21 marzo, 2012

La familia del aire



Hace ya tiempo que sigo con sumo interés el blog de Miguel Ángel Muñoz, “El síndrome Chejov” (ver aquí), dedicado principalmente al cuento. Me apené en su momento, cuando Muñoz insinuó que iba a cerrarlo (por suerte no lo hizo), y siempre me interesaron, sobre todo, sus extensas entrevistas con cuentistas españoles, desde los más conocidos a los más jóvenes o ignotos.

Muñoz acaba de editar ahora La familia del aire
, donde reúne en forma de libro todas estas entrevistas, algo que muchos ya le habíamos sugerido (o casi reclamado), dada la calidad de las charlas.

El libro viene a ratificar dos cosas. En primer lugar, que el cuento atraviesa en España un momento de ebullición, luego de años (décadas) en que era considerado una especie de ciudadano de tercera categoría (o, en todo caso, una obligada o penosa etapa de aprendizaje previa a escribir novelas o libros “en serio”). En segundo lugar, que los blogs pueden ser espacios de reflexión profunda e, incluso, la cantera o el laboratorio donde forjar muy buenos libros.


Muñoz entrevista a unos 35 cuentistas. Hay cuatro decanos (José María Merino, Cristina Fernández Cubas, Soledad Puértolas, Enrique Vila-Matas), están luego los hermanos mayores (Carlos Castán, Eloy Tizón, Juan Bonilla), la así llamada “quinta del 61” (Hipólito G. Navarro., Gonzalo Calcedo, Ángel Zapata, Fernando Iwasaki, Mercedes Abad, Guillermo Busutil, Javier Sáez de Ibarra), los que se han volcado mayormente al género fantástico (Ángel Olgoso, Manuel Moyano, Juan Jacinto Muñoz Rengel) y muchos más: Antonio Orejudo, Ricardo Menéndez Salmón, Cristina Grande, Pilar Adón, Mercedes Cebrián, Jon Bilbao, Patricia Esteban Erlés, Sara Mesa, Andrés Neuman, etc.


El libro finaliza con una pieza de antología. Una entrevista muda a Juan Eduardo Zúñiga. Mejor dicho: todas las cuidadosas y trabajadas preguntas que en su momento Muñoz le envió a Zúñiga y que éste no quiso responder porque “soy poco amigo de las entrevistas” y “cada día me cuesta mayor esfuerzo referirme a mí mismo”, según reza una breve nota de disculpa que Muñoz reproduce. Leyendo la entrevista uno se empapa de tal modo en la obra de Zúñiga que dan ganas de escribir un libro entero de entrevistas mudas a escritores que no nos responderán nunca, por el motivo que sea.


Las entrevistas tienen la virtud de no ser solamente generales. Se habla del cuento en general, desde luego, pero ante todo se habla de la obra de cada escritor, que Muñoz ha evidentemente leído y analizado a fondo (algo que, en más de un caso, el entrevistado agradece en forma explícita).


No faltará quien diga que falta tal o cual nombre (Medardo Fraile y Luis Mateo Díez son dos autores que podrían haberse añadido a la lista, supongo), pero el libro tiene la honestidad de no presentarse en ningún momento como un compendio “total” o definitivo, y es muy probable –y deseable– que Muñoz prosiga con las entrevistas para que su familia se siga ampliando.


Podrían citarse muchos fragmentos de este libro que realmente vale la pena, tanto para quienes estaban ya familizarizados con el trabajo de estos autores, como para quienes – es mi caso– vamos descubriendo de a poco la producción y la variedad de los cuentistas españoles de las últimas décadas.


Cito algunos conceptos que fui subrayando mientras leía el libro:


El relato, por su dimensión, se adapta muy bien a los matices, a mostrar esas grietas mínimas que mencionas. Hay algo esencialmente modesto en el cuento: no quiere quitar mucho tiempo al lector. Lo cierto es que detrás de esa modestia se esconde una gran ambición: aspira a dejar huella, a una clase de conmoción. Tras la lectura de un cuento, nos sentimos empujados a meditar, a recrear. Un buen cuento se nos queda dentro, nos va calando.

(Soledad Puértolas)


Para mí no existe una barrera infranqueable entre la teoría y la práctica, entre crear mediante conceptos o crear sirviéndome de imágenes. También por eso, yo ni siquiera diría que el conocimiento formal y el trabajo práctico sean cosas diferentes. Nos hemos tragado sin masticar muchas de estas categorías de la cultura burguesa, porque es mucho lo que está en juego —para las clases dominantes— en que el orden de la producción y el orden del saber se mantengan separados, y sean percibidos —constantemente y en todas las áreas de lo social— como realidades distintas. La Institución literaria, de hecho, avala esta distinción entre el artista —que al parecer trabaja “a ciegas”— y el crítico —que extrae de este mismo trabajo una plusvalía de saber—, sospecho que no sólo para que los críticos no sean artistas, sino también —y sobre todo— para que los artistas no sean críticos. Personalmente, entiendo el arte como una apertura, un compromiso y un modo de experiencia que debe atravesar la vida de quien se entrega a él; y no, desde luego, como una actividad obediente a la lógica de la especialización, y a la división del trabajo que impone esta sociedad.

(Ángel Zapata)

Forzar una situación o un final inverosímil con la única intención de asombrar o aleccionar al lector me parece aburrido, pretencioso y poco práctico. Concibo el relato como un segmento trazado en la larga línea de la vida de un personaje: la línea precede al segmento, y seguirá, seguramente, a partir de él. En el ínterin se ha producido una situación especial, un acontecimiento que se narra en el relato, pero luego todo continúa. En mis relatos se suceden esos descubrimientos; hay cambios sutiles pero significativos, que para los personajes pueden ser capitales. Pero no creo que deban venir acompañados de un redoble de tambores ni de una traca final. Creo en lo sutil, más que en lo efectista. Hay una canción de Radiohead en la que se dice “no alarms and no surprises, please”. Me encanta esa frase. La aplicaría a todo.

(Pilar Adón)

1 comentario:

Lucio dijo...

Ahora voy a frecuentar este blog por tu recomendación.