15 enero, 2013

La absurda monumentalidad


En ocasión de los cien años del hundimiento del Titanic, la editorial madrileña Gadir rescató en un único volumen (Titanic, con prólogo de Fernando Baeta) los dos textos que Joseph Conrad escribió en 1912 para la English Review y que más tarde integaron el libro Notes on Life and Letters (1921). Allí, el escritor arremete con furia contra lo que denomina "una perfecta muestra de la moderna confianza ciega en los materiales y artilugios".

 
El Titanic encarna para Conrad una absurda monumentalidad: un "Ritz de los mares", más que un buque, puesto a navegar "con una población elegida al azar, sin botes suficientes, sin marineros suficientes", pero -eso sí- "con un café parisino y cuatrocientos pobres diablos de camareros". El escritor plantea la "necesidad de que los barcos sean manejables" y no se asombra al saber que todos los pasajeros viajaron con una sensación de falsa seguridad: que la gente haya sido "reacia a subir a los botes" de salvamento demuestra, a los ojos de Conrad, "la fuerza de la mentira" que los empresarios y los medios periodísticos se encargaron de instalar. "Aquella gente parecía pensar que se tataba de algo opcional" subir a los botes, pese a que "la orden de abandonar el buque tuvo que ser una orden firme, que ha de obedecerse sin ser cuestionada".

Si en el primero de los textos Conrad reflexiona sobre el naufragio, el segundo texto ("Ciertos aspectos de la admirable investigación sobre la pérdida del Titanic") contiene algunas de sus opiniones y conclusiones más rotundas. Se indigna contra "los servidores del ridículo oráculo" que repiten, aun después de la tragedia, que "no es posible resistirse al progreso". Les responde: "El simple aumento de tamaño no es progreso". Ruega: "No vendan tantos pasajes". Clama: "Tiene que haber botes suficientes" porque "la gente, incluso de tercera clase (perdonen que hable tan claro), no es ganado". Se pregunta si realmente existía, previamente al Titanic, la demanda de un "hotel marítimo de lujo". Sospecha que "el público no es del todo culpable" y que si mañana se eliminasen esos "lujos banales", la gente seguiría viajando. Advierte: "No estoy atacando a los armadores", sino a "la insensata arrogancia", a los "aires de superioridad". Lo ocurrido es culpa, ante todo, de los "valiosos especialistas que construyen 'buques insumergibles'", concluye con sarcasmo.

"Todas las cosas tienen su razón. No se puede hacer un buque de 50.000 toneladas tan resistente como una lata de galletas", escribe Conrad. Las consecuencias de la "estúpida catástrofe" no pueden ser sino atroces. Hundirse encerrado bajo la cubierta es algo excesivo, dictamina. "No hay nada que se aproxime a ese horror, salvo ser quemado vivo en una cueva o dentro de una mina."