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Blog del escritor Eduardo BERTI

30 marzo, 2012

Los inventos de Pawlowski



El boomerang que no vuelve para impedir accidentes. El jabón lleno de clavos, como un erizo, para evitar que resbale. El automóvil cuyas luces delanteras proyectan una película en la ruta. El periódico de caucho que no se moja en la bañera y cuyas noticias son "desplegables". Los pendientes-despertador. Las estatuas intercambiables, con cabeza e inscripción móvil. El paraguas para cigarros y cigarrillos. El agujero fosforescente para que los borrachos emboquen la llave en la cerradura...

Gaston de Pawlowski (1874-1933), discípulo de Alphonse Allais, admirado por Raymond Queneau y por Marcel Duchamp, fue un ingenioso excéntrico que, a partir de 1903 y durante varios años, publicó en diversos periódicos y revistas francesas (Le Journal. L'Écho des Boulevards, L'Intransigeant, Le Volant) una columna consagrada a presentar y comentar inventos imaginarios, hasta que al fin reagrupó sus mejores invenciones en un libro que se editó en 1916: Inventions nouvelles et dernières inventions.

Una pequeña editorial de Burdeos (www.finitude.fr), cuyo catálogo es toda una delicia (desde el diario de H.D. Thoreau, que planean publicar completo a lo largo de una década, hasta unos cuentos infantiles de ee cummings) reeditó hace un par de años ese libro, poco menos que inhallable.

Pawlowski es conocido por su curiosa novela de ciencia ficción Voyage au pays de la quatrième dimension (Viaje al país de la cuarta dimensión) y por haber colaborado, hace casi un siglo, en los primeros tiempos de Le Canard Enchaîné .

La lógica de casi todos sus inventos es absurda y hace que, por remediar algún problema u ofrecer cierta ventaja, el objeto pierda su razón de ser. Es el caso del metro de bolsillo (que mide, claro está, tan solo diez centímetros) o de ciertos zapatos que vienen con un agujero en la suela para que el agua que se mete dentro de ellos cuando llueve pueda escurrirse con mayor facilidad...

Más de un crítico ha visto en Pawlowski un precursor de su compatriota Jacques Carelman, creador de "objetos imposibles" como las "zapatillas para hacer la limpieza", provistas de un cepillo y de una pala para barrer sin agacharse, o como los anteojos-reloj que indican la hora en sus cristales para que nadie nos detenga y nos pregunte "qué hora es".

Lo mismo que Carelman (aunque en un nivel literario, sin llegar a diseñar ni a construir los objetos), Pawloswki supo burlarse de la supuesta practicidad de los objetos cotidianos y lo hizo con un humor digno de los surrealistas.
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28 marzo, 2012

Los detalles y la historia


¿Conoces la historia de Grunbaum en que le pregunta a Klosterholm si es verdad lo que he oído de que Solomon hizo cuarenta mil dólares en San Luis con el comercio de ropa al por menor? Klosterholm responde que bueno, que la historia es verdadera, que son los detalles los que son erróneos. Que no fue en San Luis sino en Chicago, que no fue con el comercio al por menor, sino en la venta al por mayor, que no fueron cuarenta mil dólares, sino ciento cuarenta mil, que no era su dinero sino el mío,y que no lo ganó sino que más bien lo perdió.

Ford Madox Ford, "Joseph Conrad, un recuerdo personal" (Nortesur). Traducción y notas de Domingo Rodríguez.
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27 marzo, 2012

Mauricio Einhorn


Conocí a Mauricio Einhorn hace unos 25 años. Yo era muy joven y daba una mano en asuntos de prensa en las oficinas de Litto Nebbia (cantautor argentino, muy famoso en su país). Mauricio tenía entonces más de 50 años y ya era una leyenda de la música brasileña. Recuerdo las largas charlas que mantuvimos entonces, mientras paseábamos por Buenos Aires y él se deleitaba con las increíbles pizzas ítalo-argentinas.

Yo le preguntaba por Chico Buarque (la armónica de Mauricio es la que suena en esa inmortal canción llamada "Barbara") y él me hablaba de Carlos Gardel con devoción. Como armoniquista, estaba de acuerdo con eso de que "es un soplo la vida" y repetía la frase con lágrimas en los ojos.



Mauricio, por lo que sé, sigue viviendo en Río de Janeiro y está a punto de cumplir 80 años. Nunca volví a tener noticias de él (me refiero a lo personal), pero nunca dejé de seguir sus actividades.

En el sitio umquetenha.org (una biblia para todos los que amamos la MPB) pueden hallarse varios de sus trabajos, entre ellos aquel disco que grabó en Buenos Aires (link, acá), mientras hablábamos de Gardel y de grandes armoniquistas como o, incluso, del peculiar estilo de Stevie Wonder con ese instrumento.

PD: Wikipedia la consagra un largo artículo en portugués a Einhorn:
http://pt.wikipedia.org/wiki/Maur%C3%ADcio_Einhorn
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26 marzo, 2012

Sueño de Antonio Tabucchi, escritor italiano amante de Portugal


Antonio TABUCCHI a orillas del Sena, fotografiado por Daniel MORDZINSKI



Una noche de marzo de 2012, en un hospital de Lisboa, después de haber comido una comida sin gusto ni olor, como casi todas las comidas de los hospitales, Antonio Tabucchi, escritor italiano amante de Portugal, tuvo un sueño. Soñó que estaba en París, en una casa a pocos metros de un edificio que rezaba “Facultad de medicina”, y que su mujer, María José, lo esperaba en el restaurant Vagenande para tomar un café. En la casa sonaba la voz de Roberto Goyeneche, un cantor que a él le gustaba mucho. Miró el reloj y eran las cinco de la tarde, la hora en que habían quedado con María José, pero era incapaz de irse hasta que no terminara Goyeneche; siempre le pasaba lo mismo, por más prisa que tuviera no se atrevía a interrumpir una canción. Al fin bajó por la escalera, salió a la rue de l’Université, dobló en la rue de Saints-Pères, rumbo al boulevard Saint-Germain, pero antes de llegar allí se topó con una estudiante, una futura médica, que llevaba bajo el brazo un libro suyo, un libro llamado “Sueños de sueños”, claro que no en italiano, sino en la traducción francesa a cargo de su amigo y también escritor Bernard Comment.


Vaya, se dijo, es la primera vez que sueño que alguien lee mi libro sobre los sueños. Y entonces, como si fuera la cosa más natural del mundo, abordó a la joven y le contó que él era el autor del libro. La estudiante, descalza y con un barbijo verde agua que le cubría la boca, observó el libro como si acabara de aparecer en su mano, dijo que no había pasado aún de la página veinte y le contó que lo había comprado por consejo de un buen amigo. Era el primer libro de Antonio Tabucchi que ella leía, salvo que en la tapa figuraba otro nombre, el de cierto Pereira. Como la joven no comprendía lo que estaba sucediendo, Antonio Tabucchi le explicó: el tal Pereira sostenía que él era el verdadero autor no solamente de este libro, sino también de muchos otros como “Requiem” o “Nocturno hindú”. La joven, bastante hermosa, se puso a hacerle preguntas que se oían algo confusas, tal vez por culpa del barbijo. Preocupado porque se estaba haciendo cada vez tarde, Antonio Tabucchi miró su reloj. Eran las tres y media, apenas. Resopló con gran alivio: tenía todo el tiempo del mundo y podía encender un cigarro.


Era una magnífica jornada veraniega, soleada y aireada, y París resplandecía. De repente, sin embargo, se levantó un viento furioso desde el Sena. A la estudiante se le cayó el barbijo y Antonio Tabucchi vio que se parecía mucho a una enfermera del hospital de Lisboa, una que había nacido en las islas Azores, en Porto Pim. Con gesto tímido la joven volvió a acomodarse el barbijo, que se había vuelto amarillo –como si el viento lo hubiese desteñido– y que también parecía haberse agrandado porque le cubría media cara. Antonio Tabucchi volvió a mirar su reloj. Eran las seis menos cuarto, María José iba a preocuparse, pero entonces notó que no recordaba el camino al Vagenande. La estudiante suspiró, lo tomó de la mano y, siempre descalza, empezó a caminar en puntas de pie. Al llegar al boulevard, Antonio Tabucchi vio que el paisaje era idéntico al de su pueblo natal: Vecchiano. ¿El Vagenande queda en Vecchiano?, preguntó. Claro que no, dijo la joven sin soltarlo. Una multitud de payasos avanzaba en sentido contrario, algunos tenian la cara de Berlusconi, otros no tenían cara porque estaban decapitados. Tras los payasos venían muchos caballos, tantos que tardaron una hora en recorrer doscientos metros. Por fin llegaron y el reloj de Antonio Tabucchi marcaba las dos y media.


El restaurant Vagenande se parecía demasiado al café Á Brasileira, de Lisboa. La diferencia era que, en lugar de la estatua de Pessoa ocupando una mesa en la calle, algún bromista había puesto una estatua suya, de Antonio Tabucchi, cosa que a todos los transeúntes les parecía muy normal. El autor de la escultura había resuelto incluir cierto bigote fino que Antonio Tabucchi ya no usaba desde hacía años. Con el bigote yo tenía un aire a Pessoa, ¿no lo cree?, le comentó a la estudiante, cuyo barbijo ahora se había vuelto azul. De espaldas, en una mesa que no era la de siempre, María José leía un libro de García Lorca y comía una omelette a las finas hierbas. Ahora fue Antonio Tabucchi quien guió a la joven de la mano. María José, le dijo, mira: esta muchacha es igual a la enfermera de Porto Pim. La estudiante se quitó el barbijo, a pedido de los dos, y apareció el rostro elegante, aunque cansado, de Marcello Mastroianni. Antonio Tabucchi sonrió, pese a que le daba pena que la joven se hubiera desvanecido.


Por fin nos vemos las caras, ¿cómo es posible, Pereira, que usted sostenga que mis libros son suyos?


¿Por qué no? El poeta es un fingidor, respondió Mastroianni con tono burlón.


Antonio Tabucchi levantó los puños. Eso ya era demasiado.

Vamos, Antonio, no seas tonto, lo calmó María José, lo que Pereira está diciendo es que él es un heterónimo.

Como Ricardo Reis, como Alberto Caeiro, explicó Mastroianni y le acarició suavemente la mejilla.


No me haga reír, Pereria, respondió Antonio Tabucchi.


Mastroianni empezó a toser. Después de puso el barbijo y anunció que se retiraba.


No, Pereira, quédese, le pidió Antonio Tabucchi.


Lo siento, pero no puedo, dijo Mastroiann. El tiempo envejece de prisa, ¿sabe usted?


Me gusta mucho esa frase, exclamó Antonio Tabucchi, ¿puedo usarla en un libro mío?


Mastroianni asintió mientras se alejaba.


Antonio Tabucchi sacó el cuaderno Moleskine que siempre llevaba a cuestas, se sentó junto a María José, llamó al mozo, que se llamaba Tristano, le pidió un café y se puso a escribir. Estaba tan inspirado que, sin darse cuenta, se despertó. Era su última noche, pero él no lo sabía.



Antonio Tabucchi
ha muerto, a los 68 años de edad, en Lisboa. Este texto es mi homenaje a su obra entera y, en particular, a su libro "Sueños de sueños".


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25 marzo, 2012

El escritor que amaba la naturaleza

Por Eduardo Berti

Más conocida fuera de Francia que en su país natal, El hombre que plantaba árboles es una hermosa fábula que Jean Giono escribió a pedido de la revista Reader's Digest en 1953, a punto de cumplir 58 años de edad. Giono narra allí la vida de un solitario pastor que, tras perder a su único hijo y después a su mujer, considera que la región se está muriendo porque le faltan árboles y se dedica a plantar encinos, hayas y arces hasta lograr que todo cambie, "incluso el aire". La revista, que le había pedido a Giono un texto protagonizado por un personaje real, rechazó el cuento, porque dudaba de la existencia del pastor. El relato fue publicado finalmente por la revista Vogue y Giono, que al principio había negado la invención de este personaje, terminó admitiéndola. "Siento mucho decepcionarlo, pero Eleazar Bouffier es un personaje inventado", escribió en 1957, en una carta al director del Departamento de Aguas y Bosques de Digne-les-Bains. "El objetivo de esta historia es lograr que se ame a los árboles o, más precisamente, que se ame plantar árboles (lo que después de todo, es una de mis ideas más preciadas)."

En la última década, El hombre que plantaba... (suerte de manifiesto poético-ecologista) se ha convertido en un impensado best-seller. Si la consecuencia esperada por Giono era que la gente saliera a reforestar, el éxito de su fábula es relativo. Pero, en un nivel muy diferente, el libro de Eleazar Bouffier ha tenido otra consecuencia: la de volver merecidamente popular a su autor, aunque a un precio un poco alto: el árbol ha tapado el bosque (empleando una metáfora a medida) y el cuento, pese a su innegable encanto, eclipsó para muchos lectores no franceses el resto de una obra por momentos magistral y muy poco traducida al castellano, fuera de excepciones como la edición que Anagrama hizo de la novela El húsar en el tejado (1951) en el año 1995, mientras el director Jean-Paul Rappeneau estrenaba la versión cinematográfica, con Juliette Binoche y Olivier Martinez.

En estos últimos meses, dos nuevas traducciones de obras de Giono acaban de aparecer y en ellas los árboles cumplen un papel nada secundario. Se trata de dos libros muy distintos: mientras que Un rey sin diversión (Impedimenta, traducción de Isabel Núñez) es una novela madura, los cuatro pequeños cuentos de El hueso de albaricoque (Duomo Ediciones, traducción de Palmira Feixas) corresponden a la etapa de aprendizaje. En ellos se descubre al Giono amante de la tradición de Las mil y una noches, el Giono que alguna vez le dijo a André Gide que concebía la literatura como un narrador callejero obligado a hechizar a su audiencia, a lo que Gide habría repuesto: "Si hiciese eso, me moriría de hambre".

Un rey sin diversión (1946), una de las obras más celebradas de Giono, casi al nivel de El húsar en el tejado, fue escrita en menos de siete semanas -aunque parezca mentira-, sin un plan previo. La novela logra hechizar desde las primeras páginas con la descripción de un árbol que el narrador compara con Apolo ("No es posible encontrar en un haya, ni en ningún otro árbol, una piel tan lisa ni de color más bello, una anchura más exacta, proporciones más justas, ni más nobleza, gracia y juventud eternal"), con el siguiente arribo del invierno ("A las nubes de octubre, ya ennegrecidas, se sumaron las de noviembre aún más negras, y luego las de diciembre, por encima, muy negras y cargadas. Todo se condensaba sobre nosotros, sin moverse") y con la anhelada caída de la nieve, omnipresente en casi todas las páginas: "Una hora, dos horas, tres horas; la nieve sigue cayendo. Cuatro horas; es de noche; se encienden los hogares; nieva. Cinco horas. Seis, siete. Se encienden las lámparas; nieva. Fuera, ya no tierra ni cielo, ni pueblo, ni montaña; no hay más que los montones hundidos de esa densa polvareda helada de un mundo que ha debido de estallar".

Pocos autores del siglo XX rinden a lo largo de su obra un tributo tan vital a la naturaleza. Uno piensa en Willa Cather, especialmente en su novela Mi Ántonia (casualidad o no, un personaje muy menor de Un rey sin diversión se apellida Cather), porque, al igual que ella, Giono exalta la flora y fauna sin caer en paraísos pastorales y mientras boceta personajes humanos inolvidables, como el jefe de los gendarmes, Langlois, que posee un don de comprensión más allá de lo normal. Henry Miller, que lo admiraba, comparó a Giono con otro escritor estadounidense: William Faulkner. Es cierto que ambos crearon su "propio territorio" (un "sur imaginario", decía Giono) con esa suerte de mirada bíblica que también se detecta en el primer García Márquez; pero la prosa de Giono en sus novelas posteriores a 1940 es más contenida, sus frases son menos sinuosas y muestran incluso, en libros como Les grands chemins (1951), una parquedad digna de Hemingway.

Las dos grandes guerras del siglo XX fueron determinantes en la vida y obra de Giono. Tras combatir en la Primera, a la que le consagró Le grand troupeau (1931), abandonó el comunismo, se volcó al pacifismo y publicó alegatos antibélicos: No puedo olvidar o Refus d'Obéissance. "Nada nos consolará de aquella guerra -escribió-. Por eso yo me arrojé salvajemente al lado del árbol, de la nieve y de la bestia." Un profundo malentendido hizo que se lo acusase de colaboracionista durante la Segunda Guerra. Se lo excluyó del Comité Nacional de Escritores Franceses y no fue rehabilitado hasta 1950.

Tras la Segunda Guerra Mundial, Giono se lanzó a escribir dos ciclos novelísticos diferentes: el que inauguró El húsar. es de influencia stendhaliana, colmado de viajes y peripecias (no es azaroso que Giono tradujera al francés La expedición de Humphry Clinker, de Tobias Smollet, pieza clave de la picaresca inglesa) y tiene como protagonista a un piamontés llamado Angelo, inspirado en la figura del abuelo del escritor: un italiano que llegó a trabajar en una empresa que el padre de Émile Zola tenía en Aix-en-Provence. El segundo ciclo novelístico, el que se inaugura con Un rey sin diversión, lo concibió en principio como una suerte de ópera bufa para "hacer dramas con personajes cómicos". La intención original de Giono era que estas obras "alimentarias" fueran escritas al vuelo, con una narración más lineal y un estilo "más seco" (sin tantos excesos líricos), pero el segundo ciclo terminó siendo tanto o más relevante que el otro.

Suele resumirse que el así llamado "ciclo del húsar" (que completan Angelo, Le bonheur fou y Mort d'un personnage) pone más énfasis en el hombre, mientras que el ciclo de las crónicas (que incluye libros como Le Moulin de Pologne) pone más énfasis en la naturaleza. Más allá de las posibles diferencias, muchos puntos unen a El húsar... con Un rey..., tal vez porque este último fue escrito durante una pausa (un periodo de incertidumbre) en el extenso proceso de concepción del primero. Las dos novelas muestran cómo una pequeña ciudad de Provenza sufre un hecho singular (una epidemia en el primer caso, una ola de delitos misteriosos en el segundo) y recibe la llegada de un forastero (el italiano Angelo o el misterioso Langlois) que, típico héroe de Giono, parece en fuga o en busca de algo. Las dos novelas están pobladas de seres solitarios que hablan a regañadientes, para "sentir la presencia del otro" y que surgen como "manchas", como cosas poco menos que excepcionales, en medio de un vasto paisaje de cuestas, valles y bosques en el que debe hacerse un esfuerzo colosal para que los ojos se adapten al pasar de una zona de luz a otra de sombra.

Griegos y latinos en Manosque

El centro del universo ficcional de Giono es su ciudad natal, Manosque (a unos setenta kilómetros de Marsella), y los pueblos aledaños: Banon, Peyruis, Carpentras, Vachères, Sisteron. Una zona donde, escribió, "colina tras colina, se asciende por una ladera, se desciende por otra, pero cada vez se baja menos de lo que se ha subido". Un viejo documental en blanco y negro muestra a un Giono corpulento, severo pero bonachón, en su querido Manosque. Juega con una pipa entre los dedos gruesos; va a la imprenta de su pueblo y lo reciben con palmadas en la espalda; más tarde, con una delicadeza propia de los hombres fuertes, se sienta a escribir en su casa con una pluma. Teje una hilera de letras diminutas en un bloc de hojas sueltas. A sus espaldas se aprecia la biblioteca donde -cuentan- predominaban los antiguos griegos y latinos (en especial los bucólicos: Teócrito, Hesíodo, Virgilio), comprados en ediciones baratas gracias a su sueldo de empleado bancario.

Estas lecturas fueron decisivas para que Giono, "autodidacta y sin contacto alguno con el mundo intelectual" -como lo retrata Mireille Sacotte en el prefacio a El hueso de albaricoque-, forjase en los años 30 una trilogía (Colline, Regain y Un de Baumugnes) inspirada en Pan, el semidiós de los pastores de Arcadia, y especialmente en la idea panteísta de que todo es Dios o, en otras palabras, que el universo, la naturaleza y Dios son lo mismo. Desde estas primeras obras, Giono expresó la presencia de lo sagrado, de las fuerzas oscuras e incontrolables que sobrepasan al hombre y que suscitan, incluso, su pánico: cataclismos y desastres naturales, aparte del salvajismo humano. "Místico materialista", como lo define Chonez, Giono rechaza la noción del "buen salvaje" y se siente más sensible al "misterio del universo" que a la idea de Dios.

Se ha dicho que Giono viajaba por medio de su biblioteca, de su mitología personal y de su imaginación, ya que, por lo demás, prefería quedarse en su región natal, de modo que su Viaje por Italia, de 1951, fue algo más bien excepcional. Como su autor, las metáforas e imágenes viajan poco en Un rey sin diversión y las comparaciones encuentran sus símiles en el mundo circundante: una cabeza es "redonda como una calabaza", el cielo es "azul como una carreta nueva", ciertas alfombras son densas como el heno cortado.

El habla y el ingenio popular están presentes por doquier; la oralidad llega a extremos fascinantes en Les grands chemins, pieza fundamental de las crónicas, y descuella en Un rey sin diversión. Aun cuando emplea un narrador que no es un personaje, Giono elude la intermediación convencional y pinta ese mundo tal como lo expresarían sus habitantes. Todo esto lo acerca por momentos y no sin cierto peligro al lugar común ("brillaba como chorros de oro", "parecía recién salido de un huevo"), pero en torno a estas expresiones cotidianas la escritura del mejor Giono es sublime. Podría afirmarse incluso que, a mayor escala, sus novelas hacen lo mismo: lo que en la pluma de otro autor depararía un realismo más o menos convencional, una simple serie de novelas campesinas o regionales, acaba arrojando una obra claramente singular, que no les teme a las tramas abiertas ni a la mezcla de géneros y registros. Giono, que en su diario se alienta a "inventar y construir siempre con originalidad", decía que el mero costumbrismo lo aburría y que buscaba (y encontraba) libertad en la desmesura.

Tras la temprana lectura de los griegos (y tras El libro de la selva, de Kipling), Giono adoptó a Melville como uno de sus grandes modelos literarios. Tradujo Moby Dick por primera vez al francés, en colaboración con su gran amigo Lucien Jacques, y publicó casi enseguida, en 1941, el libro Homenaje a Melville, donde, como les ha sucedido a muchos escritores, hablando de cierta obra ajena tejió su propia teoría estética. Persuadido de que una de las funciones del novelista es -como quería Joseph Conrad- hacer ver, Giono narra allí un viaje en coche en el que Melville se enamora de una joven inglesa y, decidido a impactarla, le describe la poesía del mundo. "¿Había visto ella alguna vez un bosque semejante al que él le hacía ver? No", sostiene Giono. Lo mismo podría decirse del narrador que se pasea junto con Eleazar Bouffier, el hombre que plantaba árboles; lo mismo podría decirse del lector de Un rey sin diversión, que se topa, maravillado, con árboles que "hacen crujir incansablemente en la sombra pequeñas matracas de madera seca" o con un montículo "sobre el cual, por las grietas entre las casas derrumbadas, veíamos erguirse las ruinas de algo que debía de haber sido importante en su momento". Esos momentos tan concretos y sensuales, nada raros en sus novelas, permiten entender por qué Henry Miller llegó a afirmar: "Si tuviera que elegir entre Francia y Giono, me quedaría con Giono"


Versión resumida del texto publicado originalmente en ADN/Nación, el pasado viernes. Enlace original:

http://www.lanacion.com.ar/1458216-el-escritor-que-amaba-la-naturaleza
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23 marzo, 2012

Cinco libros: Ricardo Sumalavia


Estoy pidiéndole a diversos escritores y artistas que recomienden cinco libros de ficción a los lectores de este blog y por qué no, de paso, al autor del mismo. No se trata, para nada, de un ránking ni mucho menos de una lista canónica. Se trata, más bien, de cinco libros que repentinamente ellos quieran proponer y compartir con los demás.

El voto de Ricardo Sumalavia:



Veamos. Apelo a la memoria inmediata, que a veces lanza buenas cosas. Los nombres que aparecen son los siguientes:

1. 9 cuentos, de J.D.Salinger. Recuerdo todos estos cuentos con placer y sordidez.

2. La poesía completa de Martín Adán; porque me acompaña siempre y es un carburante para los periodos de cierta sequía literaria.

3. La poesía de T.S.Eliot, por las mismas razones que en el punto 2.

4.
Rue des boutiques obscures, de Patrick Modiano; porque más que un libro, lo considero un hermano mayor.

5.
La voz a ti debida, de Pedro Salinas. Porque me obligaron a leerla creyendo que me estaban castigando. Qué equivocados estaban y cuándo tendría yo que agradecer.

Ricardo Sumalavia (Lima, 1968) ofrece talleres de narrativa desde 1990. Actualmente reside en Burdeos, ciudad en la que creó El Taller Virtual La Cueva hace cuatro años. Ha publicado lo libros de cuentos Habitaciones (1993), Retratos familiares(2001) y Enciclopedia mínima (2004), algunas de cuyas piezas han sido recogidas en diversas antologías. Su primera novela, Que la tierra te sea leve, apareció en Bruguera.


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Etiquetas: Cinco libros

21 marzo, 2012

La familia del aire



Hace ya tiempo que sigo con sumo interés el blog de Miguel Ángel Muñoz, “El síndrome Chejov” (ver aquí), dedicado principalmente al cuento. Me apené en su momento, cuando Muñoz insinuó que iba a cerrarlo (por suerte no lo hizo), y siempre me interesaron, sobre todo, sus extensas entrevistas con cuentistas españoles, desde los más conocidos a los más jóvenes o ignotos.

Muñoz acaba de editar ahora La familia del aire
, donde reúne en forma de libro todas estas entrevistas, algo que muchos ya le habíamos sugerido (o casi reclamado), dada la calidad de las charlas.

El libro viene a ratificar dos cosas. En primer lugar, que el cuento atraviesa en España un momento de ebullición, luego de años (décadas) en que era considerado una especie de ciudadano de tercera categoría (o, en todo caso, una obligada o penosa etapa de aprendizaje previa a escribir novelas o libros “en serio”). En segundo lugar, que los blogs pueden ser espacios de reflexión profunda e, incluso, la cantera o el laboratorio donde forjar muy buenos libros.


Muñoz entrevista a unos 35 cuentistas. Hay cuatro decanos (José María Merino, Cristina Fernández Cubas, Soledad Puértolas, Enrique Vila-Matas), están luego los hermanos mayores (Carlos Castán, Eloy Tizón, Juan Bonilla), la así llamada “quinta del 61” (Hipólito G. Navarro., Gonzalo Calcedo, Ángel Zapata, Fernando Iwasaki, Mercedes Abad, Guillermo Busutil, Javier Sáez de Ibarra), los que se han volcado mayormente al género fantástico (Ángel Olgoso, Manuel Moyano, Juan Jacinto Muñoz Rengel) y muchos más: Antonio Orejudo, Ricardo Menéndez Salmón, Cristina Grande, Pilar Adón, Mercedes Cebrián, Jon Bilbao, Patricia Esteban Erlés, Sara Mesa, Andrés Neuman, etc.


El libro finaliza con una pieza de antología. Una entrevista muda a Juan Eduardo Zúñiga. Mejor dicho: todas las cuidadosas y trabajadas preguntas que en su momento Muñoz le envió a Zúñiga y que éste no quiso responder porque “soy poco amigo de las entrevistas” y “cada día me cuesta mayor esfuerzo referirme a mí mismo”, según reza una breve nota de disculpa que Muñoz reproduce. Leyendo la entrevista uno se empapa de tal modo en la obra de Zúñiga que dan ganas de escribir un libro entero de entrevistas mudas a escritores que no nos responderán nunca, por el motivo que sea.


Las entrevistas tienen la virtud de no ser solamente generales. Se habla del cuento en general, desde luego, pero ante todo se habla de la obra de cada escritor, que Muñoz ha evidentemente leído y analizado a fondo (algo que, en más de un caso, el entrevistado agradece en forma explícita).


No faltará quien diga que falta tal o cual nombre (Medardo Fraile y Luis Mateo Díez son dos autores que podrían haberse añadido a la lista, supongo), pero el libro tiene la honestidad de no presentarse en ningún momento como un compendio “total” o definitivo, y es muy probable –y deseable– que Muñoz prosiga con las entrevistas para que su familia se siga ampliando.


Podrían citarse muchos fragmentos de este libro que realmente vale la pena, tanto para quienes estaban ya familizarizados con el trabajo de estos autores, como para quienes – es mi caso– vamos descubriendo de a poco la producción y la variedad de los cuentistas españoles de las últimas décadas.


Cito algunos conceptos que fui subrayando mientras leía el libro:


El relato, por su dimensión, se adapta muy bien a los matices, a mostrar esas grietas mínimas que mencionas. Hay algo esencialmente modesto en el cuento: no quiere quitar mucho tiempo al lector. Lo cierto es que detrás de esa modestia se esconde una gran ambición: aspira a dejar huella, a una clase de conmoción. Tras la lectura de un cuento, nos sentimos empujados a meditar, a recrear. Un buen cuento se nos queda dentro, nos va calando.

(Soledad Puértolas)


Para mí no existe una barrera infranqueable entre la teoría y la práctica, entre crear mediante conceptos o crear sirviéndome de imágenes. También por eso, yo ni siquiera diría que el conocimiento formal y el trabajo práctico sean cosas diferentes. Nos hemos tragado sin masticar muchas de estas categorías de la cultura burguesa, porque es mucho lo que está en juego —para las clases dominantes— en que el orden de la producción y el orden del saber se mantengan separados, y sean percibidos —constantemente y en todas las áreas de lo social— como realidades distintas. La Institución literaria, de hecho, avala esta distinción entre el artista —que al parecer trabaja “a ciegas”— y el crítico —que extrae de este mismo trabajo una plusvalía de saber—, sospecho que no sólo para que los críticos no sean artistas, sino también —y sobre todo— para que los artistas no sean críticos. Personalmente, entiendo el arte como una apertura, un compromiso y un modo de experiencia que debe atravesar la vida de quien se entrega a él; y no, desde luego, como una actividad obediente a la lógica de la especialización, y a la división del trabajo que impone esta sociedad.

(Ángel Zapata)

Forzar una situación o un final inverosímil con la única intención de asombrar o aleccionar al lector me parece aburrido, pretencioso y poco práctico. Concibo el relato como un segmento trazado en la larga línea de la vida de un personaje: la línea precede al segmento, y seguirá, seguramente, a partir de él. En el ínterin se ha producido una situación especial, un acontecimiento que se narra en el relato, pero luego todo continúa. En mis relatos se suceden esos descubrimientos; hay cambios sutiles pero significativos, que para los personajes pueden ser capitales. Pero no creo que deban venir acompañados de un redoble de tambores ni de una traca final. Creo en lo sutil, más que en lo efectista. Hay una canción de Radiohead en la que se dice “no alarms and no surprises, please”. Me encanta esa frase. La aplicaría a todo.

(Pilar Adón)

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19 marzo, 2012

La muerte vencida



No hay nada que a la vez afecte a un hombre tanto y tan poco como su propia muerte. Es uno de estos casos en los cuales el hecho de que una cosa sucederá tiene más importancia que la cosa en sí misma, que no puede tener importancia para el que muere; pues se corta la garganta a si misma, queriéndola cortar a los demás. Como la abeja quc no puede picar mas de una vez y muere tan pronto como ha hincado el aguijón, de igual modo la Muerte es muerta por el que acaba de morir. Mientras ella esté agitando sus alas, hay brutum fulmen, pero el hombre continua viviendo, un poco aterrorizado tal vez, pero sano y salvo. El dolor y la enfermedad pueden alcanzarle, pero en el momento en que la Muerte le propina el golpe, la Muerte y él están más allá de toda sensación. Es como si la Muerte renaciera con cada hombre: se protegen mutuamente mientras se mantienen a distancia uno del otro, pero desde el momento en quc se reúnen, todo acabó para los dos.

Los cuadernos de Samuel Butler, traducidos por Cristóbal Serra (Ediciones Cort, 2008)
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16 marzo, 2012

Arena y espuma


El olvido es una forma de libertad.

Solamente los mudos envidian al parlanchín.

El mayor poeta es el que canta nuestros silencios.

Si no fuera por los huéspedes, todas las casas serían tumbas.


Khalil Gibran: aforismos y reflexiones de su libro "Arena y espuma"
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15 marzo, 2012

Otro modelo para armar



http://www.e-critures.org/conte/

Una hermosa versión online del "Conte à votre façon", de Raymond Queneau. Hágalo usted mismo.
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12 marzo, 2012

En breve...

Editorial Impedimenta anuncia la muy próxima publicación de "Gabrielle de Bergerac", novela corta de Henry James, con traducción y posfacio de Eduardo Berti.


Dice el sitio de la editorial:
Considerada la novela más romántica de James, con influencias tanto de Jane Austen como del propio Molière, Gabrielle de Bergerac es un auténtico prodigio de elegancia formal y encanto, con uno de los personajes femeninos más carismáticos, íntegros y exquisitos de la narrativa jamesiana.

La joven Gabrielle de Bergerac ha tenido la fortuna de nacer en una familia ilustre de la nobleza rural francesa previa a la Revolución. Pero también la desgracia de no contar con bienes propios, circunstancia que hará que cualquier indicio de curiosidad vital, de inquietud intelectual, quede ahogado ante la perspectiva de elegir entre dos opciones igualmente sombrías: o un matrimonio favorable o el claustro. Su carácter noble y su naturaleza indagadora quedarán al descubierto cuando en su cerrado círculo social aparece Coquelin, el preceptor de su sobrino, un hombre pobre pero capaz de demostrar que la audacia, el saber y la belleza son valores que nada tienen que ver con la clase social.


"Las novelas de James son novelas puras, llenas de dramatismo y a la vez cargadas de una conmovedora sutileza."

Colm Tóibín, The New York Times Book Review

Enlace original: http://impedimenta.es/libros.php/grabielle-de-bergerac
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10 marzo, 2012

Dar un hueso


En realidad, ¿quién no ha tenido la horrible experiencia de estar sentado delante de una hoja en blanco que le sonríe a uno con su boca desdentada: «Adelante, vamos a ver si me pones la
mano encima»?

Una página en blanco es en realidad una pared encalada sin ninguna puerta ni ventana. Empezar a contar una historia es como tontear con una persona totalmente desconocida en un restaurante. ¿Recuerdan al Gurov de Chéjov en "La dama del perrito"? Gurov hace al perrito un gesto admonitorio con el dedo, una y otra vez, hasta que la dama le dice, ruborizándose: «No muerde», y entonces Gurov le pide permiso para dar un hueso al can. Tanto a Gurov como a Chéjov se les ha dado así un hilo que seguir; empieza el coqueteo y el relato despega.

El comienzo de casi todos los relatos es realmente un hueso, algo con lo que cortejar al perrito, que puede acercarlo a uno a la dama.

Amos Oz, "La historia comienza (ensayos sobre literatura)"
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09 marzo, 2012

Sarmiento himno de



Cantábamos en la escuela el "Himno a Sarmiento" con un fervor indebido, con el fervor de la risa, no del grave patriotismo que esperaban de nosotros. Muchos decían "gloria y olor" en lugar de "gloria y loor" y otros –o, más bien, los mismos– cantaban "olor y grasitud" en vez de "honor y gratitud". En el conjunto de voces, el cambio no se advertía. Supongo yo.

Lo peor de todo, lo que costaba cantar, era la parte del hipérbaton: "En su pecho, la niñez de amor un templo te ha levantado y en él sigues viviendo".

Tras un importante esfuerzo, poniendo cada palabra en un sitio algo más sensato, como si un viento hubiera desacomodado aquella frase, uno llegaba a deducir: "La niñez te ha levantado un templo de amor en su pecho y en él sigues viviendo".

Pero, pensándolo ahora, podría haber sido peor:

En su pecho un templo te ha levantado de amor la niñez y en él viviendo sigues.

O por qué no:

En su templo de amor la niñez te ha levantado un pecho y en él sigues viviendo.

O ya que estamos:

Sigues viviendo en el amor y la niñez de su templo te ha levantado en un pecho.

Su templo te ha levantado y sigues en él, viviendo la niñez en un pecho de amor.

Él te ha levantado de amor en un templo y sigues viviendo en su pecho la niñez .
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08 marzo, 2012

Cabelleras


Una muchacha sintió la necesidad de arreglar su cabello.

Es algo que sucedió en una pequeña aldea en lo profundo de la montaña. Cuando llegó a la casa de la peluquera, se sorprendió. Todas las muchachas de la aldea estaban agolpadas allí.

Esa noche, cuando las antes descuidadas cabelleras de las jóvenes lucían impecables con sus peinados con forma de durazno hendido, una compañía de soldados llegó a la aldea. Fueron distribuidos en las casas por el oficial de la aldea. En cada casa hubo un huésped. Tener huéspedes era algo tan raro, que tal vez por eso todas las muchachas habían decidido arreglar sus cabelleras.

Por supuesto, no sucedió nada entre las jóvenes y los soldados. A la mañana siguiente, la compañia dejó Ia aldea y cruzó la montaña. Y la agotada peluquera decidió tomarse cuatro dias de descanso. Con la placentera sensación que produce haber trabajado duro, la misma mañana que los soldados partieron, y cruzando la misma montaña, ella viajó sacudida en un carromato tirado por caballos para ir a ver a su hombre.

Cuando llegó a esa aldea ligeramente más grande al otro lado de la montaña, la peluquera del lugar le dijo:

-Qué bueno. has llegado en el momento exacto. Por favor. ayúdame un poco.

También allí las muchachas se habían congregado para componer sus cabelleras.

AI final de otro día de trabajar en peinados con forma de duraznos hendidos. ella se dirigió a la mina de plata donde trabajaba su hombre. Apenas lo vio, le dijo:

—Si fuera tras los soldados. me haría rica.

—¿Pisarles los talones a los soldados? No hagas bromas de mal gusto. Esos mequetrefes con sus uniformes de marrón amarillento. ¿Estás loca?

Y el hombre le dio una cachetada.

Con un dulce sentimiento. como si su exhausto cuerpo hubiera estado entumecido. la mujer le lanzó una mirada salvaje y penetrante a su hombre. El nítido y potente toque de clarín de la compañía, que había cruzado la montaña y ahora bajaba en dirección a ellos, hizo eco en medio del crepúsculo que iba envolviendo la aldea.

"Cabelleras", incluido en Cuentos en la palma de la mano (Tanagokoro no shosetsu), de Yasunari Kawabata, traducción de Amalia Sato. Emecé, 2005.
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07 marzo, 2012

El principito maquiavélico



Recomiendo el sitio Cinismo Ilustrado, de Eduardo Salles (también conocido como Sallesino).
Esta ilustración fue publicada también el número de febrero de 2012 de la revista "Letras Libres".

www.cinismoilustrado.com
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06 marzo, 2012

Lo normal


Porque lo normal es perder un guante, fue encontrar tres en mi bolso y volvérseme el mundo una incógnita, un planeta sin leyes, un abismo sin baranda hasta que hallé a la mujer de tres manos y se los regalé.

Microcuento incluido en "Casi tan salvaje", primer libro de Isabel González.
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04 marzo, 2012

Más trabajos forzados


Por Eduardo Berti

"La leche cuajada limpia el organismo del hombre; dentro de él, ensancha su vida." Un trabajo alimenticio en más de un sentido ("La leche cuajada La Martona-Estudio dietético sobre las leches ácidas") fue quizás imprescindible para sellar la amistad entre Borges y Bioy Casares y, más aún, para el alumbramiento de ese curioso álter ego llamado Bustos Domecq. "Mis tíos, los Casares, me encargaron, un poco como para estimularme en la literatura -aunque parezca un tanto absurdo-, un folleto sobre las virtudes de la leche cuajada y el yogur. Pagaban 16 pesos la página, que era bastante dinero. Yo sabía que Borges estaba pasando momentos de estrechez económica y le propuse que hiciéramos eso juntos", recordó Bioy en una entrevista que le hizo Tomás Barna, en 1997.

El talento de Horacio Quiroga como fotógrafo hizo posible que acompañara a Leopoldo Lugones en una expedición a Misiones, financiada por el Ministerio de Educación. El viaje fue determinante en la vida de Quiroga, quien hasta entonces había trabajado en un taller de reparación de maquinarias y herramientas o como maestro de castellano en el Colegio Británico de Buenos Aires.

Aparte de las "medias con punteras y talón reforzado con caucho o derivados" que patentó en 1934 (y que no lo volvieron rico ni se comercializaron, pero que depararon décadas después uno de los mejores cuentos de Ricardo Piglia), aparte de ése y otros intentos de inventos, Roberto Arlt tuvo mil y un oficios. "Dependiente de librería, aprendiz de hojalatero y de pintor, mecánico y vulcanizador, electricista en un taller de compostura de fonógrafos, director de una fábrica de ladrillos, trabajador en el puerto, corredor de papeles", enumera Pablo Montanaro en Roberto Arlt, el arte de inventar . "Todo está en El juguete rabioso ", resume su hija, Mirta Arlt. En efecto, allí aparece Silvio Astier con inventos como el "señalador automático de estrellas fugaces" y la "máquina de escribir con caracteres de imprenta lo que se le dicta".

Al mismo tiempo (o casi) que Julio Cortázar enseñaba en una escuela en Mendoza, J. R. Wilcock -ingeniero civil- se instaló en la misma ciudad y trabajó en la reconstrucción del ferrocarril trasandino. Esa etapa está reflejada, en clave grotesca, en el cuento "Los donguis" y, más que nada, en El ingeniero , novela epistolar cuyo texto se basa en las cartas que el joven Wilcock enviaba desde Mendoza a su abuela en Buenos Aires. Ernesto Montequin, conocedor de su vida y su obra (actualmente prepara una compilación de sus textos inéditos y dispersos en español), recuerda que "Wilcock tuvo varios trabajos extraliterarios, sobre todo en su etapa argentina; por ejemplo, cuando ganó el premio Martín Fierro por Libro de poemas y canciones , en 1940, trabajaba como operario en la compañía de teléfonos. De hecho, muchos años después, en Italia, escribió un poema muy lindo e irónico sobre eso".

Tras su accidentado desembarco en la Argentina, en 1939, Witold Gombrowicz (que había estudiado Derecho en Polonia) sobrevivió al principio como pudo. Escribió en revistas como El Hogar o Aquí está , y en La Nacion, gracias a Arturo Capdevila y Eduardo Mallea. Hasta llegó a colaborar, bajo el seudónimo de Mariano Lenogiry, en la revista católica Criterio . Los años que pasó como empleado del Banco Polaco de Buenos Aires (desde fines de los años cuarenta hasta inicios de la década de 1950) fueron acaso los más prolíficos de su exilio. Una ex compañera admitió que "nadie en el Banco creía en él ni leía los libros".

Traduciendo guiones de cine, dando clases de español y mucho más, Manuel Puig financió sus primeros años en Europa, entre finales de los años cincuenta e inicios de los sesenta, cuando aún soñaba con el cine y no había empezado a escribir literatura. "Trotamundos argentino paradigmático, aceptaba cualquier tipo de trabajo", escribe Suzanne Jill Levine en su biografía Manuel Puig y la mujer araña . Allí cuenta que fue lavaplatos en restaurantes, recepcionista en una editorial pequeña de París que publicaba la revista oficial de la Comédie Française u operador telefónico de un hotel. "Incluso limpió ventanas en edificios horizontales cuando vivió en Londres."

Años antes de instalarse en París, en 1968, Juan José Saer trabajaba en Santa Fe como vendedor de enciclopedias y clásicos encuadernados, a domicilio y a plazos. "Vendía libros por metros", solía bromear. La experiencia reaparece en su novela Lo imborrable : el que vende allí libros a domicilio es Tomatis.

En 1971, Alberto Manguel pasó un tiempo en Londres. "Alquilé una pieza por nada, cinco libras por semana. Y para ganarme la vida, hice pintura sobre cuero. Era la época de la moda hippie y tuve la idea, no sé cómo, de hacer brazaletes de cuero sobre los que pintaba reproducciones de cuadros. Había encontrado pinturas para cuero que podían usarse como pinturas clásicas, con pinceles. Y funcionó muy bien. Proveía a boutiques de Carnaby Street. Tuve mi hora de gloria cuando Mick Jagger compró uno de mis cinturones?", evoca en sus Conversaciones con un amigo .

"Antes de ser escritor, Andrés Rivera fue obrero textil durante muchos años -cuenta el editor Alberto Díaz-. Llegó a ser obrero calificado en la técnica del tratado de la seda, o algo parecido. Lo cuenta en uno de sus últimos escritos. Su álter ego literario, Arturo Redson, dirigente sindical comunista y personaje de muchas de sus novelas, surge de su experiencia obrera y su activismo sindical."

Héctor Bianciotti y Ernesto Schoo frecuentaron el mundo del teatro antes de consagrarse más plenamente a la escritura. Recuerda Schoo: "A comienzos de los años 50 hubo en Buenos Aires (tal vez en la Argentina toda) una conmoción teatral, provocada por la primera visita de la compañía Madeleine Renaud-Jean-Louis Barrault. Fue el redescubrimiento de la expresión corporal, por entonces relegada al ?buen decir' heredado de las escuelas española, italiana y, naturalmente, francesa. Por entonces conocí a Héctor Bianciotti, quien hacía sus pininos de poeta y ya publicaba en el suplemento de La Nacion. Héctor propuso formar un grupo de teatro leído, en homenaje al autor por quien él sentía devoción en ese momento, el italiano Ugo Betti (hoy, lamentablemente casi ignorado). No sé cómo, consiguió una salita, la de la Asociación Cristiana de Mujeres, y allí estrenamos Lucha hasta el alba , en traducción de Héctor y Alma Bressan, dirigidos por Bianciotti, quien era protagonista junto con Santangelo y una actriz llamada Hebe d'Amore. Yo hacía de un viejo notario, caracterizado tal cual soy en la actualidad, con barba blanca (entonces, postiza). No nos iba mal. Recuerdo también que Bianciotti estuvo a punto de estrenar aquí Esperando a Godot ".

Nacido en Italia, emigrado a los 12 años a la Argentina, Antonio Dal Masetto aprendió castellano leyendo libros que elegía al azar en la biblioteca de la ciudad de Salto, "A los 18 años, se instaló en Buenos Aires", cuenta Natu Poblet, gran admiradora de su obra. "Fue albañil, pintor, heladero, vendedor ambulante de artículos para el hogar, empleado público y lo que fuera necesario para sobrevivir."

Sociólogo de profesión, Enrique Fogwill vivió muchos años de su trabajo en agencias de publicidad donde acuñó eslóganes hoy famosos como "la pura verdad" o "el sabor del encuentro". También trabajó largo rato para Stani, que producía los chicles globos Bazooka, que traían una minihistorieta del personaje Joe Bazooka y unos horóscopos que escribía Fogwill. "Fueron los primeros años de los 90 y fueron los mejores. Tengo la plancha con todos ellos y podría documentarlo", llegó a decirle al periodista Alejandro Cavalli.

Leopoldo Marcechal fue bibliotecario y maestro. Ernesto Sabato era doctor en Física y logró una beca para investigar las radiaciones atómicas en el Laboratorio Curie, de París, gracias al Premio Nobel argentino Bernando Houssay. Librero de barrio, Isidoro Blaisten fue asimismo publicista y fotógrafo de niños. Héctor Tizón fue, hasta hace poco, juez del Superior Tribunal de Justicia de la provincia de Jujuy. Martha Lynch fue secretaria en los años sesenta de Arturo Frondizi, con quien se la vinculó sentimentalmente y al que retrata en La alfombra roja . Osvaldo Soriano llegó a ser futbolista en Cipolletti y cierta vez le contó a Cristina Mucci que "estaba bastante contento de serlo". Marco Denevi estudió Derecho, pasó por el periodismo y acabó asegurando: "Vivo de todo lo que escribo, pero no todo lo que escribo es literatura".

Este texto es un recuadro o complemento a mi artículo publicado el viernes pasado en ADN Cultura (La Nación, Argentina) en torno al libro Trabajos forzados (Impedimenta), de Daria Galateria.
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03 marzo, 2012

Trabajos forzados


Audaces como Jack London o Máximo Gorki, buscavidas como George Orwell o Bukowski, burócratas más o menos atormentados como Franz Kafka o Carlo Gadda, fugitivos como Lawrence de Arabia o Céline, animales políticos como André Malraux o Paul Claudel. Especie de guía de supervivencia, Trabajos forzados (Impedimenta) muestra y analiza los diferentes oficios que debieron o quisieron ejercer los escritores en simultáneo con sus tareas literarias. La autora del libro es la italiana Daria Galateria, colaboradora habitual de los principales medios periodísticos de su país (desde Il Manifesto hasta La Reppublica), académica especialista en literatura francesa, traductora de autores como Anatole France y Paul Morand.

(...)

En el prólogo a su libro, Galateria dice que muchos escritores, para mantenerse, han tenido que trabajar e indica que a comienzos del siglo XX estos trabajos "llegaron a ser extravagantes y, a veces, rozaban lo extremo". Fue el caso de Jack London, quien desembarcó en Klondike a finales de 1897, durante la primera fiebre del oro. "Aquel invierno vivió en una cabaña abandonada, rodeado de lobos. Transportaba maletas por la nieve y cuesta arriba: millas y millas cargando con ciento cincuenta libras de peso. Se sentía más fuerte que los indios y lleno de salud", relata Galateria. Pero, paradójicamente, cuando London escribía, sentía dolores de espalda. La columna vertebral, que había respondido "lealmente" en los momentos más duros, lo obligaba ahora a doblarse en dos, como si tuviera reumatismo.

Todavía más fabulosa fue la existencia de Blaise Cendrars. Vendedor de joyas en Rusia, fogonero en Pekín, apicultor en Francia, cazador de ballenas en Noruega, pianista de cine (como Felisberto Hernández) y cargador en un matadero de Nueva York, en los años 20 -tras su accidentada participación en la guerra-, fue invitado a Brasil por el rey del café, Paulo Prado, quien le ofreció una vasta extensión de tierra. Terminó embarcándose en una ambiciosa empresa de importación y exportación, que fracasó de manera estrepitosa.

Más o menos por esos años, Máximo Gorki hizo también de todo. Cuando era adolescente, formó parte de una banda que se dedicaba a robar leña. Luego trabajó en una fábrica de galletas. Fue pescador en el mar Negro, vendimiador en Besarabia y descargador en Odesa. Llegó incluso a ser empleado en una zapatería de señoras. "El propietario -cuenta Galateria- se sorprendía de que Gorki fuera tan extremadamente educado con las clientas y que después, cuando salían, se dedicara a hacer comentarios obscenos sobre ellas."

(...)

Aparte de ser un compendio de anécdotas reveladoras, Trabajos forzados permite apreciar con nitidez diversas posturas entre obra literaria y vida. ¿Trabajar en algo mecánico, que "ocupe" poco la cabeza? ¿Trabajar de día o de noche? ¿Ir cambiando de empleos a fin de acumular experiencias? ¿Trabajar lejos de la literatura o en sus muchos arrabales: periodismo, traducción, etcétera?

Galateria cree, por ejemplo, que diversos escritores resolvieron utilizar sus oficios como una forma de "acercarse a la gente común" y menciona en tal sentido a George Orwell, quien en 1928 renunció a la policía birmana persuadido de que "si quería convertirse en escritor, debía desistir de todos sus privilegios, coloniales y de clase, y conocer la vida de los marginados".

"Hay escritores que prefirieron dedicarse a ciertos trabajos en total contradicción con la escritura, para tener así la mente libre", afirma Galateria. Las páginas acerca de T. S. Eliot muestran que se hallaba muy a gusto entre los números y las tareas bancarias. "Trabajaba en un sótano, inclinado, 'como un pájaro negro en un comedero', sobre una mesa repleta de cartas." Cuando Geoffrey Faber (uno de los fundadores de la editorial Faber & Faber) vio que había encontrado a un poeta que además era un eficiente contador, no dudó un solo instante y le ofreció el cargo de director editorial. "La poesía no me ha sido de gran ayuda para mi carrera bancaria: en cambio, mi trabajo bancario me permitió escribir mis poemas -razonaba Eliot-. Por la noche no tenía el espíritu envenenado por el trabajo del día. Entonces pude cumplir dos vidas intelectualmente distintas."

Georges Perec era ya bastante famoso por sus libros, pero así y todo no renunció a su empleo de documentalista en un laboratorio médico, mientras que Saint-Exupéry prefería pensar que su verdadera ocupación era pilotear aviones.

Franz Kafka fue agente de seguros toda la vida. Trabajaba en la aseguradora Generali de ocho de la mañana a seis de la tarde. Años después obtuvo un empleo similar (pero de menos horas semanales) en el Instituto de Seguros de Accidentes Laborales del Reino de Bohemia. Las notas de servicio atestiguan que "el doctor Kafka es un empleado que trabaja mucho, dotado de un talento y de una dedicación excepcionales". El hijo de un colega diría años más tarde que muchos lo consideraban "una especie de santo". Y Galateria se muestra de acuerdo: "Una vez un viejo guardagujas, que había perdido una pierna bajo un carro elevador, estaba a punto de recibir una pensión insignificante de la aseguradora. Había interpuesto una denuncia, pero la había formulado de manera equivocada, incorrecta". El viejo habría perdido sin más el proceso, si a último momento no hubiese recibido la visita de un reconocido abogado de Praga, especialmente enviado, aconsejado y pagado por Kafka, de modo que él, como representante del Instituto de Seguros contra los accidentes laborales, "pudiese perder de manera honorable el proceso contra el viejo guardagujas".

Dos casos bastante especiales son los de Colette e Italo Svevo porque sus trabajos forzados no tuvieron como objetivo el de financiar la obra literaria. Célebre ya como escritora, Colette pensó en usar su renombre para fundar una pequeña empresa con la que ganar dinero. "Abrió en 1932, en plena Depresión y casi con sesenta años, un instituto de belleza, financiado por la princesa de Polignac y por el rajá Al-Glawi. Creó polvos y cremas, diseñó el logo para la etiquetas -un dibujo de su perfil- e incluso atendía personalmente a los clientes en los grandes almacenes y en las sucursales que se abrieron por toda Francia", escribe Galateria.

En cuanto a Italo Svevo, ya había publicado sus primeros libros, como Una vida (1892), cuando debió hacerse cargo de la fábrica de la familia de su esposa (que a la vez era su prima) y, para ello, tomó la resolución, "grave para él", de dejar de escribir durante casi veinte años. Su tarjeta de visita decía: "Ettore Schmitz, comerciante". Claro que el trabajo le dejaba resquicios, pero él no quería "dejarse llevar" por la tentación porque le bastaba una sola línea para que el "trabajo de la vida práctica" quedara arruinado y él se sumiera en un estado de frustración y desconcentración. Para paliar el vacío, se puso a estudiar violín. Y hasta tomó clases de inglés con un joven llamado James Joyce. "El hecho de haberse convertido a una edad madura en gran industrial, pese a sus ideas socialistas; de estar entre católicos intransigentes, siendo él judío, o de hacer vida de sociedad con su carácter solitario -escribe Galateria- reforzaron su pose de 'observador divertido'."

Un fragmento de mi artículo acerca de Trabajos forzados (Los otros trabajos de los escritores), el libro de Daria Galateria que ha publicado editorial Impedimenta, con traducción de Félix Romeo.

La versión completa, aquí:

http://www.lanacion.com.ar/1451493-trabajos-forzados
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01 marzo, 2012

Blues del editor



Autor, entre muchas obras, de un libro sobre los atletas (Les Athlètes dans leur tête, 1988), de otro dedicado al ciclismo (Besoin de vélo, 2001) y de un libro de cuentos consagrado a las "gordas soñadoras" (Les grosses rêveuses, 1981), el escritor y poeta francés Paul Fournel–nacido en 1947, miembro de Oulipo desde 1972– ha plasmado con La Liseuse un libro sobre la lectura y, ante todo, sobre el mundo de la edición y el futuro incierto del libro de papel.

El título es un juego de palabras porque "liseuse" se refiere no únicamente a una mujer lectora, sino que también es el modo con que llaman los franceses al e-reader o lector electrónico.

En una de las primeras escenas de la novela, una becaria entra en el despacho del editor Robert Dubois y le entrega una especie de Kindle. Desconfiado, descolocado, el veterano editor mira el objeto que pesa, con exactitud, 730 gramos. Por vez primera desde Gutenberg el texto y el papel se separan...

Dubois somete a su aparato a varias pruebas. No le gusta a la hora de tomar notas; no soporta que sus apuntes se parezcan tanto al texto, en vez de rivalizar con él. Pronto se plantea una duda:

"Imagina", le dice a otro personaje, "que quisiera prestarte un libro. Si te diera mi liseuse, no solamente me quedaría yo sin nada para leer, sino que, conociéndote, temería que leyeras otro libro de los que hay en su interior. ¿Qué hacer, entonces?"

"La solución es simple", oye a manera de respuesta. "Me regalas una liseuse (algo que, entre paréntesis, tendrías que haberme regalado hace ya tiempo) y, gracias a la técnica del blue tooth, deslizas de tu e-reader al mío el libro que querías prestarme. Es simple, es fluido y, debo decirlo, es bastante sexy".

Dubois está cerca de jubilarse y, en otro momento del libro, cavila qué ha sido lo malo de ese oficio que ha ejercido con semejante pasión:

"Lo que le reprocho a este oficio es que me ha impedido tanto que leyera lo esencial, los autores con trayectoria, los textos ya sólidos, a favor de esbozos, proyectos, perspectivas, cosas en desarrollo. A favor de lo informe. En nombre de un futuro que no veré y que proclamará, sin dudas, que me he equivocado en mis elecciones..."
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Autor de las novelas "Agua" (Tusquets), "La mujer de Wakefield" (Tusquets), "Todos los Funes" (Anagrama), "La sombra del púgil" (Norma/La otra orilla) y de los libros de cuentos "Los pájaros" (Páginas de Espuma) y "La vida imposible" (Emecé). Su último libro de cuentos es "Lo inolvidable" (Páginas de Espuma). Su última novela es "El país imaginado" (premio Emecé 2011 y Premio Las Américas 2012).
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"El país imaginado" (novela), premio Emecé de novela 2011 y premio Las Américas 2012 (editorial Emecé, Argentina, y editorial Impedimenta, España)

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