29 febrero, 2012

Louis Scutenaire y sus inscripciones

El futuro sólo en existe en el presente.


Cada vez que muere un hombre, nunca es el mismo.


No olvidemos que nuestros amos tienen alma de esclavo.


El hombre ha pasado del reino del absurdo al reino de la ridiculez.


La vida sera buena cuando el trabajo sea un lujo para todo el mundo.


Usted duerme para un patrón.


El fallo también implica la condena del juez.


Proletarios del mundo, no tengo ningún consejo para darles.


La profesión más antigua del mundo es, ay, la de sacerdote.


La existencia de los cristianos prueba la no existencia de Dios.


Hubo un tiempo en que los esclavos lloraban la muerte de su amo únicamente por temor al siguiente.


Todo es hipótesis. Incluso esta idea.

(Traducción de Eduardo Berti)


Louis Scutenaire (1905-1987), nació en Bélgica, estudió derecho y desde muy joven escribió poesía. Amigo de René Magritte, a partir de los años ’30 viajó a menudo a París donde frecuentó a René Char, Picasso, Marcel Duchamp y Benjamin Péret, entre otros. Aunque escribió las breves prosas de Mes Inscriptions a partir de los años cuarenta, la primera recopilación recién fue publicada en 1976. Le siguieron tres volúmenes más. El título fue un homenaje de Scutenaire a Restif de la Bretonne, quien llamó así a una selección de graffitti labrados en la isla Saint-Louis de París.

27 febrero, 2012

Pan, libros, pizza


¿Buenos Aires le resulta estimulante como ciudad?

-Me estimula a recorrerla. Yo veo una ciudad a partir de sus panaderías, librerías y pizzerías. No sé si en ese orden, pero son mis prioridades urbanas. Y en Buenos Aires esa tríada es fabulosa.

Una imperdible entrevista de Leonardo Tarifeño a Caetano Veloso en la última edición de ADN/Cultura, La Nación, Argentina.

El texto completo:

http://www.lanacion.com.ar/1450704-caetano-veloso-y-los-anos

26 febrero, 2012

Sombras de amor y libertad

Entrevista de Paula Jiménez para el diario Clarín, de Argentina:

Una historia de adolescentes enamoradas, de mirlos enjaulados que los ancianos pasean por el parque, de abuelas que después de morir regresan en sueños y de supersticiones y mitos que condicionan los destinos humanos. Con una voz acertadísima, que podría pasar por la traducción de un texto chino, Eduardo Berti hace hablar en El país imaginado a Ling, una muchacha cuya subjetividad puja por separarse –quizás como todas las subjetividades oprimidas– de los mandatos de una época.

Cuando Berti viajó a China todavía no había imaginado que escribiría esta historia. Su mujer comenzaba a estudiar ese idioma y él sentía curiosidad por esta cultura, pero fue recién durante el armado de una antología de microrrelatos cuando profundizó en la literatura china y encontró en ella un semillero de cuentos de fantasmas escritos en pocas líneas. Pero el fantasma no es, al menos en su acepción literal, el único tópico de El país imaginado, la novela con la que ganó el último premio Emecé. Las sombras del amor y la libertad, recorren todo el texto.

Según su autor, tanto su viaje como el encuentro con las letras chinas fueron los detonantes para la escritura del libro. “Hermosas excusas –dice– para contar una historia a la que yo apuesto y que creo que es un universal”. Berti se refiere a los conflictos amorosos, a la represión y a las prohibiciones que, de un modo u otro, son comunes a todas las épocas. “Es una novela sobre los vínculos humanos, que si bien aquí están marcados por la particularidad de un tiempo histórico y una cultura, también se pueden entender universalmente”.

Ling es una adolescente de 14 años que durante la década del 30 conoce a Xiaomei, una bellísima joven muy parecida a una famosa actriz de cine, de la cual se enamora y que rápidamente pasa a ocupar el centro de todos sus intereses. Inmersa en una cultura durísima y patriarcal, la protagonista solo puede aspirar a un tipo de cercanía con Xiaomei: casarla con su hermano e incorporarla a la familia. Pero no lo logra.

-¿Porqué Ling no se propone, por ejemplo, fugarse con Xiaomei?


-Creo que en el fondo de esta relación hay algo de idealización. El amor que ella siente por Xiaomei es bastante ideal y a medida que la novela avanza lo vamos descubriendo. Es amor pero es admiración también, amistad incondicional, idolatría, no es el deseo sexual simple y claro. Lo que está en juego es algo más complejo que a mí siempre me llamó la atención de ese vínculo que se da sobre todo entre chicas a determinada edad y que no tienen un nombre concreto.

-Pero si Xiaomei hubiese sido hombre, el nombre concreto ¿no hubiera sido “amor”?

-Por supuesto. Y es la pregunta que ella se hace. Si Xiaomei hubiese tenido un hermano varón ¿se hubiese interesado por él? Si Xiaomei está interesada por su hermano está claro que es porque es “su” hermano…

Según explica la abuela, muerta en las primeras páginas de la novela, “el país imaginado” es el nombre que se le da la muerte. Para la nieta, en cambio, ese país es la geografía inexplorada de la vida, aquello a lo que una mujer puede acceder mucho menos que un hombre. Son impresionantes los detalles sobre el destino de las mujeres en la China del siglo XX, como aquel que niega a una soltera el derecho siquiera a una lápida, a dejar siquiera, dirá Berti, su nombre escrito sobre la tierra.

A esta cerradísima estructura cultural acude la abuela en sueños para ayudar a la liberación de la nieta. “Los sueños –dice Berti– son el gran homenaje a las dos fuentes secretas que me llevaron al libro: al microrrelato y a esa cosa fantasmagórica, tan frecuente en la tradición china. Los intercapítulos, donde aparecen las charlas con la abuela muerta, son un homenaje a esto”. En ellos despunta la poesía de Berti, con todo su encanto. Remansos líricos donde la voz relaja y la palabra produce, como siempre en la mejor literatura, su efecto mágico.

Enlace original: http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/Eduardo-Berti-pais-imaginado_0_646135538.html

25 febrero, 2012

No creo en fantasmas, pero...

La editorial Páginas de Espuma ha lanzado un concurso de microrrelatos fantasmales. Las bases son sencillas:

1. El tema propuesto debe ser el fantasma y su mundo fantástico.

2. El microrrelato debe comenzar con la frase de Madame du Deff: ”No creo en fantasmas, pero me dan miedo”.

3. La extensión no debe superar los 200 caracteres totales y sin contar el título.

4. Se enviarán a ppespuma@arrakis.es con el Asunto “CONCURSO DE MICRORRELATOS PASEANDO CON FANTASMAS”. El microrrelato y los datos completos deben ir en el cuerpo de texto del mensaje. No se abrirá ningún tipo de archivo adjunto.

5. El texto irá firmado con nombre y apellido y con los datos completos (dirección postal, teléfono y email).

6. El plazo de entrega finalizará el 1º de marzo de 2012.

7. Se seleccionarán cinco textos que recibirán un ejemplar de Paseando con fantasmas, antología del cuento gótico y un lote de libros “fantasmales”.

8. Los textos se publicarán el 2 de abril en la web www.paginasdeespuma.com.

9. El fallo será inapelable.

10. El jurado estará formado por dos escritores y un representante de la editorial

11. La participación en el concurso supone la aceptación íntegra de sus bases.

23 febrero, 2012

Una menudencia




Es sabido que todo el mundo piensa, siempre, la misma cosa en el mismo instante. En cualquier caso, siempre hay al menos una persona que tiene la misma idea que uno. Pero siempre hay uno también que, con la misma idea que los demás, se muestra más paciente, más metódico, o es más afortunado, más sagaz, menos disperso (...). Y ése es el que primero da su nombre a su idea. El que la introduce en el mercado, el que comercia con ella y el que cobra. En ocasiones puede ser que ello responda a un nombre. Pongamos el cine, por ejemplo. Lo inventó un montón de gente al mismo tiempo, pero entre ese montón de gente estaban dos hermanos llamados Lumière. Todo depende de muy poca cosa, verdad, basta una menudencia: cabe imaginar que con semejante nombre no es raro que fueran ellos los que se llevaron el gato al agua.


Jean Echenoz, Relámpagos (Anagrama). Traducción de Javier Albiñana.


Con esta breve novela, libremente inspirada en la vida del ingeniero Nikola Tesla, Echenoz clausura su trilogía de las biografías, que se incia con Ravel y prosigue con Correr.

20 febrero, 2012

Chaminadour


Ella va a menudo a Poitiers, donde ha encontrado alguien que la masajea como nadie tiene la desnohestidad de masajearla aquí.


La almacenera vende al mismo precio cada huevo, sea grande o pequeño, y dice para excusarse , cuando es realmente diminuto: "Es la jornada de una gallina".


El sátiro que manoseó las piernas de la mujer del comandante, a la entrada de la iglesia, una mañana de otoño en la que ella se dirigía a la primera misa, hizo que instalaran un farol eléctrico en el soportal. El hombre ya había cometido el mismo atentado, un año atrás, con las piernas de la hija del sacristán, pero no todas las piernas se merecen tanta luz.


A propósito de una catástrofe ferroviaria. Agnès: "Hemos querido abolir las distancias, pero ellas se toman venganza".


Marcel Jouhandeau, "Chaminadour" (cuentos y miniaturas).

18 febrero, 2012

El hombre que plantaba árboles

Un magnífico cortometraje basado en la obra más conocida de Jean Giono: "El hombre que plantaba árboles"

L'homme qui plantait des arbres, dirigido por el ilustrador canadiense Frédéric Back, en 1987, con la voz en off de Philippe Noiret (versión en francés, con subtítulos en castellano o en otros idiomas: hay opciones)



Hace aproximadamente cuarenta años, yo hacía una larga travesía a pie, en las regiones altas, absolutamente desconocidas para los turistas, en la vieja región de los Alpes que penetra hasta La Provenza. Esta región está delimitada al sureste por el curso medio del Durance, entre Sisteron y Marabeau; al norte por el curso superior del Drome, después de su nacimiento, justo al oeste, por las planicies de Comtant Venaissin y al pie de monte de Mont-Ventoux. Comprende toda la parte norte del Departamento de Bases - Alpes, el sur del Drome y un pequeño enclave de Vaucluse.
En el momento en el que emprendí este largo viaje, entre los 1200 y 1300 metros de altitud, el paisaje estaba dominado por desiertos, eran tierras tomadas por la monotonía. Lo único que podía crecer ahí eran lavandas silvestres.

16 febrero, 2012

Vergel, sultana, sol

Érase una vez un hombre feliz: de origen humilde, pobre, feo y perdido como un esclavo en la bucrocracia de los ricos. Aun así, oía todo el dia zumbar en su cabeza una caravana de deseos accesibles. A sus compañeros, cuando conversaban, les describía la belleza de las sultanas enamoradas, la suavidad de la brisa que se desliza entre los melocotoneros en flor en la tersura del alba, la canción de la luz o de tantas otras cosas tan hermosas que, boquiabiertos, sus compañeros se decían para sus adentros: "¡Está loco! Él, tan feo, jamás ha sido amado por un sultana; él, tan pobre, no tiene vergel, y no ve el sol más que un día a la semana, si no llueve el día del Señor".

Con todo, siguió hablándoles de la dicha con un ardor tan deslumbrante que acabaron por creer que estaba agazapado en el maligno seno de un dios. Alguno de sus compañeros siguieron sus pasos una noche que el hombre regresaba a su casa. Éste se detuvo frente al puesto de un librero, lo vieron sacarse del bolsillo unas cuantas piezas de bronce ganadas con gran esfuerzo a lo largo de la jornada, y comprar un libro: Vergel, sultana y sol.

Jean Giono, "Cuento corto para los atletas", publicado originalmente en la revista La Criéee (1922) e incluido en el prefacio de Mireille Sacotte a El hueso de albaricoque (Duomo Ediciones), traducción de Palmira Feixas, imágenes de Frederic Amat.



15 febrero, 2012

Dos visiones del mundo



Luis Alberto Spinetta, hace un par de años, en "Homenaje de Derechos Humanos"

http://www.homenajederhumanos.com.ar/

(Una realización de TEA Imagen y Radio TEA, a cargo de Emilio Cartoy Díaz, en colaboración con la Asociación Madres de Plaza de Mayo)

13 febrero, 2012

Colaboración de las cosas



Empieza una discusión cualquiera en una casa cualquiera pues llega un esposo cualquiera y busca la sartén ya que él es quien sabe hacer las comidas de sartén y ésta no aparece. Crece la discusión; llegan parientes. Se oye un ruido. Sigue la discusión. Se busca una segunda sartén que acaso existió alguna vez. El ruido aumenta. Tac, tac, tac. No se concluye de esclarecer qué ha pasado con la sartén, que además no era vieja; se escuchan imputaciones recíprocas, se intercambian hipótesis; se examinan rincones de la cocina por donde no suele andar la escoba. Tac, tac, tac. Al fin, se aclara el misterio: lo que venía cayendo escalón por escalón era la sartén. Ahora sólo falta la explicación del misterio: el niño, de cinco años, la había llevado hasta la azotea, sin pensar que correspondiera restituirla a la cocina; al alejarse por ser llamado de pronto por la madre, después de haber estado sentado en el primer escalón de la escalera, la sartén quedó allí. Cuando trascendió el clima agrio de la discusión conyugal, la sartén para hacer quedar bien al niño, culpable de todo el ingrato episodio, se desliza escalones abajo y su insólita presencia a la entrada de la cocina calma la discordia.

Nadie supo que no fue la casualidad, sino la sartén. Y si es verdad que puede haberle costado poco por haber sido dejada muy al borde del escalón, no debe menospreciarse su mérito.

Cuento de Macedonio Fernández. Incluido en "Relato, cuentos, poemas y misceláneas" (editorial Corregidor, 1987).

12 febrero, 2012

Novelas y novelistas

El Quijote es a la lengua española lo que Shakespeare al inglés, Dante al italiano y Goethe al alemán: la gloria de un idioma en particular. No hay una supremacía singular de esta clase en francés: Rabelais, Montaigne, Molière y Racine rivalizan con Victor Hugo, Baudelaire, Stendhal, Balzac, Flaubert y Proust. La obra maestra de Cervantes acaso sea el libro central de la última mitad del milenio pues todos los más grandes novelistas son hijos del Quijote como lo son de Shakespeare. Tal cual he afirmado en otra parte, Shakespeare nos enseña de manera pragmática a hablar con nosotros mismos mientras que Cervantes nos instruye sobre cómo hablar con los demás.


Si existe una sola visión temática que vincula a las diferentes tradiciones de la novela anglo-americana, esta es la que llamaría «la voluntad protestante», cuyos principales ejemplos novelísticos son heroínas, no importa si creadas por mujeres o por hombres. Desde la Clarissa Harlowe de Richardson hasta las protagonistas de Austen o la Hester Prynne de Hawthorne, la línea se extiende intacta pasando por las hermanas Brontë, Hardy, James y Wharton para desembocar en E.M. Forster, Woolf y Lawrence. Puede que Toni Morrison sea el último ejemplar de una tradición que exalta, aunque aquí en forma laica, «la voluntad protestante» como el derecho de la heroína a la opinión personal; sobre todo, en los vínculos de afecto con sus pares masculinos.


Existen, creo yo, varios candidatos al gran libro estadounidense y ninguno de ellos es rigurosamente una novela: La letra escarlata
, Moby-Dick, Hojas de hierba, los Ensayos de Emerson y Huckleberry Finn. Sin duda, Retrato de una dama, de Henry James, es la mejor novela escrita en Estados Unidos, pero no puede competir con las obras más poderosas del Renacimiento estadounidense.


El legado de Faulkner es muy amplio y engloba a diversas figuras, como Robert Penn Warren, Ralph Ellison, Flannery O’Connor, Gabriel García Márquez o Cormac McCarthy. Hay una línea de descendencia directa que se inicia en Moby-Dick
, pasa por Faulkner y llega a Meridiano de sangre, de McCarthy, que a mi juicio es una de las cuatro grandes obras narrativas de autores estadounidenses vivos junto con El teatro de Sabbath, de Philip Roth, Submundo, de Don DeLillo y Mason & Dixon, de Pynchon.

Cuatro fragmentos de "Novelas y novelistas", de Harold Bloom (traducción de Eduardo Berti, editado esta semana en España por Páginas de Espuma), monumental ensayo donde a lo largo de unas 800 páginas Bloom recorre, una por una, las que a sus ojos son las novelas fundamentales, desde el
Quijote hasta fines del siglo XX.


11 febrero, 2012

Spinetta (2)



Cada vez estoy más convencido de que los grandes artistas tienen el don de comunicar con lo invisible. No únicamente de lograr que lo invisible se vuelva palpable, sino de ayudarnos a ver de otra manera lo visible, lo que damos por obvio. No me parece un azar, en tal sentido, que Spinetta le pusiera Invisible a una de sus bandas fundamentales, la que parece ocupar una especie de “centro” en su larga carrera. “
La música esconde algo y uno debe encontrarlo”, le decía Spinetta a Rodolfo Bracelli en una larga y exquisita entrevista, hace menos de cuatro años.

Cuando se muere alguien como el Flaco Spinetta, dos sensaciones aparecen con esa sensata velocidad de los lugares comunes: que la gente como Spinetta nunca muere y que la muerte de la gente como Spineta hace que muera una parte de nosotros, quienes crecimos con él y gracias a él.


Nada más cierto que estas sensaciones. Pero l
a mejor manera de darle gracias, sospecho, es luchar para que no muera en nosotros aquello que nos enseñó su arte.

A Spinetta no lo gustaba nada el fanatismo. “No seas fanática", repite el estribillo de un tema de su disco Privé
. Por supuesto, él entendía el amor de un “fan” (palabra que diferenciaba de “fanático”), pero desde una conmovedora canción de su álbum Artaud (“La sed verdadera”) propuso que sus oyentes no adoptaran una actitud de rebaño pasivo: “Sé muy bien que has oído hablar de mí (…), pero la paz en mí nunca la encontrarás; si no es en vos, en mí nunca la encontrarás”. En otras palabras (en una canción de su primer disco solista, apenas dos años antes): “Después de todo tú eres la única muralla/ si no te saltas nunca darás un solo paso”.No fue su única lección.

Angel-poeta, “hombre de luz” (como rezaba una vieja canción de Almendra), Luis nos ayudó salvar la piel (y el alma) en medio de la noche de la dictadura. Nos recordó que, si estamos atentos, la vida tiene música. Que perdemos el tiempo pensando en exceso y que nuestro ego es, en el fondo, “un silbido más en el viento”. Que el arte, cuando ataca, es irresistible. Que “deberás crear / si quieres ver a tu tierra en paz”. Que hay que abrir la mente al “mágico y misterioso” mundo. Que hay que amar y ver si uno es capaz de amar con la libre osadía del viento. Nos enseñó, en fin, que para los días de la vida hay que pensar –“vida siempre”– que mañana es mejor.

09 febrero, 2012

Spinetta


Tristeza... Murió Luis Alberto Spinetta y el vacío que deja es inmenso porque fue uno de esos artistas iluminados, inolvidables, irrepetibles. Ojalá alguna gente descubra su música en medio de todo este bochinche que arma la muerte de un famoso... Tuve la enorme suerte (el enorme privilegio) de compartir charlas con él, sobre todo cuando hicimos allá por 1988 un libro acerca de su obra. Era un maestro en serio. Alguien de una sensibilidad fuera de lo común. Generoso. Con un talento que hechizaba.




Corría 1988, yo trabajaba desde hacía un año en Página/12 y solía llegar temprano para encontrarme con el “viejo” Homero Alsina Thevenet, jefe de Espectáculos. Esa mañana, sin embargo, Homero no había llegado aún y –cosa inhabitual- el “señor director” Jorge Lanata estaba en su despacho, con la puerta abierta, y me contó que iban a armar una editorial y que aceptaban propuestas. Desde algún tiempo (desde el libro de Daniel Chirom sobre Charly García) yo pensaba que era hora de que Luis Alberto Spinetta tuviera un libro. Así que sugerí en el acto: un larguísimo reportaje a la manera del célebre libro de Truffaut sobre Alfred Hitchcock.“Si Spinetta acepta, dalo por hecho”, dijo Lanata.

Hora más tarde estaba hablando por teléfono con Spinetta, a quien ya había entrevistado por los menos cinco veces, pero cuyo teléfono personal no tenía en mi poder (siempre fui, en este sentido, un pésimo periodista). Me acuerdo que llamé primero a Rodolfo García (ex baterista de Almendra) y él me dio el teléfono de los padres de Luis, es decir, de la vieja casa de la calle Arribeños donde en 1970 ensayaba Almendra. Disqué en el acto (el verbo es justo, sí, todavía se “discaba”) y me atendió Luis Santiago, padre de Luis Alberto. Con todo el candor del mundo, dije que buscaba a su hijo para hacer un libro acerca de él. Palabras más, palabras menos, me respondió que “un libro así hace falta”, pero que, conociendo a Luis como lo conocía, iba a ser arduo persuadirlo. “No te des por vencido enseguida, pibe”, fue el consejo de Luis Santiago antes de colgar. Y, pensándolo bien, no sé si alguna vez le conté esta anécdota a Luis Alberto. El caso es que cuando Spinetta me atendió, tan sólo minutos después (sí, el padre me dio el número, “pero no digas que te lo di”), no sólo no me ubicaba (“algo me dice tu nombre, pero no recuerdo tu cara y así me cuesta hablar”), sino que la propuesta lo pescó desprevenido. “Te zarpaste”, atinó a decir. Y después, como quien piensa en voz alta: “Yo quiero que hagan un libro sobre mí sólo cuando haya muerto”.

Pese a las dudas que le planteaba la idea, Spinetta me dio cita para tres días después, en una sala de ensayo del barrio de Flores que nunca más volví a ver, a tal punto que hoy me pregunto si la memoria no me engaña... Contra reloj, había armado una “presentación” que resultara convincente. Un recorrido cronológico, banda por banda, disco por disco, canción por canción, anteponiendo lo artístico al “cholulaje biográfico”. A ese reportaje central (cuánto tiempo llevaría, ni yo podía calcularlo) le agregaría entrevistas a ex compañeros de ruta y material de archivo.

La inmediatez con que Luis se entusiasmó me resultó (y me resulta todavía) completamente inexplicable. A veces la adjudico a mi inocencia de entonces, a mi entusiasmo. A veces a que en la famosa primera charla (al principio en la sala, más tarde viajando en coche) hablé de rastrear en sus letras las influencias de Castaneda, de Jung y de las cartas de Vincent Van Gogh a su hermano Theo y él me miró como a un loco. A veces pienso que Luis, nada amigo de analizar o celebrar el pasado (su “mañana es mejor” es pura verdad) estaba en aquel tiempo confrontándose con su obra previa porque a sus hijos, sobre todo a Dante que rondaba los 12, se les daba por poner los viejos discos. En cualquier caso, más allá de toda conjetura, adjudico la realización del libro a la inmensa generosidad de Luis.



Trabajamos durante más de seis meses. Trabajamos, la verdad, como animales. Yo iba a su casa de entonces (en plena avenida Elcano) con un grabador portátil, una provisión de casettes y una lista de preguntas que él espiaba, estirando el cuello, mitad desconfiado, mitad benevolente. La primera y última charla fueron en el luminoso balcón terraza donde había una parrilla (sospecho que nunca usada) y unas pocas sillas de jardín. Hubo muchas otras charlas, la mayoría en el living, casi siempre por la tarde. También una en la calle, e incluso un par en la casa de Arribeños. Conservo dos cajas llenas de casettes: “Luis 1”, “Luis 2”, “Luis 3”... la cuenta sigue hasta veintipico.

A veces, mientras conversábamos, aparecía Patricia o alguno de los tres hijos (Vera no había nacido aún) o sonaba el teléfono y era “Dylan” Martí o sonaba el timbre y era Gustavo, el hermano menor. Al acabar cada sesión (unas dos horas, como mínimo) fijábamos una nueva cita que muchas veces coincidía con mi horario de trabajo; en tal sentido, mis compañeros me tuvieron una paciencia colosal.

Hubo un momento, en el medio, en que Spinetta pareció aburrirse o más bien cansarse. Dos veces fui a su casa y Patricia debió murmurar: “No... Luis no está. ¿Habían quedado para hoy?”. Tras el segundo plantón, Luis llamó para disculparse. Yo me dije que el encuentro siguiente sería decisivo. Ya habíamos terminado de hablar sobre Invisible, se venían los últimos once años (1977/88) y este segundo tramo no tendría que decaer. Con esto en mente, toqué el timbre y me topé con Gustavo, serio, casi compungido. “No... Luis se acaba de ir... Lo siento”. No alcancé a reaccionar cuando del dorso de la puerta llegó la risa contenida de Luis. Y su voz aguda: “Qué julepe, ¿eh?”.

No me atrevo a decir que nos hicimos amigos durante los meses del libro, pero existió una complicidad sin la cual el resultado habría sido otro. Como un pilón de fotos desordenadas, se me vienen varios recuerdos: cuando le regalé “La vida en los pliegues” de Michaux (nunca pude saber si lo leyó), cuando viajando en taxi un chofer quiso saber qué era eso de “patas de mueble de bronce caminan ya”, cuando uno de los dos le contó al otro que Federico Moura tenía sida, cuando me dijo que a veces le daba ganas de mandar todo al diablo en irse a vivir a un lugar “tipo Brasil”, cuando me contó que su sueño recurrente era que hacía música con John Lennon...

Llegado el turno de publicar el libro, ni Luis ni yo sabíamos qué clase de acuerdo establecer. Era mi trabajo periodístico. Pero era su obra, él me había dedicado horas, hasta me obsequió unas letras inéditas a modo de “bonus track”. A la postre, Luis dijo que el libro era mío pero que yo debía pagarles (a él, a Patricia y al “Nono” Alejandro Rozitchner) una cena en un restorán japonés a la vuelta del Viejo Almacén. El sushi no estaba de moda, así que compartimos un sukiyaki. Lo más increíble es que, llegado el turno de pagar, pareció arrepentirse o sentir pena y hasta amagó eximirme de la obligación. “De ningún modo”, dije. Pero el gesto lo pinta bien: un caballero.


06 febrero, 2012

Los sueños de Ibn Sirin


La oniromancia existe en el mundo árabe desde tiempos remotos, anteriores incluso al Islam. En el siglo VII de la era cristiana, un sabio llamado Ibn Sirin escribió un tratado de interpretación de los sueños que es uno de los grandes clásicos de la cultura musulmana y que, según los especialistas, renovó una antigua ciencia en la que se habían destacado en especial el primer califa Abu Bakr y su hija Asma.


En su tratado, Ibn Sirin clasifica y estudia los sueños, entrega diversas anécdotas y hace unas listas en las que explica lo que se debe interpretar en caso de haber soñado con tal o cual cosa. Algunos ejemplos del capítulo consagrado a los sueños que involucran partes del cuerpo humano:



Los dientes representan a la familia o más precisamente a la esposa. Los incisivos son los niños o las hermanas.

Ver que los dientes se mueven es el anuncio de una enfermedad para los miembros de la familia. Ver que los dientes se caen o que uno los introduce en algún pliegue de su ropa o incluso en algún bolsillo equivale a un mal presagio relativo al hijo, al hermano o a la hermana del soñador. Una carie es por lo general anuncio de un accidente. El que ve caer todos sus dientes tendrá una larga vida y enterrará a todos sus prójimos.

Soñar con una mano cortada anuncia la pérdida de un hermano, de un amigo o quizá la separación de un socio. Pero si uno lleva esa mano cortada consigo significa, en cambio, que tendrá un hijo o que ganará un amigo o un socio. Ver la mano cortada sin que haya sangre significa renunciar a las prohibiciones y a las transgresiones, lo mismo que ver las manos atadas al cuello. Ver que el sultán nos corta la mano significa que uno cometió un perjurio. Ver que la mano se alarga es signo de enriquecimiento, de gastos, de generosidad; ver que cobra más fuerza es símbolo de poder, de potencia.

Verse en sueños con muchos penes significa tener igual cantidad de hijos varones.

Ver a un hombre joven y desconocido significa que hemos soñado con nuestro enemigo. Ver a un anciano desconocido es buen augurio; se trata probablemente de un anuncia de suerte y felicidad. Ver que un anciano nos obsequia algo o nos habla es también anuncio de dicha.

La oreja simboliza la esposa del hombre y su morada. Ver que la oreja “muere” significa repudiar a la esposa, perderla o incluso casar a la hija. ~

(Traducción del francés de Eduardo Berti)

04 febrero, 2012

Valía

Nuestros folletinistas firman todos con seudónimo. ¿Es posible que sus nombres contengan algo tan valioso, que es necesario esconderlos tan cuidadosamente de la vergüenza bajo seudónimos?

"Cuaderno de notas" de Fiódor Dostoievski, incluido en
Diario de un escritor (edición de Paul Viejo)

03 febrero, 2012

Lo invisible


Periodista, escritor, investigador y realizador de documentales, el francés
Michel Random (1933-2008) era un apasionado del extremo oriente y allá por los años sesenta entrevistó a Yukio Mishima en su casa de Japón:

La casa, con altos ventanales, balaustradas blancas, ánforas, palmeras enanas, terrazas, se asemejaba a una villa espaciosa y confortable de la Costa Azul francesa. La planta baja (...) estaba amoblada al estilo del siglo XVIII francés, al contrario que el primer piso, ancho y espacioso, que era de estilo ultramoderno.

Me asombró un poco está decoración en el caso de un personaje famoso por simbolizar, incluso en sus contrastes, las virtudes del alma japonesa.


–¿Cómo explica usted –pregunté– que en su casa no haya nada japonés?


Mishima Yukio sonrió.


–Aquí –me dijo– solamente lo invisible es japonés.


No creo haber encontrado hasta hoy una frase y un rasgo más pertinentes para describir el alma de Japón. "Solamente lo invisible es japonés".


Michel Random, La stratégie de l'invisible (1985)

02 febrero, 2012

Ennio Flaiano


Ennio FLAIANO

No existe más que una estación: el verano. Es tan hermosa que las otras giran a su alrededor. El otoño evcoca el verano, el invierno lo invoca, la primavera lo envidia y puerilmente trata de estropearlo.

En Francia, el catolicismo es un movimiento literario.

Con los pies firmemente apoyados en las nubes.

La libertad conduce al tedio y el tedio a la dictadura.

Las dictaduras ajenas no nos molestan.

¿Las ratas abandonan el avión que está cayendo?

Las almas simples habitan a menudo en cuerpos complicados.

El libro sueña. El libro es el único objeto inanimado capaz de soñar.


Colaborador de Federico Fellini (guionista de La dolce vita, La strada u Ocho y medio), amigo de Longanesi, periodista y crítico de cine ocasional, autor también de guiones para Berlanga, Monicelli, Dino Risi, Rosellini, Antonioni y William Wyler, entre otros realizadores, el italiano Ennio Flaiano (1910-1972) escribió asimismo varias obras teatrales, publicó la novela Tempo di uccidere y unos libros-miscelánea (apuntes íntimos, notas de viaje, aforismos, fragmentos, relatos mínimos) como el Diario nocturno y el póstumo Diario de los errores. Que yo sepa, solamente se ha traducido al castellano su Diario nocturno. Los fragmentos aquí publicados pertenecen a Diario de los errores.