo Berti habla en su libro de una provincia del sur de China donde existió una escritura que solo usaban las mujeres. La escritura de los hombres les estaba vedada y ellas inventaron una lengua suya y secreta, que se transmitía de madres a hijas, o entre las cuñadas, y de la que se servían para hablar de aquellas que eran a espaldas de sus maridos y padres. Esa lengua perdida es la lengua de la literatura, la lengua que utilizan esos otros que somos para hacerse escuchar.

Fragmento de "Los países imaginados", la columna de opinión que ha publicado ayer Gustavo Martín Garzo en "El País", de España.
El texto completo: http://elpais.com/elpais/2013/01/17/opinion/1358434521_745613.html