04 marzo, 2012

Más trabajos forzados


Por Eduardo Berti

"La leche cuajada limpia el organismo del hombre; dentro de él, ensancha su vida." Un trabajo alimenticio en más de un sentido ("La leche cuajada La Martona-Estudio dietético sobre las leches ácidas") fue quizás imprescindible para sellar la amistad entre Borges y Bioy Casares y, más aún, para el alumbramiento de ese curioso álter ego llamado Bustos Domecq. "Mis tíos, los Casares, me encargaron, un poco como para estimularme en la literatura -aunque parezca un tanto absurdo-, un folleto sobre las virtudes de la leche cuajada y el yogur. Pagaban 16 pesos la página, que era bastante dinero. Yo sabía que Borges estaba pasando momentos de estrechez económica y le propuse que hiciéramos eso juntos", recordó Bioy en una entrevista que le hizo Tomás Barna, en 1997.

El talento de Horacio Quiroga como fotógrafo hizo posible que acompañara a Leopoldo Lugones en una expedición a Misiones, financiada por el Ministerio de Educación. El viaje fue determinante en la vida de Quiroga, quien hasta entonces había trabajado en un taller de reparación de maquinarias y herramientas o como maestro de castellano en el Colegio Británico de Buenos Aires.

Aparte de las "medias con punteras y talón reforzado con caucho o derivados" que patentó en 1934 (y que no lo volvieron rico ni se comercializaron, pero que depararon décadas después uno de los mejores cuentos de Ricardo Piglia), aparte de ése y otros intentos de inventos, Roberto Arlt tuvo mil y un oficios. "Dependiente de librería, aprendiz de hojalatero y de pintor, mecánico y vulcanizador, electricista en un taller de compostura de fonógrafos, director de una fábrica de ladrillos, trabajador en el puerto, corredor de papeles", enumera Pablo Montanaro en Roberto Arlt, el arte de inventar . "Todo está en El juguete rabioso ", resume su hija, Mirta Arlt. En efecto, allí aparece Silvio Astier con inventos como el "señalador automático de estrellas fugaces" y la "máquina de escribir con caracteres de imprenta lo que se le dicta".

Al mismo tiempo (o casi) que Julio Cortázar enseñaba en una escuela en Mendoza, J. R. Wilcock -ingeniero civil- se instaló en la misma ciudad y trabajó en la reconstrucción del ferrocarril trasandino. Esa etapa está reflejada, en clave grotesca, en el cuento "Los donguis" y, más que nada, en El ingeniero , novela epistolar cuyo texto se basa en las cartas que el joven Wilcock enviaba desde Mendoza a su abuela en Buenos Aires. Ernesto Montequin, conocedor de su vida y su obra (actualmente prepara una compilación de sus textos inéditos y dispersos en español), recuerda que "Wilcock tuvo varios trabajos extraliterarios, sobre todo en su etapa argentina; por ejemplo, cuando ganó el premio Martín Fierro por Libro de poemas y canciones , en 1940, trabajaba como operario en la compañía de teléfonos. De hecho, muchos años después, en Italia, escribió un poema muy lindo e irónico sobre eso".

Tras su accidentado desembarco en la Argentina, en 1939, Witold Gombrowicz (que había estudiado Derecho en Polonia) sobrevivió al principio como pudo. Escribió en revistas como El Hogar o Aquí está , y en La Nacion, gracias a Arturo Capdevila y Eduardo Mallea. Hasta llegó a colaborar, bajo el seudónimo de Mariano Lenogiry, en la revista católica Criterio . Los años que pasó como empleado del Banco Polaco de Buenos Aires (desde fines de los años cuarenta hasta inicios de la década de 1950) fueron acaso los más prolíficos de su exilio. Una ex compañera admitió que "nadie en el Banco creía en él ni leía los libros".

Traduciendo guiones de cine, dando clases de español y mucho más, Manuel Puig financió sus primeros años en Europa, entre finales de los años cincuenta e inicios de los sesenta, cuando aún soñaba con el cine y no había empezado a escribir literatura. "Trotamundos argentino paradigmático, aceptaba cualquier tipo de trabajo", escribe Suzanne Jill Levine en su biografía Manuel Puig y la mujer araña . Allí cuenta que fue lavaplatos en restaurantes, recepcionista en una editorial pequeña de París que publicaba la revista oficial de la Comédie Française u operador telefónico de un hotel. "Incluso limpió ventanas en edificios horizontales cuando vivió en Londres."

Años antes de instalarse en París, en 1968, Juan José Saer trabajaba en Santa Fe como vendedor de enciclopedias y clásicos encuadernados, a domicilio y a plazos. "Vendía libros por metros", solía bromear. La experiencia reaparece en su novela Lo imborrable : el que vende allí libros a domicilio es Tomatis.

En 1971, Alberto Manguel pasó un tiempo en Londres. "Alquilé una pieza por nada, cinco libras por semana. Y para ganarme la vida, hice pintura sobre cuero. Era la época de la moda hippie y tuve la idea, no sé cómo, de hacer brazaletes de cuero sobre los que pintaba reproducciones de cuadros. Había encontrado pinturas para cuero que podían usarse como pinturas clásicas, con pinceles. Y funcionó muy bien. Proveía a boutiques de Carnaby Street. Tuve mi hora de gloria cuando Mick Jagger compró uno de mis cinturones?", evoca en sus Conversaciones con un amigo .

"Antes de ser escritor, Andrés Rivera fue obrero textil durante muchos años -cuenta el editor Alberto Díaz-. Llegó a ser obrero calificado en la técnica del tratado de la seda, o algo parecido. Lo cuenta en uno de sus últimos escritos. Su álter ego literario, Arturo Redson, dirigente sindical comunista y personaje de muchas de sus novelas, surge de su experiencia obrera y su activismo sindical."

Héctor Bianciotti y Ernesto Schoo frecuentaron el mundo del teatro antes de consagrarse más plenamente a la escritura. Recuerda Schoo: "A comienzos de los años 50 hubo en Buenos Aires (tal vez en la Argentina toda) una conmoción teatral, provocada por la primera visita de la compañía Madeleine Renaud-Jean-Louis Barrault. Fue el redescubrimiento de la expresión corporal, por entonces relegada al ?buen decir' heredado de las escuelas española, italiana y, naturalmente, francesa. Por entonces conocí a Héctor Bianciotti, quien hacía sus pininos de poeta y ya publicaba en el suplemento de La Nacion. Héctor propuso formar un grupo de teatro leído, en homenaje al autor por quien él sentía devoción en ese momento, el italiano Ugo Betti (hoy, lamentablemente casi ignorado). No sé cómo, consiguió una salita, la de la Asociación Cristiana de Mujeres, y allí estrenamos Lucha hasta el alba , en traducción de Héctor y Alma Bressan, dirigidos por Bianciotti, quien era protagonista junto con Santangelo y una actriz llamada Hebe d'Amore. Yo hacía de un viejo notario, caracterizado tal cual soy en la actualidad, con barba blanca (entonces, postiza). No nos iba mal. Recuerdo también que Bianciotti estuvo a punto de estrenar aquí Esperando a Godot ".

Nacido en Italia, emigrado a los 12 años a la Argentina, Antonio Dal Masetto aprendió castellano leyendo libros que elegía al azar en la biblioteca de la ciudad de Salto, "A los 18 años, se instaló en Buenos Aires", cuenta Natu Poblet, gran admiradora de su obra. "Fue albañil, pintor, heladero, vendedor ambulante de artículos para el hogar, empleado público y lo que fuera necesario para sobrevivir."

Sociólogo de profesión, Enrique Fogwill vivió muchos años de su trabajo en agencias de publicidad donde acuñó eslóganes hoy famosos como "la pura verdad" o "el sabor del encuentro". También trabajó largo rato para Stani, que producía los chicles globos Bazooka, que traían una minihistorieta del personaje Joe Bazooka y unos horóscopos que escribía Fogwill. "Fueron los primeros años de los 90 y fueron los mejores. Tengo la plancha con todos ellos y podría documentarlo", llegó a decirle al periodista Alejandro Cavalli.

Leopoldo Marcechal fue bibliotecario y maestro. Ernesto Sabato era doctor en Física y logró una beca para investigar las radiaciones atómicas en el Laboratorio Curie, de París, gracias al Premio Nobel argentino Bernando Houssay. Librero de barrio, Isidoro Blaisten fue asimismo publicista y fotógrafo de niños. Héctor Tizón fue, hasta hace poco, juez del Superior Tribunal de Justicia de la provincia de Jujuy. Martha Lynch fue secretaria en los años sesenta de Arturo Frondizi, con quien se la vinculó sentimentalmente y al que retrata en La alfombra roja . Osvaldo Soriano llegó a ser futbolista en Cipolletti y cierta vez le contó a Cristina Mucci que "estaba bastante contento de serlo". Marco Denevi estudió Derecho, pasó por el periodismo y acabó asegurando: "Vivo de todo lo que escribo, pero no todo lo que escribo es literatura".

Este texto es un recuadro o complemento a mi artículo publicado el viernes pasado en ADN Cultura (La Nación, Argentina) en torno al libro Trabajos forzados (Impedimenta), de Daria Galateria.