10 diciembre, 2012

Brif, bruf, braf



Dos niños estaban jugando, en un tranquilo patio, a inventarse un idioma especial para poder hablar entre ellos sin que nadie más les entendiera.

–Brif, braf – dijo el primero.

–Braf, brof – respondió el segundo.

Y soltaron una carcajada.

En un balcón del primer piso había un buen viejecito leyendo el periódico, y asomada a la ventana de enfrente había una viejecita ni buena ni mala.

–¡Qué tontos son esos niños! – dijo la señora.

Pero el buen hombre no estaba de acuerdo:

–A mí no me lo parecen.

–No va a decirme que ha entendido lo que han dicho...

–Pues sí, lo he entendido todo. El primero ha dicho: “Qué bonito día”. El segundo ha contestado: “Mañana será más bonito todavía”.

La señora hizo una mueca, pero no dijo nada, porque los niños se habían puesto a hablar de nuevo en su idioma.

–Marasqui, barabasqui, pippirimosqui – dijo el primero.

–Bruf – respondió el segundo.

Y de nuevo los dos se pusieron a reír.

–No irá a decirme que ahora también los ha entendido – exclamó indignada la viejecita.

–Sí, ahora también lo he entendido todo – respondió sonriendo el viejecito -. El primero ha dicho: “Qué felices somos por estar en el mundo”. Y el segundo ha contestado: “El mundo es bellísimo”.

–Pero ¿acaso es bonito de verdad? – insistió la viejecita.

–Brif, bruf, braf – respondió el viejecito.

"Brif, bruf, braf", de Gianni Rodari (extraido de "Cuentos por teléfono")