04 noviembre, 2012

La muerte del corazón


El hielo de esa mañana, apenas una frágil costra, se había quebrado y flotaba en pedazos. Los pequeños bloques chocaban o se separaban formando unos canales de agua oscura por los que unos cisnes nadaban con lenta indignación. Las islas se recortaban en el crepúsculo sombrío, boscoso, helado: eran las tres o las cuatro de la tarde. Una especie de hálito de arcilla, procedente de la ciudad que se erguía más allá del parque, se condensaba enturbiando el aire; tras esa atmósfera impura, los árboles alzaban frígidamente sus copas alrededor del lago. El metálico frío de enero comprimía el cielo y el paisaje; el cielo estaba cerrado al sol, pero los cisnes, los filosos bloques de hielo y las pálidas y retraídas terrazas de tiempos de la Regencia poseían un lustre sobrenatural, como si el frío fuera luz. Siempre ha habido algo trascendente en el momento cumbre del invierno. En este caso, los pasos resonaban en los puentes y retumbaban a lo largo de las paredes oscuras. El clima no iba a cambiar; por la noche helaría.
 
Sobre un pequeño puente peatonal tendido entre la tierra firme y una de las tantas islas, un hombre y una mujer charlaban de pie, apoyados en la barandilla. En medio del intenso frío, que obligaba a todos a apresurar el paso, ellos habían optado por esta larga pausa poco menos que veraniega. La absorta inmovilidad de la pareja podía dar a entender que eran amantes, pero sus codos se hallaban, en realidad, separados por varios centímetros; el hombre y la mujer no se aferraban con las manos, sino mediante las palabras que intercambiaban. Los abrigos gruesos conferían a sus siluetas el aspecto asexuado y rígido de las piezas de ajedrez. Parecían dos personas acaudaladas y sus cuerpos, al cobijo de las convenientes protecciones de paño y piel, gozaban de un calor continuo; el frío, tan solo lo veían o, a lo sumo, lo sentían en sus extremidades. De vez en cuando, él golpeaba con un pie en el puente o ella se llevaba su manguito a la cara. El hielo desfilaba por el canal justo por debajo del puente, de modo que, mientras hablaban, sus reflejos se quebraban sin cesar.

Inicio de "La muerte del corazón", de Elizabeth Bowen (Impedimenta), traducción de Eduardo Berti.


De Elizabeth Bowen se ha dicho que es la más brillante sucesora del grupo de Bloomsbury. En su literatura se encuentra el nexo que vincula a Virginia Woolf con Iris Murdoch y Muriel Spark. Publicada en 1938, y considerada una de las 100 mejores novelas del siglo XX por la revista Time, La muerte del corazón suele estimarse como la obra más perfecta de  Bowen,  autora comparada con escritores de la talla de E. M. Forster y Henry James.  La novela, ambientada en el Londres de entreguerras, narra la historia de Portia Quayne, una huérfana de dieciséis años, que, tras la muerte de su madre, es acogida por su medio hermano Thomas y por la mujer de este, Anna, que llevan una vida lujosa aunque emocionalmente estéril. Portia, quien hace gala de una extraordinaria capacidad de observación, se siente perdida en este nuevo mundo de vana falsedad y ostentación y, en su necesidad de hallar una referencia afectiva, poco a poco se irá enamorando de Eddie, un joven irreflexivo y alocado que mantiene una extraña relación con Anna.

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